Author Archive for Victor Bagnuoli

22
Jun
17

eeuu … por qué ganó trump

No se está entendiendo por qué ganó Trump

escribe: Vicenç Navarro
Catedrático de Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad Pompeu Fabra, profesor en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore. Columnista en el periódico Público de España

En la cobertura mediática del tsunami político que ocurre en EEUU se hace excesivo hincapié sobre la figura de Trump y su idiosincrasia y comportamiento atípico como presidente del país, sin analizar el contexto político que determinó tal elección, lo que hace que no se esté entendiendo por qué ocurrió tal tsunami. Atribuir este hecho –su elección como presidente- predominante a su figura es un error de primera magnitud, pues hay algo mucho más importante que Trump para comprender lo que está pasando en EEUU, y es entender por qué más de sesenta millones de personas votaron por él (casi el 50% de las personas que fueron a votar lo hicieron por él). Y lo que es incluso más importante es entender por qué la gran mayoría de la clase trabajadora blanca, que constituye la mayoría de la clase trabajadora estadounidense, lo votó. En realidad, la clase trabajadora blanca fue el centro de su base electoral. Este es el punto más importante que hay que entender. Sin comprender este hecho, habrá muchos Trumps como presidentes en las próximas décadas en EEUU.

¿Por qué la clase trabajadora votó a Trump?

En primer lugar, tenemos que hacer una aclaración, que es obvia, pero que parece desconocida, ignorada u ocultada en los grandes medios de información. En EEUU (como en todos los países de Europa) hay una clase trabajadora distinta a la clase media. En realidad, hay más estadounidenses que se definen como pertenecientes a la clase trabajadora que a la clase media. Los datos están ahí para aquellos que quieran verlos. Y lo mismo, por cierto, ocurre en la mayoría de países de la Unión Europea, incluyendo España.

Esta clase trabajadora en EEUU ha ido perdiendo capacidad adquisitiva en los últimos treinta años, desde los años ochenta, con la elección del presidente Reagan, que inició las políticas neoliberales que constituían un ataque frontal a la clase trabajadora. Las rentas del trabajo como porcentaje de las rentas totales del país han ido descendiendo, pasando de un 70% de todas las rentas a finales de los años setenta, a un 63% en el año 2012. El enorme endeudamiento de las familias estadounidenses (y el gran crecimiento del sistema crediticio financiero) se basa en este hecho. Este descenso de las rentas del trabajo creó un problema, al disminuir la demanda y el crecimiento económico (puesto que la mayor parte de la demanda procede del consumo originado por las rentas del trabajo). Por otra parte, el crecimiento del sector financiero (que, como acabo de decir, fue también consecuencia del descenso de las rentas del trabajo) y la escasa rentabilidad de las inversiones en el sector productivo de la economía (donde se producen los bienes y servicios) explican que crecieran las inversiones especulativas, creando las burbujas cuya explosión (sobre todo la inmobiliaria) creó la Gran Recesión, consecuencia del comportamiento especulativo del capital, facilitado por las políticas desreguladoras del capital financiero.

La desregulación del comercio y de la movilidad de capitales inversores que perjudicó a la clase trabajadora

Las políticas neoliberales, en su objetivo de incrementar la rentabilidad del capital, facilitaron la movilidad de las industrias manufactureras a países con salarios más bajos y con peores condiciones laborales. Ello causó una gran destrucción de puestos de trabajo bien pagados en el sector manufacturero de EEUU, ocupados en su mayoría por la clase trabajadora blanca. En realidad, bastaba que los dueños y gestores de las industrias manufactureras amenazaran a sus trabajadores con el traslado a otro país, para conseguir rebajas salariales y la aceptación de peores condiciones de trabajo. Es lógico, pues, que la clase trabajadora, afectada por tal movilidad de industrias a otros países con salarios mucho más bajos, odiara los tratados de libre comercio y a los gobiernos que los promovían. En realidad, los efectos de tal movilidad aparecen claramente en los barrios donde viven los trabajadores metalúrgicos en la ciudad de Baltimore (tales como Dundalk), uno de los centros industriales más importantes de EEUU. El traslado de los altos hornos del acero (Bethlehem Steel Corporation) a otro país creó un enorme deterioro en tales barrios. Estas políticas neoliberales han sido llevadas a cabo por todos los gobiernos federales, desde Reagan hasta Obama, siendo, por cierto, más acentuadas y promovidas por los presidentes demócratas Clinton y Obama, que por los republicanos.

Otra causa del enfado de la clase trabajadora: Las limitaciones de los programas sociales federales

El Estado del Bienestar en EEUU está muy poco desarrollado. Como resultado del enorme poder que los propietarios y gestores de las grandes corporaciones financieras, industriales y servicios tienen sobre el Estado federal (lo que en aquel país se llama la Corporate Class), los derechos sociales y laborales están muy poco desarrollados. No hay, por ejemplo, el derecho de acceso a los servicios sanitarios. En realidad, en EEUU hay más muertes debidas a falta de atención médica que a la enfermedad del SIDA. Un indicador de la crudeza e insuficiencia del sistema sanitario estadounidense es que el 44% de las personas que se están muriendo (es decir, que tienen enfermedades terminales) indican que están preocupadas por cómo ellas o sus familiares podrán pagar sus facturas médicas. No hay plena consciencia en Europa de que EEUU es el capitalismo sin guantes.

No existe en EEUU la universalidad de derechos, es decir, que una persona, por ser ciudadana o residente, tenga un derecho en concreto. La provisión de servicios sanitarios, por ejemplo, depende de la renta de una persona, siendo los programas sanitarios del gobierno federal (como Medicaid) de tipo asistencial, es decir, de ayuda a los pobres, que, erróneamente, se cree que son los negros (en realidad, la gran mayoría de pobres en EEUU son blancos, aunque los negros son los más pobres entre los pobres). Pero en el imaginario popular, entre la clase trabajadora blanca, se considera que son los negros los que se benefician más de estos programas federales, cuyos gastos se cubren primordialmente con los impuestos que pagan las clases populares. De esta percepción (errónea) se crea el antagonismo de la clase trabajadora blanca (que no se beneficia de estas políticas federales asistenciales) hacia el gobierno federal, por pagar, con sus impuestos, la asistencia sanitaria a los pobres (que consideran que son los negros). De ahí la elevada impopularidad entre la clase trabajadora blanca de los programas antipobreza federales (que Trump quiere disminuir radicalmente).

¿Qué ha estado haciendo el partido supuestamente de izquierdas, el Partido Demócrata?: Las limitaciones de las políticas de identidad antidiscriminatorias

Uno de los atractivos del modelo americano ha sido la posibilidad de ascender en la escala social. La movilidad vertical era la base del sueño americano (The American Dream). Esta percepción daba pie a relativizar la clase social en la que un ciudadano nacía, puesto que se asumía que podría ascender a las otras clases sociales, incluyendo la que se llamaba la clase alta.

Se reconocía, sin embargo, que tal movilidad social estaba perjudicada por la discriminación que las minorías (como las afroamericanas) y las mujeres sufrían. De ahí que, a partir de la legislación de derechos civiles, iniciada por el presidente Johnson (en respuesta al movimiento liderado por Martin Luther King en defensa de los derechos civiles), el gobierno federal estableciera las políticas antidiscriminatorias, como el punto central de sus políticas sociales, que tenían como objetivo facilitar la integración de los sectores discriminados dentro de la movilidad vertical, favoreciendo a minorías y mujeres, aumentando con ello su número en las estructuras de poder político y mediático. La elección de un afroamericano, Barak Obama, como presidente, culminó este proceso entre los negros, y el intento de la candidata Clinton hubiera tenido el mismo significado para las mujeres.

Ahora bien, la mayor discriminación que existe en EEUU es la discriminación por clase social. La mortalidad diferencial por clase social es mucho mayor, por ejemplo, que la mortalidad diferencial por raza o género. Es más, la mortalidad diferencial por raza tiene poco que ver con la raza, sino con racismo. La discriminación racial pone a la mayoría de negros en la clase trabajadora no cualificada y peor pagada. Tal discriminación de clase relativiza el sueño americano, pues la movilidad social, que permite el paso de la clase trabajadora a las clases más pudientes, ha sido siempre –en contra del mito del sueño americano- muy limitada y menor, por cierto, que en países como los escandinavos, donde los instrumentos de la clase trabajadora (como los partidos de izquierdas y los sindicatos) han sido más poderosos.

La falta de sensibilidad hacia la discriminación de clase explica que la clase trabajadora blanca tenga poca simpatía por los programas antidiscriminatorios, los cuales no la benefician directamente. En realidad, el aumento de negros y mujeres en las estructuras de poder ha tenido muy escaso impacto en la mayoría de negros y mujeres que pertenecen a la clase trabajadora. El estándar de vida de la clase trabajadora negra no aumentó durante el gobierno Obama. Y lo mismo hubiera ocurrido con las mujeres si hubiera ganado las elecciones la Sra. Clinton. Su insensibilidad hacia la discriminación de clase y la necesidad de incorporar la variable de clase en sus políticas (llegando incluso a insultar a la gente trabajadora seguidora de Trump) explica que la mayoría de mujeres de clase trabajadora no votaran por ella, sino a Trump.

Las únicas voces dirigidas a la clase trabajadora: Sanders y Trump

Las únicas voces que hablaron a y de la clase trabajadora fueron el candidato demócrata Bernie Sanders y el candidato republicano Donald Trump. El primero, un senador socialista conocido por su integridad y continua defensa del mundo del trabajo, criticó las políticas neoliberales que habían afectado muy negativamente el nivel de vida de la clase trabajadora, denunciando los tratados de libre comercio que habían promovido los gobiernos demócratas de Clinton y de Obama, siendo una de sus máximos defensores la Sra. Hillary Clinton, primero como esposa del presidente Clinton, y más tarde como Secretaria de Estado (cargo semejante al de Ministro de Asuntos Exteriores). Criticó también las reformas laborales realizadas por los sucesivos gobiernos, las cuales descentralizaron los ya muy descentralizados convenios colectivos, debilitando a los sindicatos. Su grito de batalla electoral era que EEUU necesitaba una revolución política, rompiendo con el maridaje del poder económico y financiero con el poder político, maridaje que es favorecido por la financiación privada del proceso electoral, mediante la cual los lobbies financieros y económicos financian a los candidatos sin ningún freno en la cantidad de dinero que estos candidatos puedan recibir, para, entre otras cosas, comprar espacio televisivo, que está completamente desregulado, disponible para el mayor comprador. Sanders propuso la financiación pública del proceso electoral, reduciendo o incluso eliminando la financiación privada derivada de los lobbies financieros, económicos y profesionales. Ganó en 22 de los 50 Estados durante las primarias del Partido Demócrata, siendo el más popular entre la gente joven y la trabajadora. Las encuestas mostraban que hubiera ganado las elecciones a Trump.

