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DESDE EL MARTES 23/SET/2019

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capitalismo y socialismo …

Una reflexión sobre desarrollo, subdesarrollo, socialismo
José Bell Lara

En memoria de André Gunder Frank, Ruy Mauro Marini, Vania Bambirra, Theotonio Dos Santos y Samir Amín.

Al visualizar el mundo antes de la era capitalista, se observan diversos procesos civilizatorios en las distintas áreas geográficas con sus propias dinámicas y diversos niveles de desarrollo y cuya relación entre ellos era escasa o no existía. En Europa se movían formaciones tribales cuando florecían interesantes civilizaciones en China y la India.

En América coexistieron diversos tipos de agrupaciones humanas con distintos grados de evolución, sociedades en fase recolectora y cazadora, así como sociedades con modo de producción “asiático”, como los incas y los aztecas.

Cuando los árabes desarrollaban un imperio comercial-tributario, en otras partes de África existían diversos grupos étnicos en estadios de comunidad primitiva y otros pocos formados como imperios locales.

En general, se observa una larga época en que convivían distintos sistemas históricos y los cursos de sus procesos civilizatorios tenían una gran autonomía, sus mercados eran locales, sus lazos comerciales muy débiles. Las guerras de conquista proliferaban, pero el conjunto del mundo no estaba sometido a un foco expansivo común.

La desintegración del feudalismo en Europa fue parte del proceso de expansión comercial europea y con ello del nacimiento del capitalismo. Desde sus inicios éste mostró una clara vocación de dominio y expansión universal en tanto que la búsqueda de riquezas y su conversión en ganancias y capital ha constituido su objetivo central. La expansión del capital es inherente a su propia esencia, por su misma naturaleza el capital no tiene límites geográficos.

Por primera vez en la historia la inmensa mayoría de los territorios del planeta comenzaron a articularse en torno a un eje, el intercambio de mercancías, cuyo centro era la Europa occidental. Esa articulación no fue un simple agregado, fue un proceso de incorporación por medios económicos y extraeconómicos –la fuerza- uno y otro se complementaron; la conquista y colonización de territorios en América, África y Asia formó parte del proceso de expansión del capitaly de surgimiento de un mercado mundial. Las riquezas obtenidas en las colonias se convertían en capital en Europa.

El sistema colonial, cuyo dominio padecieron esos territorios, fue un medio de acumulación económica en los centros europeos y, a la vez, un proceso de modelación y subordinación de esas economías y sociedades. Las relaciones capitalistas penetran al interior de los sistemas históricos existentes en esos territorios, impregnando sus estructuras internas, modificándolas, adaptándolas o destruyéndolas, en función de los intereses de las metrópolis.

La historia del capitalismo en el mundo subdesarrollado no es la historia capitalista de esos países, sino la historia de la inserción, desarrollo y predominio del capitalismo en ese mundo, proceso mediante el cual este disgrega las economías precapitalistas, incluso implanta relaciones que correspondieron históricamente a formaciones sociales anteriores, como la esclavitud, en función de la acumulación de capital en los centros. Con el desarrollo del sistema las convirtieron así en receptoras de productos elaborados en los centros y suministradoras de determinadas producciones que eran necesarias a las industrias metropolitanas o al consumo de su población.

Nació así una división internacional del trabajo que con el desarrollo tecnológico en los centros y la especialización productiva en los países coloniales y neocolonialesfue consolidándose en el tiempo. Este tipo de relaciones va a estar en la matriz de generación de la condición subordinada de estos países y los problemas que se enfrentan al tratar de eliminar esa condición en uno u otro país.

Aunque sea redundante, debemos aclarar que la consideración de las economías y sociedades coloniales como parte de la estructura mundial del capitalismo no quiere decir que esa estructura sea la misma en el siglo XVI que en el siglo XXI, hay un proceso de totalización de la estructura capitalista que en cinco siglos erige un sistema internacional de explotación.

Con el capitalismo terminaron los sistemas históricos locales, a partir de los siglos XV y XVI comenzó el proceso de formación de una economía mundial única que cristalizó cuando el capitalismo alcanzó la fase imperialista. Por tanto todas las sociedades, independientemente de su nivel de desarrollo, se mueven paralelas hacía un futuro, no necesariamente común.

La expansión capitalista y la existencia del mercado mundial han estado asociadas a una revolución de los medios de producción. En ese proceso, la revolución industrial tuvo el mismo significado que la invención de la agricultura diez mil años antes de nuestra era; después de cada una de esas revoluciones la humanidad vivió de un modo diferente.

La invención de la agricultura es un salto en el desarrollo de la sociedad, en cierto sentido consolida el trabajo como elemento distintivo del ser humano, inicia una serie de cambios que lo llevan a ser más independiente de la naturaleza, surge el excedente económico, el horizonte del conocimiento se amplía, se dan condiciones para una progresiva diferenciación social y se desarrollan formas de aglomeraciones humanas que culminan en las ciudades.

Podemos comparar esto con la existencia nómada o seminómada del ser humano, dependiente de lo que naturaleza le brindara directamente para vivir. La agricultura inició la socialización de la naturaleza y fue la base de las formaciones sociales anteriores al capitalismo.

La revolución industrial tuvo un efecto comparable en cuanto a cambios en las condiciones de vida del ser humano. La máquina de vapor fue el detonante que al independizar la producción de la rueda hidráulica inició la era de las máquinas. A partir de entonces la oleada de invenciones asociadas al capitalismo trajo cambios que modificaron el modo de existencia del hombre de la era agrícola del de la era industrial. La gran fábrica, la cadena de montaje y la producción en serie permitieron elaborar en gran escala con bajo costo y alta ganancia para el capital productos-mercancías que inundaron todos los ámbitos de la vida.

La era capitalista se ha caracterizado por la creación de nuevas fuerzas productivas y nuevos productos-mercancías. Desde la utilización de nuevas fuentes de energía como la electricidad, el petróleo y el átomo; el acortamiento de las distancias mediante el desarrollo de medios de transportación como el ferrocarril, el automóvil y el avión; la revolución de las comunicaciones con el teléfono, la radio, la televisión, el FAX e internet, para solo citar algunos casos.

La introducción continuada del cambio técnico, los métodos “taylorista” y “fordista” de organización del trabajo y la producción han estado en la base de la tendencia de la industria capitalista hacía la concentración.

Mediante sucesivos impulsos y saltos la industria constituyó el nervio del sistema en los países del centro, el capital creció, se concentró cada vez más y se internacionalizó también cada vez más, sentando la base de un nuevo salto: el imperialismo, del que el monopolio es su signo distintivo.

El imperialismo, en su desenvolvimiento, con sus crisis y contradicciones –que no es posible historiar aquí- una vez desaparecido el socialismo eurosoviético, convirtió al capitalismo en el único sistema del planeta.

En apretada síntesis: el sistema capitalista mundial es un sistema histórico complejo cuyo conjunto de articulaciones y lógica de relaciones están basados en la ley del valor y la obtención de plusvalía. Es una estructura de explotación que funciona en interés y beneficio de la clase burguesa y sus fracciones, tanto al interior de los Estados-nación, como a escala del sistema en su conjunto.

