De traidores y traiciones

escribe: Ugo Codevilla, Analista

Para la Real Academia, traición es la falta que se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener. En tal sentido, el tema se amplía más allá de unos pocos nombres conocidos.

No obstante, existen eventos que involucran a la ciudadanía, esto es, la decisión del sector mayoritario del electorado de no revocar la ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado. En última instancia, esta decisión le cerró el paso a la justicia. Con ello, caducó el estado de derecho en relación con el cuerpo armado. Desde ese día, el citado cuerpo se pavonea muy orondo seguro de la eficacia de la intimidación ejercida, traducida en ominosa democracia acotada. Es más, le han acomodado un ministro ad hoc, dispuesto a pelear hasta con perros cimarrones por los derechos humanos de los uniformados.

Emparejado a lo anterior, recordaremos la manera en que se reinició la democracia en Uruguay, en un acuerdo en lo oscurito con los militares a fin de aceptar sin chistar la deuda contraída por los militares y la continuidad del proyecto económico iniciado por Végh Villegas, resultado de la obsecuencia con el FMI.

Traiciones y traidores hay muchos. Lo inaceptable, es la confusión. En la actualidad, lo correcto está visiblemente distorsionado. Por ejemplo, la virtual reducción de los DDHH a la búsqueda de los desaparecidos, olvidando a los miles de vivos afectados por la dictadura. El Ejército cobró quincena tras quincena antes y después del golpe. Mató, torturó, persiguió, y como resultado siguen ocupando un lugar privilegiado dentro del Presupuesto. No obstante, los obligados a salir del país a causa de la persecución, merecieron una ley, la 18. 033, cuya lectura produce náuseas. Con ella no se repara ningún daño. Si ese fuera su propósito, bastaría con comprobar la razón del exilio para merecerse una pensión, independientemente a la percepción de otros ingresos. Si el tema es resarcir un agravio, que se lo haga sin condicionamientos, mucho menos, a través de un laberinto donde lo común es la humillación.

Los exiliados fueron parte sustantiva de los afrentados por la dictadura. Jóvenes, ancianos, niños, familias enteras obligados a abandonar el terruño y con ello, su inserción social a fin de evitar la cárcel o la tortura. Lanzados al destierro, a la permanente condición de extranjeros, roto su entorno, la condición de ciudadano, el temido ostracismo de los griegos. Para ellos, poco se hizo o se hace.

¿Qué decir de las mujeres violadas? Trágica afrenta considerada superada o inexistente, enterrada en una fosa clandestina cuya lápida reza: omisiones.

El pasado sangrante se reduce a las pesquisa justa de los desaparecidos. No obstante, para los vivos -todos dentro de la Troya de las sesenta o setenta primaveras-, ni un consuelo. Esta es la manera de darle la espalda a miles de uruguayos que arriesgaron sus vidas y entregaron su juventud por un país mejor, más igualitario.

Mientras no se enfrenten todos los aspectos del evento que convulsionó a la nación y manchó su historia, los gobiernos provenidos del campo de los perseguidos, seguirán ostentando un débito imposible de ocultar. Quizá el gesto del deudor enfocado en esquivar el bulto sea la “viveza criolla” referida por el vicepresidente cuando, sin ambages, llamó holgazanes a los trabajadores ocultando el trasfondo de sus palabras, la defensa irrestricta de la productividad (y hoy le saltan los fantasmas de Ancap).

Es hora de terminar la desmemoria y enfrentar con determinación las heridas aún sin restañar. Si el Frente Amplio gobierna lo hace gracias a miles que se esforzaron, enfrentaron a los impunes y hoy merecen reconocimiento y amparo.

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