Archivos para 31 octubre 2012

31
Oct
12

Europa

Por un Foro Social del Sur de Europa
En busca de sujetos políticos
Visão
En una democracia liberal que funciona con normalidad, la cuestión del sujeto político no se plantea porque la sociedad, políticamente organizada en partidos, genera los sujetos necesarios para la conducción de la vida colectiva. La democracia portuguesa no está funcionando con normalidad, como sucede en otros países del sur de Europa. La razón es conocida: es una democracia tutelada por una fuerza extranjera que no responde ante los portugueses. El gobierno es una delegación de una agencia internacional de negocios. De aquí derivan las demás señales de anormalidad. Entre los miles de ciudadanos que se manifiestan en la calle se capta un evidente sentimiento antipartidos que abarca todo el espectro político. Este clamor a veces se desliza hacia la antipolítica, donde germinan todos los extremismos. Pero la creatividad de la crisis portuguesa es tan grande que la derecha ha generado su propia indignación contra el poder. Destacadas figuras del Partido Social Demócrata (PSD) y del Centro Democrático Social (CDS) se manifiestan con una violencia tan grande que el ciudadano distraído no se da ni cuenta de que fueron ellas las que durante décadas cocinaron la mediocridad política que está en el poder. Tenemos dos movimientos de indignados, los que sólo tienen la calle para mostrar su indignación y los que cuentan con periódicos, radios y televisiones para hacerlo.

De todo ello resulta que los partidos en el poder son un sujeto político ausente, al tiempo que no parece haber un sujeto alternativo, ya que el Partido Socialista (PS), después de haber firmado el memorando y respaldado las sociedades público-privadas, sólo podrá ser oposición si comienza por oponerse a sí mismo. La expresión de la ausencia de sujetos políticos a la derecha y en el centro está en la propuesta de un gobierno de unidad nacional que pivota sobre la crisis hasta que Europa la resuelva. Esperar a Europa es lo mismo que esperar a Godot [1]. Si no hacemos nada por la nueva Europa (lo que implica desobediencia organizada al memorando y a toda la política y economía que supone), la vieja Europa no hará nada por nosotros. De ahí mi convicción de que estamos en busca de nuevos sujetos políticos.

No creo que se den las condiciones para el surgimiento de un sujeto político de extrema derecha. El escenario más creíble tiene dos dimensiones. La primera es la formación de un nuevo sujeto político que capte la energía de miles de ciudadanos dispuestos a dejar de lado sus lealtades partidarias para encontrar una solución para el país a partir de alternativas concretas. No se trata de crear un partido nuevo, sino de crear un frente electoral y político a través de un acto de refundación de dos partidos, el PS y el Bloco de Esquerda (BE). El PS convoca un congreso extraordinario, se desvincula del memorando y de los contratos de las sociedades leoninas y elige a un líder para capear la tormenta (el actual es un líder formado en y para tiempos calmos). El BE, también reunido en congreso, se libera de toda la ideología de vanguardia. Elige a un líder de retaguardia, capaz de poner al BE a caminar con la sociedad excluida y sobre todo con la que camina más lento. Así refundados, ambos partidos pueden generar un nuevo sujeto político de alta intensidad democrática.

La segunda dimensión consiste en la convocatoria, que sugiero desde ya, de un Foro Social del Sur de Europa, a celebrarse en el próximo año. Complementa y expande el inmenso potencial revelado por el Congreso Democrático de las Alternativas [2]. Por un lado, es europeo y no sólo portugués; por otro, está convocado por movimientos y organizaciones sociales, y no sólo por ciudadanos. Este Foro discutirá los caminos para Europa a partir de la premisa de su profunda democratización. Podrá generar la energía que lleve a la Unión Europea a merecer el Nobel de la Paz, por ahora un chiste de dudoso gusto. Será convocado por viejos y nuevos movimientos sociales, por los indignados, sindicatos, estudiantes, desempleados, inmigrantes, movimientos feministas, antirracistas, ecologistas, LGTB, etc. Los sindicatos se sentirán entonces fortalecidos y acompañados, más capaces de convivir con la diversidad sin sofocarla bajo un alud de banderas rojas y de largos y espesos discursos de sus líderes.

Notas

[1] Alusión a la obra teatral Esperando a Godot (1952), de Samuel Beckett. (N. T.)

[2] Iniciativa ciudadana celebrada el pasado 5 de octubre en el Aula Magna de la Universidad de Lisboa (Portugal) para debatir propuestas alternativas para salir de la crisis. (N. T.)

 

Artículo original del 19 de octubre de 2012.

Fuente:

http://visao.sapo.pt/-a-procura-de-sujeitos-politicos=f692216

Boaventura de Sousa Santos es sociólogo y profesor catedrático de la Facultad de Economía de la Universidad de Coímbra (Portugal).

30
Oct
12

El Popular de Uruguay / editorial

dos hechos políticos relevantes

La semana pasada, en el marco de su 92° Aniversario, el PCU protagonizó dos hechos políticos que para EL POPULAR merecen destaque. El primero fue la presentación el jueves 18  de octubre del libro “Conversaciones con Victorio Casartelli” y el segundo, dos días después, el acto central realizado en una desbordada Plaza 1° de Mayo.
Mucho más que un libro. El libro de Carlos Yaffé, “Conversaciones con Victorio Casartelli” constituye en sí mismo un hecho político. Implica la decisión política de contribuir a la construcción de memoria histórica. En un momento donde desde el discurso dominante se apuesta a un presente perpetuo, sin pasado y por lo tanto sin raíces y sin futuro y por lo tanto sin perspectiva por la cual luchar, construir memoria es revolucionario. Hilando más fino, reconstruir el entramado de luchas y experiencias que nos condujeron hasta este presente implica también polemizar frontalmente con otro aspecto central del discurso dominante: asumir que todo tiene que ser para ahora y ya. Recuperar la perspectiva histórica de los cambios también es revolucionario. A todo eso aporta el libro que se presentó el jueves. También es un aporte al debate sobre el papel de los comunistas y sobre su historia, en un momento en que han visto luz varios libros e investigaciones al respecto. Todos los enfoques e investigaciones son bienvenidos pero es imprescindible incorporar la voz y la visión de los protagonistas directos, de los militantes comunistas.
Como si todo esto no bastara el libro es, además, un más que merecido homenaje a la trayectoria de Victorio Casartelli, presidente del PCU, con 92 años de vida, 75 de militancia política y 65 de comunista. Militante estudiantil y protagonista de la aprobación de la Ley Orgánica de la Universidad, forjador de la unidad de la izquierda y del movimiento popular, resistente a la dictadura, preso político y luchador por la libertad, constructor de programa y de consensos, militante comunista, revolucionario.
Todo esto se expresó con meridiana claridad en el acto del jueves. Un salón desbordado de público, de emoción y de cariño. Un hecho capaz de convocar, en una misma mesa, a Tabaré Vázquez, Jorge Brovetto, Mariano Arana, Héctor Lescano, Doreen Ibarra y Eduardo Lorier. Al saludo y adhesión del presidente de la República, José Mujica.
A dirigentes de todos los partidos del Frente Amplio. A la historia más genuina representada en Hugo Villar y al presente frenteamplista en los delegados de base más jóvenes que integran el Plenario Nacional y la Mesa Política. A dirigentes sindicales de todas las tendencias y a militantes de todas las edades del PCU y la UJC.
EL POPULAR entrega hoy un suplemento especial con todos los discursos, la calidad y hondura de lo que allí se expresa, exime de mayor análisis, es un material para atesorar, como dijo José Carbajal: lindo haberlo vivido pa´ poderlo contar.
Un acto y una propuesta. El sábado la plaza 1° de mayo se vistió de rojo. Miles de militantes comunistas desbordaron la amplia explanada para ser protagonistas del acto central por el 92° aniversario, con la consigna que en días anteriores cubrió los muros de Montevideo: “Un pueblo, un camino, un Partido”.
El PCU, esta vez a través de cuatro voces: Fernando Michelone de Tacuarembó, Gerardo Núñez de la UJC, Oscar Andrade, dirigente de los trabajadores de la construcción y Estela Pérez de Canelones; expresó su propuesta política.
Los ejes de la misma son claros, sin vueltas. El mundo enfrenta una de las peores crisis de la historia del capitalismo, la misma desnuda en forma diáfana la contradicción central de la época entre el desarrollo acelerado de las fuerzas productivas y el corset que impone un sistema para asegurar que unos pocos se apropien de la riqueza generada por millones. De qué salida se imponga para esta crisis dependerá en primer lugar si millones son empujados al desempleo, el hambre, la marginalidad y la muerte. Pero también la perspectiva histórica de transformaciones que aseguren un futuro para la humanidad. Es en ese marco que la contradicción en Uruguay es entre dos proyectos de país; el de los cambios, expresado en la construcción de un país productivo con justicia social y el de restauración neoliberal con más dependencia. Cada uno de estos proyectos tiene fuerzas sociales y políticas que lo respaldan. Por ello el PCU plantea como un desafío político concreto desarrollar el bloque histórico político y social de los cambios. Para ello se plantea fortalecer las herramientas principales del movimiento popular: el PIT-CNT que expresa la unidad social y el Frente Amplio que expresa la unidad política. Por eso impulsa un amplio proceso de discusión programática cuya expresión concreta es la convocatoria realizada por el PIT-CNT para una Concertación para el Desarrollo Productivo y el inicio del proceso de debate hacia una reforma constitucional.
En ese marco valora y analiza el valor estratégico y la importancia del gobierno nacional y los gobiernos departamentales del Frente Amplio, de los avances conquistados por su obra y de la necesidad de aumentar su capacidad de concretar el programa que los guía. La necesidad imperiosa de profundizar los cambios desde la gestión de gobierno.
Los discursos fueron claros y no dejaron lugar a dudas. El PCU respalda a los gobiernos frenteamplistas que son sus gobiernos, reivindica sus logros, pero también se hace cargo de sus errores y sus retrasos y compromete su esfuerzo para superarlos.
Pero para los comunistas la acción transformadora no se agota en la acción de gobierno. El sujeto de los cambios sigue siendo colectivo, el pueblo organizado y necesita herramientas políticas y sociales que lo expresen. De allí el compromiso renovado con la defensa de la unidad.
El PCU indicó también la necesidad de proyectar una estrategia de transformaciones del Uruguay que no se agota en el capitalismo, o para decirlo de otra manera, no consiste solamente en gobernar mejor y con honestidad. Eso tiene expresiones concretas en los objetivos a plantear: profundizar la integración regional y construir espacios de independencia en el continente, redistribuir la riqueza, una estrategia de crecimiento económico que modifique la matriz productiva y avance hacia la industrialización, junto con un papel rector del Estado como locomotora del país productivo y una ampliación de derechos en todos los espacios de la sociedad.
Para ello cobra enorme vigencia el desafío lanzado por Victorio Casartelli el jueves: tomar la elaboración de la categoría democracia avanzada como aporte teórico y práctico de los comunistas a la izquierda. La democracia avanzada, en la concepción del PCU, es la caracterización de una etapa histórica, una elaboración teórica al definirla como la vía principal de la aproximación al socialismo en Uruguay y a la vez una categoría política desde la cual pensar la realidad y luchar. Es imprescindible retomarla y profundizarla en todas sus dimensiones.
Porque el PCU ratificó sin ambagues que no hay solución definitiva a los problemas del desarrollo productivo, de los derechos ciudadanos e incluso de la eliminación de la pobreza y la marginalidad en el marco del capitalismo. Hay que pensar, construir y proyectar una alternativa superadora del capitalismo, hay que pensar una alternativa socialista.
Finalmente el PCU no sólo propuso ideas, también expresó el compromiso irrenunciable de luchar por ellas. No hay cambios, no hay transformaciones de izquierda y mucho menos hay perspectiva socialista, sin protagonismo popular y sin lucha.
Todo eso se dijo el sábado, a todo ello se comprometieron miles de comunistas en la Plaza 1° de Mayo, sin embargo la cobertura mediática fue casi nula. No es de extrañar fueron a buscar palos para el gobierno y se encontraron con palos a la derecha y una propuesta de profundizar los cambios. Para EL POPULAR esas son las noticias que vale la pena cubrir.
29
Oct
12

Fidel Castro

Largavistas

La crisis de los misiles en Cuba: EE.UU. jugó a la ruleta rusa

A menudo se elogia la manera en la que el Presidente Kennedy manejó la crisis. En realidad, no reparó en los enormes riesgos que sus decisiones podrían causar con tal de imponer la hegemonía estadounidense.

