Archivo para 30 septiembre 2012

30
Sep
12

Venezuela, elecciones

 

Entrevista con Germán Mundaraín, embajador de Venezuela en la ONU en Ginebra
“En las urnas venezolanas se juega también el futuro de toda América Latina”
 
El dilema de fondo de los próximos comicios en Venezuela del próximo 7 de octubre es la «consolidación de los avances sociales o el retroceso hacia los modelos económico-sociales del pasado». A pesar de ese gran reto político que está en juego, «respetaremos a rajatablas la voluntad popular expresada en las urnas». Quien defiende tales tesis es Germán Mundaraín Hernández, actual representante de la nación sudamericana ante las Naciones Unidas en Ginebra. Entre el 2000 y el 2007 se había desempeñado como Defensor del Pueblo. Desde mayo último integra, junto con otras cinco personalidades nacionales de primer nivel, elegidas por el presidente Hugo Chávez Frías, el Consejo de Estado que es el órgano superior de consulta del Gobierno y de la Administración Pública Nacional.  

P: ¿Qué   representan políticamente las próximas elecciones presidenciales?

R: Son la expresión de un ejercicio de democracia participativa que impera en mi país, que ha protagonizado desde la nueva Constitución de 1999 en adelante una quincena de elecciones nacionales, parlamentarias, regionales y referéndum. En Venezuela se consulta sistemáticamente al soberano. Existe gran confianza en la decisión ciudadana. Y el número de esas consultas es la mejor evidencia. Hay un poder independiente, el Consejo Nacional Electoral (CNE), que se presenta ante el mundo sin ningún complejo. Con el ánimo de mostrar nuestras fortalezas pero también abierto a que se le señalen sus posibles debilidades.

P: La campaña electoral es intensa y se confronta a una prensa internacional cautelosa, por no decir crítica…

R: La venezolana es una sociedad muy tensionada por el propio proceso de cambio en marcha y por los variados actores que intervienen en la política nacional. Desde afuera, a veces, se nos mira con incertidumbre. Se piensa que en cualquier momento se podría pasar de las tensiones de la retórica propia de nuestra campaña a agresiones físicas. Pero no es así. El pueblo venezolano es pacífico y sabe resolver pacíficamente sus diferencias políticas en las mesas electorales. Hasta el momento, y ya faltando pocos días para el cierre, la campaña ha sido intensa, caldeada, pero correcta y sin violencias.
 

Campaña electoral polarizada, aunque sin violencia

P: ¿A pesar de un proceso electoral extremadamente polarizado?

R: Sí, es una campaña polarizada. Se confrontan dos candidatos principales: el actual presidente Hugo Chávez, que aspira a la reelección, y el de la oposición Henrique Capriles Radonski. Eso aumenta la polarización retórica ya que centralizan ambos la atención política nacional e internacional.

P: ¿Particularmente diferente a las elecciones presidenciales anteriores?

R: Lo que cambia son los actores, pero tienen un perfil global semejante. El candidato de la oposición siempre sale de las gobernaciones que cuentan con un presupuesto lo suficientemente amplio como para soportar financieramente una parte de la campaña. La otra parte viene del gran empresariado y de ONG y fundaciones extranjeras, principalmente estadounidenses, que reciben el apoyo del Departamento de Estado norteamericano. Y pienso que los resultados previstos también coincidirán globalmente el próximo 7 de octubre con los anteriores. En el 2000, Chávez ganó por más de 20 puntos de diferencia a Francisco Arias Cárdenas. Seis años más tarde, en el 2006, derrotó por más de 25 puntos a Manuel Rosales.

P: ¿Qué programa o visión política representa uno y otro?

R: El presidente actual, candidato del Gran Polo Patriótico, encarna el proceso de cambio, la revolución bolivariana en marcha. Capriles, de la Mesa de Unidad Democrática, aglutina a los sectores tradicionales, las élites -que durante décadas usufructuaron el poder- estrechamente emparentadas a las trasnacionales.

 

Los nuevos disfraces de la derecha

P: Llama la atención, sin embargo, que el candidato de la oposición se haya auto-designado como el «Lula de Venezuela». Presentándose casi como una alternativa de izquierda democrática al actual Gobierno…

R: Es un estilo que marca la política iberoamericana actual. Candidatos que se disfrazan. El caso más patético es el de España. Mariano Rajoy se presentó en la campaña como expresión del centro político. Pero tan pronto ganó, no dudó en aplicar su verdadero programa de extremo corte neoliberal con significativos recortes a las conquistas sociales de los españoles. Capriles es lo mismo. Se disfraza y dice que su programa es parecido al que implementó Lula en Brasil. Sin duda en Brasil, Capriles sería un opositor radical al Partido de los Trabajadores actualmente en el Gobierno. Porque Lula fue obrero, es socialista y dirige un partido progresista, que no tiene nada que ver con la visión política de Capriles. En realidad la oposición venezolana odia a Lula, a su modelo y al de su sucesora. Pero tratan de presentarse más decentemente…

P: ¿Por qué este juego político?

R: Para confundir. Y por especulación política. Capriles está enraizado en los sectores de poder económico y parte de la clase media. Ese es su electorado natural. Para tratar de ganar debe intentar robar votos en los sectores populares. Pero su verdadero programa contempla cero presencia del Estado y que el mercado se encargue de regular la economía. Lo primero que haría en caso de ganar sería reducir el Estado a su mínima expresión, dejar al sector privado que se encargue de la salud, de la educación, de la vivienda. Desmantelar las conquistas sociales. Por su parte, el centro del programa del presidente Chávez es la actividad petrolera y el control estatal de la misma. Sin el aporte de ese vital sector no se podría financiar la salud, ni la educación, ni las conquistas en general. Ni mucho menos la activa solidaridad internacional que promueve el proceso venezolano.

El Gobierno respetará la voz de las urnas

P: ¿A pesar de numerosas encuestas que señalan como claro ganador a Chávez, es imaginable, en términos políticos, que las encuestas se equivoquen?

R: Son tantas y tan importantes las conquistas sociales que han logrado los sectores populares en estos últimos años que un programa neoliberal y un gobierno de derecha significarían un verdadero suicidio político para una gran parte de la población…

P: ¿Aceptaría el Gobierno venezolano una eventual derrota en las urnas?

R: Si el Gobierno pierde las elecciones va a reconocer de inmediato los resultados. Pero quisiéramos escuchar también esta frase corta y significativa de parte de la oposición. Nosotros estamos seguros que si se perdiera, lo que es absolutamente improbable, no sería la derrota de la revolución sino un simple traspié político. Pero no va a ocurrir. El pueblo tiene confianza plena en el proceso y en la revolución bolivariana.

P: Existe en Latinoamérica, desde hace algo más de una década, una mayoría de gobiernos y procesos democráticos, abiertos, progresistas. Venezuela está estrechamente implicada en iniciativas de integración regional. ¿Qué repercusión tienen las actuales elecciones presidenciales en el contexto continental?

R: Pregunta clave. El próximo 7 de octubre no solo se decide el futuro de Venezuela sino el de América Latina. Un triunfo de la oposición significaría la liquidación del ALBA (Alianza Bolivariana para las Américas-Tratado de Comercio de los Pueblos) que reúne a Bolivia, Nicaragua, Ecuador, Cuba, Venezuela y los Estados caribeños Antigua y Barbuda, Dominica y San Vicente y las Granadinas. Se pondría en jaque la estrategia de Petrocaribe que reúne a la mayoría de las naciones caribeñas. Significaría el debilitamiento real de UNASUR. Y también de la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) que con tanto sacrificio se logró crear en 2010 y que hoy reúne a casi 30 naciones del continente con cerca de 600 millones de habitantes. Podría incluso significar la salida de Venezuela del MERCOSUR, mercado integrado por Brasil, Argentina, Uruguay y nuestro país. Adicionalmente, habría un cambio en las relaciones y el comportamiento del continente en espacios internacionales como la Organización de Estados Americanos (OEA) y las Naciones Unidas. Insisto: más allá de la contienda electoral entre Chávez y Capriles hoy se juega, en las elecciones venezolanas, esta nueva relación de fuerzas a nivel regional que con tanto esfuerzo se ha podido ir construyendo en la última década.

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Un acompañamiento electoral que no viole la soberanía

El Consejo Nacional Electoral (CNE) venezolano invitó a 214 personalidades del mundo entero para acompañar los comicios del 7 de octubre. 110 de América Latina, 65 de Europa, 29 de América del Norte, 6 de Asia en tanto cuatro de África, sin contar a los representantes de la Unión Africana que confirmó su presencia.

Entre los invitados, 18 organismos electorales y cuatro expertos. Según el CNE, entre las invitaciones cursadas, 81 corresponden a parlamentarios y personalidades políticas; 22 al mundo académico; 34 a periodistas; y otras a ONG, intelectuales, artistas y agrupaciones sociales y gremiales.