A esta estructura de explotación le es inmanente la polarización; ella es identificable en la totalidad social, que se expresa tanto entre el nivel de las clases sociales como en el de los países, a este último aspecto corresponde el fenómeno del desarrollo y el subdesarrollo.

En resumen:

Existe una división fundamental del mundo en dos grandes grupos de países y regiones. Una que es denominada desarrollada, metropolitana, moderna, central, imperialista, hegemónica y la otra, subdesarrollada, atrasada, periférica, satélite, neocolonial, dependiente, etc. Esa división responde a la estructura de explotación propia del sistema mundial capitalista. La polarización económica y social es una ley del desarrollo capitalista, de ahí que el proceso de expansión y desarrollo del sistema, da lugar a la relación desarrollo-subdesarrollo; la cual no se presenta pura entre dos extremos, pues hay niveles de subdesarrollo y de desarrollo capitalista, en el proceso histórico del capitalismo ha variado la forma de articulación o los niveles de explotación de uno u otro país, pero la jerarquía siempre se ha mantenido. O sea desarrollo y subdesarrollo son componentes intrínsecos del sistema.

Los países subdesarrollados ocupan un lugar en la División Internacional del Trabajo (DIT) como productores y exportadores de materias primas agrícolas y minerales hacia los países desarrollados. Esos son sus principales rubros de exportación, como se muestra en sus balanzas de pago. Algunos de ellos han logrado cierto grado de desenvolvimiento industrial mediante la industrialización por sustitución de importaciones (ISI) y más recientemente con la instalación de maquilas, pero no han podido romper la dependencia de su principal fuente de divisas, los productos primarios, el turismo y las remesas de sus migrantes.

A lo anterior se añade la deuda externa y su pago de intereses, que se ha convertido en una novísima forma de dependencia a través de la cual los organismos financieros internacionales han impuesto las políticas neoliberales en numerosos países, con su secuela de privatizaciones, por consiguiente un debilitamiento del Estado para impedirle llevar a cabo políticas de beneficio nacional.

Por otra parte el imperialismo estadounidense reacciona ante cualquier intento de independencia política y económica desplegando una amplia panoplia de medidas desestabilizadoras. Estados Unidos no tolera gobiernos que no sean sumisos a sus intereses.

Hasta aquí una primera conclusión: no es posible alcanzar el desarrollo en los marcos del capitalismo. El hecho de que ningún país subdesarrollado ha cambiado su condición dentro del sistema mundial capitalista avala esto. El que se desarrolla es el sistema en su conjunto, provocando el desarrollo del desarrollo y el desarrollo del subdesarrollo, cuyos resultados se expresan en las grandes disparidades entre naciones, la brecha que se ensancha y la concentración de la riqueza y el poder a escala mundial. El subdesarrollo es el desarrollo capitalista de los países subordinados y dependientes.

Por consiguiente, a los países subdesarrollados se les plantea un primer dilema: buscar una alternativa de desarrollo, es decir un camino que los pueda conducir a una mejor posición dentro del sistema o una alternativa al desarrollo, es decir una salida del sistema capitalista para emprender un camino propio. Cuando en el mundo solo existe el sistema capitalista esto no es posible, sobre todo para los pequeños países subdesarrollados.

De ahí que el camino tiene que dirigirse a lograr un cuerpo político-económico con un poder político que pueda crear las condiciones para establecer un nuevo tipo de relación con el sistema del capital.

Lo anterior nos conduce a lo siguiente: dadas las características del sistema mundial capitalista, aún para alcanzar los avances que han proporcionado las fuerzas productivas del capital deben instaurarse relaciones sociales que tiendan a superar las del capitalismo y que no son otras que las socialistas.

La lucha por el desarrollo se sitúa en el terreno de la política y esto es así porque detrás de la problemática del desarrollo, se plantea el problema de los medios y los instrumentos para lograr el tipo de sociedad a la que se aspira en el futuro, lo cual implica determinada formas de relaciones entre las clases y determinada forma de distribución del producto social. De lo cual se deduce que al plantearnos un tipo de sociedad determinada nos situamos en el terreno de la lucha de clases una vez más: el de la política.

En consecuencia, el desarrollo no es un proceso sólo económico, aunque la economía esté en primer plano, es un proceso social real, político en primer lugar, en que a partir de la relación de poder se persigue un reordenamiento de la sociedad en interés y beneficio de las clases sociales mayoritarias, el pueblo.

Desde el punto de vista de la lucha de clases hay que visualizar el desarrollo como un proceso impulsado por un grupo dotado de poder que responde a los intereses de una clase o una alianza de clases, que tiene los medios y los instrumentos para implementar medidas técnicas con un alto contenido político, que repercuten en las proporciones entre la acumulación y el consumo, la distribución de la riqueza social y el fortalecimiento, debilitamiento y/o transformación de clases y grupos sociales en función de un proyecto de sociedad determinado, que al no ser capitalista, necesariamente tiene que calificarse de socialista y lo hago teniendo en cuenta el señalamiento de Marx y Engels en “La ideología alemana”: “Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actuales. Las condiciones de este movimiento se desprenden de las premisas actualmente existentes”.

Es decir, el primer paso en el camino del desarrollo es la asunción del poder por fuerzas que se propongan superar el capitalismo y establecer relaciones sociales que propendan al socialismo. Ese no es un proceso pasivo, sino un proceso de lucha de clases, con sus múltiples enfrentamientos sobre todo de lucha ideológica. Por esto es necesaria la participación de las masas en todo el proceso. Sólo así, mientras los hombres transforman la sociedad se transforman a sí mismos.

Esta doble tarea está unida indisolublemente en tanto las relaciones económicas no están aisladas de las demás y todo cambio en ellas se refleja en el conjunto social, de ahí que una de las funciones del poder revolucionario sea forzar la economía, lógicamente dentro de determinados límites, para que tenga una función diferente, esta vez en función de que el ser humano se apropie de su propio movimiento social.

Para una comprensión cabal de la posibilidad de desarrollo para los países subdesarrollados es necesario estudiar la dinámica del capitalismo, las leyes y tendencias que lo han conducido a la situación actual y la forma en que hoy se articulan las relaciones entre ambos grupos de países. Esto implica el estudio y conocimiento del momento actual del capitalismo conocido como de la globalización que es el resultado objetivo de la expansión internacionalizada del capital y cuyo rasgo másnotable se encuentra en la extraordinaria concentración del poder que ha generado.

Con la globalización estamos viviendo el surgimiento de un circuito mundial de producción y reproducción de la existencia humana. Ese momento actual de transnacionalización de la acumulación de capital lleva implícito un conjunto de complejos procesos, que en lo esencial determinan un alto grado de internacionalización de la producción por la presencia de las empresas transnacionales como principales actores económicos, la hegemonía del capital financiero, una nueva ola de la revolución científica y tecnológica, cuyo eje articulador son las tecnologías de la información, un aumento del componente saber en la producción, y el surgimiento de un mercado mundial del trabajo.