Pero el aparato del Partido Demócrata, claramente controlado por los Clinton y los Obama, se movilizó para destruirlo, siendo el adversario principal del partido. La victoria de Hillary Clinton sobre Sanders aumentó la abstención de un porcentaje muy elevado de los jóvenes, y causó un flujo de votantes antiestablishment hacia Trump. Las clases populares querían primordialmente mostrar su gran rechazo al establishment político-mediático centrado en Washington, la sede del gobierno federal.

La derrota de Sanders promovida por el Partido Demócrata facilitó la victoria de Trump

La derrota de Bernie Sanders facilitó la victoria de Trump. Pero la mayor causa de su éxito fue la movilización del movimiento libertario, dirigido por el Tea Party, que había ido infiltrando y controlando las bases del Partido Republicano, en su lucha contra el establishment político de Washington, incluyendo el establishment republicano. Este movimiento, claramente financiado por intereses financieros de carácter especulativo (como los hermanos Koch), tenía como su objetivo central eliminar la presencia del Estado federal en la escasamente regulada actividad financiera, como por ejemplo en los sectores inmobiliarios, los sectores de casinos y juego, y la actividad especulativa de la banca. Estos sectores se aliaron con la clase trabajadora blanca que, por las razones indicadas anteriormente, se oponía al Estado federal. Fue esta alianza la que constituyó la base del movimiento libertario, un movimiento de ultraderecha que sembró el campo para el éxito de la candidatura de Trump. Este diseñó su campaña con un programa para anular los tratados de libre comercio y favorecer las rentas del capital, bajando espectacularmente los impuestos de sociedades de un 35% a un 15% y eliminando los programas antipobreza y los programas antidiscriminatorios con una narrativa racista y machista. El suyo es un programa libertario como máxima expresión del neoliberalismo, intentando eliminar la influencia del sector público y de las intervenciones públicas mediante la privatización de los programas públicos.

¿Es Trump un fascista?

Trump tiene características de la ideología fascista, tales como un nacionalismo extremo basado en un sentido de superioridad de raza y de género (un machismo muy acentuado), con un canto a la fuerza y a la intervención militar, con una concepción no solo autoritaria, sino también totalitaria del poder, deseoso de controlar los mayores medios de información y reproducción de valores (desde la prensa y la televisión, hasta al mundo universitario), profundamente antidemocrático, presentándose como el salvador de las víctimas del sistema político corrupto.

Ahora bien, también hay que subrayar las características que le diferencian del fascismo. Una es que Trump no creó un movimiento y partido, sino que fue al revés: el movimiento popular antiestablishment creó a Trump. La segunda característica que le aleja del fascismo es que está en contra del Estado (a la vez que lo instrumentaliza para optimizar sus intereses particulares y los intereses del mundo del capital), siendo su postura un libertarismo neoliberal extremo. En realidad, es la expresión máxima del neoliberalismo. Definir a tal movimiento como populista es no entender los EEUU. En realidad, han existido partidos semejantes al Tea Party que tuvieron características parecidas al actual. Nada menos que Henry Wallace, el vicepresidente progresista del presidente Roosevelt, alertó de la posibilidad que surgiera un fascismo americano, con características propias, que en defensa del ciudadano común se convertiría en el máximo exponente de los intereses del mundo del capital, el cual es siempre proclive a movimientos autoritarios y totalitarios, intentando establecer un orden altamente represivo que impida el surgimiento de movimientos que amenacen las estructuras de poder. Trump es un ejemplo de ello.

El término populismo, utilizado por el establishment político mediático para definir cualquier movimiento contestatario, tiene escasísima capacidad analítica para entender lo que está pasando en EEUU (y en Europa). En EEUU es un movimiento libertario extremo con características totalitarias semejantes (pero no idénticas) al fascismo que votó unánimemente contra el establishment político-mediático -el Partido Demócrata-, representado por Hillary Clinton apoyando en su lugar a Trump que, astutamente utilizó una narrativa antiestablishment, presentándose como la alternativa a tal rechazado establishment. Definir este fenómeno como populismo tiene poco valor explicativo. Es lógico que el establishment político-mediático lo defina como tal, pues es la manera de caricaturizarle, dificultando su comprensión, pero no tiene ningún valor ni científico ni explicativo, pues dificulta la comprensión del fenómeno que se analiza.

¿Qué pasará en EEUU?

En realidad, la evidencia apunta a que el establishment político-mediático estadounidense tampoco entiende lo que está pasando en aquel país. Su obsesión con la figura de Donald Trump, sin analizar y actuar sobre las causas de que casi la mitad del electorado le votase, es un indicador de ello. Y la respuesta del Partido Demócrata a este hecho es dramáticamente insuficiente: sus propuestas son continuadoras de las que propusieron las últimas administraciones de tal partido (Clinton y Obama), sin que haya incurrido en la más mínima autocrítica. Asumen que la falta de popularidad del presidente Trump forzará un cambio, incluyendo su posible impeachment, ignorando que lo que determina la victoria de un candidato no es su popularidad en el país, sino el nivel de apoyo que consigue entre el electorado que lo vota en relación con otras alternativas. Y lo que está predeciblemente ocurriendo es que mientras la popularidad general del presidente Trump está descendiendo (nunca fue muy popular), la que tiene entre sus votantes es extraordinariamente alta. Vemos que, en contraste con lo que ocurre en el Partido Demócrata, la lealtad del votante a Trump es elevadísima. Es visto, por parte de las bases electorales, como el antipolítico, sujeto a una gran hostilidad por parte de los mayores medios de información, a los cuales sus votantes detestan.

Referente a las posibilidades de ser expulsado de su cargo (impeachment), estas son pequeñas, pues ello dependería de una acción del Congreso, hoy controlado por el Partido Republicano, donde el movimiento libertario de ultraderecha tiene un enorme poder. En ausencia de un cambio improbable en el Partido Demócrata, las próximas elecciones al Congreso verán un enorme aumento de la abstención (ya siempre muy elevada) que permitiría mantener el Congreso y el Senado en manos del Partido Republicano. Solo en caso de que este perdiera el control del Congreso podría ocurrir el impeachment. De ahí que lo que ocurra va a depender no solo de lo que suceda en la administración Trump, sino también de lo que pase en el Partido Demócrata que pueda movilizar el voto abstencionista. El sistema electoral estadounidense imposibilita la aparición de un nuevo partido. De ahí que la crisis del bipartidismo que hemos visto en Europa no se dará en EEUU.

El panorama futuro de EEUU es más que preocupante. Pero no hay que olvidar que la enorme crisis política que tiene el país ha sido causada por la políticas neoliberales realizadas desde los años ochenta, iniciadas por el presidente Reagan y continuadas por todos los demás, Bush senior, Clinton, Bush junior y Obama. No hay que olvidar que el enorme desencanto creado por el presidente Obama favoreció la victoria de Trump. El “Yes, we can!” (¡Sí, nosotros podemos!) quedó en un eslogan que no se materializó en la medida en que las expectativas que había generado no se cumplieron, destacando su complicidad con los grandes poderes financieros (centrados en Wall Street), los cuales frenaron significativamente su vocación transformadora.

En realidad, ha ocurrido en EEUU lo que también se ha dado en Europa. La aplicación de las políticas neoliberales ha creado esta enorme crisis y un rechazo (al cual también se le define erróneamente como populismo) que está predominantemente centrado en las clases populares y que, debido a la adaptación de las izquierdas tradicionales al neoliberalismo, ha sido canalizado por partidos de ultraderecha, con características semejantes al fascismo. Las políticas neoliberales de Trump continuarán imponiéndose, paradójicamente envueltas en una narrativa “obrerista” y “proteccionista” que entra en claro conflicto con las políticas de la administración Trump, que son profundamente hostiles hacia el mundo del trabajo a costa de un tratamiento claramente preferencial hacia el mundo del capital. Y con unas políticas comerciales que continuarán la dinámica de la globalización neoliberal, realizada no a base de tratados de libre comercio que incluyen varios países, sino a través de tratados bilaterales que permitan a EEUU tener mayor control de los términos de tales tratados. Trump representa así la máxima expresión del neoliberalismo. De ahí su enorme capacidad de dañar el bienestar de las clases populares del mundo, incluyendo las clases populares de EEUU, las primeras víctimas del capitalismo sin guantes, con una concepción darwiniana caracterizada por su enorme insensibilidad social y carente de solidaridad, con un canto a la acumulación de capital sin freno, sin límites en su comportamiento para así alcanzarlo. Lo que está ocurriendo muestra que, como bien indicó Rosa Luxemburg, las alternativas entre las que la humanidad debería escoger serían el barbarismo (al cual la evolución del capitalismo podría llevar) o el socialismo. El neoliberalismo y su máxima expresión nos están llevando claramente a la primera de esas alternativas. Así de claro.

21
Jun
17

Colombia … piedad córdoba

COLOMBIA

Piedad Córdoba: “Voy a ser candidata y seré Presidenta de Colombia en 2018”

A casi siete años de haber sido destituida como senadora de la República por supuesta “colaboración con las FARC”, Piedad Córdoba regresa a la política y anuncia que será candidata y que quiere ser presidenta de Colombia.

La ex senadora colombiana Piedad Córdoba anunció este martes que se postulará como candidata a las elecciones presidenciales de 2018 con una “propuesta ciudadana” alejada “de las cúpulas”.

“Voy a ser candidata y seré presidenta en 2018”, escribió en su cuenta de Twitter.

Córdoba regresará a la política después de haber sido inhabilitada para ejercer cargos públicos en 2010, tras haber sido acusada de colaborar con la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, una decisión que finalmente fue anulada en agosto del año pasado.

En una entrevista con el diario El Tiempo donde confirmó su candidatura fue consultada sobre cómo será su regreso a la política y aclaró: “nunca me fui de la política. A pesar de todas las adversidades que me tocó afrontar: la inhabilidad ilegítima e ilegal que tuvieron que revocar, el secuestro, el exilio, las amenazas a mí y a mi familia, siempre estuve haciendo política junto a los colombianos, quienes siempre me vieron a su lado en mis recorridos por el país”.

Y agregó “de lo que sí estuve siempre alejada fue de esos políticos que gobiernan a espaldas de la gente e incluso contra ella”.

Córdoba señala que desde su punto de vista la mayoría de los colombianos ya no se sienten representados “por esa vieja política que ni le habla de sus problemas ni los resuelve. A los colombianos les preocupa su empleo, el salario que no llega a final de mes, la falta de oportunidades para sus hijos a pesar de su capacitación, las largas horas que tienen que pasar en sistemas de transporte ineficaces para llegar a sus lugares de trabajo o centros de estudio… Eso es lo que verdaderamente les importa”, aseguró.