Castro y Kruschev

Hace 50 años, el mundo estuvo en vilo durante la última semana de octubre, desde el momento en que se supo que la Unión Soviética había colocado misiles con ojivas nucleares en Cuba, hasta el fin oficial de la crisis -que aunque el público lo ignorara, fue solamente “oficial”.

La imagen del mundo en vilo se la debemos a Sheldon Stern, quien fuera el historiador de la Biblioteca Presidencial John F. Kennedy y que publicó la versión autorizada de las grabaciones de audio de las reuniones de EXCOMM (siglas en inglés de Comité Ejecutivo de Seguridad Nacional), en las que Kennedy y sus asesores más cercanos debatieron cómo responder a la crisis. Las reuniones fueron secretamente grabadas por el presidente, lo que puede haber incidido en que su postura a lo largo de las sesiones sea relativamente moderada, en comparación con los otros participantes, que ignoraban que estaban hablando para la posteridad. Stern acaba de publicar un estudio accesible y preciso de este importante documento, que fue desclasificado en los 90. En la conclusión dice: “Nunca antes o desde entonces, la supervivencia de la civilización humana estuvo en juego durante unas pocas semanas de peligrosas deliberaciones”, que culminaron con la semana que tuvo en vilo al mundo.

Había buenas razones para esta preocupación mundial. Una guerra nuclear era inminente, una guerra que pudo haber “destruido el hemisferio norte”, como alertó el Presidente Eisenhower. Kennedy evaluó que la probabilidad de guerra podría haber sido tan alta como del 50%. Esta cifra se incrementó a medida que la confrontación alcanzaba su pico. En Washington se implementó un “plan secreto para una catástrofe con el fin de asegurar la supervivencia del gobierno”, descripto por el periodista Michael Dobbs en su recientemente publicado y bien documentado bestseller sobre la crisis, aunque no explica la razón para hacerlo, dadas las características naturales de una guerra nuclear. Dobbs cita a Dino Brugioni “como un miembro clave del equipo de la CIA que monitoreaba la instalación de los misiles soviéticos”, y que no visualizaba otra salida más que “la guerra y la destrucción total” mientras las agujas del reloj marcaban Un minuto para la medianoche -el título elegido por Dobbs para su libro. El historiador Arthur Schlesinger, hombre cercano a Kennedy, describió los sucesos como “los más peligrosos momentos en la historia de la humanidad”. El Secretario de Defensa Robert McNamara se preguntaba si “viviríamos para ver otro sábado por la noche”, y después reconoció que apenas “nos salvamos”.

Si se examina más de cerca lo sucedido, las opiniones anteriormente mencionadas adquieren sombríos matices, con reverberaciones en el presente.

“El momento más peligroso”

Hay varios candidatos para este título. Uno es el 27 de octubre, cuando los destructores de EE.UU. que implementaban la cuarentena y el cerco alrededor de Cuba lanzaron cargas de profundidad sobre los submarinos soviéticos. Según los recuentos de los soviéticos, reportados por el Archivo de Seguridad Nacional, los comandantes de los submarinos estaban “tan nerviosos con las explosiones que consideraron disparar torpedos nucleares, cuya capacidad explosiva de 15 kilotones, era similar a la de la bomba que devastó Hiroshima en agosto de 1945″.

En uno de los casos, la decisión de ensamblar un torpedo nuclear para iniciar la batalla fue vetada en el último minuto por el segundo Capitán del submarino, Vasili Archipov, a quien se le atribuye haber salvado al mundo de un desastre nuclear. Hay pocas dudas sobre cuál habría sido la reacción de EE.UU. si el torpedo hubiera sido disparado o cómo habrían respondido los rusos si su país hubiera estallado en llamas. Kennedy ya había declarado el máximo alerta nuclear antes del lanzamiento (Defcon 2), que autorizaba “a los aviones de la OTAN con pilotos turcos… [u otros]… a despegar, volar hasta Moscú y lanzar una bomba”, según Graham Allison, analista estratégico en Asuntos Exteriores de la Universidad de Harvard.

Otro candidato para el título es el día previo, el 26 de octubre. Ese día fue escogido como “el momento más peligroso” por el Mayor Don Clawson, quien piloteaba un avión B-52 de la OTAN y proporcionó una descripción espeluznante de las misiones Domo de Cromo (CD, Chrome Dome) durante la crisis: “los aviones B-52 en estado de alerta con armas nucleares a bordo y listas para ser usadas”. “El 26 de octubre fue el día en que la nación estuvo al borde de la guerra nuclear”, escribe Clawson en sus “anécdotas irreverentes de un piloto de la Fuerza Aérea” publicadas con el título ¿Hay algo que la tripulación debería saber?. En una oportunidad, Clawson estuvo en la situación de desencadenar el cataclismo final. Concluye diciendo:

“Tuvimos mucha suerte al no haber hecho estallar el mundo -y no fue gracias al liderazgo político o militar de este país.”

Los errores, las confusiones, los riesgos de accidentes y los malentendidos de los dirigentes reportados por Clawson son sorprendentes, pero no tanto como las reglas de comando y control -o la falta de ellas. Clawson cuenta que durante las 15 misiones de 24 horas en la que participó como piloto -el máximo tiempo posible- los comandantes “no poseían la habilidad de evitar que un miembro arrogante de la tripulación ensamblara y disparara un arma termonuclear” ni incluso un anuncio que enviara “un alerta a la totalidad de la flota aérea sin posibilidades de reversión”. Una vez que la tripulación iniciaba el vuelo, llevando armas nucleares:

“Hubiera sido posible ensamblarlas y lanzarlas sin ninguna intervención desde tierra. No había inhibidores en el sistema.”

Cerca de un tercio de la fuerza total estaba en el aire, según el General David Burchinal, director de planes del personal aéreo en las bases de la Fuerza Aérea. El Comando Estratégico, quien estaba a cargo, parece haber tenido poco control en la realidad. Y según el relato de Clawson, la Autoridad del Comando Nacional no recibía suficiente información del Comando Estratégico, lo que quiere decir que los que tomaban las decisiones en EXCOMM, en las que se ponía en juego el destino de la humanidad, sabían incluso menos. El relato oral del General Burchinal no es menos espeluznante, y pone de manifiesto un profundo desprecio por el comando civil. Según él, la capitulación de los rusos nunca estuvo en duda. Las operaciones CD estaban diseñadas para dejarles en claro a los rusos de que ellos no podrían competir en una confrontación militar, y que si lo hacían, serían rápidamente destruidos.

Examinando los registros de EXCOMM, Stern concluye que el 26 de octubre el Presidente Kennedy se “inclinaba hacia una acción militar para eliminar los misiles en Cuba”, seguida de una invasión, según los planes del Pentágono. Era evidente que el acto podría haber desencadenado la guerra, una conclusión reforzada posteriormente por las revelaciones de que se habían desplegado armas nucleares, y de que las fuerzas rusas eran mucho más poderosas de lo que admitía la inteligencia de EE.UU.

Cuando las reuniones de EXCOMM estaban finalizando a las 6 de la tarde del 26 de octubre, llegó una carta del Primer Ministro Kruschev, dirigida al Presidente Kennedy. Dice Stern que el “mensaje parecía claro”:

“Retiraremos los misiles si EE.UU. promete que no invadirá Cuba.”

El día siguiente, a las diez de la mañana, el Presidente volvió a grabar el audio secreto. Leyó en voz alta un reporte del servicio de cable que acababa de recibir:

“El Primer Ministro Kruschev le envió un mensaje al Presidente Kennedy diciendo que hoy retiraría las armas de Cuba si EE.UU. retira sus misiles de Turquía.”

Se trataba de misiles Júpiter con cabezas nucleares. El reporte fue confirmado. Aunque el comité lo recibió como algo inesperado, en realidad lo estaban esperando. “Sabíamos que podría llegar desde hace una semana”, les informó Kennedy. Se dio cuenta que hubiera sido difícil rechazar el consentimiento público. Se trataba de misiles obsoletos, que ya habían sido marcados para ser reemplazados por los submarinos Polaris de mucho mayor fuerza letal y menor vulnerabilidad. Kennedy reconoció que estaría en una “posición insostenible si esa fuera la propuesta [de Kruschev]“, porque los misiles en Turquía no servían y serían retirados de cualquier manera, y porque “esto le parecería a cualquier hombre de EE.UU. o a cualquier hombre racional, como un intercambio justo”.

Un grave dilema

Los dirigentes se enfrentaron a un grave dilema: habían recibido de Kruschev dos propuestas, de alguna manera diferentes, para terminar con la amenaza de una guerra catastrófica, y ambas serían recibidas por el “hombre racional” como justas. ¿Cómo reaccionar entonces?

Una posibilidad podría haber sido la de suspirar aliviados porque la civilización sobreviviría, aceptar con entusiasmo ambas ofertas y anunciar que EE.UU. respetaría las leyes internacionales y retiraría toda amenaza de invadir Cuba; que retiraría los misiles obsoletos de Turquía, procediendo como lo tenían planeado en función de perfeccionar la amenaza contra la Unión Soviética, como parte de un cerco global de Rusia. Pero eso era impensable.

La razón básica por la que no podría considerarse la postura anterior fue explicada por McGeorge Bundy, asesor de Seguridad Nacional, ex Decano de Harvard, reconocido como la estrella más brillante del firmamento de Camelot. El mundo debe comprender que “la amenaza actual contra la paz no está en Turquía, sino en Cuba”, donde los misiles nos apuntan a nosotros. La fuerza bélica estadounidense, muy superior a cualquier otra y apuntando a su enemigo soviético, más débil y vulnerable, no puede ser considerada de ninguna manera como una amenaza contra la paz porque nosotros somos buenos, como pueden dar testimonio mucha gente del hemisferio occidental y de más allá -entre ellos, las víctimas de la guerra antiterrorista llevada a cabo por EE.UU. contra Cuba, o aquellos afectados por la “campaña de odio” en el mundo árabe, que tanto desconcertó a Eisenhower (no así al Consejo de Seguridad Nacional que lo explicaba claramente).

Y, por supuesto, la idea de que EE.UU. debía ser restringido por el derecho internacional era demasiado ridícula para ser considerada. Como lo explicó recientemente el respetado comentarista liberal Matthew Yglesias: “una de las muchas funciones del orden institucional internacional es precisamente el de legitimar el uso de la fuerza militar letal por los poderes occidentales” -es decir, estadounidense- entonces es “sorprendentemente ingenuo”, y más que ingenuo, “tonto”, sugerir que EE.UU. debe respetar el derecho internacional o cualquier otra condición impuesta por lo que carecen de poder: una declaración franca de presupuestos operacionales, dada por sobreentendida por el equipo de EXCOMM.

En una conversación subsiguiente, el presidente remarcó que “estaríamos en una posición desventajosa” si eligiéramos desencadenar la conflagración internacional al rechazar propuestas que los sobrevivientes consideren razonables, si a alguien le importara esto. Esta postura “pragmática” representaba el nivel máximo en cuanto a consideraciones morales. En un análisis de documentos recientemente hecho públicos sobre la era del terror de Kennedy, Jorge Domínguez, un experto en América Latina de la Universidad de Harvard hizo notar lo siguiente:

“En solo una ocasión, en casi mil páginas de documentos, un funcionario de EE.UU. hizo una observación que se aproxime a una débil objeción moral con respecto al terrorismo patrocinado por el gobierno de EE.UU.”