No podemos olvidar que la globalización tiene lugar con el sello distintivo del neoliberalismo como política económica.

El capitalismo mantiene su característica central de ser un régimen de explotación, atenazado por viejas y nuevas contradicciones; su fortaleza radica como nunca antes en el carácter concentrador de su poder económico, político y social. Precisamente, esto constituye la base de su debilidad, cada vez más la fuerza constituye el elemento central para mantener el sistema, lo cual se traduce en un factor de inestabilidad.

Y justamente porque el capitalismo es otro y a la vez sigue siendo el mismo, continúan teniendo vigencia las problemáticas relacionadas con el cambio social –cuya más alta expresión son las revoluciones-, con el desarrollo -del que están excluidas las cuatro quintas partes de la humanidad- y con la emancipación humana, es decir una sociedad alternativa al desarrollo.

Con la globalización alcanza mayor nitidez el carácter clasista del subdesarrollo en tanto explotación de la mayoría de la población del mundo por la burguesía transnacional (tanto del Norte como del Sur) y por tanto, en términos clasistas, el desarrollo en la periferia es el proceso de la liberación de esa explotación. De ahí que el componente principal de ese proceso de desarrollo sea el emancipador.

En consecuencia, la posibilidad para un país subdesarrollado de alcanzar hoy el desarrollo, está asociada a la ruptura-reordenamiento de las relaciones de dependencia. Lo cual exige un conjunto de requisitos o premisas que se derivan de las condiciones actuales del sistema mundial del capital. Para aproximarnos a la respuesta tenemos que partir de las tendencias y los factores principales de la globalización y la posibilidad de neutralizarlos o utilizarlos en beneficio de un proyecto social revolucionario.

En primer lugar, dado que la globalización es polarizante tanto al interior de, como entre las distintas sociedades, el poder revolucionario debe desarrollar los medios que limiten estas tendencias.

En segundo lugar, dado que los principales actores de la globalización son los grandes monopolios constituidos en empresas transnacionales, el poder revolucionario tiene que tener la capacidad de negociar con ellas aprovechando las brechas reales abiertas por las contradicciones del sistema.

En tercer lugar, dado que la dependencia de las tendencias de la globalización son beneficiosas para el grupo de Estados y grandes monopolios detentadores del poder en el orden mundial establecido, el poder revolucionario debe ser capaz de construir el orden social que resista las presiones y confrontaciones con los centros hegemónicos del sistema mientras lleva adelante su proyecto.

En cuarto lugar, dado que el desarrollo tecnocientífico tiene un papel central en los nuevos avances del capitalismo y se encuentra monopolizado por los centros hegemónicos, es necesario crear las condiciones para acceder a él.

En quinto lugar, dado que la globalización, como todo proceso social, no está exenta de contradicciones como resultado de la competencia entre los monopolios, es necesario conocer esas contradicciones y aprovecharlas en beneficio del proyecto.

A partir de estos elementos podemos visualizar en términos generales, las condiciones que debe reunir un país para proponerse un camino que lo haga menos dependiente y explotado, que puede ser la base que lo conduzca a una alternativa al desarrollo. En líneas generales serían las que recogemos a continuación.

– Existencia de un poder político revolucionario y popular, en otras palabras, socialista, con capacidad económica, política y militar para enfrentar y neutralizar las presiones y confrontaciones de las potencias centrales del sistema.

– Capacidad para poner en función de los intereses nacionales el proceso de acumulación económica, lo cual implica un control nacional de la acumulación.

– Voluntad política y capacidad para desplegar estructuras organizacionales que posibiliten la participación popular, componente importante del consenso hegemónico nacional para llevar adelante el proyecto.

– Una política de enfrentamiento y solución de los problemas sociales generados por el subdesarrollo y de distribución y redistribución de ingresos en beneficio popular dentro de los límites que el nivel de acumulación y los resultados de la actividad económica permiten.

– Crear una capacidad de absorción y creación de tecnologías para poder competir internacionalmente

Esas condiciones no son fáciles de reunir ni todos los países, a partir de sus propias estructuras socioeconómicas, pueden plantearse alcanzarlas en el corto y mediano plazos. No se puede homogeneizar el subdesarrollo, cada país tiene su capitalismo y esto plantea especificidades en los métodos y medios empleados para proponerse la liberación. Este es un complejo proceso sociopolítico a partir de la asunción del poder y de la evaluación por la vanguardia y el liderazgo político de los métodos y las vías para proponerse un proyecto emancipatorio, de acuerdo con el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas del país y la singularidad de su composición social. La reunión de esas condiciones no garantiza necesariamente el éxito, este será un proceso arduo, de lucha entre las tendencias capitalistas y socialistas, las que llenarán toda una época histórica hasta que prevalezca una de ellas.

En el contexto de la globalización, a partir de esas condiciones, hay que implementar una política de desarrollo que en propiedad tiene que ser una política emancipatoria. Al igual que la existencia de condiciones para la revolución no implica su materialización a menos que exista una fuerza política que sea capaz de aprovecharlas, la existencia de condiciones para el desarrollo emancipatorio no implica que se avance hacia este si no se establece una adecuada política que sepa aprovecharlas.

II

En lo que sigue se expone de manera general cúal es la estrategia política de un proyecto revolucionario que se propone la emancipación del capital.

Esto no es cuestión de corto plazo, repetimos, es un largo camino preñado de dificultades y esperanzas que exige una visión de conjunto de los objetivos a lograr, de los recursos con que se cuenta, de los obstáculos reales y posibles, teniendo como horizonte la nueva sociedad, es en propiedad el establecimiento de una macropolítica dentro de los límites que el nivel de acumulación y los resultados de la actividad económica permiten, que incluye un conjunto de políticas específicas y que simplificamos llamándola una política emancipatoria.

El proyecto revolucionario emancipatorio tiene que contar con un instrumento político, llámese partido o movimiento, formado por lo mejor del pueblo, que en interacción con las masas mantenga el rumbo y no confunda el acceso al gobierno con la toma del poder. Al contrario, es desde el gobierno que tiene que incidir en todas las esferas de la sociedad; específicamente en la esfera económica tiene que crear o ampliar el sector estatal de la economía lo cual es vital, no puede olvidar el aspecto social, la lucha por el desarrollo emancipatorio incluye el desarrollo social, es decir, mejorar las condiciones de vida del pueblo y llevar a cabo un programa de esclarecimiento ideológico en las distintas coyunturas que se presenten.

No se puede olvidar que hay mentiras convencionales del orden burgués que permean la ideología y las representaciones del pueblo y tienen enorme peso en la conciencia popular, por ejemplo la alternancia en el gobierno, los ritos de la democracia representativa, etc. Es necesaria una labor educativa social que desmitifique esos elementos.

El papel del Estado es decisivo, esto implica un Estado fuerte y democrático, participativo, en el cual las masas con su actividad se sientan integrantes del mismo. Lo anterior tiene que estar apoyado en realizaciones concretas que beneficien a la mayoría, no como dádivas, sino como conquistas.