A su vez adelantó que iniciará un proceso de recolección de firmas por todo el país para presentar su candidatura bajo la modalidad de grupo significativo de ciudadanos. “Cientos de voluntarios en todos los rincones de Colombia ya están dispuestos para iniciar este proceso”, aseguró.

Coalición con las FARC

Consultada sobre si piensa ser candidata del partido que formarán las FARC, dijo: “no tengo la menor idea sobre las decisiones que vayan a tomar las Farc en el congreso de la conformación de su partido y de este me imagino que va a surgir o su apoyo a algún candidato o su propio candidato, por esta razón, en estos momentos con ciudadanos de varias partes del país estoy concentrada en construir una propuesta ciudadana con la gente que entiende que sus problemas reales no han sido resueltos y quiere propuestas claras para encontrar soluciones, y que son la mayoría de los colombianos. Hay una Colombia real que no es representada por la clase política en la Colombia oficial. Estamos buscando un horizonte, una perspectiva de solución para que vivamos mejor, poniendo el foco en la realidad de todos”, explicó.

Mientras que si sobre se vería en una coalición con las FARC, respondió “se presento con un proyecto de base, de la gente, de los colombianos de a pie, a través del mecanismo de recolección de firmas. Este es mi objetivo y a él me voy a dedicar en cuerpo y alma. Todo lo demás es política ficción”.

20
Jun
17

intelectual y revolucionario

Un intelectual revolucionario

escribe: Emir Sader

Sociólogo y filósofo brasileño, director del Laboratorio de Políticas Públicas (LPP) de la Universidad del Estado de Rio de Janeiro. Master en filosofia política y doctor en Ciencia política.

Fernando Martínez Heredia, muerto esta semana en La Habana, fue el intelectual más importante de la Revolución Cubana. Su trayectoria, su obra, su actuación en Cuba y en toda América latina, han hecho de él y de sus ideas, una presencia insustituible en la lucha de ideas.

Fernando dirigió la revista Pensamiento Critico, la más importante del continente en los años 1960, que hacía llegar a Cuba y a muchísimos países de América Latina lo más nuevo y relevante que producía la nueva izquierda mundial. Se mezclaban textos del Che, discursos de Fidel, con artículos de Ernst Mandel, de Althusser, de líderes de la izquierda latinoamericana, junto a la reediccion de textos clásicos del marxismo.

Mas adelante Fernando fue un activo participante del Centro de Estudios de América (CEA), que reagrupó lo mejor y lo más importante de la intelectualidad cubana, publicando textos determinantes para entender la realidad cubana y de todo el continente.

En el momento de su muerte, trato de rescatar su trayectoria personal, su formación política, para que se tenga una idea de cómo se formaba la intelectualidad cubana en los comienzos de la Revolución. Siempre uno llegaba a La Habana y buscaba a Fernando para enterarse de cómo andaba la isla, a qué se dedicaba él, cuáles eran sus grandes preocupaciones. Y puedo decir que siempre, a lo largo de tantas décadas transcurridas desde el comienzo de la Revolución, hemos coincidido siempre en nuestras visiones políticas y preocupaciones teóricas.

En uno de esos viajes le hice una larga entrevista para la revista Crítica y Emancipación (año 9, numero 5) que yo fundé y dirigí en sus primeros años, cuando dirigía Clacso. Así él se refería a sus orígenes: “Nací en el pueblo de Yaguajay, en la antigua provincia de Las Villas. Mi padre pedía limosna en la calle cuando era niño y no fue nunca a una escuela. Mi madre hizo solo el primer año de primaria y de ahí pasó a ser una niña obrera en la industria del tabaco. Eramos seis hermanos pero solo cuatro llegamos a adultos. Yo nací en 1939. Estudié siempre en escuelas públicas. Comencé a leer cosas politizadas en Bohemia, la revista semanal cubana más famosa, de extraordinaria calidad. Tiraba más de 300 mil ejemplares. Enviaba 700 ejemplares a Buenos Aires por avión”.

“En Santa Clara participé en las protestas estudiantiles. Por primera vez oí hablar de Fidel. Asaltaron al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 y ello me causó un impacto decisivo. Yo tenía entonces 14 anos y mi mamá me había llevado a ver unos familiares a un poblado. Al salir vimos el cuartel con todos los soldados en guardia. Preguntamos a alguien, que nos dijo que habían peleado en Santiago de Cuba y que el ejército estaba movilizado. Al día siguiente el dictador habló al país, lo escuché y pensé que había dicho muchas mentiras, y que los asaltantes al Monada eran unos héroes revolucionarios. Para hacer algo comencé a anotar en una libreta los pocos nombres de los muertos que iban apareciendo, para evitar que cayeran en el olvido”.

Cómo viviste el primero de enero del 1959, le pregunté: “Yo estaba en Santa Clara, se estaba combatiendo ahí desde el 28 de diciembre. Es la famosa batalla que dirigió el Che. Recuerdo al Che con un brazo fracturado, con una seguridad absoluta en sí mismo, caminando por una vía principal, la calle Independencia, ancha y recta. El ejército trataba de avanzar como a 700 metros, venía con 2 tanques; sus disparos eran lejanos, pero en línea recta el fusil es efectivo a esa distancia y más. El Che se detuvo delante de una vidriera destrozada del Ten Acentos, y llegó bajo el fuego hasta la esquina siguiente, donde había cinco o seos rebeldes. Yo estaba a unos 50 metros, con bastante miedo, pegado a la acera. Ahora pienso que actuaba así para darles confianza a los que veían, porque los cañones de tanques en una ciudad hacen un ruido espantoso”.

Así Fernando tuvo las primeras noticias y los primeros contactos con Fidel y con el Che, así empezó a integrarse a la Revolución en su país. La primera lectura de marxismo que le dieron fue el Manual de Economía Política, de la Academia de Ciencias de la URSAS. Y reaccionó rápido: “Si esto es el marxismo, yo no sigo, esto es insoportable”. Felizmente para el marxismo cubano pocos meses después le dieron El Estado y la Revolución, de Lenin, cuya lectura le encantó. Pero su “maestra principal del marxismo era la Revolución”. “Yo absorbía todo lo que Fidel decía”.

En la entrevista Fernando relata cómo nació la idea de la revista Pensamiento Crítico, cómo surgió su primer número a fines de 1966, sobre las luchas armadas en América latina. A partir de ahí Fernando Martínez Heredia se proyectó como un líder de vanguardia del pensamiento crítico cubano y latinoamericano. En los últimos años se dedicó a un balance de la historia cubana del siglo XX, retomando temas como la cuestión nacional, su articulación con la lucha por el socialismo, así como un balance del pensamiento y de la vida de Fidel, su última obra.

19
Jun
17

la corrupción

La corrupción y la ética del cambio social

escribe: Nicolás Lasa

En los últimos años han ganado espacio, en los medios masivos de comunicación, múltiples voces que se alzan contra la corrupción. Este fenómeno se produce en toda la región y también en Uruguay. De forma cuasi monocorde, diversos actores han repetido hasta el hartazgo que no existe corrupción de izquierda o de derecha, sino corrupción a secas. En esta columna me propongo problematizar esta idea bastante extendida.

El campo del lenguaje es, sin lugar a dudas, un escenario de disputas ideológicas de diverso tipo, y en él también se expresan las relaciones de poder existentes en la sociedad. Su dimensión performativa, al tiempo que construye realidades e identidades, también invisibiliza. Si el proyecto de la izquierda encierra opciones valorativas vinculadas con la libertad, la igualdad, la justicia y la solidaridad, debemos disputar el sentido de la noción de corrupción política en tanto guarda relación directa con ese marco de valores.

Para la izquierda la corrupción política no debería restringirse exclusivamente a las conductas delictivas. Debemos ser implacables y condenar con severidad a todos aquellos a cuyas conductas les cabe la comisión de una figura delictiva. No obstante, hay otras formas de corrupción política más veladas, relacionadas con cierta permisividad en la función pública y con la corrosión ideológica.

Para los militantes de izquierda la superación del sistema se constituye en un imperativo ético que supone luchar, en el marco de la crisis civilizatoria que se nos presenta, por la reafirmación de la vida humana en un mundo hegemonizado por un modelo de acumulación motorizado por el afán de lucro, la desigualdad y la condena de millones al hambre y la exclusión. En definitiva, a la muerte.

Sostener que el poder político se corrompe implica necesariamente conceptualizar qué entendemos por poder y qué entendemos por política. En este terreno son variadas las interpretaciones. Desde nuestra concepción, el poder no debe entenderse como ejercicio de dominación, sino como un instrumento creativo en la construcción de esa sociedad de nuevo tipo a la que aspiramos. El poder no es algo que se posea, sino que se ejerce y circula en las diferentes relaciones sociales.

Desde nuestra concepción, y no desde otras, la burocratización es una forma de corrupción política, en tanto el poder se fetichiza y el individuo tiende a afirmarse a sí mismo o a la institución en la que presta funciones como fuente primera y última del poder, como afirma Enrique Dussel. Esta pérdida de referencia a la comunidad política, a las mayorías sociales expresadas, esa disociación de la trama de relaciones sociales que dan sustento a los proyectos populares, es también una forma de corrupción menos mediática pero letal para el futuro de la izquierda.

En este plano debemos ser especialmente cuidadosos. Para quienes levantamos las banderas de la transformación social, los espacios institucionales no constituyen un privilegio sino un lugar de militancia y de servicio. Utilizarlos en la lucha por intereses propios, corporativos o minoritarios, independientemente de que esos actos no constituyan delito alguno para la legalidad vigente, constituye una forma de corrupción política, de traición a las mayorías sociales y al programa de cambios.

La credibilidad y la representación política cabal de las mayorías sociales son fundamentales para los gobiernos populares. En el imaginario social las prácticas de la derecha política están fuertemente asociadas a la corrupción. No sólo por los antecedentes, sino por el vínculo orgánico que estas expresiones políticas guardan con los poderes fácticos, aquellos que no son accesibles a la democracia: el poder económico expresado en las oligarquías locales y en las corporaciones multinacionales. Hay diversas formas de corrupción privada asociadas al poder económico, que se encuentran absolutamente naturalizadas, legitimadas por esa ética capitalista que nos anestesia, según la cual el fin de la acumulación lo justifica todo.

Basta ver lo que el conglomerado de poder económico-mediático y sus representantes políticos le han hecho en los últimos años a nuestra América Latina, instrumentalizando la democracia y valiéndose de instrumentos aparentemente legales para recuperar sus privilegios, como en el caso reciente de Brasil.