Un miembro del Consejo de Seguridad Nacional sugirió que incursiones aéreas que son “azarosas y matan inocentes… pueden ocasionar reportes de prensa desfavorables en algunos países amigos”. Las mismas actitudes predominaron a través de los debates durante la crisis de los misiles, como cuando Robert Kennedy alertó que una invasión de gran escala en Cuba podría “matar a una gran cantidad de gente, y que vamos a tener que responder a una gran reacción en contra por ello”. Y esto prevalece hasta el presente con solo raras excepciones, como lo prueban los documentos.

Sin el conocimiento público…

Podríamos haber estado “incluso en una peor situación” si el mundo hubiera sabido más sobre las acciones de EE.UU. en esa época. Solo recientemente supimos que, seis meses antes de la crisis, EE.UU. había desplegado secretamente misiles en Okinawa, casi idénticos a los que Rusia envió posteriormente a Cuba. Los misiles seguramente apuntaban a China, en un momento en el que se habían incrementado las tensiones en la región. Okinawa sigue siendo una de las principales bases militares ofensivas de EE.UU. a pesar del desacuerdo de sus habitantes, que en este momento miran con preocupación las maniobras de los helicópteros V-22 Osprey, propensos a accidentes, en la base militar Fukenma, ubicada en el corazón de un área urbana densamente poblada.

En las deliberaciones posteriores, EE.UU. se comprometió a retirar los misiles obsoletos de Turquía, pero no lo declaró ni por escrito ni públicamente: era importante que quedara la idea de que Kruschev había capitulado. Se dio una razón interesante, y fue aceptada como razonable por académicos y comentaristas. En palabras de Dobbs:

“Si hubiera parecido que EE.UU. estaba desmantelando sus bases unilateralmente, bajo presión de la Unión Soviética, la alianza (OTAN) podría haberse resquebrajado.”

O, para decirlo de otra manera, con un poco más de apego a la verdad, si EE.UU. reemplazaba misiles inservibles con armas mucho más letales, como lo tenía planeado, en un intercambio con Rusia que cualquier “hombre racional” hubiera considerado justo, esto habría causado el resquebrajamiento de la OTAN. Lo que queda claro es que, cuando Rusia retiró el único obstáculo que protegía a Cuba de un ataque de EE.UU. en medio de la amenaza de un invasión directa y se retiró de la escena, los cubanos se enfurecieron -como puede comprenderse. Pero esta es una comparación inaceptable por razones de doble estándar: nosotros somos seres humanos que importan mientras que ellos son “no-gentes”, usando la frase de Orwell.

Kennedy también hizo una promesa informal de no invadir Cuba pero con condiciones: no solamente el retiro de los misiles sino también la terminación o, al menos, una drástica disminución de la presencia militar rusa. (A diferencia de Turquía, en la frontera con Rusia, donde ninguna medida de este tipo sería considerada.) Cuando Cuba deje de ser un “campo armado”, entonces “probablemente no invadiremos”, fueron las palabras del presidente. Agregó también que si Cuba esperaba librarse de una amenaza de invasión de EE.UU., debería terminar su “subversión política” (la frase pertenece a Stern) en América Latina.

La subversión política ha sido un tema reiterado constantemente durante años. Fue invocado, por ejemplo, cuando Eisenhower derrocó al gobierno democrático de Guatemala y hundió al torturado país en el abismo en el que aún se encuentra. Y el tema siguió vigente durante las guerras terroristas de Reagan en América Central en los ochenta. La “subversión política” consistió en apoyar a los que se resisten a los ataques asesinos de EE.UU. y sus regímenes-clientes, y a veces -horror de lo horrores- hasta incluso proveen armas a las víctimas.

El problema con Castro

En el caso de Cuba, el consejo de planeamiento político del Departamento de Estado explicó:

“El peligro principal que confrontamos con Castro es… el impacto que tiene la mera existencia de su régimen sobre el movimiento izquierdista en muchos países de América Latina… El simple hecho es que Castro representa un desafío exitoso a EE.UU., una negación de nuestra política para todo el hemisferio de casi un siglo y medio.”

La doctrina Monroe anunciaba la intención de EE.UU., entonces inaplicable, de dominación del hemisferio occidental. Un ejemplo de gran trascendencia contemporánea fue revelado por un importante estudio recientemente realizado por el académico iraní Ervand Abrahamian sobre el golpe de estado de EE.UU. y Gran Bretaña contra el régimen democrático de Irán en 1953. Mediante un análisis minucioso de los documentos internos, demuestra de manera convincente que la historia oficial no tiene respaldo. Las causas principales del golpe no estuvieron relacionadas con la Guerra Fría, ni con la irracionalidad iraní que despreciaba las “intenciones benignas” de Washington, ni siquiera con el acceso al petróleo y otras ganancias sino más bien con la demanda de “controles generales” con amplias implicaciones de hegemonía global, que habían sido amenazadas por el nacionalismo independiente. Esta es la razón que descubrimos una y otra vez al investigar casos particulares.

En Cuba, también, y esto no nos sorprende -aunque el fanatismo ameritaría ser analizado en este caso. La política de EE.UU. hacia Cuba ha sido criticada duramente a través de toda América Latina, y ciertamente también en la mayor parte del mundo pero “un respeto básico por las opiniones de la humanidad” se acepta como una retórica vacía entonada sin convicción el 4 de julio. Desde que se han realizado encuestas sobre el tema, una mayoría considerable de la población de EE.UU. ha apoyado la normalización de las relaciones con Cuba pero eso, también es insignificante. La falta de consideración de la opinión pública es, por supuesto, normal. Lo que es interesante en este caso es que se ignora la opinión de poderosos sectores económicos que también apoyan la normalización de las relaciones, y que frecuentemente tienen una gran influencia en las decisiones políticas: energía, agroindustria, sector farmacéutico y otros. Esto sugiere que hay un poderoso interés estatal involucrado en castigar a los cubanos, al igual que factores culturales puestos en evidencia por la histeria de los intelectuales de Camelot.

El fin… solo oficialmente

La crisis de los misiles finalizó oficialmente el 28 de octubre. La resolución de la crisis no fue oscura. Esa noche, en un programa especial de la CBS, Charles Collingwood reportó que el mundo había salido “de la más terrible amenaza de holocausto nuclear desde la Segunda Guerra Mundial.. con una humillante derrota de la política de la Unión Soviética”. Dobbs comenta que los rusos trataron de interpretar la salida a la crisis como “otro triunfo de la política exterior por la paz de Moscú contra los imperialistas promotores de la guerra”, como “los dirigentes soviéticos extremadamente sabios y razonables salvaron el mundo de la amenaza de la destrucción nuclear”. Extrapolando los hechos básicos de las tendencias al ridículo, el acuerdo de Kruschev “había salvado al mundo de la amenaza de destrucción nuclear”.

Sin embargo, la crisis no había terminado. El 8 de noviembre, el Pentágono anunció que todas las bases de misiles soviéticos habían sido desmanteladas. El mismo día, reporta Stern, “un equipo de sabotaje realizó un ataque en una fábrica cubana”, aunque la campaña terrorista de Kennedy, conocida como Operación Mangosta, había sido formalmente reducida en el pico de la crisis. El ataque terrorista del 8 de noviembre respalda la observación de Bundy de que la amenaza para la paz estaba en Cuba, no en Turquía -donde los rusos no continuaron un asalto letal. Esta no era, sin embargo, la conclusión de Bundy, ni siquiera podría haberlo entendido así.

El respetado académico Raymond Garthoff, quien tuvo mucha experiencia dentro del gobierno, agrega más información en su detallado relato de 1987 sobre la crisis de los misiles. Escribe: “El 8 de noviembre un equipo enviado desde EE.UU. para ejecutar una acción encubierta de sabotaje hizo explotar las instalaciones de una fábrica cubana”, matando 400 trabajadores, según una carta enviada por el gobierno de Cuba al Secretario General de las N.U. Garthoff comenta que los “soviéticos solo podían analizar [el ataque] como una marcha atrás en lo que era para ellos, la cuestión clave que estaba pendiente: las garantías de EE.UU. de que no atacaría Cuba”, particularmente porque el ataque terrorista había sido lanzado desde EE.UU. Esta y otras “acciones a través de terceros” revela una vez más, que el riesgo y el peligro para ambas partes podrían haber sido extremos, y que la catástrofe no había sido descartada”. Garthoff también examina las operaciones destructivas de la campaña terrorista de Kennedy, las que ciertamente serían consideradas más que justificativos para la guerra, si EE.UU. o sus aliados o sus clientes fueran las víctimas, y no los autores.

Por la misma fuente, más adelante sabemos que el 23 de agosto de 1962 el presidente emitió el Memorando de Seguridad Nacional No 181, “una directiva para organizar una revuelta interna, a continuación de la cual se produciría una invasión militar de EE.UU.”, que involucraría “importantes planes, maniobras y movimiento de tropas y equipo militar de EE.UU.” que seguramente eran conocidos por Cuba y Rusia. También en agosto, se intensificaron los ataques terroristas entre ellos el ataque desde una lancha a un hotel cubano de la costa “donde se sabía que se congregaban técnicos militares soviéticos, matando a rusos y cubanos”; ataques a barcos de carga británicos y cubanos; contaminación de cargamentos de azúcar; y otras atrocidades y sabotajes, ejecutados principalmente por organizaciones de exiliados cubanos que operaban libremente en La Florida. Poco después vino “el momento más peligroso en la historia de la humanidad”, y no fue casualidad.

Jugando con fuego

Kennedy renovó oficialmente las operaciones terroristas después del fin de la crisis de los misiles. Diez días antes de su asesinato, aprobó un plan de la CIA de “operaciones de destrucción” a ser ejecutado por terceros, “contra una gran refinería petrolera e instalaciones de almacenamiento, una planta de energía eléctrica, fábricas de azúcar, puentes ferroviarios, instalaciones de una bahía y demolición submarina de muelles y barcos”. Un plan de asesinato de Fidel Castro fue supuestamente iniciado el mismo día del asesinato de Kennedy. La campaña terrorista fue suspendida en 1965, pero “una de las primeras medidas tomadas por Nixon en 1969 fue instruir a la CIA para que intensificara las operaciones encubiertas contra Cuba”, reporta Garthoff.

En el último número de la revista Political Science Quarterly, Montague Kern sostiene que la crisis de los misiles es una de esas “crisis de gran calibre… en la que un enemigo ideológico (la Unión Soviética) es percibido universalmente como el atacante, conduciendo a un movimiento de todos detrás de la bandera que expandió en gran medida el respaldo al presidente, incrementando sus opciones políticas”. Kern tiene razón al decir “percibido universalmente” de esa manera, dejando de lado a los que han escapado un poco de las cadenas ideológicas como para prestar alguna atención a los hechos. Kern, de hecho es uno de ellos. Otro es Sheldon Stern, quien reconoce lo que desde hace tiempo fue conocido por las personas con desviaciones. Comenta lo siguiente:

“La explicación original de Kruschev sobre el envío de misiles a Cuba fue fundamentalmente cierta: el líder soviético nunca se propuso usar esas armas como una amenaza para la seguridad de EE.UU., sino como una defensa para proteger a Cuba, un país aliado, de ataques de EE.UU. y en un esfuerzo desesperado de darle a la URSS la apariencia de igualdad en el equilibrio de poder nuclear.”

Dobbs también reconoce que:

“Castro y los patrones soviéticos tenían razones reales para temer intentos de EE.UU. de un cambio de régimen, incluyendo, como último recurso, la invasión de Cuba… [Kruschev] también era sincero en su deseo de defender la revolución cubana de su poderoso vecino del norte.”