Junto a lo anterior está su papel en el manejo del sector estatal de la economía, ahí tiene que operar en forma parecida al comando de una gran corporación, tipo conglomerado, la búsqueda de la eficiencia económica del aparato estatal es un gran desafío y no siempre se entiende que es un problema vital. No es una tarea fácil porque la economía tiende a ser una asignatura débil de los revolucionarios y hay que tener conciencia de que la economía es la base material de la continuidad de la Revolución; el imperialismo está consciente de eso, de ahí que las sanciones económicas es una de las primeras cartas que juegan contra cualquier proyecto revolucionario.

En lo económico hay un problema básico y de largo plazo, el cambio de la matriz productiva del país, no basta con lograr un determinado grado de industrialización, que es necesaria. En las condiciones tecnocientíficas del siglo XXI hay que avanzar hacia las producciones intensivas en conocimiento (cerebro-intensivas, las llamaría) y ello exige crear una infraestructura compleja y personal cualificado capaz de crear productos de alto valor agregado en las ramas de punta de la economía mundial: biotecnología, nuevos materiales, informática.

Lo anterior exige caminar con las dos piernas, la del desarrollo y la del subdesarrollo.

La del desarrollo es la de avanzar hacia la creación de ventajas competitivas, que se materializan en producciones cerebro-intensivas; la del subdesarrollo es la de las ventajas comparativas, la producción de productos primarios que permitan la obtención de divisas para importar bienes de consumo que satisfacen necesidades de la población, bienes de capital para industrias nacionales y las de la creación de la base de las industrias del conocimiento.

Se trata de combinar la sustitución de importaciones con la sustitución de exportaciones. Importar maquinarias y equipos para producir determinados productos y ahorrar importaciones es necesario, pero no suficiente, hay que desarrollar un tejido industrial; quedarse ahí es sustituir un tipo de dependencia por otra, lógicamente los centros producen equipos sofisticados, amparados en patentes y esos hay que importarlos pero hay que crear el personal cualificado capaz de usarlo para crear y/o producir equipamiento y productos propios que puedan ser patentados por el país subdesarrollado. Aclaramos que esta es una tarea compleja y difícil.

En ese objetivo la educación masiva del pueblo es clave, una de las características del subdesarrollo es el bajo nivel educativo del pueblo; la estructura del subdesarrollo tiene un componente educativo compuesto por niveles de analfabetismo en la población, baja cualificación de la fuerza de trabajo, escasez de profesionales, para cambiar esta herencia hay que crear/desarrollar campañas de elevación del nivel educativo-cultural y de formación de fuerza de trabajo con alta cualificación y a la vez un tipo de profesional comprometido, no solamente cualificado. En el lenguaje burgués, creación de capital humano, (por el momento no disponemos de otro concepto para relacionar la educación con el desarrollo emancipatorio).

Hoy solo hay un mundo, el capitalista. Hay que tener en cuenta esa realidad. No es posible aislarse totalmente del mundo del capital, no es posible la autarquía, pero el Estado revolucionario puede dentro de su territorio establecer determinados mecanismos de funcionamiento de las relaciones sociales para limitar la influencia o determinación de las leyes del capitalismo. No se puede lograr el aislamiento total del mercado mundial, pero su conexión total lleva a reproducir el subdesarrollo, por lo tanto hay que tener una estrategia frente a esa realidad, que es la conexión-desconexión relativa.

Esto significa que una parte de la economía nacional tiene una mayor relación con el mercado mundial y funciona bajo sus parámetros, con criterios de racionalidad capitalista: agroexportación, industrias extractivas, turismo, algunos productos exóticos del país, etc. Y otra parte funciona con criterios de racionalidad socialista, en función de los intereses nacionales; salud, educación, seguridad social, esferas de interés a la defensa y aquellas ramas que se seleccionan para lograr productos intensivos en conocimiento, hasta tanto alcancen determinado desarrollo.

Asociado a esto hay que asimilar que desde que se disolvió la comunidad primitiva no han existido sociedades sin mercado y en lo previsible, en las condiciones del mundo actual, no es posible eliminar este en un horizonte de mediano y largo plazo en ninguna sociedad revolucionaria, por tanto la tarea es buscar fórmulas para que funcionando con él se limiten sus efectos en cuanto a creación de desigualdades económicas y concentración de riquezas. En esto vale el ensayo y error, hay que inventar en el camino.

La globalización no ha eliminado la competencia entre los monopolios, esto genera contradicciones que pueden ser aprovechadas en beneficio del proyecto revolucionario, de ahí la posibilidad de usar la inversión extranjera como parte del proceso de desarrollo.

El Estado revolucionario puede establecer normas para su recepción, desde luego este es una especie de matrimonio de conveniencia, cada una de las partes tiene sus propios objetivos. El socio extranjero busca ganancias, el Estado revolucionario el acceso a capital, mercado y Know how.

Un problema básico es el de hacia cuales ramas de punta orientar el esfuerzo económico. Esto depende de las condiciones del país, del nivel técnico acumulado, incluso de las tradiciones del país en algunas esferas del saber.

A partir de esa evaluación es que se puede poner el acento en priorizar la formación de fuerza de trabajo cualificada en determinadas esferas, aunque hay que mantener determinadas proporciones con las otras, pues estas son complementarias.

Paralelo a esto hay que impulsar una cultura societaria de la innovación.

Una economía no puede ser de punta si la sociedad en su conjunto no alcanza determinadas calidades, lograr ese objetivo no solo es resultados de actos económicos, sino también de una socialización cultural que se expresa en un determinado nivel de eficiencia social.

Aquí se presentan dos problemas: el primero el uso de instrumentos desarrollados por el capitalismo como son métodos y técnicas gerenciales, administrativas, de contabilidad y de control cuyo uso puede ser pertinente en determinadas esferas, como estás técnicas no son neutrales nos plantean un segundo problema; hasta donde ser igual a ellos para lograr una economía competitiva real y hasta donde ser diferentes para sentar las bases de otro modo de vida. En fin, crear y mantener acciones y mecanismos que contribuyan a un futuro diferente al del capitalismo.

En conclusión, cuando hablamos del desarrollo como un proceso emancipatorio, estamos hablando de un camino mediante el cual transformamos nuestra sociedad en otra y que en ese tránsito mantiene en su interior elementos del capitalismo, la vieja sociedad se relaciona con el mundo del capital -el único que existe en este momento del siglo XXI- y componentes de la nueva sociedad que tenemos que proteger y desarrollar, no sin una tenaz lucha para que lo viejo no mate lo nuevo. Es en propiedad un proceso de lucha de clases, con manifestaciones en lo material y en lo ideológico.

En resumen desarrollo y subdesarrollo constituyen componentes intrínsecos del sistema capitalista, son las dos partes de un todo y por tanto para que desaparezca el subdesarrollo tiene que desaparecer el desarrollo, o sea, el sistema capitalista. Por tanto la fuerza revolucionaria que llega o tiene el poder en un país subdesarrollado lo que puede hacer en las actuales circunstancias mundiales es luchar por mejorar la posición del país dentro del sistema y lograr una acumulación social objetiva y subjetiva, mejores condiciones de vida para el pueblo, hasta que triunfen otros procesos políticos y revolucionarios que contribuyan a dar al traste con el sistema. Hay que ser objetivo y comprender esto y asimilar que es un largo camino que puede comprender varias generaciones.