Ante la reedición del “son todos iguales” como estrategia propagandística de los conservadores, que hoy se nos presentan a cara lavada desde su rol de empresarios exitosos, postulándose como la solución a los problemas que su modelo de acumulación produjo, debemos legitimarnos reivindicando la política como espacio privilegiado de construcción de lo público. Debemos corregir a quienes se salgan del camino y constituirnos en testimonio viviente de las ideas que defendemos. No hay disociación de la vida privada y la pública posible; la transparencia es una seña de identidad de la izquierda, y el servicio, nuestra forma de vida.

Asumámonos entonces como servidores de las voces bajas de la historia y gritemos con fuerza que estamos en el gobierno pero estamos contra un sistema esencialmente corrupto. Ahí radica nuestra diferencia, ahí nuestra identidad.

18
Jun
17

Venezuela y España de 1936

España 1936 y Venezuela 2017: golpes de Estado y confabulación fascista

escribe: J. Á. Téllez Villalón / Cubarte

Es conocida la manipulación por las oligarquías del concepto de democracia y su confabulación internacional para ejercer –hasta límites dictatoriales- la dominación política y mutilar, con ello, los derechos económicos, sociales y culturales de la inmensa mayoría.
La actual campaña de la derecha global contra el pueblo venezolano, con la OEA y Luis Almagro como punta de lanza, tiene un antecedente bastante ilustrativo en el golpe de Estado de julio de 1936 contra la II República española. Este suceso dio inicio a una Guerra Civil que ensangrentó a España y desembocó -luego de una heroica resistencia- en una larga y cruel dictadura, con “una historia de degradación y asesinato en masa” [1].

Contra ciertos mitos que aún perduran, aquel fue un golpe militar encabezado por los generales Francisco Franco, Emilio Mola y José Sanjurjo, en contubernio con otros poderes oligárquicos, nacionales y extranjeros. Días antes, el general Emilio Mola había firmado una instrucción confidencial bajo el seudónimo El Director, en la que llamaba al golpe: “Las circunstancias gravísimas que atraviesa la nación, debido a un pacto electoral que ha tenido como consecuencia inmediata que el Gobierno sea hecho prisionero de las organizaciones revolucionarias, llevan fatalmente a España a una situación caótica, que no existe otro medio de evitar que mediante una acción violenta […] se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo” [2].

El equivalente español al 16D venezolano, fue el 16F de 1936, solo que, en signo contrario, una derrota electoral de la oligarquía. Ante la cual, el partido hegemónico de la derecha durante la II República, la falangista Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) -la MUD de aquella España-, los grupos “monarquizantes” y el alto clero católico desencadenaron un plan golpista para frenar los proyectos populares del Frente Popular – una coalición de partidos de izquierdas- y abolir la Constitución republicana de 1931.

Para lograr su propósito -como lo describió Raúl Roa en su artículo Pablo de la Torriente Brau y la Revolución Española [3]-, la derecha desata sobre el gobierno legítimo “un diluvio de injurias y de falsas acusaciones, capaces de suscitar en torno suyo una atmósfera de inquietud y de confusión”. Al unísono, desde sus escaños parlamentarios, Gil-Robles y Calvo Sotelo- los Ramos Allup y Julio Borges de ayer-, “arremetieron contra el gabinete de Cáseres Quiroga, imputándole estar al servicio de intereses extraños, mientras la prensa derechista-verdadero surtidor de inmundicias- iniciaba, por su parte, un ataque refinado y sistemático contra el prestigio y esencia de las instituciones republicanas, intentando infiltrar en la opinión neutral del país la creencia de que por el camino de la democracia y del Frente Popular se iba, Inexorablemente, a la anarquía y a la barbarie”.

Esta repugnante campaña –afirma Roa- “era la etapa previa del movimiento sedicioso, estudiado y aprobado, dos meses antes del triunfo electoral de las izquierdas, por Sanjurio y los agentes de Hitler y de Mussolini”. “La agitación –atizada ya sin embozo por los cónsules italianos y las oficinas comerciales nazis-adquirió un ritmo aciclonado. Los atentados y masacres de obreros, ejecutados por falangistas y pistoleros a sueldo se multiplicaban por días”. Ante las “embestidas y provocaciones” de la derecha, el gobierno legítimo de Cáseres Quiroga se determinó a asumir una actitud enérgica y a cortar el ascenso de la marejada fascista. El pueblo, “olfateando la inminencia del golpe de Estado”, se lanzó a la calle. El 18 de julio fue la respuesta de la reacción a esa defensa popular.

De aquella primera intentona de la anti-España contra la España vital, salió victorioso el pueblo. Los generales traidores y sus amos extranjeros, habían olvidado -al decir de Roa- que el pueblo existía, que estaba presto a defender, a precio de vida, las libertades populares y las esencias más puras y progresistas de la cultura y de la personalidad histórica de España. Así ignora hoy la reacción al heroico pueblo de Bolívar.

El “Generalísimo” -como también se practica por la derecha de hoy-, recurrió a la retórica de una supuesta defensa de la democracia, la libertad y contra el peligro del comunismo. Así, en su Manifiesto de las Palmas expresó: “La Constitución, por todos suspendida y vulnerada, sufre un eclipse total; ni igualdad ante la Ley, ni libertad aherrojada por la tiranía…”.

Se urdió un autoproclamado movimiento nacionalista, pero respaldado por el fascismo internacional. El mismísimo rey Alfonso XIII, exiliado en Italia, pidió apoyo a Mussolini para un eventual golpe de Estado y restaurar la Monarquía. Además, se ha demostrado la financiación de la derecha falangista por parte de Navarra, Portugal, Alemania y de diferentes empresas y bancos extranjeros.

Los verdaderos objetivos del golpe y no el “peligro rojo” o el “peligro comunista -como no lo es hoy en Venezuela “el peligro cubano”-, eran frenar las reformas progresistas y democráticas, diseñadas en los primeros años de la II República. Entiéndase, la reforma agraria, los estatutos de autonomía, la reforma militar y una política cultural que favorecía al pueblo. Era “una explosión de barbarie” contra los intentos republicanos de “civilizar” a los de abajo.

Como lo describía la sección española de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura (AIDC) en su manifiesto del 30 de julio de 1936: “Este levantamiento criminal de militarismo, clericalismo y aristocratismo de casta contra la República democrática, contra el pueblo, representado por su Gobierno del Frente Popular, ha encontrado en los procedimientos fascistas la novedad de fortalecer todos aquellos elementos mortales de nuestra historia…”. [4]

Ante esta arremetida fascista y al llamado de la AIDC española, respondieron consecuentemente los intelectuales revolucionarios, pacifistas y antifascistas de todo el mundo; plenamente conscientes de lo que estaba en juego en tierras ibéricas.

El intelectual francés André Malraux escribió en aquellos días que “las grandes maniobras ensangrentadas del mundo habían comenzado en España, el científico alemán Albert Einstein veía como única razón para mantener la esperanza “la lucha heroica del pueblo español por su libertad y su democracia” y el también alemán Güstav Regler llegó a decir que en España “no escribimos Historia, la hacemos”.

Desde los primeros años de la década del 30, los intelectuales habían desplegado una serie de encuentros y habían creado organismos a favor de la paz y en repudio al fascismo. Entre estas iniciativas antifascistas impulsadas por la intelectualidad de izquierda se destaca el Movimiento Amsterdam-Pleyel, concretado por iniciativa de Romain Rolland y Henri Barbusse, en cuyas reuniones se denunciaron las secuelas de la Primera Guerra Mundial y los intelectuales se comprometieron activamente con la defensa de la paz. En Italia, Benedetto Croce y otras figuras eminentes de la inteligencia subscribieron la Protesta de los intelectuales italianos contra el fascismo y los seudointelectuales a sus plantas. “Nuestra fe no es una excogitación artificiosa y abstracta (…), es la posesión de un tradición, convertida en disposición del sentimiento, en conformación mental y moral” -declaraban [5].

Rolland y Barbusse organizaron en agosto de 1932 el Congreso Internacional contra la Guerra y el Fascismo, que se reunió en Ámsterdam con el fin explícito de frenar la amenaza de Japón contra la URSS. Rolland hizo un llamado, enarbolado después por España y que hoy pudiese ser extendido a la solidaridad con Venezuela: “¡La Patria está en peligro! Nuestra Patria Internacional”.

Ante el creciente clima derechista, fascista y totalitario, se fundó por Louis Aragon, en el París de 1933, la Maison de la Culture. Poco después surgía la revista Commune, con Andre Gide, Barbusse y Paul-Yves Nizan.

En 1935, en la Sala de la Mutualité de la capital francesa se realizó el I Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. En el cónclave se constituyó la Asociación Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, con una junta directiva de doce miembros entre los cuales se hallaban Valle Inclán, Thomas Mann, Gorki, Bernard Shaw, Aldous Huxley y Sinclair Lewis. Asistieron doscientos treinta delegados, pertenecientes a treinta y ocho países, a cuyos nombres podemos sumar los de Romain Rolland, Jean Giono, Ilia Ehrenburg, Jean Cassou y Alexei Tolstoi. José Bergamín propuso que se realizara un segundo congreso en Madrid. En junio de 1936 se reúne en Londres el pleno de la Asociación y un mes después estalla la Guerra Civil en España con el golpe de Estado de las tropas falangistas.

El dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht advirtió que, si bien era importante defender la cultura, mucho más lo era la defensa del hombre: “La cultura estará salvada, si los hombres se salvan. No nos debemos arrastrar hasta el punto de afirmar que los hombres existen para la cultura y ¡no la cultura para los hombres!” Y añadía Brecht: “Uno puede detener el golpe, si sabe cuándo cae y hacia dónde y por qué, y para qué cae.” Y más: “El salvajismo no viene del salvajismo, sino de los negocios, que sin él no podrían seguir haciéndose” [6].

Como es sabido, el “Movimiento” fascista odiaba profundamente a los intelectuales, sobre todo a los que trataban de establecer profundas conexiones con el pueblo. “Tengo a gran orgullo –berreaba Mussolini lo que otro troglodita antes- no haber atravesado nunca el umbral de un museo. Ni haber leído jamás una página de Benedetto Croce”.

Adolfo Hitler en el Congreso del Partido Nacional Socialista Alemán de 1935 declaró: “La misión del arte no es acercarse a la podredumbre ni describir al ser humano en estado de putrefacción”. “Cuando oigo la palabra cultura, saco mi pistola y disparo”, profería “epilépticamente” un intelectualoide nazi.

En España fue asesinado Federico García Lorca y Miguel Hernández fue encarcelado. El falangismo reprimió con especial inquina a los maestros y empeñó su voluntad en destruir todos los vestigios de las conquistas culturales del pueblo sedimentadas desde los tiempos de la Ilustración. El 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca el general franquista Millán Astray gritó: “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!”. El entonces rector, Miguel de Unamuno, ripostó: “Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha”.