Los ataques de EE.UU. son frecuentemente subestimados por los comentaristas estadounidenses como bromas tontas, dicen que los matones de la CIA se les fueron de las manos al gobierno. Nada más alejado de la realidad. Los “mejores y los más brillantes” reaccionaron ante la derrota de Bahía de Cochinos (Playa Girón, en Cuba) casi histéricos, incluyendo al presidente, quien solemnemente le informó al país que:

“Las sociedades complacientes, indulgentes consigo mismas, blandas están a punto de ser barridas con los escombros de la historia. Solo las fuertes… tienen posibilidad de sobrevivir.”

Y solo podrán sobrevivir, pensaba evidentemente, usando el terror masivo -aunque este agregado era secreto, y es todavía ignorado por los leales que perciben que su enemigo ideológico fue quien atacó -la percepción casi universal, como lo dijo Stern. El historiador Piero Gleijeses observa que después de la derrota de Bahía de Cochinos, JFK lanzó un embargo asfixiante para castigar a los cubanos por haber derrotado una invasión respaldada por EE.UU., y “le pidió a su hermano, el Fiscal General, que dirigiera el grupo de alto nivel de agencias estatales que supervisaría la Operación Mangosta, un programa de operaciones paramilitares, guerra económica y sabotaje, implementado por el propio Kennedy a fines de 1961 para infligirle los ‘terrores de la tierra’ a Fidel Castro y, en términos más prosaicos, para derrocarlo”.

La frase “terrores de la tierra” fue acuñada por Arthur Schlesinger en su biografía prácticamente oficial de Robert Kennedy, que estuvo a cargo de la guerra terrorista, y que le informó a la CIA que el problema cubano es “de la más alta prioridad para el gobierno de EE.UU. -todo lo demás es secundario- no se debe ahorrar tiempo, esfuerzo ni efectivos” para derrocar al régimen castrista. La Operación Mangosta fue dirigida por Edward Lansdale, quien poseía una vasta experiencia en “contrainsurgencia” -el término usado para las acciones terroristas realizadas por EE.UU. Elaboró un cronograma que conduciría a la “revuelta y el derrocamiento del régimen comunista” en octubre de 1962.

La “definición final” del programa reconocía que “el éxito definitivo solo se logrará con una intervención militar decisiva de EE.UU.” después de que el terrorismo y la subversión hayan preparado el terreno. Estaba implícito que la intervención militar de EE.UU. ocurriría en octubre de 1962, cuando explotó la crisis de los misiles. Los sucesos que acabamos de analizar explican porque Cuba y Rusia tenían buenas razones para tomar en serio las amenazas.

Años más tarde, Robert McNamara reconoció que Cuba tenía justificaciones para temer un ataque. “Si hubiera estado en el lugar de un cubano o un ruso, yo también habría sentido temor”, dijo en el 40 aniversario de la crisis de los misiles. En cuanto al “esfuerzo desesperado de la URSS por una apariencia de igualdad” mencionado por Stern, nos recuerda que la estrecha victoria electoral de Kennedy en 1960 dependía de la fabricación de una “brecha en los misiles” armada para aterrorizar al país y para condenar como débil en asuntos de seguridad nacional al gobierno de Eisenhower. Había ciertamente una “brecha en los misiles”, pero era claramente a favor de EE.UU. Según sostiene el analista estratégico Desmond Ball en su estudio del programa de misiles de Kennedy, la primera “declaración pública inequívoca” sobre los verdaderos hechos fue la de octubre de 1961, cuando el Secretario de Defensa Roswell Gilpatric informó al Consejo de Negocios que “EE.UU. tendría un mayor sistema de respuesta nuclear después de un ataque sorpresivo que la fuerza nuclear que podría emplear la Unión Soviética en su primer ataque”.

Los rusos eran, por supuesto, muy concientes de su debilidad y vulnerabilidad relativas. También eran concientes de la reacción de Kennedy cuando Kruschev le ofreció reducir drásticamente la capacidad de ofensiva militar y procedió a hacerlo unilateralmente ante la falta de respuesta de Kennedy: Kennedy emprendió un enorme programa armamentista.

En retrospectiva

Las dos cuestiones más cruciales sobre la crisis de los misiles están relacionadas con cómo comenzó y cómo terminó. Comenzó con el ataque terrorista de Kennedy contra Cuba, con la amenaza de invasión en octubre de 1962. Terminó con el rechazo presidencial de la propuesta rusa que le hubiera parecido justa a cualquier persona racional pero que era impensable porque desgastaría el principio fundamental de que EE.UU. tiene el derecho unilateral de desplegar misiles nucleares en cualquier parte, apuntando a China o a Rusia o a cualquier otro país, en sus fronteras; y el principio asociado de que Cuba no tiene derecho a tener misiles para su defensa contra lo que parecía ser una inminente invasión de EE.UU. Para establecer estos principios con firmeza, era totalmente apropiado enfrentar el alto riesgo de una guerra con un poder de destrucción inimaginable, y rechazar maneras simples y justas, según lo admitieron ellos mismos, de terminar con la amenaza.

Garthoff sostiene que “en EE.UU. hubo un grado de aprobación casi unánime a la manera en que Kennedy manejó la crisis”. Dobbs dice que “el tono de constante optimismo fue marcado por el historiador de la corte, Arthur Schlesinger Jr., quien escribió que Kennedy había ‘deslumbrado al mundo’ mediante una ‘combinación de dureza y moderación, de fuerza de voluntad, nervios y sabiduría, tan brillantemente controlado, tan incomparablemente calibrado’. En un tono más sobrio, Stern está parcialmente de acuerdo, notando que Kennedy repetidamente rechazó el consejo militante de sus asesores y asociados que pedían la intervención militar y dejaban de lado las opciones pacíficas.

Los sucesos de octubre de 1962 son ampliamente considerados como los momentos más destacados de Kennedy. Graham Allison se une a muchos otros en presentarlos como una “guía sobre cómo desactivar conflictos, manejar relaciones de alto nivel de poder, y tomar decisiones correctas sobre temas de política exterior en general”. En un sentido muy estrecho, estas evaluaciones parecen razonables. Las grabaciones de audio de las reuniones de EXCOMM revelan que el presidente se diferenció del resto, a veces de casi todos los demás, al rechazar el uso prematuro de la violencia.

Sin embargo, persiste un interrogante más de fondo: ¿Cómo se puede evaluar la moderación relativa de Kennedy en el manejo de la crisis dentro del contexto más amplio que acabamos de analizar? Pero este tema no puede ser analizado en una cultura moral e intelectual muy disciplinada, que acepta sin cuestionamientos el principio básico de que EE.UU. es efectivamente el dueño del mundo por derecho, y que es, por definición, una fuerza del bien a pesar de los errores y malentendidos ocasionales. Por lo tanto, es lisa y llanamente apropiado que EE.UU. despliegue una fuerza masiva de ataque sobre todo el mundo, mientras que es una ofensa cuando los otros (excepto los aliados y los clientes) hacen hasta el mínimo gesto en esa dirección, y hasta cuando piensan en disuadir al benigno poder hegemónico global de usar la violencia.

Esa doctrina es el principal cargo oficial contra Irán hoy en día. Irán podría ser una fuerza disuasiva contra un ataque de EE.UU. e Israel. Este tópico también formó parte de las consideraciones durante la crisis de los misiles. En las conversaciones internas, los hermanos Kennedy expresaron sus temores de que los misiles en Cuba pudieran ser una fuerza disuasiva de una invasión de Venezuela, que entonces estaba bajo consideración. Por ello, “Bahía de Cochinos había sido una decisión correcta”, concluyó JFK.

Los principios siguen vigentes y representan un riesgo constante para una guerra nuclear. No han escaseado los graves peligros desde la crisis de los misiles. Diez años después, durante la guerra árabe-israelita de 1973, Henry Kissinger declaró un alerta nuclear de alto grado (Defcon 3) para advertirles a los rusos de que se mantengan al margen mientras que él autorizó secretamente a Israel a violar el cese al fuego impuesto por EE.UU. y Rusia. Cuando Reagan asumió el gobierno, pocos años después, EE.UU. lanzó operaciones para poner a prueba las defensas rusas y simuló ataques aéreos y navales, mientras emplazaba misiles Pershing en Alemania, a cinco minutos de tiempo de vuelo de los objetivos de ataque rusos, proveyendo lo que la CIA llamó un “poder de ataque súper sorpresivo”.

Obviamente, esto causó una gran alarma en Rusia, país que a diferencia de EE.UU. sufrió repetidas invasiones y fue prácticamente destruido. Esto condujo a una gran amenaza de guerra en 1983. Hubo cientos de casos en los que la intervención de una persona abortó un ataque minutos antes de que ocurriera, después de que los sistemas automáticos dieran falsas alarmas. No tenemos acceso a los registros rusos pero no hay dudas de que sus sistemas son más propensos a un accidente.

Mientras tanto, India y Pakistán se han aproximado a una guerra nuclear varias veces, y las fuentes del conflicto siguen vigentes. Ambos se han negado a firmar un tratado de no proliferación, al igual que Israel, y han recibido apoyo de EE.UU. para el desarrollo de sus programas de armas nucleares -hasta hoy, en el caso de India, un actual aliado de EE.UU. Las amenazas bélicas en el Medio Oriente, que podrían volverse reales en cualquier momento, una vez más incrementan el peligro de una catástrofe.

En 1962 se logró evitar la guerra por la determinación de Kruschev para aceptar las demandas hegemónicas de Kennedy. Pero no podemos contar que un criterio similar estará siempre presente. Es casi un milagro que no se haya producido hasta ahora la guerra nuclear. Existen más razones que nunca para escuchar la advertencia formulada hace unos 60 años por Bertrand Russell y Albert Einstein: el dilema es “crudo, horrible e ineludible”:

“¿Se va a poner fin a la raza humana; o la humanidad deberá renunciar a la guerra?”

noamchomsky

Noam Chomsky

Profesor emérito del Departamento de Lingüística y Filosofía del MIT

28
Oct
12

Obama vs Romney

Palabra ardiente

O votan a Romney o…

Juan Gelman

Mitt Romney no sólo es candidato a presidente del Partido Republicano: lo es –y mucho más– de Wall Street, el preferido de las grandes empresas y de los billonarios del 1 por ciento. La Koch Industries, una multinacional de Kansas con las subsidiarias del caso, la segunda después de Cargill según Forbes y con un ingreso anual de 98.000 millones de dólares, quiere mucho a Mitt. Le ha proporcionado una robusta financiación para la campaña electoral que hasta el mes de julio se estimaba en 400 millones de dólares (www.policynic.com, julio 2012).

El The New York Post registra que los hermanos Charles y David Koch, dueños de la empresa, suelen organizar comidas a 50.000 dólares el cubierto para ayudar a Romney. Hay razones: el plan energético del candidato republicano favorece a las megaindustrias del petróleo, el gas natural y el carbón como la Koch, promete acabar con la dependencia de EE.UU. en la materia hacia el 2020 y no contiene mención alguna de las debidas regulaciones atinentes al cambio climático (www.huffingtonpost, 24-8-12). Los Koch, muy de acuerdo: desde hace años vienen invirtiendo millones para convencer a la opinión pública estadounidense de que el calentamiento global nada tiene que ver con el uso de materias fósiles.

Romney insiste en que su política fiscal favorecerá a la clase media, propone “no recortar los impuestos a los más ricos” –como si falta hiciera después de W. Bush– y sugiere derogar por completo el impuesto a los bienes inmuebles, lo cual ahorraría a Charles y a David el pago de 8700 millones de dólares cada uno hasta el fin de sus vidas (//prcs.org, 6-1-12). Es indicativo que las donaciones de 1500 dólares o menos predominen en las recaudaciones de campaña de Obama y lo contrario ocurra en la de su rival.

Charles y David no se quedan en el mero lugar de donantes. Han enviado a cada uno de sus 50.000 empleados un paquete de documentos que profetizan un negro futuro para ellos si votan por Obama: “No nos quedará otra posibilidad que reducir la compañía”, anuncia una carta de Dave Robertson, CEO de Koch Industries.