En resumen, el desarrollo emancipatorio tiene dos componentes, por una parte una alternativa de desarrollo para buscar una mejor posición dentro del sistema capitalista (siempre que hablamos de desarrollo nos movemos dentro del capitalismo) y por otra parte sentar las bases de una alternativa al desarrollo, es decir los elementos para una salida del sistema del capital, como este es planetario la salida será también planetaria, aunque en este momento no podemos imaginar la forma que adoptará.

A este proceso complejo y contradictorio, en el que el poder revolucionario identificado y garante de las aspiraciones de las masas populares y con la decisiva participación de estas trabaja por crear las bases de una nueva sociedad es lo que llamamos transición socialista, que es una lucha por la emancipación humana, aunque por comodidad llamamos socialismo a este momento histórico. El socialismo no es una estación de llegada ni un modo de producción, en propiedad es la primera fase de la sociedad comunista o más exactamente el transito hacia esta.

Llegado a este punto, volvemos a un problema a enfrentar: las políticas punitivas del imperialismo, quienes lo olvidan no sobreviven, el imperialismo no admite ningún intento de poner límites al reino de la ganancia y tampoco gobiernos que no sean dóciles, por tanto desarrolla una amplia gama de acciones directas e indirectas para hacer fracasar cualquier proyecto revolucionario y aún reformista–progresista en un país subdesarrollado, más aún en América Latina, y si es una Revolución verdadera, el imperio no deja de lado ningún medio, ni aun los más detestables.

Nota:

Las ideas que aquí se exponen para su discusión están concebidas desde una perspectiva marxista, que no olvida a Lenin y sus trabajos sobre el imperialismo, se nutre de las elaboraciones teóricas desarrolladas por André Gunder Frank, Theotonio Dos Santos, Rui Mauro Marini, Vania Bambirra, Aníbal Quijano, Inmanuel Wallerstein, Samir Amín, la experiencia de la Revolución Cubana expresada a través de Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, así como el diálogo sistemático con Delia Luisa López, lo que la hace cómplice de esta concepción. Hemos obviado las citas, sus ideas están en este ensayo, nuestra tarea ha sido aprender y tratar -con cierta autosuficiencia- dar un paso adelante.

Dr. José Bell Lara, Programa FLACSO-Cuba, Universidad de La Habana

22
Sep
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20
Sep
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Elecciones en Uruguay

Nacionalismo NO es ser más o menos patriota, es confuso e irracional … pero casi siempre de derecha !!

escribe: Gerardo Gadea

«No somos ni de izquierda ni de derecha, somos los blancos» decía el extinto caudillo Wilson Ferreira Aldunate levantando su puño al aire y con voz emocionada.

A renglón seguido niegan cualquier tipo de ideologías, cuando en realidad el definirse como nacionalistas representa una definición ideológica profunda y que tiene intrínseco valoraciones, conceptos y un recorrido muy específico que de ninguna manera se puede pasar por alto.

El nacionalismo surge como concepto político y filosófico años después de la Revolución Francesa. En realidad es una crítica y la búsqueda de una respuesta alternativa al período de la Ilustración, a lo que muchos veían como un caos, el estímulo al fanatismo y el desorden. Se condenaba a la revolución en tanto la persecución de los ideales de libertad e igualdad -según ellos- simplemente perpetuaba la vieja falacia del feudalismo en una nueva forma.

Quizás el exponente más conceptualizado haya sido Hegel, filósofo del idealismo alemán en donde mediante la relación dialéctica mezcló los raciocinios individuales y los hechos históricos o de la realidad, en donde en el fondo se cuestionaba la «razón», columna vertebral del pensamiento ilustrado que había penetrado en toda Europa, fundamentalmente Francia e Inglaterra y que curiosamente tenía serios impedimentos en la época para hacer pie en Alemania.

Según Hegel era la nación más que el individuo lo que constituía la unidad significativa y su propósito era -utilizando la dialéctica- exhibir las realizaciones de cada nación como un elemento de una civilización mundial en vías de progreso.

Curiosamente a partir de Hegel nacen dos líneas de pensamiento que se separaron y se opusieron entre sí. Por un lado, una teoría conservadora y en general antiliberal del Estado como poder nacional y por otro -operada mediante una reformulación como la interpretación materialista o económica de la historia- la dialéctica se convirtió en la base del socialismo marxista, que se declaraba antinacionalista y en sus primeras formulaciones teóricas no consideraba al Estado.

La raíz conservadora hegeliana tiene en la patria, la familia y a la propia religión las banderas más significativas, con un Estado que resulta moralmente superior a la sociedad civil.

El nacionalismo deviene en consecuencia en una ideología cuyas personas son las células prescindibles de algo que va más allá a los hombres y ello puede ser un líder, un caudillo, una religión, una raza, una nación. Es una cruzada contra la razón, en la que se apela al sacrificio supremo muchas veces por el trozo de la tela de un mapa o un líder carismático.

El domingo pasado los dirigentes del Partido Nacional realizaron su tradicional marcha a caballo y con lanzas en la localidad de Masoller, donde murió el caudillo nacionalista Aparicio Saravia. El nacionalismo enciende un sentimiento casi irracional, de emotividad, que se expresa fuera de la razón, apelando a la epopeya, a la llama viva de una gesta heroica, que se encuentra por encima de las individualidades. Una razón superior con sentido de nación supera a la barbarie.

Para otros y para quienes nos consideramos hijos y herederos de la revolución francesa Masoller marcó el inicio de una etapa de civilización y de desarrollo de otro Uruguay.

Fue el fin de una etapa de violencia desenfrenada que dio paso a la resolución de los conflictos entre los orientales mediante el voto y un período de inclusión social y reformas de avanzada que han influido decisivamente en la cultura uruguaya hasta nuestros días.

Quienes no somos nacionalistas no tenemos nada que festejar en Masoller y nos sentimos respetuosos pero ajenos política y emocionalmente a esos festejos.

«Pocos han tenido tan larga parte en los planes de la Providencia.

En la vida, en la historia como toda cosa humana, la cifra es el hombre.

Ideas, teorías y planes se reducen a la unidad hecha a imagen y semejanza de Dios.

El jefe, el conductor, el caudillo, eternos en el tiempo son la sublimación de hombre sin perder por ello su esencial carácter de ser vivo y real».

El caudillo de España. Basto que sus ojos claros miraran con profundidad para que lo comprendiéramos. Habló, más que habló, expuso. Cuarenta y cinco extraordinarios y maravillosos minutos. Ni una coma de lo dicho se ha borrado de la memoria. El tema: España, Occidente». Son pasajes de las palabras del ex presiente Luis Alberto Lacalle en su libro «Trasfoguero» hablando de su encuentro con Francisco Franco el dictador español.