Hasta mediados de septiembre, 157 de los invitados habían confirmado su presencia. En la tercera semana del mismo mes el ex – vicepresidente argentino Carlos Álvarez llegó a Venezuela para instalar la delegación de acompañamiento electoral de UNASUR, en tanto responsable de ese sector de actividad en el organismo de integración.

“Acompañamiento no significa observación electoral”, señala Germán Mundaraín, embajador de Venezuela antes las Naciones Unidas de Ginebra. “El voto es el principal ejercicio ciudadano en nuestra democracia y nadie puede controlar nuestra propia soberanía nacional”.

El acompañante, explica, es “un testigo importante de que el proceso transcurre con normalidad y profesionalismo”. Y debe, además, “informar a sus conciudadanos lo que vio en esta pequeña nación sudamericana”. Sin subestimar el papel de “indicar al CNE las correcciones a incorporar a nivel electoral para mejorarlo en el futuro”.

De Suiza viajarán para asistir en los comicios seis personalidades políticas y un comunicador social. Entre los primeros, el senador nacional Luc Recordon y los diputados nacionales Ada Marra, Antonio Hodgers y Mathias Reynard. Así como el ex – diputado nacional Franco Cavalli y el ex – embajador helvético en Venezuela, Walter Suter.

“Una delegación muy significativa en cuanto a cantidad y calidad de los participantes”, subraya Mundaraín. Quien ve en esta presencia, “un reconocimiento del Poder Electoral venezolano a la neutralidad y larga historia de participación democrática electoral helvética, así como a la colaboración que desde años Suiza ha brindado a ese poder del Estado”.

29
Sep
12

Chavez y Venezuela

 

Para el ex-presidente norteamericano Jimmy Carter
El proceso de elección de Venezuela es el mejor del mundo
 
AVN / Aporrea.org
 
Durante el conversatorio anual del Centro Carter celebrado en la ciudad de Atlanta, EEUU, el ex-presidente de ese país, Jimmy Carter, elogió públicamente al sistema electoral venezolano, calificándolo como “el mejor del mundo.” Una nota publicada en el portal web de Global Atlanta sobre el evento, relata que si bien Carter se distanció de las políticas del Presidente venezolano Hugo Chávez, el político estadounidense elogió el sistema automatizado de votación venezolano por contar con una boleta en físico que facilita la verificación de los resultados.

“De hecho, de las 92 elecciones que hemos monitoreado, yo diría que el proceso electoral en Venezuela es el mejor del mundo,” dijo Carter, quien preside la fundación.

Desde 2008, la plataforma electoral venezolana funciona de manera automatizada en su totalidad, es decir, cada uno de los procesos, desde la inscripción en el Registro Electoral hasta el conteo de los votos, es auditable.

En 2006, cuando el mandatario Hugo Chávez ganó por segunda vez los comicios presidenciales, Carter declaró que el líder venezolano había triunfado “limpiamente y con imparcialidad”.

Corrupción en EEUU

El demócrata recalcó que mientras los sistemas comiciales en América Latina han mejorado significativamente, en Estados Unidos se ha consolidado una “corrupción financiera” vinculada a los procesos electorales, alimentada por “resoluciones que han facilitado el flujo de dinero privado a los cofres de los candidatos”.

“Cualquier otro país tiene financiamiento público para todos los procesos electorales”, expresó Carter y luego agregó: “Si calificas para postularte como candidato, obtienes financiamiento público y el dinero de fuera no afecta el resultado de la elección”.

El ex presidente (1977-1981) lideró la petición a la Corte Suprema de Estados Unidos para que anulara una medida, tomada en 2010, que declara inconstitucional la regulación por parte del gobierno de las “donaciones” anónimas a organizaciones políticas.

“Tenemos uno de los peores procesos electorales del mundo y se debe prácticamente a la excesiva entrada de dinero”, sentenció.

En el caso venezolano, la Ley de partidos políticos, reuniones públicas y manifestaciones dicta como obligación de las organizaciones políticas “no aceptar donaciones o subsidios de las entidades públicas, tengan o no carácter autónomo; de las compañías extranjeras o con casa matriz en el extranjero; de empresas concesionarias de obras públicas o de cualquier servicio de bienes propiedad del Estado; de estados extranjeros y organizaciones políticas extranjeras”.

Recientemente un escándalo de presunto financiamiento ilegal sacudió las filas de la coalición de derecha venezolana denominada Mesa de la Unidad Democrática (MUD) luego de que se difundira aun video en el que el diputado opositor, Juan Carlos Caldera, recibe dinero para la campaña presidencial de Herique Capriles.

Fuente original: http://www.aporrea.org/venezuelaexterior/n214489.html

28
Sep
12

América latina

 

 
América Latina en los próximos meses
Página 12
 

Asistimos a una incansable metamorfosis de la geografía política de América latina. El último gran suceso fue la entrada de Venezuela al Mercosur alterando así el orden geoeconómico regional y mundial. La alianza de tres grandes, Venezuela, Argentina y Brasil, modifica y mucho las relaciones económicas intrarregionales y con el resto del mundo. Uruguay se quedó solo como país chico en el seno de Mercosur, esperando que lleguen otros que pudieran ser parte del bloque en los próximos meses: Paraguay, Bolivia y Ecuador. En el primer caso, la vuelta al Mercosur depende de su regreso a la democracia en las próximas elecciones de abril 2013. El golpe de Estado perturbó las reglas de juego creando una injusta pole position para la próxima contienda electoral a favor de los intereses de las grandes oligarquías paraguayas. El segundo caso es Bolivia, que ya ha hecho guiños positivos al proyecto de integración. Con una CAN desintegrada como bloque (debido a las alianzas de Perú y Colombia con UE y EE.UU.), la entrada de Bolivia en el nuevo espacio geoeconómico le permitiría diversificar relaciones con otros socios latinoamericanos evitando ser país dependiente de la conexión brasileño-argentina.

En tercer lugar está Ecuador que, si finalmente da el paso definitivo de rechazar el acuerdo comercial con la UE, caerá por su propio peso en esta regionalización de su inserción estratégica y soberana en el mundo. Es altamente previsible que las próximas elecciones de febrero de 2013 sean ganadas nuevamente por Correa y, después de ello, será la hora de la apuesta por una integración dentro del Mercosur. Si esto sucediera, el eje central del ALBA quedaría inserto en el nuevo Mercosur, coadyuvando a que se sudamericanice más la propuesta de integración y, principalmente, a que aparezcan nuevas dimensiones en las relaciones económicas entre países. Superar el estadio comercial es determinante para impedir el desarrollo desigual y una división desequilibrada del trabajo en la región. Es momento de afrontar las asimetrías acumuladas entre países aprendiendo de otros desastrosos procesos (tal como se vive en el seno europeo). Sortear regionalmente la relación periferia-centro es un deber en este proyecto político. Esto sólo se puede lograr a través de mayor encadenamiento productivo regional. Se requiere mucha sintonía fina para buscar la complementariedad productiva en un sentido no neoliberal del término, esto es, en cuanto a productos y también a productores. No es cuestión sólo de crear valor añadido, sino de distribuirlo. Esta propuesta ha de ir de la mano de otras políticas que aboguen por el uso de más moneda nacional (como, por ejemplo, lo acaban de acordar Uruguay y Argentina), de dotarse de mecanismos financieros propios, de política regional de compras públicas, de inversión pública supranacional, de arbitraje regional y de políticas que integren, a modo emancipador, cultura y educación. Esta nueva integración de rostro humano requiere tener claro que las relaciones comerciales no pueden solidificarse sobre desigualdades y pobreza. El éxito de esta humanización del Mercosur depende de las vicisitudes y pretensiones individuales, y de la dialéctica en el triángulo Venezuela-Argentina-Brasil.

Por una parte, este 7 de octubre, Venezuela decide si continúa con el actual proceso de transformación soberano a favor de las clases más populares o si vuelve a ponerse al servicio de la oligarquía. Si Chávez gana, puede servir de catalizador de un Mercosur más fuerte y más armonioso en la relación entre las grandes y las pequeñas economías. Por otro lado, Argentina sigue creciendo y apostando a fortalecer la demanda interna, redistribuyendo excedente económico y en pleno proceso de reindustrialización en aras de reducir su dependencia importadora y la sojización de las exportaciones.