Mitt Romney en persona alentó esta práctica en una conferencia dictada ante la Federación Nacional de Empresas Independientes: “Espero –dijo– que ustedes dejen muy en claro a sus empleados lo que consideran que es mejor para sus compañías y, en consecuencia, para el empleo de ellos y su futuro en las próximas elecciones” (www.classwarfareexists.com, 10-6-12). No deja de ser una clara amenaza en tiempos de una crisis económica que deja en las calles de EE.UU. a más de ocho millones de trabajadores.

Los Koch no están solos. Arthur Allen, director ejecutivo de la empresa electrónica ASG Software Solutions, envió un e-mail a sus empleados que indicaba en el subject: “¿Tendrá la elección presidencial en nuestro país un impacto directo en su empleo futuro en ASG? Por favor, lea más abajo” (www.theblaze.com, 14-10-12). El lector del correo verá con qué oscura tinta están escritas las predicciones de Mr. Allen. Richard Lacks, presidente y CEO de la compañía que lleva su nombre, dedicada a la afinación de nuevas tecnologías, advirtió a sus empleados que les rebajaría los sueldos si gana Obama (www.mlive.com, 2-10-12). No pasa un día sin que trascienda la misma información de otras multinacionales.

Esta clase de intimidación no es nueva en EE.UU. Thomas Ferguson, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Massachusetts, señaló que “en el siglo XIX la votación era con frecuencia pública, los dueños de una fábrica solían marchar a las urnas con sus trabajadores para votar en bloque… los empleadores utilizaban todo tipo de tácticas para intimidar a sus empleados. En 1896, por ejemplo, los dueños de las fábricas ponían carteles avisando que cerrarían sus negocios si el republicano William McKinley perdía ante William Jennings Bryan”, el candidato demócrata (www.alternet.org, 16-10-12). Hace más de un siglo, en fin, ¿pero no estábamos acaso en el XXI?

El acoso o intimidación a los trabajadores “es una forma de discriminación laboral que viola el capítulo VII de la Ley de Derechos Civiles de 1964, la ley de discriminación laboral por razones de edad de 1967 (ADEA) y la ley de estadounidenses discapacitados de 1990 (ADA)”, ha señalado la gubernamental Comisión Estadounidense de Igualdad de Oportunidades de Empleo (www.eeoc.gov), pero, curiosamente, no se considera delito la incitación de un empresario a su personal para que vote por tal o cual candidato, so pena de padecer alguna represalia, el despido o la reducción del salario.

Oscar Wilde dijo algunas vez, con su habitual ironía, que el trabajo es el refugio de quienes no tienen nada mejor que hacer. Sólo que, salvo escribir, Wilde nunca trabajó.

juangelmanJuan GelmanPoeta y periodista argentino

27
Oct
12

imperialismo

Una pequeña-gran enciclopedia de la teoría del imperialismo

En la tradición del pensamiento emancipatorio, que se extiende desde las revoluciones de 1948 hasta la década de 1980, se construyeron una serie de categorías de análisis histórico y social de indudable alcance, tanto para clarificar problemas fundamentales del desenvolvimiento del capitalismo y de la lucha de las clases subalternas, como para proporcionar instrumentos que permitieran delinear de manara más clara la táctica y estrategia de los movimientos anticapitalistas. Entre esas categorías sobresalen las de capitalismo, capital, clases, lucha de clase, clase obrera y/o trabajadores, explotación, plusvalía, Estado e Imperialismo, entre algunas de las más importantes. Estas categorías se diseñaron no como artefactos conceptuales de tipo académico –aunque desde luego también se utilizaran en este ámbito- sino como instrumentos de análisis relacionados con movimientos reales.

Como parte de las múltiples derrotas experimentadas por los movimientos antisistémicos desde la década de 1970, la terminología clásica que hemos mencionado empezó a ser sustituido por una nueva lengua, que durante las últimas dos décadas se ha expandido por todo el mundo. Esta nueva lengua, como lo señalara Pierre Bourdieu en uno de sus últimos escritos, se ha convertido en una vulgata planetaria, que introdujo otra terminología, desprovista en la mayor parte de los casos del contenido crítico anticapitalista. Por ejemplo, términos como capital y “capitalismo” –si se quiere los conceptos matrices de la crítica de la economía política- siempre han sido rechazados por las clases dominantes de los Estados Unidos por su pretendido tono peyorativo. Eso se sostuvo durante la Guerra Fría, pero no se crea que ahora las cosas han cambiado. Por ejemplo, en marzo del 2010 el Departamento de Educación del Estado de Texas, en los Estados Unidos, proponía que en los libros de texto se usase de forma generalizada la noción “sistema de libre empresa”, porque consideraba que el vocablo “capitalismo” tiene connotaciones negativas. (Noticia que aparece en el New York Times del 12 de marzo del 2010, citada en Josep Fontana, Por el bien del Imperio, Ediciones Pasado y Presente, Barcelona, 2011,  p. 11).

Si capitalismo es un vocablo peyorativo, aún más lo es el término imperialismo. En efecto, desde el mismo momento en que éste concepto empezó a utilizarse de manera reflexiva para hacer alusión a una característica nueva del mundo capitalista, por allá en 1902 en el libro de John Hobson, Estudio del Imperialismo, siempre ha generado rechazo por los propios países imperialistas, por portar un implícito carácter de denuncia. Así las cosas, en los Estados Unidos, algunos de sus principales historiadores liberales llegan incluso a decir que ese país nunca ha sido imperialista, como lo habían sido los europeos, porque éstos si habían tenido un sistema colonial.

En estas condiciones, el término imperialismo, cuya construcción como categoría crítica se realizó en el contexto de la expansión del imperialismo clásico (1870-1914), se convirtió en un concepto central del pensamiento anticapitalista durante buena parte del siglo XX, hasta que, en sintonía con la desaparición de la URSS y la derrota de diversos procesos anticapitalistas y antimperialistas, se abandonó su utilización y se empezaron a emplear otros vocablos de consumo coyuntural, entre los cuales el más sonado de todos ha sido el de globalización. Incluso, este término adquirió tal dominio conceptual –un buen ejemplo de lo que es el imperialismo cultural y académico- que hasta la mayoría de la izquierda lo empezó a usar sin muchas reservas ni circunspección. Obviamente, esto estaba inscrito en el marco de la derrota teórica e ideológica que acompañó la destrucción de procesos revolucionarios en las décadas de 1980 y 1990 o de procesos que se reclamaban como tales, aunque ya no lo fueran. Con la derrota se empezó a señalar que se habían presentando tal avalancha de cambios que en el ámbito de la economía y del comercio internacional habíamos entrado a una nueva época, en la cual se construía un Nuevo Orden Mundial, en el que predominaría la paz perpetúa y la concordia entre los Estados nacionales. Ese nuevo orden no tendría nada que ver, se argumentaban, con los viejos tiempos del militarismo, el saqueo, la ocupación territorial y la expoliación de materias primas, sino con una nueva realidad de armonía y pacifismo.

Sin embargo, la realidad ha sido bien diferente, en contra de los supuestos de la globalistica, porque las invasiones, las guerras, la militarización e incluso el nuevo racismo han sido el pan diario del pretendido nuevo orden. Eso lleva a pensar que el concepto de imperialismo no está tan muerto como se nos viene diciendo hace un cuarto de siglo, sino que como bien lo dijo Harry Magdoff, la naturaleza de la bestia se mantiene. Por ello, y para contrarrestar en el plano teórico al discurso de la globalización, en algunos sectores políticos y académicos se siguió utilizando el concepto de imperialismo, lo que ha dado pie a numerosos debates sobre la persistencia o modificación del imperialismo, tal y como lo analizó Lenin en su pequeño libro de 1916.

Y en tal contexto, justamente, se inscribe el libro de Claudio Katz, Bajo el imperio del Capital. Este texto de 250 páginas consta de quince sustanciales capítulos en los cuales se resumen de manera sintética y magistral un siglo de aportes, debates y controversias en torno al Imperialismo capitalista.

De manera muy rápida, por cuestión de tiempo y para incentivar a las personas interesadas a que lean esta magistral obra, en las siguientes páginas trataré de mostrar algunos de sus aportes principales. Para empezar, hay que hablar de la parte formal, que generalmente no se menciona cuando se comenta un libro. Bajo el imperio del capital es un texto claro, directo, con una prosa comprensible, pero a la vez es profundo, sistemático, riguroso, exhaustivo y coherente. No parece ser un libro escrito por un economista, porque quienes alguna vez estudiamos economía, lo sabemos en carne propia, se nos ha acostumbrado a un tipo de escritura árida, especializada, innecesariamente farragosa, con cuadros, estadísticas, gráficas y otros instrumentos que ahuyentan a los lectores. La sencillez es una virtud en una época en la que cada vez se lee menos. Es un reto para los escritores de ciencias sociales, escribir cada vez mejor desde el punto de vista literario, pero sin perder seriedad ni profundidad. Y esto es lo que hace Claudio Katz en sus libros, como puede observarse en sus dos obras anteriores (El porvenir del socialismo y Las disyuntivas de la izquierda) y como se ratifica en esta obra que comentamos.

Otro elemento, ya no formal, está referido al método que el autor emplea en su investigación. Aquí también existen unas ventajas apreciables con relación a gran parte de la literatura referida al asunto del imperialismo o temas coetáneos, que son innecesariamente pesados en la mayor parte de los casos, porque suelen presentarnos complicados marcos teóricos, previos al mismo análisis, y que a veces se pierden en el estudio de los procesos específicos. No es el caso de Claudio Katz, porque realiza una breve introducción en la cual señala los objetivos básicos de su trabajo, pero lo más importante es que la metodología esta, por así decirlo, aplicada. Me refiero a cosas como las siguientes. La caracterización misma del imperialismo como un fenómeno relacionado directamente con el capitalismo, lo que permite diferenciarlo claramente de los imperios coloniales, por ejemplo. La periodización que se propone, en la cual se señalan y se sustentan tres momentos diferenciados, a saber: el imperialismo clásico, el imperialismo de posguerra y el imperialismo neoliberal. El sentido contradictorio y dialéctico de los procesos relacionados con el imperialismo, a partir de lo cual se efectúan análisis muy lucidos en los cuales se indica la complejidad de los fenómenos en curso. Una perspectiva histórica que permite relacionar tanto las obras y sus autores (como el caso de Lenin y su Imperialismo, fase superior del capitalismo), con el momento preciso en el que viven, lo que determina el alcance y sentido de la obra misma y de lo que allí se pudiera decir y proponer. La categoría de totalidad como horizonte analítico que permite estudiar las múltiples dimensiones del imperialismo, y no reducirlas a un plano puramente económico, territorial o político, sino relacionar todos los diversos aspectos que entran en juego en el funcionamiento real del imperialismo. El análisis de procesos estructurales, antes que de elementos episódicos y coyunturales que posibilita determinar tanto las modificaciones como las permanencias de los rasgos centrales del imperialismo

En cuanto al contenido es tal la diversidad de tópicos que Claudio Katz retoma en su libro, que resulta injusto señalar algunos, porque necesariamente se quedan en el tintero muchas de sus valiosas contribuciones. Sin embargo, tratemos de presentar algunos de esos aportes, de manera muy esquemática por cuestión de tiempo.

•Recoger, leer y sistematizar una vasta literatura sobre el imperialismo, cuyo análisis es presentado de una forma coherente y dinámica, a lo largo de los capítulos, que casi no deja ningún tema pendiente. Incluso, se estudia literatura contrapuesta al imperialismo, como la procedente de autores neoconservadores de los Estados Unidos, con la finalidad de mostrar sus limitaciones y su carácter apologético de la dominación imperialista, para resaltar a su turno la fortaleza de las perspectivas marxistas más críticas y renovadoras.