El semiótico italiano Humberto Eco afirmaba que el fascismo eterno era una dictadura con una profunda debilidad filosófica e ideológica, pero con una amalgama de sincretismos reaccionarios. Entre estas características típicas del fascismo, Eco enumeraba el rechazo de la modernidad política y el culto de la acción por la acción; por eso la cultura es sospechosa en la medida en que se identifica con actitudes críticas [7].

A la “España bajo las bombas” de 1937 acuden intelectuales de 26 países de Europa, América y Asia, con motivo del II Congreso Internacional de Escritores; un arcoíris colmado de raigambre humanista con un discurso unánime, de apoyo al pueblo español en su lucha contra el fascismo internacional por la dignidad humana, por la defensa de la cultura y por la libertad del hombre y del pensamiento.

En el Congreso, el brigadista Ludwig Renn apeló a la imaginación de cada escritor para encontrar alternativas concretas de lucha: “Luchad contra la guerra; os lo rogamos; luchad con la pluma y con la palabra como cada uno pueda mejor, pero luchad”.

El estadounidense Malcolm Cowley declaraba honestamente que lo único que podía hacer era presentar un informe veraz ante la opinión pública de su país y desenmascarar el filofascismo de la cadena periodística Hearst, abuela amarillista de la CNN actual.

La novelista alemana Anna Seghers, perseguida por el nazismo, finalizó así su intervención en el Congreso: “Pero lo más importante es que esto es una cosa permanente, para siempre. Que la lucha actual en el suelo español por la libertad se ha recibido con tal apasionamiento, que ha traído a todo lo mejor del mundo, y tiene tanta fuerza, que ha penetrado en los cerebros más duros y hasta en la oscura y terrible ilegalidad”.

El intelectual cubano Juan Marínello no perdió oportunidad para reclamar el respaldo a la España republicana, a la que calificó como “la tierra de la esperanza del mundo”. Consecuentemente, el 8 de julio intervino para solidarizarse con el hermano pueblo de Venezuela, leyendo el mensaje de los exiliados políticos venezolanos residentes en México, “quienes momentáneamente damos el pecho al brutal proceso regresionista de las dictaduras latinoamericanas, estamos defendiendo también la cultura contra la barbarie, luchando por la liberación del hombre”. Era la voz de los dignos representantes de un pueblo solidario, los perseguidos por las dictaduras de Juan Vicente Gómez y López Contreras, la voz de aquellos que según el historiador Andreu Castells, autor de “Las Brigadas Internacionales en la Guerra de España”, tuvieron a 149 de sus hijos en esas milicias. Entre ellos, el médico Isaac J. Pardo, quien colaboró con los servicios médicos republicanos antes de lograr salir de España ; Víctor García Maldonado, militante comunista venezolano, que participó en acciones bélicas y el caso más sonado entre los brigadistas internacionalistas, Oscar Pantoja Velásquez, un joven caraqueño que al no ser aceptado por su edad en la oficina de reclutamiento que existía en Caracas, convenció a su madre de que se iba a estudiar a Francia y desde allí se alistó como voluntario.

La muerte del joven Pantoja, en una de sus primeras acciones militares en la Ciudad Universitaria de Madrid, provocó gran revuelo mediático en Venezuela. El diario La Esfera instrumentalizó su historia para reforzar su campaña anticomunista. Para el libelo, el joven era “paladín de un ideal absurdo”, que había sido seducido “por el arrullo alucinante de los agitadores”, y cedido a un “impulso juvenil irreflexivo”, a un “sentimentalismo loco”, convirtiéndose en una de las víctimas del “veneno izquierdista”.

El diario La Esfera había sido fundado en 1926 y tuvo como primer director al periodista Ramón David León quien venía de la jefatura de redacción de El Universal. León preconizó las ideas y políticas del golpista y dictador Juan Vicente Gómez y fue un acérrimo enemigo de los intelectuales de izquierda. Tan así que en 1955 La Esfera fue adquirida por el grupo privado Cadena Capriles de Miguel Ángel Capriles Ayala -tío del golpista y fascista Enrique Capriles.

El empresario Capriles Ayala creó en 1958 uno de los periódicos más importantes del país, El Mundo, y posteriormente, se hizo propietario de la totalidad del grupo conocido después como Cadena Capriles, un conglomerado de medios de prensa de marcada posición oligárquica y derechista.

Según el profesor la Universidad de Notre Dame Michael Coppedge, en 1968 un acuerdo entre Rafael Caldera y el grupo mediático tendría como resultado que Miguel Ángel Capriles obtuviera un escaño en el senado y el derecho a decidir once candidatos al Congreso. A cambio, el grupo empresarial debería dar una cobertura favorable a la campaña a las presidenciales de 1968. Miguel Ángel Capriles fue elegido para el Senado de Venezuela en 1968 en la lista del partido COPEI y siete “Capriles nominados” fueron electos a la Cámara de Diputados de Venezuela, incluyendo el director de El Mundo, Pedro Ramón Romero. A su vez el hermano de Capriles Ayala, el periodista e historiador Carlos Capriles Ayala, fue nombrado embajador en España.

Los orígenes del partido Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI) se remontan a 1937, cuando Rafael Caldera creó la Unión Nacional de Estudiantes (UNE), una agrupación socialcristiana de tendencia falangista y de expresa simpatía hacia Franco.

Otro de los fundadores de COPEI, Enrique Díaz Ruiz, luchó del lado del Caudillo. El golpe del 36 lo sorprendió en el seminario donde estudiaba para ser jesuita, y llegó a ser capitán de requetés, el brazo militar de los monárquicos carlistas navarros a las órdenes del general Mola. En agosto de 1946, el falangista venezolano publicó en La Religión una carta al político Rafael Caldera en la que llamaba a la intervención extranjera -cualquier parecido no es pura coincidencia- y destilaba el característico anticomunismo de los fascistas: “yo me pregunto si tus adversarios recuerdan el anticomunismo que siempre te ha animado precisamente porque es el comunismo vehículo de nuevo imperialismo extranjero para la Patria”.

Estas raíces fascistas están presentes en amplios sectores de la derecha radical antichavista. Del ala más extrema y radical de COPEI provienen los golpistas Enriques Capriles y Julio Borges. Capriles fue de la lista de Miranda por COPEI y llegó al Congreso como diputado copeyano. Borges fue secretario privado de Andrés Caldera cuando era Ministro de la Secretaría. Primero Justicia (PJ) tuvo su génesis en COPEI y Leopoldo López, fundador de Voluntad Popular (VP), antes perteneció a PJ.

Confabulados, protagonizaron el golpe a Chávez del 2002 y las sucesivas intentonas al líder bolivariano y a su seguidor Nicolás Maduro. En abril de 2002, PJ fue el único partido político en aceptar la disolución por la fuerza de la Asamblea Nacional que ordenó la junta golpista de Pedro Carmona.

Poco duró la esperanza reformista del partido Acción Democrática (AD), tras la caída de la dictadura de Pérez Jiménez. A golpe de golpes y pactos fijos, terminaron comiendo del mismo plato que la ultraderecha perezjeminista y Fedecámaras. Recientemente se supo, que AD se aliaba a VP, para impulsar como candidato, ante unas posibles elecciones, a Ramos Allup [8].

No es de extrañar entonces, que los herederos ideológicos del franquismo en Hispanoamérica promuevan hoy los ataques contra Maduro, como antes hicieran contra Chávez.

El gobierno de Mariano Rajoy dio “asilo político” al prófugo de la justicia venezolana Lester Toledo. Este promotor de violencia que se paseó por Miami y que ahora lo hace en Europa, estuvo vinculado a la contratación de sicarios para producir una escalada de muerte durante las concentraciones de la derecha venezolana en septiembre de 2016, la llamada “Toma de Caracas”. El Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional destacó que esos planes “abortados” habrían dado lugar a “situaciones terroristas que podrían crear el ambiente del tan esperado golpe de Estado…”[9]. El también dirigente del partido fascista VP se había reunido en Washington con el lacayo imperialista Luis Almagro a finales del 2016, sumándose al grito de este y de la derecha global dueña de las transnacionales mediáticas: “En Venezuela se rompió el hilo constitucional” [10].

Freddy Guevara, vicepresidente de la Asamblea Nacional-en desacato-, es otro de los líderes de VP, compinche del representante de los ricos en la OEA [11] y conspirador de acciones injerencistas. Guevara denunció ante el Congreso de Perú los supuestos abusos del gobierno venezolano contra los dirigentes de la MUD y se reunió con igual propósito con representantes del Departamento de Estado. También ha manifestado estar en contra del diálogo promovido por Maduro con la oposición y ha sido promotor de las acciones violentas y desestabilizadoras de las últimas semanas [12].

Como se sabe, el coordinador nacional de VP Leopoldo López fue condenado por la justicia venezolana por instigar las guarimbas como parte del “Plan La Salida” que provocó decenas de víctimas luego del triunfo del presidente Nicolás Maduro. López fue uno de los padrinos políticos de Lorent Saleh, el “Neonazi Venezolano”, quien tenía en Colombia vínculos estrechos con grupos neonazis y con los círculos radicales del Centro Democrático de Uribe y pretendía realizar acciones terroristas en Venezuela con francotiradores, bombas, y la creación de un grupo paramilitar[13].

María Antonieta Mendoza de López, la madre del “Monstruo de Ramo Verde”, ocupa desde 2000 el cargo de Vicepresidenta de Asuntos Corporativos del grupo empresarial Organización CISNEROS. El propietario de esta organización es Gustavo Cisneros, amigo personal de Felipe González y George W. Bush, entre otros connotados líderes de la derecha mundial.

Cisneros se encuentra entre los cinco hombres más ricos de Latinoamérica, es dueño y accionista de varios canales televisivos y, como su padre, mantuvo vínculos estrechos con el magnate de Wall Street, recientemente fallecido, David Rockefeller.

El semanario Newsweek reveló en abril del 2002 que el multimillonario, estuvo “en el vértice” del complot que preparó el Golpe de Estado a Chávez [14]. El antecedente español de Cisneros fue el banquero y contrabandista Juan March, el hombre más rico e influyente de la España de 1936 y quien financió, sin reparos, las acciones violentas contra la II República Española.

Meses antes del golpe de abril del 2002 el Gobierno de José María Aznar (PP), a petición del Ministro de Justicia, le concedió la nacionalidad española al “Juan March venezolano”. Recuérdese que Felipe González (PSOE) justificó la asonada, asegurando que el presidente Chávez era un “golpista” que “liquidaba las libertades” y que “estaba montando un autogolpe al estilo Fujimori” [15].

Estas descalificaciones, cargar sobre el enemigo los propios errores o defectos, practicadas contra la España Republicana y contra la República Bolivariana de Venezuela hoy, con el apoyo de la prensa hegemónica mundial, se avienen a los principios del entonces Ministro de Educación Popular y Propaganda de Hitler, Joseph Goebbels.

El 27 de febrero 1933 ardió en llamas el Reichstag, parlamento alemán. Hitler, sin prueba pericial, acusó a los comunistas -quienes acusaban abiertamente a los nazis- y detuvo a los búlgaros Georgi Dimitrov, Vasil Tanev y Blagoi Popov y al neerlandés Marinus van der Lubbe. A este último, detenido en el lugar de los hechos, lo convirtieron en el chivo expiatorio. Hoy esparcen terror y muerte por toda Venezuela y culpan de ello a los círculos bolivarianos.

Una de las más conocidas figuras del Partido Popular de España, Esperanza Aguirre, enemiga del chavismo y quien se reunió hace poco con el padre del golpista venezolano Leopoldo López, afirmó en un artículo publicado por ABC: “La “II República fue un auténtico desastre para España y los españoles (…). Muchos políticos republicanos utilizaron el régimen recién nacido para intentar imponer sus proyectos y sus ideas -en algunos casos, absolutamente totalitarias- a los demás…” [16].

En el periódico español El País se recalca lo mismo: “Hoy Venezuela es un país aislado del resto de sus vecinos, con presos políticos, la oposición perseguida, el Parlamento suspendido y la economía destruida. Este es el verdadero legado de Nicolás Maduro y el chavismo”[17]. El Nacional – ¿por su parte?-, repite lo que ya Trump ha reiterado: “Venezuela es un desastre” [18].

Así también niegan el carácter dictatorial del franquismo y la naturaleza golpista de lo sucedido en julio de 1936, todo lo cual redunda en una apología al fascismo. Los herederos ideológicos del franquismo, aseguran que “el verdadero golpe de estado contra la República habría tenido lugar en 1934, durante la llamada Revolución de Asturias, protagonizada principalmente por el PSOE, la UGT y los anarquistas de la CNT”[19].

De modo similar, la derecha cavernaria venezolana, en la voz de Ramos Allup, intenta instaurar la matriz de opinión de que el verdadero golpe de estado dio inicio en Venezuela el llamado 6D [20]. Cuando, por el contrario, el 9 de enero de 2017, la Asamblea Nacional Venezolana-en desacato, desconoció al Presidente de la República, Nicolás Maduro; intentó un Golpe parlamentario como en Brasil y luego calumnió a Maduro de dar un autogolpe.

Los verdaderos golpistas estuvieron por meses demandando la Constituyente y ahora llaman “Prostituyente” [21] a la convocada por el presidente legítimo de Venezuela.

Otra de las patrañas de esta confabulada derecha, es la manipulación religiosa.

Se dice que, tras la toma de Málaga en enero de 1937, la prensa profranquista intentó sembrar un mito, vinculando la historia de Franco con la Vida de los Santos. Recuérdese que el golpista y dictador español fue llamado “Caudillo de España por la gracia de Dios” y “Hombre Providencial”.

Se oculta así que, por introducir la enseñanza laica, el matrimonio civil y el divorcio, el gobierno de la II República fue condenado, que varios miembros del clero pasaron de la “preocupación” por la nación y las almas católicas a la afiliación con el bando fascista y se ofrecieron voluntarios -fusil en mano- para luchar como “templarios” contra el bolchevismo que había invadido España. Ese fue su aporte al plan golpista y a la guerra cultural contra las izquierdas, convertir la guerra civil en una “guerra santa”, “una lucha de los sin Dios […] contra la verdadera España, contra la religión católica”. Algunos, incluso, financiaron con fondos de la Iglesia al bando nacionalista

Hoy en Venezuela la Conferencia Episcopal Venezolana se comporta cual un partido de la MUD.

En diciembre del 2003, durante el paso de una marcha chavista por Altamira, integrantes de PJ descabezaron una Virgen de las allí colocadas; el hecho bajo el principio de la exageración y la desfiguración de Goebbels, devino en una campaña de los medios antichavistas, con el rol protagónico del obispo Baltasar Porras, y la equiparación de este “horror” con los cometidos durante la España de 1936 a 1939.

Recientemente, varios representantes de movimientos sociales confirmaron que durante una misa celebrada en la Basílica de Santa Teresa, el cardenal Urosa Sabino emitió “un discurso divisionista y cargado de proselitismo político a favor del plan golpista” de la derecha [22]. La respuesta de los verdaderos golpistas fue acusar a los chavistas. El promotor del golpe y de la Carta Democrática de la OEA, el líder adeco Henry Ramos Allup, expresó. “Hordas chavomaduristas no respetan ni a fieles, ni religión católica, ni templos dedicados al culto. Solo respetan paleros y babalaos cubiches” [23].

A propósito de esta manipulación de la fe, el escritor católico holandés J. Brower declaró en Valencia durante el II Congreso de 1937: “Y si esto fuese razón para ser acusado de “izquierdismo”, estaría orgulloso de afirmar que estoy, como Jesucristo y como mi hermano Bergamín, decididamente a la izquierda”.

Como lo interpreta, la legitima izquierda del mundo, lo que está en marcha en Venezuela, contra y sin tener en cuenta a su pueblo, es un golpe fascista con el apoyo de las derechas hispanoamericanas, históricamente proyanquis.

Mussolini y Hitler apoyaron el golpe y la guerra de Franco, primariamente, por intereses geopolíticos; ahora lo que le interesa al Imperio, en primer lugar, son los recursos naturales del pueblo venezolano.

El presidente Donald Trump, en uno de los primeros indicios de la proyección de su gobierno con América Latina, pidió a través de un twitter libertad para el terrorista Leopoldo López, después de posar para una foto con la esposa de éste, Lilian Tintori, en la Casa Blanca. En su encuentro con los congresistas antibolivarianos Marco Rubio, Ileana Ros-Lehtinen y Mario Díaz Balart, la Tintori solicitó la intervención estadounidense contra su país, “acciones, no sólo palabras” [24].

Marco Rubio, quien comparte con Leopoldo López una vieja amistad con el líder de la derecha colombiana Álvaro Uribe, arribó a Tegucigalpa el mismo día de junio del 2016 en que se reunía la Comisión Permanente de la OEA para discutir la primera propuesta de Almagro de aplicar la Carta Democrática a Venezuela. La visita incluyó un encuentro con el presidente hondureño Juan Orlando Hernández donde no debieron faltar como tema central sus proyecciones contra los países del ALBA. Orlando Hernández era el presidente del Congreso Nacional de Honduras (2010-2014), cuando este órgano legislativo condecoró a la líder de SUMATE, María Corina Machado [25].

Por esos días se consumaba la otra conspiración de la derecha brasileña, paraguaya y argentina, que impidió -de facto- el traspaso de la presidencia de Mercosur a Venezuela, con el mismo procedimiento con que el pasado 3 de abril violentaron la institucionalidad de la OEA, confabularon un golpe al legítimo Consejo Permanente [26], desconociendo la presidencia y vicepresidencia de Bolivia y Haití, respectivamente; para intentar aprobar una nueva resolución condenatoria contra Venezuela.

Hace 80 años, en septiembre de 1937, varios escritores latinoamericanos y españoles, subscribieron otro manifiesto en solidaridad con España, Apelaciones desde Madrid. A los escritores hispanoamericanos. En él afirmaban: “Estamos en días en que el escritor no puede rehuir su deber de hombre. Su decisión en la pugna española no puede producirse sino a favor de un pueblo noble y entero, y contra el ataque de la barbarie mundial”. Hoy, por la lógica del pensamiento y por la del corazón, urge evitar el golpe de Estado de la derecha global contra el pueblo de Venezuela.

Consecuentemente, si hoy los herederos de Goebbels twittean mil veces sus mentiras para hacerlas verdades, las personas honestas del mundo, debemos compartir los llamados a la solidaridad de Juan Marinello y Rafael Alberti en 1937:

“No puede hablarse hoy de España sin hablarse de Argentina, de Cuba, de Venezuela, del Ecuador. No se puede combatir el fascismo sin atacar a su hermano gemelo el imperialismo”

“Todas las voces del mundo / los corazones más llenos / de sangre limpia, de clara /sangre que es entendimiento / contigo, pueblo de España…”

La España de ayer es la Venezuela de hoy: los mismos enemigos, las mismas complicidades, las mismas intenciones de derrocar la esperanza y la justicia, los mismos aviesos métodos, actualizados en la era digital; merecen pues, las mismas respuestas de los hombres dignos

17
Jun
17

la izquierda y marx …

‘La izquierda actual vista por Bruno Bosteels, pensador belga radicado en Estados Unidos’

La izquierda actual vista por Bruno Bosteels, pensador belga radicado en Estados Unidos

 

entrevista: Lucía Naser y Gabriel Delacoste en Cultura

 

Conocido por sus traducciones de la obra de Alain Badiou y sus investigaciones en el campo de la filosofía, la crítica cultural, la teoría política y el marxismo, es autor de los libros Alain Badiou, une trajectoire polémique (2009), Badiou and Politics (2011), The Actuality of Communism (2011) y Marx and Freud in Latin America (2012). Actualmente es profesor en la Universidad de Cornell. Lo entrevistamos en su pasaje por Buenos Aires, donde participó en “Pasado de revoluciones”, coloquio internacional organizado en ocasión del centenario de la revolución rusa por la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

–¿Cómo pensás el rol del intelectual en el campo social y político? En otras palabras, ¿cómo ser un comunista en la academia?

–En lo personal, tiene que ser un compromiso, una postura frente al trabajo, al campo, no en el sentido académico restringido, de disciplina, sino del ambiente amplio en el que uno trabaja. La coyuntura en la que uno trabaja forma parte de lo que uno estudia, pero se tiene que reflejar también, de alguna forma, en el pensamiento. Esa interacción entre tratar de pensar en diálogo con lo que está pasando, con la situación que estás investigando, y comprometerte a estar a la altura del diálogo posible con la gente es algo que puede parecer tan trivial que no debería ser siquiera un tema, pero para mucha gente hay una distancia intelectual y geográfica con respecto a lo que está haciendo. Son objetos de estudio, están lejos, entonces no son capaces de dialogar con la gente común y corriente en la calle sobre cuál es el vínculo con lo que nosotros estamos viendo o pensando. Yo me formé como filólogo, como crítico literario, básicamente leyendo textos, entonces la cuestión es cómo esos textos, esas redes de conceptualización, son formas que tiene la gente para pelearse con su entorno, para tratar de lidiar con los conflictos del momento y, por lo tanto, obedecen a ciertos esquemas, ciertas estructuras, ciertos códigos, géneros de discurso, tipos de imaginario. Lo que puedo aportar, creo, es una forma de estudiar ese tipo de estructuras con un análisis conceptual de cuáles son esos esquemas que nos ayudan o nos frustran en la intelección de una coyuntura. Ahí está, para mí, el compromiso del trabajo que puede cruzar la frontera entre lo académico y lo social: cuando te comprometes con la meta de dialogar constantemente, horizontalmente, con la forma de pensar la coyuntura.

–Da la sensación de que esto se relaciona con el tema que trajiste sobre las filosofías de la derrota. ¿Podés desarrollar esa idea?

–Cuando dije antes que hay que ver cómo se puede ayudar o frustrar el pensamiento de la coyuntura, eso significa potenciar o facilitar, abrir un camino o cerrar un camino. Yo creo que hay cierta orientación filosófica que tiene mucho de admirable, ofrece un cuestionamiento radical a los supuestos básicos sobre la subjetividad, sobre la historia, sobre la sociedad, sobre la economía, sobre el papel del arte, la literatura, la ideología. Pero siendo tan radicales, yendo a la raíz misma de lo que hace posible estos ámbitos de significado, también en mi opinión cierran caminos, y se vuelven activamente derrotistas. En esa filosofía que asocio con el heideggerianismo de izquierda, el pensamiento posheideggeriano y posderrideano, con Jean- Luc Nancy, Philippe Lacoue-Labarthe y Giorgio Agamben (podría haber incluido a otras figuras, pero creo que son las voces más importantes) hay algunos esquemas argumentativos recurrentes que se usan para hablar de la derrota de la izquierda en los años 60 y 70. Y no hay que ignorar que la izquierda fue derrotada, tanto en Francia como en Italia, y que ese pensamiento sale de esa derrota. Claro, lo reconvierten en una especie de victoria a nivel de la teoría. Todos invocan al 68, por ejemplo, como un ejemplo que supuestamente ilustra la radicalidad de la deconstrucción. Todos invocan el hecho de que [Jacques] Derrida dio dos, tres charlas importantes en el mismo año; su charla sobre “Los fines del hombre”, con fecha del 12 de mayo, el día anterior a la manifestación más grande en la historia de Francia. Y sin embargo, hay algo en ese pensamiento que desactiva la posibilidad de subjetivación. En ese sentido, esas nociones de voluntad, conciencia, militancia, subjetivación, son justamente el blanco de los ataques que provienen de esas filosofías. Entonces no solamente son interiorizaciones de una derrota real, sino también formas de pensar que al intentar reflexionar sobre lo que causó el fracaso o la derrota de estas izquierdas, lo transforman en un fracaso necesario, intrínseco. En ese sentido no son tan diferentes de la mirada de la derecha. Además, estos movimientos se sobreponen en términos de un pensamiento más radical que va a socavar las bases mismas del concepto occidental metafísico de la subjetividad, que supuestamente tiene 25 siglos de existencia y que habría que poder abandonar o del que habría que poder salir con un éxodo total hacia otra forma de la política. En francés, la palabra para derrota, défaite, también puede leerse como participio femenino de défaire, de deshacer. Entonces son filosofías del deshacer, de la desconstrucción de las bases mismas que se han usado para hablar de la ética y la política. No lo voy a negar; esa es su ambición y eso es lo que hacen. No se trata de sugerir que están equivocados o que no son suficientemente inteligentes para percibir la superioridad de otros pensamientos. Son pensamientos irrefutables, y no se trata de refutar sino de polemizar con los supuestos casi axiomáticos de estas mismas filosofías. Por lo demás, no soy el primero en llamarlos filosofías de la derrota. [Emmanuel] Lévinas, gran ídolo de los mismos pensadores de la derrota, en el 73 habla del pensamiento de Derrida como filosofía de la défaite. Lo usa también en el doble sentido: filosofías que deshacen el sentido del pensamiento occidental, y filosofías que son activamente derrotistas. Lo que trato de analizar en este libro que estoy tratando de terminar es cómo el derrotismo históricamente surgió como respuesta a una derrota política y se ha convertido en un programa filosófico radical. De una radicalidad que es innegable, cuyo pedigrí filosófico también es innegable, cuya sofisticación está por encima de todo reproche, y sin embargo quiero analizar el mecanismo casi perverso que desde dentro de estos pensamientos sabotea cualquier posibilidad para cambiar, para transformar el statu quo que es el resultado de esa derrota.

–¿Cómo pensás que hay que relacionarse con esa derrota de los 60 y de los 70?

–Podemos cambiar la perspectiva desde el fracaso hacia la derrota, reflexionar bien sobre qué significa pensar en una derrota. Lo que ha hecho la izquierda muchas veces frente a la derrota, por tratarse de una experiencia traumática, implica cierto bloqueo, cierto desvío, cierta estrategia de evitar. No se trata de juzgar negativamente esas respuestas; cada quien lidia con ese pasado de la forma que puede. Hay que entender también que una forma de lidiar con la autorreflexión sobre la crisis y la derrota de la izquierda en sus modalidades de los 60 y los 70, de la revolución, de la toma del poder, de la lucha armada, de la lucha autónoma, o hasta de la cuestión de la guerrilla, ha sido pensar que nos equivocamos. Es decir, el fracaso sería el resultado de una equivocación ideológica original. Una especie de pecado original que lleva necesariamente al fracaso. Entre paréntesis, hay en esa modalidad de pensar la necesidad del fracaso una filosofía de la historia curiosamente muy teleológica. Y son los mismos críticos del marxismo quienes después le reprochan al marxismo que es una filosofía de la historia, con necesidad histórica, con un significado de la historia, con teleología o finalidad predeterminada. Y ahora sería al revés, como el negativo fotográfico de esa filosofía de la historia, que no solamente tiene apenas un siglo de experimentos con el comunismo, sino 25 siglos de metafísica occidental que fatalmente nos han llevado al camino equivocado, el de la subjetivación, de la militancia, de la voluntad. ¿Cómo deshacerse de estos pasos? En vez de interiorizar la derrota pensando necesariamente en el fracaso inevitable, en el destino del fracaso inscrito en la izquierda, hay que ver primero que si es una derrota, significa que hubo lucha, significa que hubo conflicto, hubo distintos bandos, y la izquierda fue derrotada por el bando opuesto. Y el bando opuesto hoy en día es, globalmente, de una superioridad impensable, militar, económica, ideológica, mediática. Badiou dice que el Estado en el sentido amplio es siempre de una potencia no solamente superior, sino incalculablemente superior a la situación de partida. Y hoy creo que realmente no podemos imaginar cuál es esa superioridad. ¿Cómo quitarse de la sombra de ese Leviatán, de ese monstruo cuyo poder es tan difícil de entender, de imaginar, de conceptualizar? Entonces propongo que partiendo de luchas particulares, en vez de pensar dónde está la opresión inevitable, o dónde está el fracaso necesario, pensar dónde están las luchas que están ocurriendo realmente: ¿cuáles son sus itinerarios?; ¿cuál es la memoria?; ¿cuál es la conexión con el pasado, conexión que no es lineal, no es el progreso de la historia, necesario, hacia un nivel superior, sino que hay saltos, cosas que desaparecen por debajo de la tierra y de repente pueden surgir, una figura o una agrupación, una idea? Nadie habla de Ricardo Flores Magón durante 40, 60 años, y de repente surge un Ejército Popular Magonista de Liberación Nacional después de la asunción de [Enrique] Peña Nieto en México. ¿Por qué? ¿Por qué tenemos zapatismo y neozapatismo? Eso no significa que hay un curso necesario de la historia; significa que hay una historia discontinua, subterránea, intermitente, aleatoria, contingente, de luchas que son momentos de resistencia o de autonomía, de repliegue, de reforzamiento, de imaginar un salto, de pensar en un momento de imposición, un momento de libertad, dentro de una coyuntura, aunque sea limitada y al margen, sin proyectos a nivel nacional. Esa es una forma de empezar a responder a esa derrota. No pensar en por qué se equivocó la izquierda y por qué nunca más debemos escoger el mismo camino, como si fuera uno solo. No; hubo múltiples vías, y sigue habiendo múltiples vías, múltiples comunismos, socialismos, socialdemocracias, libertarismos.

–¿Qué tipo de subjetividad colectiva se puede pensar desde una situación en la que es difícil tener confianza en las instituciones hegemónicas?

–No creo que no podamos tener confianza en las instituciones hegemónicas. Digo que la discusión está abierta. Nos encontramos en una situación de dualidad de poderes en la que no parece haber conexión posible entre una variedad de experiencias diferentes en Europa, en Estados Unidos, en América Latina. Parece que no hay correas de transmisión entre las luchas y las instituciones. Esa es una observación que trata de ser fiel a los hechos de los últimos años, pero es el resultado de una acumulación de experiencias históricas; no significa que de ahí tenemos que brincar al siguiente nivel de decir que es imposible e indeseable a nivel teórico, abstracto o, en general, buscar inscripciones institucionales de las luchas. Porque en ese brinco hacia la crítica de la institucionalidad, la crítica al Estado, la crítica al partidismo, la crítica al comunismo, la crítica a cualquier tipo de organización; en la ampliación del nivel de la crítica hasta que todo forma parte de un proceso hegemónico del que tenemos que zafar, ¿a dónde nos dirigimos?; ¿qué es lo que condenamos al famoso basurero de la historia? Curiosa expresión, esta última, porque mucha gente dice que ya deberíamos haber abandonado la cuestión de la toma del poder del Estado, y la organización por medio de la forma-partido de hacer política. Y es curioso cómo la gente dice eso: “Pensábamos que eran ideas que la gente ya hace mucho había echado al basurero de la historia”, pero ese concepto del basurero de la historia también venía de una filosofía de la historia, que cuando avanzaba dejaba en el basurero a las víctimas que caían de lado, y mientras más se llenaba ese basurero, mejor avanzaba la historia. Y ahora se usa este mismo concepto como si la propia filosofía de la historia de la que proviene tuviera que entrar en ese basurero.

–Parecería que se formó una discusión entre marxistas y posmodernos en torno a la centralidad de la lucha de clases, y que estamos muy atrapados en esta dicotomía. ¿A vos te parece que es más importante ponerse en uno de los polos y dar esa pelea, o encontrar formas de hacerlos dialogar?

–Si lo planteas en términos de bandas o de orientaciones, sin duda hay versiones extremas de las dos posturas. Por un lado, una insistencia sin novedad en la importancia de la lucha de clases, o la necesidad de regresar a una noción de lucha de clases como si no hubiera habido distintas formas de deconstrucción de esa noción; por otro, una celebración de la multiplicidad, de las posiciones subjetivas, de las identidades, de la pluralidad, como si fuera algo tan evidente como lo es la lucha de clases para la otra orientación. Habría que poder acercar y poner, no en diálogo, porque no es posible, pero en disputa a los esquemas conceptuales y prácticos que subyacen a esas orientaciones. Se ha dicho mucho en los últimos años, pero ya se decía también en los años 60 entre los althusserianos: las clases no preceden a la lucha, entonces lo que importa es entender la lucha o el conflicto. Eso es lo primero. De esta forma, la misma cuestión sobre clases, identidades y subjetividades entra en el conflicto.

–En tu conferencia “El Estado y la insurrección: la dualidad de poderes” decías que a veces una pequeña chispa puede desatar un gran incendio. ¿Cuáles son las chispas que ves que pueden despertar las luchas actuales, las subjetividades en juego o las disputas que se están dando en este momento?

–La interrupción de ciertos automatismos ideológicos, de ciertas argumentaciones que se daban por sentadas y que no solamente ya no funcionan o ya no se aceptan, sino que son atacadas, por lo menos, a partir de la expectativa de otros supuestos, de otra axiomática. Cuando me pongo más esperanzado creo que es una axiomática que acepta principios básicos como la igualdad, sin tener inmediatamente como reflejo la idea de que igualdad significa opresión de las diferencias, o hacer equivalentes todas las posiciones. Esos argumentos, que vienen tanto de la derecha como de la izquierda o la sedicente izquierda radical, aunque todavía se repiten en los medios constantemente, ya no son evidencias ideológicas como de repente sí lo eran como resultado inmediato del fin de la Guerra Fría. Incluso en un país como Estados Unidos, donde entre la gente menor de 26 años los sondeos –que quizá no son la mejor forma de evaluar esta situación pero son un indicio entre otros– se ve que una mayoría de jóvenes en principio aceptan la superioridad del socialismo como idea de la sociedad y ya no son reacios a la mera mención de la palabra socialismo. Son indicadores de cambios, donde crece la idea del derecho básico a la educación pública, al trabajo, a los derechos cívicos, y que eso puede y debe incluir también un papel para el Estado, para la esfera pública. Además, esos son cambios que se dan de forma dispar a nivel internacional. No todo va en un mismo camino; hay avances y retrocesos, y un desarrollo desigual de estas tendencias, pero por lo menos ahí es donde yo ubicaría las chispas, que obviamente tienen otras formas de encenderse.

–Viendo la evolución de la política en Latinoamérica y la caída de los gobiernos de izquierda, ¿qué pistas para continuar un proceso revolucionario darías en este contexto desesperanzador?

–Sería inconsistente tratar de lanzar pistas. Te devuelvo la pelota enseguida. Es decir, mi vida y mi trabajo están divididos entre Estados Unidos, América Latina y Europa, y trato no solamente de echar puentes en el sentido de poner a dialogar libremente ciertas tradiciones, sino también de provocar como cargas eléctricas, chispas que van brincando de un lado al otro y que de repente producen cortocircuitos entre tradiciones que normalmente no están en diálogo. Por ejemplo, usar la cuestión de la comuna para dialogar con el pensamiento francés sobre la comunidad inoperante, o viceversa; o volver a cuestionar la tradición marxista a partir de lo que está marginado en esta misma tradición. Entonces no tengo una respuesta clara a tu pregunta, sino otra pregunta: ¿cuáles son las conexiones que tú ves, los brincos donde hay cosas que pueden solaparse, que pueden producir encuentros, ecos, resonancias, que no entran en un plan, en un programa o en un camino? No se trata de trepar en la oscuridad para, de repente, encontrar el camino verdadero al que todos podemos seguir, sino que hay un laberinto; como personajes de [Samuel] Beckett, todos estamos trepando en la oscuridad, y a veces levantamos la cabeza y uno puede respirar e incluso encontrar a alguien más que también está trepando en la oscuridad, y hay una mirada y hay una complicidad o un entendimiento. De repente, gente que viene de contextos separados por 5.000 kilómetros puede estar teniendo una conversación. Hay un cuerpo colectivo, no formado, informe, heterogéneo, pero que trasciende muchas fronteras, por lo que gente del norte del estado de Nueva York, en un pueblito perdido, o alguien en Japón, o alguien en Uruguay, con las historias tan disímiles que tienen estos contextos, puede de repente reconocer y tener un guiño de complicidad y de rechazo mutuo a otras. Estamos en lo mismo. Eso significa que hay algo que se está elaborando ahí en el sentido casi psicoanalítico de la palabra, de trabajar, de perlaborar. Algo se está elaborando ahí, a todos los niveles: corpóreo, afectivo, político, estratégico, dialógico, literario, y artístico. Levantar la cabeza, tratar de ver quién más está levantando la cabeza, con quién puedes tener esa complicidad, con quién no y por qué, por qué se dan estos ecos. Por eso desvié un poco la mirada con la mención de la revolución mexicana, para que no todas las cabezas se levanten hacia 1917 como legado exclusivo de la revolución rusa, sino también a otros horizontes que quizá abran otros caminos.

16
Jun
17

la izquierda en américa latina

escribe: Raúl Zibechi / La Jornada

En las recientes décadas la cultura política de izquierda convirtió las elecciones en el principal barómetro de su éxito o fracaso, de avances o retrocesos. En los hechos, la concurrencia electoral se convirtió en el eje de la acción política de las izquierdas, en casi todo el mundo.

Una realidad política nueva, ya que en tiempos no lejanos la cuestión electoral ocupaba una parte de las energías y se considerada un complemento de la tarea central, que giraba en torno a la organización de los sectores populares.

Lo cierto es que la participación electoral fue articulada como el primer paso en la integración en las instituciones (de clase) del sistema político (capitalista). Ese proceso destruyó la organización popular, debilitando hasta el extremo la capacidad de los de abajo para resistir directamente (no mediante sus representantes) la opresión sistémica.

Con los años la política de abajo empezó a girar en torno a lo que decidían y hacían los dirigentes. Un pequeño grupo de diputados y senadores, asistidos por decenas de funcionarios pagados con dineros públicos, fueron desplazando la participación de los militantes de base.

En mi país, Uruguay, el Frente Amplio llegó a tener antes del golpe de Estado de 1973 más de 500 comités de base sólo en Montevideo. Allí se agrupaban militantes de los diversos partidos que integran la coalición, pero también independientes y vecinos. En las primeras elecciones en las que participó (1971), uno de cada tres o cuatro votantes estaba organizado en aquellos comités.

Hoy la realidad muestra que casi no existen comités de base y todo se decide en las cúpulas, integradas por personas que han hecho carrera en instituciones estatales. Sólo un puñado de comités se reactivan durante la campaña electoral, para sumergirse luego en una larga siesta hasta las siguientes elecciones.

En paralelo, la institucionalización de las izquierdas y de los movimientos populares –sumada a la centralidad de la participación electoral– terminaron por dispersar los poderes populares que los de abajo habían erigido con tanto empeño y que fueron la clave de bóveda de las resistencias.

En el debate sobre las elecciones creo que es necesario distinguir tres actitudes, o estrategias, completamente diferentes.

La primera es la que defiende desde hace cierto tiempo Immanuel Wallerstein: los sectores populares deben protegerse durante la tormenta sistémica para lograr sobrevivir. En ese sentido, plantea que llegar al gobierno por la vía legal, así como las políticas sociales progresistas, pueden ayudar al campo popular tanto para acotar los daños producto de las ofensivas conservadoras como para evitar que fuerzas de ultraderecha se hagan con el poder estatal.

Este punto de vista parece razonable, aunque no acuerdo, ya que considero las políticas sociales vinculadas al «combate a la pobreza» como formas de contrainsurgencia, con base en la experiencia que vivimos en el Cono Sur del continente. En paralelo, llegar al gobierno casi siempre implica administrar las políticas del FMI y el Banco Mundial. ¿Quién recuerda hoy la experiencia de la griega Syriza? ¿Qué consecuencias sacamos de un gobierno que prometía lo contrario?

Es evidente que focalizarse en que tal o cual dirigente cometieron «traición», lleva el debate a un callejón sin salida, salvo que se crea que con otros dirigentes las cosas hubieran ido por otro camino. No se trata sólo de errores; es el sistema.

La segunda actitud es la hegemónica entre las izquierdas globales. La estrategia sería más o menos así: no hay bases sociales organizadas, los movimientos son muy débiles y casi inexistentes, de modo que el único camino para modificar la llamada «relación de fuerzas» es intentar llegar al gobierno. Esta situación ha mostrado ser fatal, incluso en el caso de que las izquierdas consigan ganar, como sucedió en Grecia y en Italia (si es que a los restos del Partido Comunista se les puede llamar izquierda).

Diferente es el caso de países como Venezuela y Bolivia. Cuando Evo Morales y Hugo Chávez llegaron al gobierno por la vía electoral, existían movimientos potentes, organizados y movilizados, sobre todo en el primer caso. Sin embargo, una vez en el gobierno decidieron fortalecer el aparato estatal y, por tanto, emprendieron acciones para debilitar a los movimientos.

Siendo las experiencias estatales más «avanzadas», hoy no existen en ninguno de ambos países movimientos antisistémicos autónomos que sostengan a esos gobiernos. Quienes los apoyan, salvo excepciones, son organizaciones sociales cooptadas o creadas desde arriba. En este punto propongo distinguir entre movimientos (anclados en la militancia de base) y organizaciones (burocracias financiadas por los estados).

Una variante de esta actitud son aquellos movimientos que, en cierto momento, deciden incursionar en el terreno electoral. Las más de las veces, y creo que México aporta una larga experiencia en esta dirección, al cabo de los años las bases de los movimientos se debilitan, mientras los dirigentes terminan incrustados en el aparato estatal.

La tercera orientación es la que impulsa el Concejo Indígena de Gobierno, que a mi modo de ver consiste en aprovechar la instancia electoral para conectar con los sectores populares, con el objetivo de impulsar su autoorganización. Lo han dicho: no se trata de votos, menos aún de cargos, sino de profundizar los trabajos para cambiar el mundo.

Me parece evidente que no se trata de un giro electoral, ni que el zapatismo haya hecho un viraje electoralista. Es una propuesta –así la entiendo y puedo estar equivocado– que pretende seguir construyendo en una situación de guerra interna, de genocidio contra los de abajo, como la que vive México desde hace casi una década.

Se trata de una táctica que recoge la experiencia revolucionaria del siglo XX para enfrentar la tormenta actual, no usando las armas que nos presta el sistema (las urnas y los votos), sino con armas propias, como la organización de los de abajo.

 




junio 2017
D L M X J V S
« May    
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
252627282930