La pregunta es saber si Argentina, considerando a Venezuela y a otros posibles socios, se va a desbrasilizar o si, por el contrario, formará tándem, lo cual ayudaría a un notable desequilibrio económico regional. El otro país es el gigante brasileño, con un lema que habla por sí solo: “país rico y país sin pobreza”. En parte, lo está consiguiendo, aunque recientemente optó por un programa sustancial de estímulos a favor del sector privado para afrontar los primeros síntomas de desaceleración. Poco sabemos si su obsesión por ser la cuarta economía del mundo lo llevará a aceptar otras reglas del juego, o impondrá su agenda latinoamericana bienestarista para su modelo de desarrollo. En este tablero de grandes, una novedad es México, quien hasta ahora poco había mirado por el retrovisor. El nuevo presidente está de gira actualmente. Guatemala, Colombia, Brasil, Chile, Argentina y Perú son los destinos elegidos no por azar. Está por ver cómo México se relaciona con los dos grandes de Mercosur en términos compatibles con su proyecto de formar parte del eje derechizado de la Alianza del Pacífico.

La geopolítica no es estática. Como los meses pasados, los próximos volverán a ser concluyentes y así sucesivamente. Además, América latina no vive sola, depende de cómo siga moviéndose el mundo. Y la próxima estación es la reunión de los países emergidos Brics, a la que esta vez está invitado Argentina. ¿Hablaremos de los Bricsa en los próximos meses?

Doctor en Economía, Coordinador América Latina Fundación CEPS (@alfreserramanci)

27
Sep
12

Darwin

 
Fin de viaje
Atlántica XXI
 
Una extraordinaria novela, Hacia los confines del mundo, nos relata el famoso viaje del Beagle que en 1832 transformó por completo nuestra visión de la naturaleza y del ser humano. Pero su autor, Harry Thompson, prematuramente malogrado, no centra nuestra atención en la figura de Darwin, un poco ya monumental, sino en la del capitán del barco, Robert FitzRoy, un cristiano de origen aristócrata cuya contribución a la ciencia meteorológica quedó eclipsada por la espectacularidad de las tesis de su compañero y, en algún sentido, abortada, como su propia carrera en la marina, por la radicalidad y firmeza de sus principios. FitzRoy se suicidó en 1865, en efecto, vencido por unas instituciones en las que no tenían cabida sus convicciones humanistas y por una ciencia en la que no tenía ya cabida su Dios.Puede decirse que lo que interesa a Thompson es el enfrentamiento filosófico entre FitzRoy y Darwin, amigos y rivales, en el marco más amplio de la empresa colonial británica, verdadero objeto de reflexión -con sus complejísimas refracciones y reverberos- de lo que es, al mismo tiempo, una felicísima novela de aventuras. Esta complejidad cristaliza a nivel narrativo en tres desconcertantes conclusiones de las que podemos aprender mucho.

La primera es que los mejores principios pueden proceder de las peores fuentes. FitzRoy, severo anglicano que busca por todas partes pruebas fósiles del diluvio universal, se juega la vida por defender el principio de igualdad entre los seres humanos y se enfrenta a las instituciones de su época para proteger los derechos de los indígenas. Pero se enfrenta también a Darwin, un liberal que hace verdadera ciencia, pero cuyo clasismo burgués le lleva a despreciar a criados y nativos y a justificar la explotación obrera en las fábricas de Inglaterra. Chesterton habría disfrutado muchísimo leyendo la discusión sobre esclavitud y capitalismo entre los dos grandes hombres del Beagle.

La segunda es que la ciencia no posee luz suficiente para disolver las tinieblas de la superstición ni, por supuesto, las de la injusticia social. Darwin aparta de un manotazo todos los prejuicios religiosos de su época para acercarse con objetividad a la naturaleza, pero al mismo tiempo confía ciegamente en la superchería de un falso médico inglés que acaba con la vida de su hija y está a punto de acabar también con la suya. Darwin se atreve a pensar hasta el fondo hipótesis rechazadas por la tradición más reaccionaria, pero maltrata a los porteadores indígenas que acarrean su cama Andes arriba y se deja fascinar por el dictador Rosas, cruel gobernante racista de Argentina.

La tercera conclusión es la más perturbadora. Si los juzgamos por sus efectos destructivos, no hay ninguna diferencia entre los que quieren ayudar a los indígenas y los que quieren simplemente explotarlos o exterminarlos. Este es el amargo descubrimiento de FitzRoy al ver morir a los que amaba y había querido educar y proteger: la empresa colonial actualiza como mal todas las buenas intenciones; los mejores principios acaban haciendo el mismo daño que los más sucios intereses. Esa es una de las caras del imperialismo. Pero también hay que pensar -con no menos desazón- la otra vertiente. Pues resulta que esas buenas intenciones o incluso algunos principios universales (pensemos en Bartolomé de Las Casas o en el derecho internacional de la escuela de Salamanca) son inseparables de la empresa colonial y sus atroces crímenes y desmanes. Aún más: los avances científicos mismos -las ciencias epistemológicamente mejor fundadas- sólo podían nacer en condiciones en las que el ser humano era sistemáticamente despreciado. ¿Era posible una manera de izquierdas de cartografiar Tierra del Fuego? ¿Era posible -aún más- descubrir y desarrollar la teoría de la evolución en un marco igualitario y de entendimiento entre los pueblos? La novela de Thompson deja este rescoldo de inquietud a los que defendemos al mismo tiempo los principios de FitzRoy y la ciencia de Darwin: hay que combatir el colonialismo y hay que defender los principios y descubrimientos que sólo podían hacerse en su estela y bajo su ala.

El bien es destructivo en condiciones coloniales. Pero las condiciones coloniales mismas han llevado a la humanidad a un punto en el que, por primera vez en la historia, tras embestidas brutales y traumáticas expansiones, los principios y el conocimiento han quedado parcialmente emancipados de la base material que los hacía posibles al tiempo que los corrompía o engrilletaba. La descolonización formal del mundo -fruto de guerras y violencias, pero también de la redondez misma de la tierra- y la estandarización tecnológica -contradicción del crecimiento capitalista- permiten hoy una imaginación compartida, separada de los medios de destrucción y de los intereses de sus propietarios. Ha llegado el momento de que FitzRoy y Darwin se den recíprocamente la razón.

26
Sep
12

11s

La impronta de una década

Juan Gabriel Tokatlian

 

Ante un nuevo aniversario del 11 S, Juan Tokatlian analiza en este prólogo los fenómenos e interrogantes que marcaron la década iniciada con el atentado a las Torres Gemelas en 2001.

os artículos que integran este libro abarcan un conjunto de fenómenos e interrogantes que han marcado la década que simbólicamente se inició el 11 de septiembre de 2001 con los atentados en Estados Unidos: el recurso al terror por parte de actores no estatales (y de algunos gobiernos), la tentación imperial de Washington y su “vía prusiana” de ejercicio hegemónico, la crecientemente peligrosa “excepcionalidad” estadounidense, la perpetua “guerra contra el terrorismo” urbi et orbi, el persistente desequilibrio en la ecuación seguridad-libertad –no sólo en Estados Unidos–, la cada vez más borrosa diferenciación entre George W. Bush y Barack Obama en materia estratégica, el cambiante y turbulento mundo árabe musulmán, la (¿olvidada?) tragedia de los palestinos, los nuevos gambitos geopolíticos en Asia Central, el papel y el aporte de Europa a la progresiva declinación de Occidente, el complejo ascenso de los poderes emergentes en un escenario tendencialmente multipolar mas no necesariamente estable y el lugar de América Latina en un mundo en franca mutación y con alta conflictividad.

A diez años de aquel doble acontecimiento en Nueva York y Washington es posible hacer un balance provisorio que dé cuenta de rupturas y continuidades, de cambios y contradicciones, de ilusiones y perplejidades: los claroscuros de un comienzo de siglo XXI tan sangriento como otras tantas décadas del siglo XX. Un punto de partida obligado tiene que ver con el acto terrorista mismo del 11 S. ¿Fue aquello algo particularmente nuevo? Muchas respuestas afirmativas a esta pregunta se han remitido a la novedad de la localización de dicho acto (Estados Unidos), a la letalidad del mismo (3.000 muertos), a los recursos tecnológicos utilizados (distintos medios facilitados por la globalización) y al fervor religioso (extremismo musulmán ligado a Al Qaeda) de los perpetradores. Sin embargo, aún restan reflexiones más hondas, desprejuiciadas, ponderadas y contextuales.

Por ejemplo, es bueno recordar que en un septiembre distinto –el de 1970– el marxista y secular Frente Popular para la Liberación de Palestina llevó a cabo la más audaz y sincronizada acción de secuestros de aviones para entonces: desvió por la fuerza un avión de la TWA que había partido de Frankfurt, otro avión de Swissair que había salido de Zurich, un tercer avión de El Al que había despegado de Nueva York y un cuarto avión de Pan Am fue desviado hacia El Cairo. Finalmente, los cuatro aviones fueron destruidos en tierra aunque los cientos de pasajeros de esos vuelos terminaron ilesos después de esa cuádruple y espectacular acción. ¿Qué explica la diferencia entre los dos septiembres? ¿Qué nos indican aquel acto desesperado de 1970 y este acto feroz de 2001? ¿Qué impulsó aquel comportamiento violento pero no cruel de una agrupación ideológica radicalizada que aún conservaba una utopía y la conducta atroz de un grupo inspirado por un fundamentalismo religioso no exento de una mirada conservadora y ante un horizonte carente, al parecer, de futuro?

Una de las paradojas que se fue desarrollando al cabo de muy poco tiempo después de los atentados del 11 S –en esencia, después del ataque contra Irak por parte de Estados Unidos y su “coalición de voluntarios”– consistió en el hecho de que se eclipsó gradualmente el debate sobre lo que algunos autores (por ejemplo, David Rapoport) llaman la “cuarta ola” del terrorismo, sus causas profundas, sus diversas manifestaciones y las formas más sofisticadas para su abordaje, y ganó un espacio elocuente la discusión en torno a la pretensión de primacía incuestionable de Washington en los asuntos mundiales. Indudablemente Estados Unidos vivió en 2001 un “golpe de inseguridad”.

Pero, ¿cuándo se sentirá seguro Estados Unidos? ¿Cuándo se sentirán sus ciudadanos menos angustiados? ¿Cuándo logrará su gobierno atender urgencias que hoy afectan seriamente el futuro de esa potencia? ¿Cuándo se podrá anunciar el fin de su cruzada contra el terrorismo? Al parecer, Washington no puede superar su estado de inseguridad perpetua. Una década después de los atentados del 11 S no se han producido nuevos ataques terroristas en suelo estadounidense y la Casa Blanca (Bush y Obama por igual) ha logrado reubicar la mayor violencia ligada al terrorismo transnacional en donde Estados Unidos considera está su punto de origen: Medio Oriente y Asia Central. En los últimos diez años el número de civiles estadounidenses que han sido víctimas de actos de terror fuera del país es inferior al de las víctimas anuales de tornados y relámpagos en su país. La reciente ejecución de Osama Ben Laden en Pakistán, así como la muerte en Somalia de Fazul Abdullah Mohammed, responsable de los ataques a las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania en 1998, se suman a una larga cadena de acciones orientadas a debilitar a Al Qaeda y a los grupos afines a éste. Visto con un lente pragmático, y centrado en su propio interés nacional, ese conjunto de logros podría estimular un debate interno distinto, una recuperación del tacto diplomático
por sobre el músculo militar y una reflexión estratégica distinta a la del pasado reciente.

Sin embargo, nada de lo sucedido ha modificado la política de seguridad y defensa de Estados Unidos. El total de gastos del Pentágono entre 2001 y 2011 alcanzó los 6,2 billones de dólares, mientras las guerras en Irak y Afganistán han costado 1,26 billones de dólares. A su vez, lo asignado al Departamento de Seguridad Nacional llegó, en esa misma década, a 635.900 millones de dólares. Si a todo lo anterior se agrega el total destinado al Departamento de Energía para armas nucleares (204.500 millones de dólares) se alcanza la astronómica cifra de 8,3 billones de dólares en diez años. Esto equivale a aproximadamente dos veces la suma de los PIB de América Latina y el Caribe y al 57% del PIB de Estados Unidos en 2010. Año tras año, desde el 11 S, los gastos militares de Estados Unidos han ido superando la suma de lo gastado por los otros 191 países con asiento en Naciones Unidas.

En cuanto a los frentes de lucha se produjo una ampliación en los últimos tiempos: a Afganistán e Irak se añadió la intensificación de los ataques con misiles desde aviones no tripulados (los denominados drones), a cargo de la CIA, en Pakistán y el despliegue del mismo tipo de dispositivo de combate en Yemen y Somalia, así como el inicio de una nueva guerra en Libia. En términos de operativos ligados a la “guerra contra el terrorismo” han cobrado más importancia las llamadas Fuerzas de Operaciones Especiales (Special Operations Forces, SOF). Desde 2001 las SOF se han duplicado en hombres, triplicado en presupuesto y cuadriplicado en despliegues: están compuestas por 60.000 hombres, han solicitado un presupuesto de 10.500 millones de dólares para 2012 y se han desplegado en 75 países. En relación con la proyección de su presencia, Estados Unidos ya cuenta con unas 865 bases alrededor del mundo; bases cuyo costo anual de sostenimiento es de 102.000 millones de dólares y que representan el 95% del total de las bases militares desplegadas por el conjunto de los países más allá de sus propias fronteras.

Siempre se podrá esgrimir un argumento plausible para explicar la desmesura militar en la que está inmerso Estados Unidos. Para algunos, y a pesar de la voluntad de cambio del presidente Obama, son muchas las restricciones políticas que lo fuerzan a mostrarse como un hardliner que debe ceder ante la presión de legisladores, gobernadores, banqueros y militares. Para otros, Obama debe operar en un contexto social tan conservador y malhumorado, que su abandono de las promesas electorales debe ser comprendido, pues lo que se puede avecinar es un auge incontrolable de una derecha recalcitrante. Y otros piensan que el debilitamiento económico de Estados Unidos lo llevará, más temprano que tarde, a adoptar políticas menos agresivas y, en consecuencia, hay que esperar a un segundo gobierno de Obama para comprender en toda su dimensión por qué es un mandatario que mereció el Premio Nobel de la Paz. No faltan quienes remarcan que el multilateralismo acotado que Obama ha alentado es una demostración de un nuevo tono estadounidense, abierto a la consulta, así sea más formal que sustantiva, más ocasional que constante. Sin embargo, el meollo del asunto no está en la persona ni en la intención de un individuo, por más que se trate del Presidente de Estados Unidos. El núcleo básico en materia de política exterior y de defensa es un desequilibrio elocuente y peligroso entre militares y civiles y el avance de civiles militaristas. Y en ese sentido, mientras Estados Unidos persista en su estrategia de primacía, el desbalance cívico-militar persistirá y Estados Unidos seguirá sintiéndose inseguro, pues el mundo no se quedará impávido ante los excesos de su poder.

Ahora bien, si en el origen de lo anterior está, como se dijo, el “golpe de inseguridad” vivido por Estados Unidos a raíz de lo hecho por Al Qaeda en septiembre de 2001, el mundo es testigo de un “golpe de desorden” derivado, en gran medida, del comportamiento de Washington después del 11 S. El más reciente ejemplo es Libia; ejemplo que podría tener efectos imprevisibles para el mundo y para América Latina. En cuanto al plano más global, una de las consecuencias más graves que se podrían derivar del caso libio sería concluir que proliferar en materia nuclear es más racional que no hacerlo. Para comprender mejor este argumento hay que regresar a aquel fatídico septiembre. A partir de entonces Estados Unidos redobló sus esfuerzos en aras de la no proliferación, esto es: la preservación, el aumento y la intensificación de los controles sobre los materiales y las tecnologías que pudieran servir, directa o indirectamente, para la fabricación y el despliegue de armas nucleares. Sin embargo, incrementó, más que cualquier otro actor internacional, la contra proliferación, esto es: el conjunto de medidas diplomáticas, militares y de inteligencia orientadas a neutralizar y combatir frontalmente programas activos o potenciales destinados a producir u obtener armas de destrucción masiva.

En ese contexto se debe ubicar la identificación y el asedio sobre lo que se denominó el “eje del mal”. En enero de 2002, en el marco del Discurso sobre el estado de la Unión, el presidente George W. Bush acusó a Irán, Irak y Corea del Norte de apoyar el terrorismo transnacional y de procurar armas de destrucción masiva. En mayo de ese año, el entonces subsecretario de Estado para el Control de Armas y la Seguridad Internacional, John Bolton, agregó a Cuba, Siria y Libia a ese eje maléfico. Desde entonces, los hechos muestran que la tentación por proliferar puede ser la mejor alternativa para algunos Estados. Por ejemplo, a pesar de no disponer de armamento nuclear Cuba sigue siendo objeto de un bloqueo impuesto por Estados Unidos y mantenido por cualquiera sea la administración de turno. En 2003, y sin ninguna evidencia respecto de su presunto arsenal de armamento nuclear, Irak fue invadido y ocupado. En 2007, la Casa Blanca y la CIA confirmaron que Israel había llevado a cabo la “Operation Orchard” consistente en el bombardeo de un sitio en Siria en el cual presuntamente se estaba construyendo un reactor nuclear. Para 2010 se tenía la certeza de que Corea del Norte ya poseía al menos dos cabezas nucleares y contaba con la necesaria capacidad misilística de lanzamiento. En 2011 persiste un impasse internacional respecto al programa nuclear de Irán; programa que se presume, según informes de inteligencia estadounidenses, que en cinco años podría culminar en la construcción de un arma nuclear.