•Presentar la naturaleza de las diversas contribuciones, su alcance y sentido en cada contexto, y la manera cómo, en la medida en que cambia el contexto y el mismo imperialismo, se hace necesario considerar los elementos diferenciadores del imperialismo actual con el imperialismo clásico. En concreto tres serian las características sustanciales de la fase actual: primero, es un imperialismo colectivo en términos de gestión (retomando el término de Samir Amin), pero bajo la dirección de los Estados Unidos; segundo, existe una asociación económica entre los países imperialistas; tercero, las contradicciones interimperialistas ya no conducen a enfrentamientos militares entre los miembros de ese imperialismo colectivo.

•Examinar algunos de los asuntos más álgidos y polémicos de la geopolítica mundial de hoy, entre los que sobresalen dos: de una parte, la crisis de los Estados Unidos y de otra parte, la emergencia de China. En cuanto al primer tópico, de forma meticulosa y con gran cuidado se examinan una a una las principales apreciaciones que existen sobre la crisis de la hegemonía de los Estados Unidos, en particular las provenientes de los teóricos del Sistema-Mundo, como Inmanuel Wallerstein. El autor demuestra que, en general, esas apreciaciones sobre la inminente caída de los Estados Unidos son muy unilaterales y en gran medida son producto de los buenos deseos, antes que un análisis sistemático de lo que acontece en la actualidad. Para el caso valga recordar la fuerte debilidad en el análisis de Wallerstein, cuando se atreve a realizar proyecciones con fechas precisas del momento en que sobrevendrá otro sistema-mundo. En cuanto a la emergencia de China, también se centra en la crítica a uno de los principales difusores del incontenible ascenso del nuevo tigre asiático, como es el caso de Giovanny Arriegui. Con detalle muestra las inconsistencias teóricas y políticas de la interpretación de este último autor, e indica que no existen suficientes elementos como para suponer que ya sea un hecho la consolidación de China como nuevo hegemón en una fecha inmediata y previsible.

•Recordar el carácter agresivo y criminal del imperialismo actual, tanto como el clásico, que utiliza, en otro contexto y con sus nuevas características, instrumentos similares de agresión como los relacionados con las incursiones militares, el saqueo de recursos naturales, la explotación intensiva de trabajadores y la imposición de una ideología imperial, el americanismo, que ha sido aceptada por los otros países imperialistas y por las clases dominantes de todo el mundo. Este proceso es conducido por los Estados Unidos, pero goza de la complacencia y el acuerdo de los otros imperialismos.

•Mostrar la manera particular como se desenvuelve la dominación imperialista en diversas áreas estratégicas del mundo, entre las cuales destaca el caso de Irak y del oriente medio, de América Latina y de África. Al respecto, se detallan los brutales procesos de invasión militar, bombardeos sistemáticos, asesinatos masivos, establecimiento de bases militares, por parte de los Estados Unidos, en complicidad con sus socios imperialistas y las clases dominantes a nivel nacional, como se pone de presente en el caso de Colombia.

•Reafirmar que el imperialismo actual no modifica los elementos centrales de funcionamiento del capitalismo, en lo relacionado con la ley del valor, el papel de los Estados nacionales, la centralidad de la explotación del trabajo, la generación de plusvalía, porque precisamente sigue siendo imperialismo capitalista. Al respecto, el autor entrelaza en forma convincente el análisis del proceso de acumulación capitalista con el imperialismo, como una manifestación necesaria que supera los límites de los estados nacionales, para incursionar más allá y establecer una acumulación a escala mundial. Según el autor, esto no significa, y lo reitera constantemente, que el imperialismo de hoy sea igual al de la época de Lenin. Por ello discute cada uno de los postulados del revolucionario ruso, considerando en general que la mayor parte de ellos ya no son aplicables a esta época.

•Enfatizar en contra de buena parte de los analistas –entre ellos una gran parte de autores marxistas- que lo distintivo del imperialismo actual no sería ni el capital financiero ni una mentalidad rentista, sino algo básico para que funcione el capitalismo, como es la explotación y la generación de plusvalía. Esto no quiere decir que en su reparto no participen otras fracciones de las clases dominantes, sino simplemente se recalca que la financiarización no es un proceso que favorezca exclusivamente a los banqueros, sino que “ha sido un instrumento de todos los capitalistas para repartir la tasa de ganancia, mediante generalizados aumentos de explotación” (p. 141). Este aspecto a mi particularmente me parece crucial, porque sitúa el centro de la discusión no en la pretendida generación de valor por parte del capital financiero y los banqueros (como lo postulan Manuel Castells, Tony Negri, Michael Hardt y todos los portavoces del globalismo light), sino en la renovada y brutal explotación de clase, que se da en todos los ámbitos de la vida laboral, y no sólo en las fábricas de la muerte y las maquilas. En este sentido, el capitalismo y el imperialismo no son unos casinos regidos por el azar y las ganancias provenientes de la nada (o el dinero que crea dinero y se reproduce sobre sí mismo), sino que proceden, y por eso es de capitalismo que hablamos, de la explotación de los trabajadores, es decir, de la plusvalía generada en los procesos productivos.

•Señalar, en contra de posturas fatalistas que indican que el imperialismo se va a caer tarde o temprano, que igual que en el capitalismo lo que determina el destino del imperialismo es la acción política consciente de sujetos concretos, que ven trastocada su vida por esta forma de dominación. En este caso se critica la futurología de caídas anunciadas con anticipación, como en el caso mencionado de Wallerstein, como a la misma noción del imperialismo como etapa final del capitalismo, algo que ha sido demostrado por los procesos históricos de la segunda mitad del siglo XX.

No voy a mencionar todos los importantes aportes de este libro. Simplemente quiero plantear, para concluir, dos elementos de discusión con Claudio Katz. Un primero está referido a lo que decía al comienzo de estas palabras, que el libro recoge casi todos los aportes, pero creo que le faltó uno, que en este momento es muy importante, como es el relacionado con el imperialismo ecológico, propuesto por autores como John Bellamy Foster y por mi persona. La importancia de este concepto estriba en que, a mi parecer, ayuda a replantear algunos aspectos de la teoría marxista del imperialismo, como los referidos, por ejemplo, al establecimiento de otros límites que van más allá de los límites económicos, a los que hace referencia Katz. Sin embargo, el imperialismo ecológico plantea el problema de los límites en otra dimensión, recalcando que el agotamiento de los bienes comunes, la destrucción de los ecosistemas, el agotamiento de las fuentes hídricas, el calentamiento global, el descongelamiento de los casquetes polares, la desaparición de especies, las distintas formas de contaminación no son algo secundario sino fundamental, hasta el punto que todos esos asuntos ponen en riesgo la misma reproducción de la acumulación de capital, al considerar el problema del agotamiento de los bienes comunes de tipo natural (lo que Marx denominaba condiciones de producción) como resultado de la lógica misma de crecimiento infinito. Este hecho no se sustenta en futurología especulativa, que con razón le gusta criticar a Katz, sino en la constatación de datos empíricos incontrastables (aunque a menudo ocultados por las clases dominantes de Estados Unidos y sus propagandistas y que gran parte de los economistas no suelen considerar), sobre el agotamiento irreversible de materias primas indispensables para el funcionamiento del capitalismo, empezando por el petróleo. Esto sitúa la discusión en otro plano, en lo relativo por ejemplo al estancamiento. Porque, obviamente, en un planeta de recursos limitados resulta insostenible el crecimiento ilimitado, lo que pone en cuestión el mismo modelo chino, de un crecimiento del 15% anual o tasas semejantes. Y aquí se plantea, de paso, otro asunto que menciona Claudio de manera tangencial como es el relativo al modelo energético basado en el petróleo, en el sentido que vale hacerse la pregunta si es posible construir otro patrón energético que tenga la misma efectividad que las energías fósiles y que permita que el capitalismo energivoro siga funcionando tal y como lo conocemos.

En ese contexto, la cuestión del estancamiento alcanza otra dimensión, que ya se ve en algunos lugares del mundo (como Haití), que consistiría en mantener amplios sectores de la población de miseria, hambre y subconsumo de materiales y energía, al tiempo que cada vez se achicarían más los guettos invertidos de sectores minoritarios de la población –formados por las clases dominantes y algunos sectores de las clases medias- que mantendrían su consumo energético despilfarrador, que les permite mantener su estándar de vida al estilo estadounidense. Visto así el asunto, el estancamiento no se vería solamente en la perspectiva que critica Claudio Katz de una especie de regresión y parálisis de las fuerzas productivas, sino como la expresión de un quiebre civilizatorio.

El otro punto que quiero dejar planteado en la discusión y que no me quedó claro es el relativo al ciclo económico, o más exactamente a las ondas largas. Las crisis periódicas indican la permanencia del ciclo, y eso lo enfatiza Claudio, pero lo que dice sobre las ondas largas no es del todo claro. A ese respecto cabría preguntar en donde nos encontramos, o en una fase de expansión (similar a la de los treinta gloriosos) o en la misma fase descendente que se inició en 1967-1973. Esta creo que no es una pregunta formal, de periodización, sino que tendría que ver con el análisis estructural y de larga duración de la crisis actual como una crisis de sobreproducción y no como una cuestión financiera o inmobiliaria meramente coyuntural

Para concluir, estos últimos comentarios críticos no le restan merito a una obra bien elaborada, que con toda justicia recibió una mención honorífica en el Premio Libertador al Pensamiento Crítico 2011, y que se constituye, sin exageración de ninguna índole, en una breve pero auténtica enciclopedia de la teoría marxista del imperialismo. Esperamos que en adelante, este libro sea una lectura indispensable para todos aquellos que estén interesados en entender el funcionamiento del imperialismo actual, de las múltiples formas cómo ha sido estudiado y de encontrar elementos que les permitan adoptar una postura crítica y reflexiva ante el imperialismo contemporáneo.

26
Oct
12

Alemania y el trabajo

Liberar la creatividad de la fuerza de trabajo
Red Pepper

La creatividad económica de los obreros más allá del trabajo asalariado

Algo interesante ocurre en la ciudad de Stuttgart, una de las historias regionales de éxito del sistema alemán de Mitbestimmung o «participación» en el que los trabajadores tienen un papel en la gestión de las compañías.

La tendencia dominante en Alemania es que la participación se convierta en un «corporativismo de crisis» donde los sindicatos pactan menos salario por más horas para, supuestamente, mantener los puestos de trabajo. Sin embargo en la zona productiva del sur de Alemania, los sindicalistas defienden que los trabajadores no sólo tengan un control real sobre las condiciones y horas de trabajo sino también sobre la finalidad de su trabajo.

En los servicios públicos de Stuttgart el sindicato Verdi ha combinado la lucha resuelta por los salarios y las condiciones de trabajo con una campaña eficaz y popular para mejorar y defender los servicios públicos. En respuesta, el gobierno de la ciudad -una coalición del SPD, Green, Die Linke y el partido local Stuttgart Ökologisch Sozial- ha procedido a «re-municipalizar» varios servicios que el anterior gobierno de la ciudad (del CDU) privatizó.

Mientras tanto un grupo radical dentro del sindicato IG Metall de las fábricas Daimler Mercedes -donde hay 20.000 trabajadores- va más allá de la negociación del precio de la mano de obra y busca menos horas de trabajo y una visión alternativa del futuro de la industria del automóvil.

“Hay mucha inteligencia en esta fábrica”, según el delegado sindical Tom Adler, también miembro activo de Stuttgart Ökologisch Sozial. “Nuestros diseñadores e ingenieros son capaces de pensar más allá del automóvil”. Su visión es minoritaria, pero esta minoría crítica -que publica un periódico para la fábrica, Alternativ– ganó el 25% de los votos en las elecciones sindicales.