Otra vez la emotividad, la alabanza casi sin límites y sin fisuras hacia un líder, un caudillo. El ver algo «superior» que va más allá de la razón y la preservación de un conservadurismo casi intrínseco en los conceptos detrás del nacionalismo.

No es casualidad que el Partido Nacional en pleno no votara la ley de despenalización del aborto, un reclamo muy sentido por la Iglesia Católica y donde quedó demostrada una simbiosis histórica que han afianzado lazos que vienen desde siempre.

Tampoco la desconfianza del propio Partido Nacional a impulsar la llamada «agenda de derechos», en tanto es una colectividad más apegada al conservadurismo social y a la preservación de los valores familiares tradicionales. Esto no quiere decir negar dicha agenda, pero sí observarla con recelo y sin ánimo de impulso sino más bien de una cauta tolerancia.

Quizás alguno confunda cierta sintonía existente entre la izquierda nacional y el extinto líder nacionalista Wilson Ferreira Aldunate, particularmente previo al golpe de Estado de 1973.

Estas coincidencias no se basaron en una ideología «nacionalista de izquierda» sino en una concepción programática de «Nuestro Compromiso por Ud» que tenía puntos de contactos importantes con las propuestas programáticas de la izquierda y en la similitud de visiones en la resistencia al autoritarismo y el militarismo que se veía venir.

¿Es compatible ser nacionalista y ser de izquierda al mismo tiempo? La respuesta no es sencilla.

Digamos que en un análisis puro la respuesta sería no, ya que el nacionalismo como vemos es un sentimiento y nace en contra de la razón o para decirlo de manera más precisa de la razón tal cual se fundamenta en el período de la Ilustración.

La izquierda ha sido tradicionalmente internacionalista y programática. Su pensamiento o su acción están más allá de un territorio y el hincapié es el programa realizando un rechazo casi visceral al caudillismo.

Sin embargo, es imposible no ver ciertas realidades. Movimientos de izquierda «liberadores», izquierdas que apelan a las autonomías de sus territorios como principal reivindicación (Ejemplo: Cataluña) y movimientos de izquierda que apelan al nacionalismo, sentimientos exacerbados ante ciertos líderes o porciones de territorio son moneda corriente. Líderes izquierdistas con un culto a la personalidad, mesiánicos, abundan en ejemplos. Digamos que hay de todo en la viña del Señor, por lo tanto la vinculación entre izquierda y nacionalismo es posible, aunque digamos en un estado «impuro».

El nacionalismo es una ideología, es un pensamiento político. Su historia, su génesis, tiene puntos de contacto muy importantes con el Partido Nacional, su accionar y su impronta no hacen más que reafirmar este concepto.

No es ni bueno ni malo. Solamente es.

Por esa razón yo no soy nacionalista. Simplemente porque es una expresión ideológica que no me representa.

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el batllismo está en el FRENTE AMPLIO …

¿Qué hace el neoliberalismo en las elecciones de Uruguay?

El Uruguay moderno (ese desarrollado a fines del siglo XIX con J.P. Varela) siempre ha sido batllista-artiguista, con períodos de epilepsia oligárquica y neoliberal. Escrito por Jorge Majfud, Tomado de AL en Movimiento Ultima actualización Sep 18, 2019 1 5,373Compartir

No importa la ideología, no importa el partido político: todos los uruguayos son, más o menos, batllistas artiguistas. No siempre en la práctica, pero sí como un súper ego freudiano: los uruguayos son artiguistas cuando reconocen su opción por los de abajo, su antimilitarismo y su antirracismo, y son batllistas cuando en sus decisiones personales reconocen el valor del Estado como agente de gestión colectiva, como administrador de justicia social, susceptible de corrupción pero insustituible.

El mito de Maracaná es otro hito posible por el espíritu batllista artiguista. Sin José Batlle, Uruguay no hubiese sido dos (o cuatro) veces campeón del mundo ni quince veces campeón del continente, ni esa pasión sería hoy una marca de identidad nacional.

El batllismo inventó el espíritu del fútbol uruguayo y el batllismo artiguista marcó hasta su literatura, esa literatura con conciencia crítica, tan alejada de la frivolidad del mercado, de la diversión y del sentimentalismo de alcoba.

Cualquier política de Estado que niegue esa profunda raíz está condenada a dar frutos amargos. Los mismos períodos de epilepsia neoliberal lo han demostrado y, a juzgar por las actuales disputas electorales, es una condición persistente.

El neoliberalismo ha hecho estragos en muchos países alrededor del mundo. Ha quebrado a casi todos. Incluso en aquellos pocos ejemplos publicitados como el de Chile, el supuesto éxito no fue posible sin inundaciones de dólares y propaganda estadounidense a partir de 1973 para apoyar no solo una dictadura de corte nazi que le era conveniente a la oligarquía criolla y a las poderosos transnacionales, sino para tener un ejemplo positivo que mostrar al mundo y a América Latina en particular (los bloqueos y las demonizaciones quedaron reservados a todos aquellos que se atrevieron a decir no o probar un camino diferente).

Pese a todo, los supuestos logros de la economía chilena no se reflejan en un milagro social, sino todo lo contrario. La educación es «un bien de consumo», no un derecho, y para eso, como en Estados Unidos, los jóvenes deben endeudarse de forma que sólo los ricos se gradúan listos para la «libre competencia» y el resto dedica media vida a pagar sus deudas. Cuando lo logra, ya se han especializado en pensar sólo en el dinero, no en su vocación, y no saben hacer otra cosa que más dinero, lo cual, claro, es una bendición para la economía y para la industria de las drogas.

Lo mismo, el modelo de inversión chileno de las jubilaciones privadas. El fracaso del modelo neoliberal de jubilaciones en Uruguay (afortunadamente, la opción estatal siempre fue la preferida) fue recientemente salvado por el Estado, como siempre. En 2018, la mitad de los afiliados a las AFAP creadas durante los años 90s, se pasaron al sistema estatal porque los privados le estaban retornando mucho menos dinero del calculado y del prometido.

El Estado es ineficiente hasta que cunde el pánico. Porque el capitalismo tiene esa eterna ventaja: cuando acierta, se lleva todo; cuando pierde, el maldito Estado lo salva, empezando por los de arriba para que algo gotee a los de abajo. Con una diferencia: en Uruguay ocurrió al revés, cosa rara en el mundo, porque los salvavidas fueron para los de abajo. Solución batllista artiguista.

En otros casos diferentes al «éxito del neoliberalismo chileno», donde siempre se aplaude al principio y se niega tres veces al final, la misma ideología, los mismos créditos multimillonarios y las mismas adulaciones descendieron en muchos otros países del continente sin siquiera llegar a aumentar el PIB nacional sino las deudas externas y arruinar la economía y la sociedad: la Argentina de Martínez de Hoz, la de Menem y Cavallo, la de Mauricio Macri; la Bolivia de Víctor Paz Estenssoro; el Uruguay de Luis Alberto Lacalle; el Ecuador de Febres Cordero; la Venezuela de Andrés Pérez; el México de Miguel de la Madrid, el de Carlos Salinas de Gortari y el de Ernesto Zedillo, etc.

Sí, ya sabemos las recurrentes respuestas: «si estás contra el neoliberalismo estás a favor de Stalin, de Khmer Rouge y de Josip Broz Tito».

Pero cuando hablamos del neoliberalismo en América Latina, no nos referimos a lo que podría ocurrir y que nunca ha ocurrido, sino a algo que ha ocurrido innumerables veces con los mismos resultados y, por si fuese poco, es una propuesta orgullosa de candidatos como el economista de la Universidad de Chicago, el Dr. Ernesto Talvi en Uruguay.

En Uruguay, como en otros países de la era poscolonial, la imposición de recetas salvadoras ha sido siempre catastrófico.

Ese país, con escasos doscientos años de historia, invento del imperio británico en 1828, en realidad nació en 1813, con el general José Artigas, un hombre con una sensibilidad social superior para la época, extraña, nunca analizada del todo; un hombre que repartió tierras a negros, indios y blancos pobres.

Un mujeriego que terminó sus días en el exilio viviendo (¿o conviviendo?) casi treinta años con un poeta negro que liberó antes de abandonar su tierra, derrotado en 1820 en Tacuarembó. Por entonces, el fundador del partido colorado, el primer presidente, otro patriota mata indios, Fructuoso Rivera se pasó a las filas portuguesas y luego, como presidente de Uruguay, ordenó darle caza, vivo o muerto. Pero los indios paraguayos le dieron el título de «El hombre que resplandece».

Si el artiguismo fuese hoy una inmoralidad, como lo es el racismo de, por ejemplo, el venerado esclavista y mata indios Andrew Jackson en Estados Unidos, es comprensible que se luche por demoler esa tradición. Pero no, es básicamente lo contrario.

Si el batllismo, cien años después, hubiese sido un fracaso económico y social, es comprensible que se luche por demoler esa tradición. Pero no, es básicamente lo contrario.

Es por esta razón que en Uruguay se da la paradoja de que somos, a un mismo tiempo, progresistas y tradicionalistas. Pero no de cualquier tradición. No de la tradición feudalista de las haciendas donde los peones y los gauchos eran animales de carga, sino de la otra tradición, la que creía y todavía cree en la educación universal, desde la primaria hasta la universidad; que cree en el derecho a la salud y al equilibrio social a través de la protección de los derechos de los menos fuertes, como lo son, incluso, las trabajadores; que cree en el derecho de nuestros viejos a un retiro en paz.

El artiguismo no es un sentimiento nacionalista ni militarista. Artigas negó (como Jesús negó lo que tanto adoran hoy los cristianos protestantes: la riqueza como signo de preferencia divina) el despotismo militar y el abuso de los de arriba. Luego, el batllismo creó lo demás, hasta la tradición del fútbol. Lo mismo la visión moderada de un estado benefactor, estabilizador, social y, no en pocos aspectos, directamente socialista.

El batllismo artiguista, el Uruguay donde «nadie es más que nadie ni menos que ninguno», donde hasta Charles Darwin se sorprendió de la inexplicable autoestima de los gauchos más pobres, es eso: progresismo con memoria, porque el progresismo no es ruptura ni es inmovilidad sino perpetuo cambio y mejora de algo que sabe, que no olvida, quién es, de dónde viene y hacia dónde va.

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religión y política

Ilustración: Ramiro Alonso.
Ilustración: Ramiro Alonso.

Mapa político religioso de cara a las próximas elecciones

escribe: Nicolás Iglesias

En esta campaña electoral algunos sectores del Frente Amplio intentan reconectar sus vasos vinculantes con las diferentes expresiones de fe ligadas al progresismo. Por otro lado, los principales dirigentes del Partido Nacional tratan de desmarcarse de los sectores religiosos más conservadores que anidan en su interna. En tanto, desde Cabildo Abierto, Guido Manini Ríos parece ser el más consecuente con el discurso moral de la derecha religiosa, opuesto a la perspectiva de género y de diversidad.

La tesis sobre la privatización de lo religioso como expresión de la secularización de la sociedad uruguaya ha dejado lugar a nuevas lecturas, que nos aproximan a la hipótesis de que la religión nunca se fue de lo público y lo político. En la actualidad estamos frente a nuevas expresiones religiosas que, al hacerse visibles en lo político-partidario, tocan una fibra íntima de la cultura de nuestro país, que está sustentada en la laicidad del Estado entendida como la separación y la autonomía de dos esferas, la de las religiones y la del Estado.

Sin embargo, lo religioso no sólo está presente en lo político-partidario, sino que ha aumentado su presencia en las políticas públicas, en la producción cultural (música, televisión, redes sociales y medios de comunicación en general) y en lo territorial, en especial en lugares a los que el Estado no llega. En este sentido, cuando algunos grupos religiosos actúan en el campo político con un discurso teocrático, dan cuenta de la disputa sobre las concepciones de la democracia, la laicidad y la perspectiva de derechos humanos.

Asimismo, ha quedado comprobado en diferentes países de la región que el poder de movilización social que tienen los grupos religiosos conservadores, con campañas contra el aborto, la educación sexual integral o la perspectiva de género, luego no se traduce en un voto confesional dirigido, y que no existe una correlación directa entre el voto a un candidato y el sector religioso que pretende representar. Por ejemplo, en las últimas elecciones en Argentina, sólo 2,72% de la población acompañó a la fórmula “celeste”, integrada por Juan José Gómez Centurión y Cynthia Hotton, que pretendía representar al 15% de evangélicos de ese país.

Por lo tanto, trazar un mapa que vincule diferentes actores políticos y religiosos no debe llevarnos a pensar que existe una linealidad entre la religión de los votantes y el candidato que eligen en las urnas, o entre el candidato que apoya un líder religioso y la actuación electoral de la feligresía. Salvo en el caso de algunas iglesias con estructuras de control y disciplinamiento interno bien firmes, el electorado uruguayo sigue privilegiando las opciones políticas sobre las creencias religiosas.

En resumen, estamos frente a una nueva forma de la vieja disputa entre la espada y la cruz; se trata, al decir de Michel Foucault en su texto Seguridad, territorio, población (1978), de que la gobernabilidad se vincula con la actividad pastoral y su instrumental sobre el poder de controlar los cuerpos y las almas.

Ilustración: Ramiro Alonso.

Ilustración: Ramiro Alonso.

Neopentencostales y la Ley Integral para Personas Trans

Quizás el hecho más relevante de 2019 para comprender el vínculo entre religión y política estuvo dado por la fuerte actividad contra la Ley Integral para Personas Trans que llevaron adelante el diputado suplente Carlos Iafigliola, católico carismático, y el diputado Álvaro Dastugue, pastor neopentecostal de la iglesia Misión Vida. Aunque la votación no fue suficiente para avanzar con la derogación de la ley, este movimiento permitió dos cosas: por un lado, motivó el involucramiento bajo una misma causa de las bases conservadoras religiosas de estos sectores, y por otra parte, brindó la posibilidad de entrenar a las personas en el quehacer político y tener más experiencia para las elecciones. Asimismo, la alta votación de esta iniciativa lograda en Rivera y Artigas nos confirma el crecimiento de este sector neopentecostal, fuertemente influenciado por la cultura y política brasileñas en la frontera.

Alineados contra esta ley, y contra la perspectiva de género y diversidad, se manifestaron otros aliados con impronta religiosa: Gerardo Amarilla, bautista, Verónica Alonso, judía conversa, y Rodrigo Goñi, católico, todos del Partido Nacional (PN). Esta presencia judeocristiana conservadora en el PN, que funcionó como sector de oposición al avance de la nueva agenda de derechos en este período parlamentario, comenzó a perder fuerza por la falta de apoyo de los principales líderes del partido y por el desmarque que sufrieron de la propia fórmula presidencial blanca, que afirmó que no tocaría la nueva agenda de derechos.

Al igual que en otros países de la región, la agenda moral, y especialmente lo que se vincula con la diversidad sexual y el control del cuerpo de las mujeres, son los principales temas que disputan con sus aliados, temas que también generaron algunos quiebres en la interna de Esperanza Nacional, conformada por Alonso, Dastugue y otros dirigentes de la iglesia Misión Vida cuando estos se sumaron a la candidatura de Juan Sartori, ya que el empresario dijo estar de acuerdo con la agenda de derechos y mantuvo negocios vinculados con el cannabis. Este sector, que bajo la lista 880 nucleó en las internas 54 listas conformadas por pastores neopentecostales, se adjudica unos 40.000 votos, casi la mitad de los logrados por Sartori. Según lo que se resuelva en la negociación interna de este sector, sabremos si el Parlamento contará con una pastora o pastor más.

Nacionalismo evangélico

La presencia evangélica conservadora traspasa el sector de Alonso y Dastugue en el PN, ya que dentro del herrerismo el diputado Gerardo Amarilla amplió su campo de acción, que comenzó con su diputación desde 2010 en Rivera, a otras listas departamentales con presencia evangélica en Compromiso Nación. Asimismo, desde Durazno el diputado Benjamín Irazábal (pentecostal) parece estar firme en su alianza política con el intendente Carmelo Vidalín, y ambos buscarían mantener la intendencia de ese departamento y la banca parlamentaria.

Por otro lado, en Maldonado la intendencia de Enrique Antía tiene alianzas con dos vertientes neopentecostales locales: por un lado, los hogares Beraca de la iglesia Misión Vida, que históricamente han recibido apoyos económicos de la intendencia, y por otro lado la iglesia universal Pare de Sufrir, a la cual pertenece el director de asuntos sociales de dicha comuna. También Jorge Larrañaga tiene su referente pastoral y adoptó entre sus filas a Gavo Silveyra (cantante de música cristiana), que se abrió del proyecto político de su suegro, el apóstol Jorge Márquez de la iglesia Misión Vida, luego de diferencias surgidas después de las internas de 2014.

La novedad en varios sentidos es Cabildo Abierto, con la figura del ex general Guido Manini Ríos, que se ha definido como católico, seguidor del ideario artiguista, contrario a la “ideología de género” (a la cual define como colonización extranjera), defensor de los valores tradicionales y favorable a la derogación de la ley de la marihuana. Este discurso, que incluye elementos nacionalistas, populistas y católicos tradicionales, es una expresión política novedosa en nuestro país. La figura de Manini se vuelve atractiva para un voto conservador, que ve en el PN ambivalencias a la hora de defender posturas tradicionalistas.

Cristianos en el FA

El Frente Amplio (FA), especialmente en Montevideo, ha tenido históricamente un voto cristiano progresista que se ha reflejado en diferentes expresiones y sectores, desde su fundación, con la presencia del Partido Demócrata Cristiano (PDC) y de figuras relevantes, como la de Juan Pablo Terra. También con corrientes revolucionarias vinculadas con la teología de la liberación, que alentaron a protestantes y católicos a incorporarse al Movimiento de Liberación Nacional y a los Grupos de Acción Unificadora, expresiones que hoy se traducen en presencias cristianas en el Movimiento de Participación Popular y la Vertiente Artiguista.

En otros sectores del Frente Amplio también hay cristianos en lugares destacados. El Partido Socialista (PS), que cuenta con dos diputados católicos practicantes, como Gonzalo Civila, actual presidente del PS, y Enzo Malán, diputado por Soriano y ex catequista salesiano. Asimismo, podríamos dar referencias de la propia simpatía del presidente Tabaré Vázquez por el movimiento salesiano y de la práctica del catolicismo en su entorno familiar.

Ilustración: Ramiro Alonso.

Ilustración: Ramiro Alonso.

Desde la apertura democrática hasta ahora, la izquierda uruguaya parece haber estado desencontrada con las expresiones religiosas, pero lo religioso no ha estado ajeno ni en la historia ni en el presente de la fuerza política. Desde hace dos años, la creación de la “izquierda cristiana” como un espacio de reflexión política parece ser un intento más de volver a conectar y visibilizar el aporte de los cristianos en esta corriente política. En este sentido, la novedad electoral está dada por el lanzamiento del Espacio 427, que tiene al frente al prosecretario de Presidencia, Juan Andrés Roballo, como un intento de dar visibilidad al PDC dentro del FA, que suma a un grupo de jóvenes humanistas y a frenteamplistas independientes creyentes y ateos.

La presencia cristiana en los gobiernos frenteamplistas parece estar situada principalmente en el área social, como en los casos del padre Uberfil Monzón al frente del Instituto Nacional de Alimentación; el padre Mateo Méndez, ex director del Sistema de Responsabilidad Penal Adolescente; el actual vicepresidente del Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay, Fernando Rodríguez, parte del equipo pastoral de una iglesia protestante; y el secretario de derechos humanos Nelson Villarreal, un católico practicante.

La actual candidatura de Daniel Martínez jerarquiza la presencia cristiana en lo social, colocando como coordinadora de su equipo de políticas sociales a Mercedes Clara, una figura destacada del catolicismo por su dedicada investigación sobre la vida del Padre Cacho. Es interesante destacar que en el PN, Lacalle Pou también tomó de filas católicas, pero en este caso del Opus Dei, a su referente del área social, Pablo Bartol, ex director del colegio Los Pinos, el cual se proyecta como posible ministro de Desarrollo Social.

Todas estas presencias y trayectorias dan cuenta de que la religión y su acción social, cultural y política están presentes, a veces de forma sutil, y otras veces de formas tan evidentes que no las llegamos a ver.

Umbandistas y pentecostales en el FA

Además de cristianos progresistas, otras expresiones religiosas tienen lugar en el Frente Amplio (FA). Desde 2009, la mae umbandista Susana Andrade, diputada suplente, ha conformado un sector político denominado Atabaque. El propio intendente de Salto, Andrés Lima, desafía los esquemas de la izquierda uruguaya al convertirse de católico a pentecostal, terminando de completar un variado abanico de presencias religiosas en el FA.

Nicolás Iglesias Schneider es investigador especializado en religión y política.




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