Después del ataque a Irak, el gobierno de Muammar Gadafi anunció en diciembre de 2003 la decisión de renunciar a su iniciativa nuclear, abandonar su proyecto misilístico y desmantelar su arsenal de armas químicas. Durante unos años, Occidente presentó el caso libio como un positivo ejemplo a imitar por parte de Irán y Corea del Norte: desarmar y eliminar programas nucleares con fines militares ponía fin al aislamiento y al ostracismo, facilitaba la reanudación de negocios e intercambios y le devolvía prestigio y reconocimiento a nivel regional y mundial. Pero el reciente ataque aéreo a Libia deja una lección bien distinta para muchos países. Parecería que perder el factor disuasivo que significa contar con un plan nuclear y tener la voluntad de sostenerlo facilita, antes que dificulta, el uso de la fuerza por parte de otros Estados, próximos o distantes. Cualquier abandono de la ambición nuclear sería la antesala a ser percibido como débil y vulnerable. No proliferar no paga; por el contrario, generaría nuevos costos derivados del comportamiento militar de los que supuestamente debieran estar más satisfechos porque se eliminó la amenaza. En breve, es bien probable que varias naciones con capacidad nuclear pacífica miren ahora a Irán y Corea del Norte y concluyan que proliferar desde la periferia es la mejor opción para afrontar una potencial agresión.

En el plano regional el efecto podría ser igualmente inquietante aunque se trata de un asunto distinto. En julio de 2011 Washington decidió referirse a los rebeldes anti-Gadafi –el llamado Consejo Nacional de Transición (CNT)– como el gobierno “legítimo”. Esto modifica una tradición jurídica estadounidense y genera serias dificultades en el terreno del derecho internacional. En efecto, Washington ha reconocido a nuevos Estados pero no a grupos armados que no poseen un control pleno sobre la totalidad del territorio de un país. Esporádicamente Estados Unidos aporta –por ejemplo, en lo que fue el caso de Irlanda– a una solución política negociada en la que opera un bando armado, pero Hillary Clinton fue más allá al reconocer a un grupo insurgente. Aparentemente, la secretaria de Estado procedió sin un categórico fundamento de la consejería legal de su Departamento. Sin embargo, las implicaciones de ese reconocimiento pueden derivar en un dolor de cabeza para la región.

Por años Latinoamérica acompañó a Colombia en el rechazo a admitir el “estado de beligerancia” buscado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), las cuales sostienen que su influencia o control en ciertas zonas limitadas por un largo período de tiempo las avala para recibir ese estatus. Más aún, América del Sur logró el ingreso de Colombia al Consejo de Defensa Sudamericano luego de que el presidente Álvaro Uribe obtuviera la garantía de que sólo serían reconocidas, en sus palabras, “las fuerzas institucionales consagradas por la Constitución de cada uno de los países signatarios”.

La determinación de Estados Unidos respecto al CNT abre una caja de Pandora. Se dirá que lo del reconocimiento no sería aplicable a Colombia pues se trata de un “país amigo”. Pero lo cierto es que la palabra de Washington no debe llamar a una confianza ciega: Libia fue el “ejemplo” a seguir después de desmantelar su programa de armas de destrucción masiva en 2003 y al cabo de siete años fue objeto de una guerra. Pero a su vez otros países pueden imitar a Estados Unidos como ya ocurre con la doctrina del “ataque preventivo”: después de lo sucedido en Irak en 2003 varias naciones –en especial en Asia– se reservan su versión de esa doctrina si lo consideran adecuado. En síntesis, el manejo del caso libio refleja, una vez más, que Washington tiende a convertirse en una fuente de desorden en la búsqueda de su propia seguridad y en aras de salvaguardar exclusivamente sus intereses nacionales.

En este contexto, el rol de Europa aparece, al menos visto desde América Latina, más desdibujado. Hay señales nítidas de la desorientación europea. Pero, ¿en qué momento ingresó Europa en un laberinto en el que parece atrapada? ¿Esa desorientación tiene que ver con el 11 S y sus efectos? ¿Con las experiencias en materia de atentados terroristas vividas en territorio europeo? ¿La Unión Europea (UE) fue forzada a ingresar a dicho laberinto?

Una lectura con una perspectiva de mediano plazo y mediante un enfoque comparativo con otras regiones parece indicar que los acontecimientos (propios y ajenos) ligados al terrorismo transnacional de alcance global poco tienen que ver con el ingreso a un laberinto. Hay que remontarse un poco más atrás. La UE delineó, en buena parte, su suerte con el fin de la Guerra Fría. En 1990-1991 la Unión Europea tuvo a su alcance varias alternativas y escogió, probablemente, las menos adecuadas: nadie obligó a los líderes europeos del momento a adoptar el conjunto de decisiones que finalmente prefirieron. No hubo un destino prefigurado.
Sí es evidente que existió y existe un sendero que se fue labrando y cuyos resultados son hoy palpables: una Europa extraviada, una Europa menos justa, solidaria y autónoma.

Los europeos pudieron acordar entre sí dos conductas bien diferentes frente a la implosión de la Unión Soviética (URSS): seguir aferrados al fantasma del “peligro rojo” todavía vigente en Occidente y acompañar, así sea pasivamente, a Estados Unidos en su actitud “victoriosa” ante el humillante colapso de la URSS, o bien recuperar sus tradiciones más pluralistas y avanzadas y contribuir activamente a una pronta reconstrucción rusa. Pudo entonces empujar sus fronteras hasta los límites de Rusia –y tácitamente alentar los peores miedos de una escuálida Moscú– o tender un puente estratégico para atraer a los rusos hacia su seno. En aquellas circunstancias Europa probó ser más anticomunista que progresista.

Ante la oportunidad de asegurarse, con sus importantes recursos de la época, una gradual autonomía militar o seguir supeditada –y condicionada casi inexorablemente– al paraguas estadounidense a través de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), los europeos eligieron la segunda alternativa. Siempre se podrá argumentar que Europa era fiel, en aquel contexto, a una doble convicción: reforzar su poder social interno y atestiguar su estatura de potencia moral internacionalmente. Sin embargo, ese tipo de razonamiento es insuficiente o, al menos, muy relativo: los europeos siempre han sabido que el poderío militar propio –así sea elemental– es indispensable para ser un actor gravitante en la política mundial. Recostarse en Estados Unidos y en una OTAN que ya no era tan vital con la disolución de la URSS fue una determinación consciente de quien acepta, extrañamente, que en materia militar ser pigmeo y free rider es bueno en el largo plazo.

Entre la profundización o la ampliación de su exitosa experiencia de integración posterior a la Segunda Guerra Mundial la UE se inclinó por la ampliación. Entre una Europa con más ciudadanía y una Europa de nuevos negocios la elección fue clara: se aceleró el ingreso de miembros a la Unión pero en medio de un paulatino desmantelamiento del Estado de Bienestar. Cuando se debió optar entre una arquitectura política más democrática y la preservación de una tecnocracia ajena a la rendición de cuentas, Europa se conformó con la segunda opción. Ante el auge sostenido de Asia y las recurrentes “burbujas” de corto plazo en Estados Unidos, Europa enfrentó un dilema: rediseñar un modelo industrial y productivo o asimilar, a su modo, un esquema financiero y especulativo. La UE cedió ante las fuerzas del mercado menos productivas y más despilfarradoras. En vez de gestar una base fiscal homogénea, las autoridades económicas de Europa decidieron apresurar la creación de una moneda común. Cuando Europa pudo –y debió– consensuar más y mejor políticas intra-región que, entre otros objetivos, robustecieran el bienestar de sus sociedades, elevaran realmente la calidad de su educación e incrementaran sensiblemente las inversiones en ciencia y tecnología, la UE proclamó una nunca realizada política exterior y de defensa común.

Después del 11S las equivocaciones europeas fueron en aumento. Es sorprendente cómo dejó prosperar la idea, de cuño estadounidense, de una “Nueva” Europa y una “Vieja” Europa. Es igualmente llamativo cómo una UE cada vez más dividida fue perdiendo la brújula en materia militar (en Asia Central y Medio Oriente) y en cuestiones humanitarias (en el norte de África). Europa sigue reaccionando frente a las solicitudes de acompañamiento militar de Washington y ante las crisis humanitarias de acuerdo a su tradición imperial; esto es, intervenir en algunas ex colonias y en viejas áreas de influencia si hay cuestiones clave (recursos estratégicos, por ejemplo) en juego o evitar la injerencia si la realpolitik indicaba que otros intereses circunstanciales (domésticos o externos) así lo sugerían. La estela de muertos no europeos en Irak, Afganistán, Libia y otros sitios en que la coalición occidental ha intervenido es tan dramática que habría que denominar al despliegue de fuerzas en esos lugares como un modelo de la irresponsabilidad de desproteger.

La resultante electoral de lo señalado es, emblemáticamente, la siguiente: a fines del siglo XX en la UE de los 15, 11 de esos 15 países eran gobernados por partidos de centro-izquierda. Eso equivalía al 73%. En la actualidad en la UE de los 27, en sólo 5 países –España, Grecia, Austria, Eslovenia y Chipre– hay gobiernos de leve inspiración progresista. Eso equivale al 18%, un porcentaje que próximamente se podría reducir todavía más después de los profundos ajustes de España y Grecia. Una Europa de las derechas se enfrentará, quizás, con los fantasmas de su pasado. Ese escenario, eventualmente, además de no ser bueno para los europeos sería malo para el mundo.

Mientras tanto, América Latina sigue –una vez más– mostrando sus peculiaridades. Por ejemplo, desde el 11 de septiembre de 2001 a la fecha Latinoamérica es la única región en el mundo que no ha padecido un acto terrorista perpetrado por Al Qaeda o los grupos afines a él (1). Desde ese día Europa (por ejemplo, Montenegro en 2006 y Kosovo en 2008), África (el reciente referendo de escisión de Sudán), Asia (el reconocimiento en 2008 de Rusia y otros países de Osetia del Sur y Abjasia), y el Pacífico (el caso de Timor Oriental en 2002) han conocido nuevos Estados: Latinoamérica no vivió tal situación a pesar de los impulsos secesionistas en ciertos países (por ejemplo, Bolivia). Desde aquella fecha América Latina no ha sido testigo –como sí lo fueron otras regiones del planeta– de conflictos armados entre Estados, preservando así la tradición de ser en los últimos ciento cincuenta años la región más pacífica del mundo. Desde aquellos atentados terroristas en suelo estadounidense Sudamérica, en particular y a través de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), pudo resolver, mediante la diplomacia, complejas tensiones intra e inter-estatales sin la participación de Washington. Pero América Latina conoció en la última década la expansión explosiva del crimen organizado a lo largo y ancho de su territorio. Asimismo, vivió cuatro golpes de Estado (Venezuela en 2002, Haití en 2004, Honduras en 2008 y Ecuador en 2010) que corrieron suertes diversas. Y además, América Latina, cuyo aumento en gastos de defensa había sido del 3,7% anual entre 2001-2009, se convirtió en la región con el mayor incremento de los mismos (5,8%) en 2010.

Esta dualidad regional se ha expresado en otros terrenos y refleja una constante que, seguramente, persistirá por un largo tiempo. En todo caso, y ante un entorno internacional crítico –por la persistencia de la crisis económico-financiera iniciada en septiembre de 2008– y conflictivo –con hotspots por doquier– América Latina debería persistir en sus esfuerzos históricos de preservar su condición de zona de paz. La década posterior al 11 S se presenta como un período cuya impronta ha sido la ascendente pugnacidad en distintos terrenos (estatales y no gubernamentales, nacionales e inter-estatales) en el marco de una acelerada redistribución de poder (de Occidente a Oriente, de Norte a Sur). En esa dirección, la región enfrenta grandes retos y nuevas oportunidades. Ahora bien, como pocas veces antes, América Latina goza de un espacio de autonomía relativa que bien puede contribuir a maximizar sus intereses y a lograr neutralizar potenciales costos. Pero ello dependerá, en gran medida, de nosotros mismos.

1. Cabe señalar, sin embargo, que a principios de la década del noventa Argentina padeció dos atentados –contra
la Embajada de Israel y luego contra la Asociación Mutual Israelita de Argentina (AMIA)– por parte del terrorismo
transnacional. Ambos casos siguen impunes.

*Este texto fue originalmente publicado como prólogo del libro A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo.

El libro incluye una destacada selección de artículos de Noam Chomsky, Eric Hobsbawm, Howars Zinn, Edward Said, José Saramago, Ignacio Ramonet, Slavoj Žižek, Serge Halimi, Mario Rapoport y otros.

25
Sep
12

equidad social

El Tren Blanco, enero de 2006 (Sub.coop)

 

Los problemas en la política social

La pertinaz pobreza

Daniel Arroyo

 

En la última década aumentaron las inversiones sociales y se redujo la pobreza. Pero, dado que persiste una estructura social muy desigual, es preciso adoptar nuevas políticas que garanticen la movilidad social ascendente.

n la última década se produjeron mejoras importantes y una significativa reducción de la pobreza en casi todos los países de América Latina. Con características diversas, en Argentina, Chile, Brasil, Uruguay o Venezuela el presupuesto destinado a política social aumentó, al tiempo que esta cuestión se transformaba en un tema de agenda pública como no lo había sido en las décadas anteriores.
Esto se explica en parte por los resultados de la década de 1990: en 2001, tras el estallido de la convertibilidad, Argentina registraba un 57% de pobreza, un 28% de desocupación y un 60% de informalidad económica. Fue, más allá de cualquier análisis posible, una década perdida desde el punto de vista social. La última década, en cambio, ha sido una década ganada, tanto en Argentina como en América Latina.
Sin embargo, muchos problemas sociales están lejos de haberse revertido. Para comprenderlo es importante analizar cómo ha ido evolucionando la política social en Argentina y cuál es la agenda de problemas que deben ser resueltos si efectivamente queremos dar vuelta una estructura que sigue siendo muy desigual.

Tres etapas

Desde la asunción de Néstor Kirchner en mayo de 2003 hasta la actualidad, la política social se puede analizar en tres etapas diferenciadas. La primera etapa, que se extiende del 2003 al 2009, está marcada por el contexto de crisis, y se estrucura en tres ejes. Desde el punto de vista alimentario, el objetivo fue fortalecer tanto la asistencia alimentaria como la comensalidad en el hogar. Se apuntaba a salir paulatinamente del esquema de comedores y promover que la gente vuelva a comer en la casa. También buscaba transferir recursos a las provincias y a los municipios para que pudieran definir su política alimentaria. Este objetivo absorbió la mayor parte del presupuesto del Ministerio de Desarrollo Social.
En el ámbito productivo, la idea era que muchos ciudadanos no lograban conseguir trabajo por sí mismos y que, por lo tanto, el Estado tenía que incidir de algún modo en la formación laboral y el financiamiento del sector informal. Bajo esta premisa, se lanzaron planes de capacitación laboral y se promovieron la empleabilidad y el emprendedorismo, financiando máquinas, herramientas, insumos y bienes de capital por medio del plan Manos a la Obra.
Por último, se implementaron transferencias de dinero condicionadas, es decir programas que otorgan dinero a las personas a cambio de determinadas condiciones (trabajar un cierto número de horas o presentar certificados de escolaridad y vacunación de los hijos). El primer plan –Jefas y Jefes de Hogar– lanzado durante el gobierno de Eduardo Duhalde, llegó a cubrir, en mayo de 2002, a 2.200.000 personas, y luego se complementó con el Plan Familias, que diferenció los importes en función del número de hijos. La idea clave acá era que la pobreza tiene un claro componente en la falta de ingresos y que el Estado debe capitalizar a los sectores más pobres.
Esta primera etapa de política social se diseñó con el objetivo de salir de los programas focalizados de la década anterior buscando la masividad. El concepto clave aquí es que la pobreza es un tema de mayorías y que el Estado tiene que asistir en lo más básico: ayudar a ingresar al mercado laboral y generar una base económica para los más pobres. Esto implicó una mejora respecto del período anterior, al incorporar también la ampliación de la cobertura jubilatoria; pero no terminó de definir un cambio estructural.
La segunda etapa está decididamente marcada por la puesta en marcha, en diciembre de 2009, de la Asignación Universal por Hijo (AUH). Se trata de la inversión social más grande, en términos relativos, de América Latina, pero también supone un cambio conceptual: es el primer modelo de política social que busca equiparar los derechos de los hijos de los trabajadores formales con los de los informales, apuntando a que el salario familiar se transforme en un derecho que les corresponda a todos los niños más allá de la posición laboral que ocupan sus padres. Hoy están cubiertos 3.600.000 chicos, lo que representa una transferencia anual de casi 12 mil millones de pesos.
Con un efecto redistributivo innegable, la AUH está orientada a la inclusión en términos educativos y de salud. Y también genera un efecto económico en el consumo local, porque una persona que cobra 270 pesos por mes por hijo compra en el almacén de la esquina, en el comercio cercano y con ello ayuda a dinamizar la economía local. Así, se vinculan positivamente dos objetivos: se eleva la línea de ciudadanía (en el sentido de que gran parte de la población arranca en un piso más alto en el nivel de ingresos) y se fomenta el consumo.
Además de la AUH, en esta etapa, que se desarrolla luego de la crisis económica 2008-2009, se puso en marcha el programa Argentina Trabaja, que busca conformar cooperativas para personas desocupadas y que amplió su cobertura hasta llegar a casi 200.000 personas.
A diferencia de la etapa anterior, aquí sí se produjo un giro conceptual en la política social en la medida en que se universalizó una base de ingreso a través de la AUH. Aunque quedan varias cuestiones pendientes, como la extensión de la AUH a los sectores excluidos y la sanción de una ley que la consolide, sin dudas se ha creado un nuevo derecho para las familias pobres con hijos menores.
La tercera etapa, aún difusa, se desarrolló a partir de un conjunto de acciones que se consolidaron en los últimos años: la construcción de una gran red de atención social por parte del Ministerio de Desarrollo Social, la ampliación de las pensiones no contributivas, el crecimiento de los programas para inserción de jóvenes en el Ministerio de Trabajo (lo más novedoso de todo) y la inclusión digital de los estudiantes secundarios a través del Ministerio de Educación. En esta etapa, en consonancia con acciones en otras áreas de gobierno, el foco se pone en la gestión de programas relacionados con la inclusión de los jóvenes.

La nueva estructura social

Pese a los avances de los últimos años, aún quedan muchas cuestiones pendientes. Antes de analizarlas, sin embargo, es necesario revisar la nueva estructura social que se ha ido conformando en Argentina, sobre la cual deben actuar las políticas sociales.
A diferencia de la sociedad de la década de 1970 (integrada y con movilidad social ascendente) y de 1990 (marcada por el surgimiento de los “nuevos pobres” y la movilidad descendente), la estructura social hoy resulta difícil de caracterizar. Dentro de ella conviven al menos cuatro realidades diferentes.
En primer lugar, el sector de pobreza estructural. Concentrado en los grandes centros urbanos –y, especialmente, en el Noroeste y Noreste y en el conurbano bonaerense–, se trata de un sector que no cubre las necesidades mínimas, que transmite inter-generacionalmente la pobreza y que no está incorporado al mundo del trabajo, aunque es sujeto de gran parte de las políticas sociales antes descriptas y de las mejoras parciales en la infraestructura básica logradas en los últimos años. En comparación con los años 90, el tamaño de este sector se ha reducido. Sin embargo, arrastra las mismas dificultades: el trabajo y la educación no funcionan como vías para generar una movilidad social ascendente que garantice la inclusión en el mundo del trabajo.
El segundo ámbito es el de los sectores vulnerables vinculados al trabajo informal, sea por trabajo no registrado o –como sucede en la mayoría de los casos– por desarrollar actividades cuentrapropistas (gasistas, plomeros, carpinteros, etc.). Se trata de un sector vulnerable que se auto-sostiene económicamente, sin asistencia estatal directa aunque, en ocasiones, pueda ser beneficiario de la AUH. Lo que marca su modo de vida es la precariedad y la falta de previsibilidad. Un docente, por ejemplo, conoce su ingreso mensual y puede proyectar sus vacaciones o sus ahorros. Es decir, tiene un horizonte de futuro bastante claro. Los sectores vulnerables, en cambio, carecen de esta posibilidad. Pueden ganar más o menos, pero sufren esta falta de previsibilidad, principal motivo de sus preocupaciones cotidianas. Suelen pagar más impuestos y muchas veces tienden a percibir al Estado como generador de políticas destinadas al sector de pobreza estructural, de las cuales se sienten excluidos. A diferencia de los grupos más pobres, este sector no atraviesa un proceso de movilidad ascendente.
El tercer grupo, la clase media, se ha reconstruido en los últimos años, vinculada al Estado y al mercado interno. Los docentes, los trabajadores estatales, los empleados del sector privado recuperan ciertos niveles de integración y alcanzan una menor precariedad.
Por último, la clase alta continúa con sus intereses productivos diversificados en un marco en el que la concentración económica continúa siendo determinante.

Cuestiones a resolver

En definitiva, se puede decir que Argentina se encuentra frente a una nueva estructura social. Ha resuelto problemas importantes originados o consolidados en la década de 1990 y ya no registra una movilidad social descendente generalizada. Sin embargo, aún no ha logrado rehacer la idea del camino ascendente por medio de la educación. Se trata de un problema serio en la medida en que se consolida un contexto de mejora económica en el que, sin embargo, no se logra visualizar cuál es el trayecto que se debe seguir para que a los hijos les vaya mejor que a los padres.
En este marco general, los aspectos pendientes en materia de política social son importantes.
La política alimentaria, por ejemplo, enfrenta el desafío de mejorar la calidad nutricional. Argentina cuenta con un alto nivel de cobertura pero tiene un problema de calidad.
El segundo gran tema tiene que ver con el mundo de la empleabilidad y el emprendedorismo, es decir, el trabajo y la producción. Como señalamos, se han producido avances con programas como “Más y mejor trabajo”, con la capacitación de desempleados y con el rol del Estado en la discusión con sindicatos y empresarios en temas como el salario mínimo. Sin embargo, el Estado debe mejorar el acompañamiento a los ciudadanos que buscan trabajo; es decir, operar como agencia de empleo. Aunque se mejoró la capacitación laboral y se crearon incentivos a las empresas, no se ha avanzado tanto en la intermediación activa, en la búsqueda de vínculos entre los que buscan y los que ofrecen empleo. Parte de esta tarea la realiza el propio sector privado, las consultoras y agencias de colocación de personal.
El otro desafío en el mundo del trabajo es el los microcréditos y los emprendimientos de aquellas personas que buscan generar su propia actividad productiva. Un avance claro fue la Ley de Microcréditos. Sin embargo, es importante masificar el crédito a tasa baja para los sectores más pobres, generar mecanismos rápidos y lograr sistemas de entrada más simples para transferir dinero a quienes, por ejemplo, necesitan comprar máquinas o herramientas.
El tercer eje es el previsional. Se ha avanzado en la equiparación de derechos entre el sistema de trabajo formal y el informal. Hubo grandes cambios con las pensiones no contributivas, los mayores de 70 años, los niños con discapacidad; también con las pensiones anticipadas. Las transformaciones achataron la pirámide (hoy hay más personas que cobran la mínima) y se ha incorporado a millones de jubilados. De esta manera, se constituye un sistema que se acerca a la universalidad, equiparando derechos en el corto y mediano plazo. Sin embargo, queda pendiente el desafío de dotar de sustentabilidad a este esquema.
Por último, el desafío de mayor relevancia está vinculado con los adolescentes y los jóvenes, comenzando por la situación de las 900.000 personas de 16 a 24 años que no estudian ni trabajan. La transformación de esta realidad es clave no sólo para cumplir con sus derechos sino también para definir el país de los próximos 20 años. Si miramos de cerca el problema de la inclusión en el sistema laboral, advertimos una situación compleja de modificar por su raíz cultural: muchas veces los jóvenes no tienen problemas para aprender la tarea en sí misma sino para aceptar la rutina del mundo del trabajo, es decir, la continuidad de la tarea en el tiempo. No se trata de aprender cómo hacer un trabajo sino de ir a trabajar todos los días. Para entender esta realidad es necesario recordar que muchos de estos jóvenes no han visto a sus padres o madres –y en algunos casos tampoco a sus abuelos– trabajar todos los días, dado el proceso de aumento del desempleo, precarización y exclusión generado desde los años 70. En el mismo sentido es necesaria una reforma del sistema educativo que revise los objetivos de la escuela secundaria y el nivel terciario y los ponga en línea con los sectores productivos estratégicos.
Luego de la crisis de 2001, Argentina ha atravesado una década de crecimiento económico con tasas cercanas al 8% anual. Sin embargo, esta situación no impactó en todos los argentinos de la misma manera y continuamos con una estructura social muy desigual: la diferencia de ingresos entre el 10% más rico y el 10% más pobre es hoy de 22 a 1.

Los desafíos

Como hemos señalado, en los últimos tiempos el Estado puso en marcha políticas sociales con una orientación más amplia. Sin embargo, quedan pendientes una serie de desafíos: resolver el problema de la pobreza estructural, logrando que todos los habitantes alcancen un piso material y de servicios básicos; mejorar la distribución territorial del país atacando los desequilibrios entre regiones con objetivos específicos para cada una (los problemas de la Patagonia no son los mismos que los del Noreste o el conurbano); atender el trabajo informal (ya que, si continuamos con un mercado de trabajo de dos velocidades, formal e informal, va a ser difícil achicar las brechas sociales); mejorar la escuela secundaria y la calidad educativa en general, cerrando la brecha entre los establecimientos públicos y los privados; reestructurar el sistema de salud, y, finalmente, desplegar acciones focalizadas en los ejes menos visibles y más vulnerables (comunidades aborígenes, personas con discapacidad, violencia de género y trata de personas).

* Profesor de Flacso, UBA y Universidad Nacional de La Plata. Ex viceministro de Desarrollo Social de la Nación y ex ministro de Desarrollo Social de la Provincia de Buenos Aires.

24
Sep
12

Libia, el asesinato del embajador de EEUU

EE.UU. “fue advertido del ataque a la embajada pero no hizo nada”

La verdadera historia del asesinato del embajador de EE.UU

 

The Independent

 

Los asesinatos del embajador de EE.UU. y tres miembros de su personal en Libia fueron probablemente el resultado de una seria y continua vulneración de la seguridad, revela The Independent.

Funcionarios estadounidenses creen que el ataque fue planificado, pero Chris Stevens había vuelto al país solo poco antes y se suponía que los detalles de su visita a Bengasi, donde murió junto a su personal, eran confidenciales.

El gobierno de EE.UU. enfrenta ahora una crisis en Libia. Documentos secretos se perdieron en el consulado en Bengasi y la ubicación, supuestamente secreta, de la “casa segura” en la ciudad, adonde se había retirado el personal, sufrió un continuo ataque de morteros. Se considera que otros refugios semejantes en el país ya no son “seguros”.

Se dice que algunos de los documentos desaparecidos del consulado son listas de nombres de libios que colaboran con los estadounidenses, lo que les pone potencialmente en peligro frente a grupos extremistas, aunque se dice que otros documentos se relacionan con contratos petroleros.

Según altas fuentes diplomáticas, el Departamento de Estado de EE.UU. tuvo información creíble 48 horas antes de que las turbas atacaran el consulado de Bengasi, y la embajada de El Cairo, de que las misiones estadounidenses podrían ser objeto de ataques, pero no se advirtió a los diplomáticos de que se pusieran en estado de alerta elevada y “se aislaran”, que significa que sus movimientos se restringen fuertemente.

Stevens había estado de visita en Alemania, Austria y Suecia y acababa de volver a Libia cuando tuvo lugar el viaje a Bengasi y el personal de seguridad de la embajada de EE.UU. decidió que dicho viaje podía emprenderse con seguridad.

Ocho estadounidenses, algunos de ellos militares, fueron heridos en el ataque que costó la vida a Mr. Stevens, Sean Smith, un oficial de información y dos marines. Todo el personal de Bengasi ha sido transportado ahora a la capital Trípoli, y es posible que aquellos cuyo trabajo no se considere esencial sean transportados fuera de Libia.

Mientras tanto un Equipo de Reacción Antiterrorista FAST del Cuerpo de Marines ya ha llegado al país desde una base de España y se cree que hay más personal en camino. Se han puesto en alerta unidades adiccionales para transportarlas a otros Estados donde se pueda necesitar su presencia ante el estallido de furia antiestadounidense provocada por la publicidad de una película que insulta al Profeta Muhammad.

Una turba de varios cientos de personas asaltó ayer la embajada de EE.UU. en la capital yemenita Saná. Otras misiones que han se han puesto en alerta especial incluyen casi todas las de Medio Oriente, así como Pakistán, Afganistán, Armenia, Burundi y Zambia.

Sin embargo, altos funcionarios cada vez están más convencidos de que la naturaleza feroz del ataque en Bengasi, en el cual se utilizaron granadas propulsadas por cohetes, indicó que no se trataba de un estallido de cólera espontánea debida al video, llamado La inocencia de los musulmanes. Patrick Kennedy, subsecretario del Departamento de Estado, dijo que está convencido de que el asalto fue planificado debido a su naturaleza amplia y la proliferación de armas.

Aumenta la creencia de que el ataque fue en venganza por el asesinato, en un ataque de drone en Pakistán, de Mohammed Hassan Qaed, un agente de al Qaida que era, como sugiere su nombre de guerra Abu Yahya al-Libi, de Libia, y programado para el aniversario de los ataques del 11 de septiembre.

El senador Bill Nelson, miembro del Comité de Inteligencia del Senado, dijo: “Estoy pidiendo a mis colegas del comité que se investigue de inmediato qué papel han jugado en el ataque al Qaida y sus afiliados y que se tome la acción apropiada”.

Según las fuentes de seguridad, el consulado había tenido una revisión del sistema de seguridad en preparación para cualquier violencia conectada con el aniversario del 11-S. En realidad, el perímetro fue roto en 15 minutos por una multitud furiosa que comenzó a atacarlo el martes hacia las 10 de la noche. Los 30 guardias locales, o más, que debían defender al personal presentaron, según testigos, poca resistencia. Ali Fetori, un contable de 59 años que vive cerca dijo: “Toda la gente de seguridad simplemente se escapó y los que se quedaron a cargo fueron los jóvenes con fusiles y bombas”.

Wissam Buhmeid, el comandante de la Brigada Escudo de Libia aprobada por el gobierno de Trípoli, efectivamente una fuerza policial para Bengasi, afirmó que fue la ira por el video sobre Muhammad lo que hizo que los guardias abandonaran sus puestos. “Fue definitivamente gente de las fuerzas de seguridad la que permitió que ocurriera el ataque porque ellos mismos se sintieron ofendidos por la película; colocaron absolutamente su lealtad al Profeta por sobre el consulado. Las muertes no son nada en comparación con el insulto al Profeta”.

Se cree que Mr. Stevens, fue abandonado en el edificio por el resto del personal, porque no lograron encontrarlo en la densa humareda causada por un fuego que había afectado completamente el edificio. Personas del lugar lo encontraron en el suelo inconsciente y lo llevaron a un hospital, el Centro Médico de Bengasi, donde según el doctor Ziad Abu Ziad murió por inhalación de humo.

Un equipo de rescate estadounidense de ocho personas fue enviado desde Trípoli y llevado por el capitán Fathi al- Obeidi, de la Brigada 17 de febrero, a la casa segura secreta para sacar a unas 40 personas estadounidenses. Entonces el edificio fue atacado con armas pesadas. “No sé cómo encontraron el sitio para realizar el ataque. Fue planificado, la precisión con la que nos alcanzaron los morteros era demasiado buena para revolucionarios comunes y corrientes”, dijo el capitán Obeidi. “Comenzaron a llover sobre nosotros, unos seis obuses cayeron directamente en el camino a la villa”.

Finalmente llegaron refuerzos libios y el ataque finalizó. Habían llegado noticias sobre Mr. Stevens, y su cuerpo fue retirado del hospital y llevado de vuelta a Trípoli con los otros muertos y los sobrevivientes.

La madre de Mr. Stevens, Mary Commanday, habló ayer de su hijo. “Amaba su trabajo y lo hizo muy bien. Podría haber hecho muchas otras cosas, pero ésta era su pasión. Tengo un agujero en el corazón”.

Cólera global: las protestas se extienden

Yemen

El furor en Medio Oriente por la controvertida película sobre el Profeta Muhammad, amenaza ahora con descontrolarse. En Saná, la capital yemení, 5.000 manifestantes atacaron ayer la embajada de EE.UU., causando por los menos 15 heridos. Jóvenes manifestantes gritaron: “Nos sacrificamos por ti, Mensajero de Dios”, rompieron ventanas de las oficinas de seguridad y quemaron por lo menos cinco coches, dijeron los testigos.

Egipto

El presidente islamista de Egipto, Mohamed Mursi, condenó ayer el ataque de Bengasi que mató al embajador de EE.UU. En un discurso en Bruselas, el señor Mursi dijo que había hablado con el presidente Obama y que condenaba “en los términos más claros” los ataques del martes. A pesar de ello, y posiblemente dirigiéndose a una audiencia interna, el presidente Obama dijo ayer que “No pienso que podamos considerarlos aliados, pero no los consideramos enemigos”.

Manifestantes en El Cairo atacaron la embajada el martes por la tarde y las manifestaciones han continuado desde entonces.

Irak

Activistas dijeron que la cinta antiislámica “pondrá todos los intereses estadounidenses en Irak en peligro” y llamaron a los musulmanes por doquier a “enfrentar a nuestro enemigo conjunto”, mientras manifestantes en Bagdad quemaron ayer banderas estadounidenses. La advertencia del grupo Asaib Ahl al-Haq respaldado por Irán, tuvo lugar mientras los manifestantes exigían el cierre de la embajada de EE.UU. en la capital.

Bangladesh

Islamistas advirtieron de que podrían “sitiar” la embajada de EE.UU. en Dhaka después que las fuerzas de seguridad impidieron que cerca de 1.000 manifestantes marcharan hacia el edificio. El grupo Khelafat Andolon llamó a mayores protestas, mientras los manifestantes agitaban sus puños, quemaban la bandera de EE.UU. y coreaban consignas antiestadounidenses.

 

Otros

Hubo una protesta organizada por Hamás en Ciudad de Gaza y hasta 100 árabes israelíes salieron a las calles en Tel Aviv. En Afganistán, el presidente Hamid Karzai postergó un viaje a Noruega, por temor a la violencia. Funcionarios en Pakistán dijeron que “esperan protestas”. Los manifestantes en Túnez quemaron banderas de EE.UU.

Kim Sengupta es corresponsal de Defensa en The Independent.

 

Fuente: http://www.independent.co.uk/news/world/politics/revealed-inside-story-of-us-envoys-assassination-8135797.html#




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