 

El choque de expectativas

La reacción de los trabajadores a la destrucción de los servicios públicos y la perversión de la «participación» indica que las medidas de austeridad chocan con el legado de dos periodos de reforma democrática e igualitaria. El primero fue la reconstrucción de la posguerra, lo que incluía el Estado del bienestar, y el segundo la «participación» que se reforzó en respuesta a las rebeliones de los años 60 y 70.

Sin embargo la resistencia de ahora, en Stuttgart como en otras partes de Europa, no responde sólo a la erosión de las instituciones creadas durante estos periodos de reforma, ya que a fin de cuentas dicha erosión está en marcha desde hace una década. Es un choque profundo e incierto entre generaciones de culturas, expectativas y, cada vez más, de actividades configuradas por estos periodos de reforma y rebelión. El pueblo espera, o al menos cree que tiene derecho a ellas, la igualdad cultural y económica junto con el trabajo digno y con sentido que va emparejado a las décadas de expansión de la educación superior.

Las iniciativas económicas, fruto de los valores sociales y ecológicos, proceden ahora de fuentes distintas de los modelos económicos tradicionales. Incluyen la formación de cooperativas de trabajadores, en vez de aceptar los dictados ruinosos de los bancos, y de cooperativas de energía renovable entre trabajadores y consumidores con el fin de combinar habilidades que cumplan con las necesidades, todo basado en los valores compartidos (A different way of doing things, Red Pepper abril/mayo 2012).

Existen también las redes de hackers autónomos y los locos informáticos que inventan software abierto y libre y crean la infraestructura esencial de los bienes comunes digitales de nuestra sociedad (Viral spirals, Red Pepper agosto/septiembre 2010 y The coming of the commons [http://www.rebelion.org/noticia.php?id=154554], Red Pepper junio/julio 2012). Hay sindicalistas que trabajan para el bien común para defender o mejorar los servicios públicos o para obligar a sus empresas a crear puestos de trabajo en torno al medio ambiente.

La creatividad económica también está presente entre los activistas de las plazas y Occupy a quienes estas plataformas de indignación han permitido colaborar y crear o fortalecer alternativas económicas. Estas combinaciones de rechazo y creación han dado lugar a todo tipo de cooperativas y centros culturales y sociales.

 

La creatividad colaboradora

Lo que tiene en común esta actividad diversa es que está basada en formas colaboradoras de creatividad que no tiene propietario ni patente ni es privada.

Se trata de mano de obra que no se puede entender en los mismos términos que el contrato salarial convencional donde los trabajadores venden su creatividad a los dueños de los medios de producción. Se trata también de que la fuerza de trabajo se autoorganice sobre la base de los valores sociales que son subyacentes al propósito, uso o contexto de la misma.

La difusión de las tecnologías de la información, del conocimiento y de la comunicación no sólo permite que se compartan la pericia teórica y los conocimientos prácticos a una escala hasta ahora inimaginable, sino que además crea herramientas para la cooperación y la coordinación autogestionada de procesos más complejos, transnacionales, y donde intervienen múltiples actores. (Estas tecnologías, sin embargo, son también una esfera de ambigüedad y contestación, ya que son herramientas de coordinación que también pueden utilizarse como formas sofisticadas de vigilancia y control por parte de la dirección).

Todos estos acontecimientos ilustran asimismo el significado de la democracia -transparencia, participación en la toma de decisiones, reconocimiento y significado de compartir fuentes plurales de conocimiento- como fuente de productividad, es decir una nueva economía. El académico de Wisconsin, Joel Rogers, lo llama «democracia productiva».

 

El tablero de ajedrez se desintegra

En este contexto hablar de «estrategia industrial» da ahora la sensación de ser un tablero de ajedrez algo inanimado: un agente de cambio (el Estado) y las piezas en su sitio (las compañías privadas). El Estado tiene la visión de conjunto y mueve las piezas hacia el objetivo final de un PIB cada vez mayor. Pero en realidad las piezas tradicionales del tablero se desintegran; se parecen más a las figuras de un cuadro de Salvador Dalí. Y nadie tiene ya la visión de conjunto, si alguna vez existió.

¿Qué significado tendría que las políticas industriales sirvieran no tanto para estimular al sector privado a invertir sino para liberar, desarrollar y extender la creatividad de la fuerza del trabajo? ¿Cómo se extiende y fortalece la «democracia productiva»? ¿Cómo realzar las capacidades de aquellos trabajadores cuyos «únicos» medios de producción son su potencial creativo y la cooperación social mediante la cual pueden desarrollar y ejercer este potencial?

La democracia productiva y la creatividad cooperativa de la fuerza de trabajo adoptan muchas formas híbridas que están empezando a conectarse entre sí. Las políticas industriales deben primero explorar y entender el potencial, los límites y las formas bajo las que en la práctica tiene lugar, en áreas aparentemente diferenciadas, este replanteamiento de la fuerza de trabajo más allá del contrato asalariado.

Emerge primero de los retos a los que se han tenido que enfrentar las organizaciones sindicales al defender los empleos tanto productivos como en los servicios públicos. En retrospectiva podemos considerar el edificante «plan corporativo alternativo para productos socialmente útiles» que redactaron y defendieron a mediados de los años 70 los delegados sindicales de Lucas Aerospace como un ejemplo precoz de alternativa hecha por los trabajadores que se enfrentan a un punto muerto en términos de estrategias sindicales defensivas tradicionales.

En el caso de Lucas Aerospace se llegó a la conclusión de que el mantenimiento en el tiempo de los empleos, por sí sólo, fue una manera de combatir la pérdida de empleo y al mismo tiempo de no desperdiciar las habilidades de generaciones actuales y futuras al ponerlas al servicio de finalidades socialmente útiles. Esta toma de conciencia, junto con un apoyo político inicial, llevó a los delegados sindicales a actuar sobre la base de la utilidad de sus conocimientos y utilizar con eficacia su capacidad organizativa (la unión de los trabajadores de todas las fábricas y todos los niveles profesionales) con el fin de compartir estos conocimientos y desarrollar una alternativa industrial. Esto centró la negociación colectiva y las campañas políticas en torno a los empleos útiles.

Fue un ejemplo de lo que podría haber sido la democracia productiva si el gobierno laborista del momento hubiera apoyado las políticas industriales orientadas a la liberación de la creatividad de la fuerza de trabajo. También fue producto de la fuerte organización a nivel de fábrica junto con el poder de negociación, ahora escasos en las fábricas. Pero permitió vislumbrar lo que es posible.

Más recientemente el reto de defender los servicios públicos ha impulsado a los sindicalistas a organizarse en torno a la finalidad y utilidad de su trabajo. Hay ejemplos de esto en la colaboración entre sindicatos, políticos y gestores públicos, lo que ha convertido los gobiernos locales de Noruega en zonas prácticamente libres de privatización y en la transformación, encabezada por los sindicatos, de la corporación municipal de Newcastle (Public Service Reform But Not as We Know It, Hilary Wainwright).

Estas experiencias y muchas más dan testimonio del papel de la mano de obra organizada como impulsora de la productividad de índole pública y no necesariamente monetaria. Es en el sector público donde los sindicatos tienen probablemente más poder de negociación, organización y permiso regulado para dedicarlos a tareas sindicales y sociales que tengan impacto.

El replanteamiento de la fuerza de trabajo ha tenido lugar también mediante la renovación del movimiento cooperativo y la tendencia poderosa y ambigua de las nuevas formas de colaboración que representan la producción distribuida entre iguales y los bienes comunes digitales. Esta área no está diferenciada de las demás: tiene la capacidad de extenderse tanto al poder transformador de los trabajadores que ya se han replanteado lo que implica la fuerza de trabajo dentro del empleo convencional como a la escala y alcance de las cooperativas.

Cómo se conectan entre sí estas tendencias para ser fuente de fortaleza y conocimientos mutuos como organizaciones conscientes de la creatividad social es un área vital de trabajo en torno a temas prácticos y dilemas compartidos.

 

Puestos de trabajo relacionados con el medio ambiente y la negociación social

Un contexto de convergencia muy significativo es el que se refiere a los empleos relacionados con el medio ambiente. Ya hemos mencionado el crecimiento de cooperativas que crean y distribuyen energía renovable. Los estragos causados por el cambio climático animan a algunos sindicalistas a exigir que a los trabajadores, estén parados o empleados en industrias de alta emisión de carbono, se les permita desplegar sus conocimientos para fabricar turbinas eólicas, calentadores de agua solares y demás infraestructura de la industria de baja emisión de carbono.

Por ejemplo, en Sudáfrica el sindicato de trabajadores metalúrgicos Numsa ha creado grupos de investigación y desarrollo en los que delegados sindicales de toda la industria energética colectivizan sus conocimientos y los de sus comunidades (que utilizan los calentadores de agua solares, por ejemplo). La negociación y las campañas se utilizan para presionar a los empresarios y al gobierno a poner en práctica sus compromisos con la estrategia de baja emisión de carbono de un modo que cree empleos dignos para los millones de personas actualmente paradas.

También en el Reino Unido hay una tendencia similar. La ocupación de la fábrica Vestas de turbinas eólicas por parte de los trabajadores en 2009 suscitó la convergencia de sindicalistas y activistas del medio ambiente en torno a la creación de empleos relacionados con el medio ambiente que tres años más tarde ha unido sindicatos y el movimiento cooperativo, especialmente cooperativas de energía.

Las ciudades también constituyen otro foco potencial de afianzamiento mutuo de las distintas formas de democracia productiva. Siguiendo el ejemplo de campañas y cambios en las políticas de Stuttgart y otros lugares, ¿puede el sector público transformarse democrática, abierta e igualitariamente en contra de las fuerzas de la mercantilización? Si así fuera podría ser un importante actor económico, sobre todo en centros urbanos, con un poder de negociación considerable como contratista, empresario, marcador de tendencias y creador de nuevas infraestructuras comunicativas.

El mes pasado el jefe de UN-Habitat Joan Clos vaticinó un tsunami de urbanización. A medida de que los trabajadores y ciudadanos se organizan en torno a valores sociales y democráticos compartidos, lo que incluye la calidad de vida y el trabajo en su localidad, las ciudades podrían llegar a ser centros regionales del poder de negociación social. A fin de cuentas las corporaciones globales tienen que invertir todavía en algún tipo de localización física y vender a gente real que vive en alguna parte.

 

De los espíritus animales a la soberanía de la fuerza de trabajo

Las políticas industriales gubernamentales de los últimos 30 años se basan en la propiedad privada como condición esencial de la creatividad económica y la creación de riqueza. Esta ecuación de negocio privado con el espíritu empresarial y la creatividad -que recibió un golpe mucho más allá de su peso intelectual con la «victoria» del «libre mercado» en el bloque soviético- se ha convertido en una de las ideas sobre las que Keynes comentó: “Los hombres prácticos, que se consideran libres de influencia intelectual, a menudo son esclavos de algún economista fallecido”.

Pero el énfasis puesto por Keynes en el gasto público como forma de estimular los «espíritus animales» de los inversores privados tampoco es suficiente. No hace justicia a las prolijas fuentes de creatividad económica que han aflorado, algunas de ellas más allá tanto del mercado capitalista como del Estado, que podrían prosperar con el apoyo público adecuado.

Mariana Mazzucato [economista italiana] propone y describe un papel creativo y no meramente estimulador del Estado. Pero el Estado necesita siempre tener aliados creativos dentro del proceso productivo. Históricamente, tanto para los seguidores de Keynes como para los neoliberales, este papel lo ha jugado el negocio privado.

Mi argumento es que los diseñadores de las políticas necesitan ahora estudiar cómo apoyar la creatividad económica de millones de personas, estén en activo o en trabajos precarios fuera del mercado laboral formal. Actualmente estas habilidades se desperdician.

Requieren formas específicas de apoyo del Estado y de las organizaciones que comparten o podrían compartir en el futuro los mismos objetivos. Estas organizaciones podrían incluir sindicatos, el movimiento cooperativo, algunos sectores de la Iglesia [se entiende anglicana, ya que la autora habla del Reino Unido], fundaciones y los crecientes experimentos, tales como crowdfunding, fondos de préstamos controlados, etc.

En lo que se refiere a los lugares de trabajo que ya existen, necesitamos que los Estados no sólo restablezcan y extiendan los derechos que protegen las luchas sindicales por salarios y condiciones, sino que también den a los trabajadores el derecho a controlar la finalidad de su trabajo; por ejemplo la prohibición legal de cierres y pérdida de empleo sin el análisis público de alternativas y en el caso de grandes compañías investigaciones públicas que presenten alternativas. La fuerza de trabajo es un bien común y no debe desperdiciarse.

Necesitamos una nueva «estrategia industrial» que apoye la creación de valor que no sea sólo monetario y requiera autonomía de las presiones del mercado e incluya una «renta ciudadana» básica. Reducir las horas de trabajo sería otra medida que contribuiría al mismo fin.

Tales medidas no sólo permiten a la gente ser productiva fuera del trabajo asalariado, también crean un marco social que ofrece una forma de reconsiderar la importancia del trabajo frente a otros usos sociales del tiempo.

Necesitamos también una política regional que apoye realmente a las ciudades como centros de desarrollo económico, mediante el empleo público directo, y a las cooperativas que involucran a los bancos regionales. Éstas podrían aprender de las operaciones del banco Mondragón y llegar a ser fuente de apoyo y coordinación para las redes de cooperativas y otros medios colaboradores que nutren y materializan la creatividad de la fuerza de trabajo en vez de operar como bancos tradicionales.

La experiencia de Mondragón es importante porque el éxito de sus instituciones se basa en la soberanía de la fuerza de trabajo como el principal factor de

«Transformación de la naturaleza, la sociedad y los propios seres humanos». De esta manera divisamos cómo el principio de las finanzas -y por extensión las instituciones del Estado- sirven a la fuerza de trabajo y su potencial creador y no al revés.

Éstas son meras ilustraciones de políticas industriales que reconocen las habilidades de generaciones configuradas por expectativas de igualdad cultural, política y económica. La ejecución de estas aptitudes como recurso para un nuevo modelo de desarrollo económico requiere la reconstrucción de los beneficios del reparto del Estado del bienestar. También requiere ir más allá.

Tenemos que crear no sólo el pleno empleo sino las condiciones que permitan a las personas actuar colectivamente con el fin de afrontar las necesidades de una sociedad cambiante y un planeta precario.

 

Hilary Wainwright es editora fundadora de Red Pepper y miembro del Transnational Institute

25
Oct
12

Aborto … la ley en el Uruguay

 

Sobre la ley del aborto en Uruguay
En el nombre del padre
Emilio Cafassi

Uruguay volvió a ubicarse esta semana en un lugar destacado por la prensa internacional, que informó genéricamente que allí se había “legalizado el aborto”, subrayando a la vez el hecho de que es el segundo país latinoamericano -después de Cuba- en conquistar ese derecho para las mujeres. Sin embargo esa conclusión resulta inexacta, tanto jurídica, ideológica como sociológicamente. Inclusive es curioso que la ilustración de las notas informativas haya sido casi excluyentemente la fotografía de la protesta del colectivo “Mujer y salud” en los jardines del parlamento, donde mujeres desnudas y pintadas de naranja -el color de la campaña por el aborto libre, seguro y gratuito- llamaban la atención sobre las limitaciones del proyecto sometido a votación. La sanción de la nueva ley de interrupción voluntaria del embarazo que el senado uruguayo aprobó luego del pasaje por la otra cámara legislativa (que a su vez modificó dramáticamente el proyecto original del senado) representa, antes bien, un grave paso atrás seguido por dos adelante. Al menos respecto a la anterior ley finalmente vetada por el ex Presidente Vázquez y a la plena disposición libre del cuerpo y la planificación consciente y voluntaria de la vida de las mujeres y sus parejas, sin restricciones ni obstáculos de cualquier laya. La larga historia de las diversas iniciativas de “ley del aborto” en Uruguay (nueve intentos concretos) está plagada de remilgos, hipocresías y escondrijos. Devela además en su devenir, dubitaciones conservadoras, inconsistencias y cierto personalismo al interior del propio progresismo, a pesar de que éste sea el verdadero impulsor del avance actual y que no haya en Uruguay otro sujeto político en el que las mujeres (ni los movimientos sociales feministas) puedan apoyarse para la conquista de sus derechos.

Es que las leyes concretas, difícilmente resultan la respuesta especular y mecánica de las expectativas y elaboraciones de quienes más luchan por su sanción. Suponen la negociación y solución de compromiso de los agentes encargados del tratamiento y aprobación definitiva, tarea que en ausencia o uso circunstancial de formas de democracia directa, recae necesariamente en el poder legislativo. En particular en algunos de sus actores que, cuando las mayorías son ajustadas, adquieren mediante el mágico y caprichoso arbitrio de la oportunidad, un poder inusitado de chantaje para realizar modificaciones sustantivas o hasta ejercer una suerte de poder de veto. Luego la atracción por los flashes hace el resto. La interposición de disciplinas partidarias en los casos de los partidos conservadores liderados por sus alas derechistas y el desconocimiento del compromiso programático en un legislador frenteamplista en el otro, obligó a un excurso aliancista personalizado para suplir esa falta en un diputado específico del exiguo bloque de dos representantes con los que cuenta un partido casi inexistente y de imprecisa configuración ideológica: el Partido Independiente. A él probablemente deba atribuírsele el mérito de haber llegado a esta desembocadura, tanto como las humillaciones que contribuyó a incluir en la ley, a pesar de que el pobre respaldo obtenido por parte del electorado no le concedía esas facultades. Nada comparado con el doblemente ominoso veto presidencial con el que Vázquez abortó la ley del período anterior, oponiendo convicciones personales a las partidarias y a la mayoría legislativa, mediante el uso de un instituto monárquico al que dediqué una contratapa en 2008 (“Abortando ciudadanía”). El compromiso del actual Presidente Mujica de no apelar por principios a este instituto esperpéntico y promulgar rápidamente la ley garantiza la consolidación de este pequeño avance, aunque el semanario ultraderechista “Búsqueda” anuncie una contraofensiva conservadora, como la de los ultramontanos que hoy hegemonizan el partido colorado con el senador Bordaberry a la cabeza.

La contradicción irresoluble del genéricamente autodenominado movimiento “pro-vida” y de los legisladores que los acompañan, con su profusamente adjetivada dureza discursiva, es la inconsecuencia política y jurídica de sus aseveraciones, cosa que fue tangencialmente señalada en el debate por los legisladores progresistas. Si el aborto es una acción criminal, no deberían ser tan indolentes ante el crimen y sus perpetradores. No es difícil adivinar la razón: buena parte de ellos practican o contribuyen a la práctica de tales supuestos crímenes. No tienen otro horizonte que el de la continuidad en la inseguridad sanitaria, la doble moral y el ocultamiento público, además de favorecer negocios mafiosos. Como esbozó la diputada Daisy Tourné en su intervención, las mujeres de menores recursos no son las que más recurren a abortar en las clínicas clandestinas. La causa es socioeconómica: les es mucho más difícil por razones materiales y simbólicas. Más aún: si un horizonte ideal puede deducirse de las intervenciones de los antiabortistas es la libertad abortiva y planificación familiar para las clases acomodadas y la represión para las vulnerables. Entre otras cosas, la sobrepoblación relativa obrera reduce el valor de la fuerza de trabajo con el consecuente beneficio para los patrones, además de la ratificación ideológica de castigo al placer popular y la libertad sexual. No son, a pesar de sus pretensiones, consecuentes defensores de los derechos humanos sino que circunscriben su lucha a los prehumanos o embrionarios, polisémicamente hablando. Si alguna víctima de la tortura o las vejaciones del Estado terrorista les reprochara encubrimiento de sus verdugos o simple indiferencia, probablemente responderían que si padecieron es suficiente prueba de haber nacido con la consecuente ajenidad a la interposición de sus esfuerzos y oficios militantes.

Por otra parte, ni la criminalización ni la condena religiosa o moral contribuyen a que haya menos abortos. A la vez, eluden el más mínimo análisis de la sociedad patriarcal y el lugar de subordinación en que ubica a las mujeres. Los hombres abortamos “legalmente” con sólo decir “no es mío”, aunque las tecnologías genéticas hoy contribuyan a mitigar esta forma de dominio y desigualdad, tanto como las farmacológicas a los padecimientos femeninos. En efecto el misoprostol, en forma de comprimidos vaginales, no sólo aumenta el acceso al aborto seguro sino que puede realizarse de manera domiciliaria y convierte en ridículo el argumento de objeción de conciencia ya que es la misma paciente la que se coloca estas pastillas. La situación tecnológica actual no es la de los años ´60 en los que se practicaba el raspaje sin anestesia que además el modelo médico hegemónico utilizaba como mortificación y castigo ante el “desborde lujurioso” de las mujeres.

Las modificaciones introducidas al proyecto original desconocen estas transformaciones y ratifican tanto el modelo médico disciplinador y docilizador como la subsunción patriarcal. Entre varios obstáculos procedimentales (sin el pasaje por los cuales, en caso de abortar, se incurriría en delito), obligan finalmente a las mujeres a exponer razones personales ante un tribunal médico y a someterse a 5 días de humillante meditación tutelada. Un ejemplo de aquello que Foucault llamó biopoder para referirse a la práctica de los estados modernos de explotar diversas técnicas para controlar a los cuerpos, para volverlos dóciles y sumisos.

Las limitaciones con las que finalmente fue aprobada la ley fueron profusamente señaladas por diversos movimientos feministas. Sin embargo algunas resultan pesimistamente exageradas, ya que, por ejemplo, el principio de objeción de conciencia al que pueden apelar algunas instituciones médicas privadas es fácticamente impracticable, debido a la vigencia de la propia ley de salud. Como señala Isabel Villar, editora del suplemento feminista de este diario en la edición de hoy, si bien la ley habilita a apelar al “ideario” de algunas prestadoras, no las exime de realizar la práctica, por ejemplo a través de terceros. Es así que caracteriza a la ley como un primer adelanto que, agrego, deberá complementarse con la reglamentación y con el control del servicio, para el cual será muy importante la participación del movimiento feminista.

A la vez, de la devoción católica no puede concluirse mecánicamente la condena de las prácticas abortivas seguras. Como sostiene la socióloga argentina Eugenia Zicavo en un artículo cuyo título he tomado prestado para estas líneas y cuya tesis doctoral se centra en el análisis de la maternidad, “la iglesia católica no siempre consideró al aborto un homicidio. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, sostenía que el aborto no constituía un pecado de homicidio al menos que el feto ya se encontrase unido al alma y fuese, por lo tanto, un ser plenamente humano. Teólogos como San Agustín argumentaban que el aborto no era un crimen durante las primeras semanas de embarazo ya que: “Según la ley, el acto no se considera homicidio, porque aún no se puede decir que haya un alma viva en un cuerpo que carece de sensación, ya que todavía no se ha formado la carne y no está dotada de sentidos”. El mandamiento “no matarás” siempre ha sido parte de la fe católica. Pero hasta 1869, cuando Pío IX publicó su Apostolica Sedis -que castiga el aborto en cualquier momento del embarazo- la mayoría de los teólogos enseñaba que el feto no era un ser dotado de alma humana hasta al menos 40 días después de la concepción (teoría de la “hominización tardía”). Por lo tanto un aborto practicado dentro de ese lapso sólo era considerado pecado por tratarse de la prueba de un pecado anterior: el sexual”.

La vicaría de la Familia y la Vida de la Arquidiócesis de Montevideo calificó la ley votada como “una ofensa a Dios Creador”. Podría contribuir a saldar la controversia si aprovechando el diálogo y la cercanía con él, le recomendara que deje de andar creando si explícitamente no se le solicita.

Emilio Cafassi es profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano