Archivo para 30 enero 2019

30
Ene
19

el Uruguay de los rícos …

Sin zanahoria enfrente. Liderado por los ricos del campo (latifundistas) un año atrás un Bordaberry salió en TV en nombre de los autoconvocados/unsolouruguay … todo dicho no? quién es quién en éste grupete …

Convocados como un ritual que justifique su existir más que por condiciones objetivas, los autoconvocados llaman a juntarse -lectura de proclama mediante- este enero de 2019, acto que solo puede tener la antesala de la campaña electoral como combustible de su movilización.

Por Ricardo Pose 27 enero, 2019FacebookTwitterWhatsAppGoogle+PrintFriendlyGmailCompartir1

De todas partes ya no vienen

Su capacidad de convocatoria y movilización, como era esperable, sufrió un paulatino y constante proceso de deterioro.

La suma de distintos intereses que se aglutinaron el enero pasado permitía visualizar un conjunto de alianzas de sectores que estaban condenadas a ser más que temporales.

Una de las causas tiene que ver justamente con la diversidad de intereses de clase y económicos puntuales.

Aquellos sectores que reclamaban a gritos el alza del dólar atentaban contra sus aliados más inmediatos; en su desesperación por obtener mejores ganancias en las ventas, se enfrentaban a todos los integrantes de la cadena agrícola que necesitaban un dólar más bajo o sin subas para sostener costos y compras de insumo.

Los sectores asalariados, movilizados como en la época feudal por sus patrones, o como en la era de los caudillos a una guerra que no era suya, bien podían empezar a sospechar que la promesa patronal de mejorar el negocio para repartir el ingreso chocaba con la demanda de desregular las condiciones laborales.

Los torpes intentos de aprovechamiento político por parte de dirigentes del Partido Nacional tuvieron un efecto de implosión, públicamente de bastarda maniobra político-partidaria, con una suerte de erróneas señales desde el comienzo del movimiento.

Las firmas de la proclama de los autoconvocados permitía visualizar que, salvo la Asociación Rural y la Federación, ninguneados desde el vamos por los alzados, pertenecían a sectores que ocupan un lugar en la cadena agrícola que poco tenía que ver con los productores, algunos de ellos chicos y medianos, encandilados e indignados, manijeados, o respondiendo a sus lealtades partidarias.

Las mochilas de Eduardo Blasina no podían tener otro final que colaborar a que una parte de los autoconvocados se volcaran a la aventura de organizar ese engendro de Un Solo Uruguay.

Rematadores de ferias ganaderas, escritorios rurales, prestamistas, transportistas, vendedores de máquinas e insumos agrícolas, importadores, cámaras empresariales, escribanos, y toda una serie de gente que acompaña este movimiento pero que encuentra en otros espacios, organizados o no, lugar para sus lamentos, formaron parte de una multisectorial legión al servicio de unos pocos.

Todos fueron por su tajada

Los esfuerzos de Blasina desde su columna en el diario El País y otros dirigentes de mostrar a USU como una suerte de movimiento social no cuajan; en estos días además, varios productores y asociaciones de productores han salido a separar tantos.

Son una parte de los sectores dominantes, los que portando un discurso virulento saben que no pueden seguirles el tren a los sectores más radicales de la reacción.

Uruguay no es Brasil ni Argentina, y aún en este país hay gestos que políticamente no pagan; podrán exigir hasta el hartazgo que las medidas tomadas no alcanzan, pero las medidas que el Ejecutivo tomó como parte de dar respuestas a sus demandas operó como una bomba de fragmentación a la interna de ellos mismos.

Sin zanahoria

El otro dato fundamental de este enero con respecto al pasado es que no tienen la raíz anaranjada frente a sus ojos que los impulse a caminar.

Lo que denominaron el tarifazo de fines de 2017, y que generó un peculiar estado de ánimo de descontento, fue vital para su aglutinamiento y movilización.

Cuando los tiros contra las medidas económicas del Poder Ejecutivo dejaron de surgir efecto, los problemas reales de rentabilidad del sector volvieron al tapete, y algunos de los grupos movilizados dramatizaron acerca de su crisis real.

Ni una sola mención a las altas rentas, a la colocación en los mercados internacionales y el cambio de precios, al retiro paulatino de algunos sectores de capitales extranjeros que habían dado cierto dinamismo a algunos sectores productivos y un ninguneo constante de las medidas adoptadas por el Ejecutivo, como la rebaja del gasoil productivo y la energía.

Ojo lleno

Sin embargo, subjetivamente, la capacidad de movilización de un sector con posibilidades de hacerlo puede dar lugar a confusiones.

Al igual que la concentración en Durazno el año pasado, las caravanas de camionetas 4×4 y vehículos de alta gama generan una sensación de movilización importante, sobre todo en una temporada que buena parte de la ciudadanía está dedicada a correr olas.

Pero, y acá estamos en problemas, comparado a una izquierda que ha perdido cierta capacidad de movilización y convocatoria.

Las fuerzas en pugna como desde siempre son desiguales y asimétricas; una Coordinadora del Frente Amplio debe hacer un esfuerzo económico y político para movilizar a sus simpatizantes y solo el impulso de contrarrestar y defender desde la indignación permitirá una concentración importante.

Los autoconvocados cuentan con el dinero suficiente a pesar de llorar crisis y, como se vio en Durazno el verano pasado, las empresas de transporte pueden a su costo trasladar el personal que tendrá franco ese día a cuenta de ir a la movilización.

En ese sentido, y viendo la experiencia del año pasado, sacar la cuenta nuevamente de cuánta gente llena el espacio convocado, aunque sea importante, no es lo vital.

Lo vital está en poder seguir visualizando qué sectores son los que siguen movilizados, ofician de motor, de locomotora y de vagón.

Nos vemos en las urnas

 El Frente Amplio no debería cometer la ingenuidad -cartas vistas- de otras fuerzas políticas progresistas en la región.

El dejar de apostar a la movilización popular, a la necesidad de respuestas públicas contundentes, a dejar que el problema lo enfrente solo el Poder Ejecutivo o el Parlamento, se paga en la lucha con la derecha. En el estado actual de la lucha política en Uruguay, no hay entre los que quedan de los  autoconvocados o de Un Solo Uruguay nadie que vaya a cambiar sus convicciones, su discurso, o volver a dar una carta de crédito a las fuerzas progresistas.

Porque lo decíamos en artículos el año pasado y lo sostienen otros compañeros de mejor pluma que esta: la derecha logró después de muchísimo tiempo un sector movilizado, afín al discurso y al programa político sostenido por los partidos tradicionales, en particular el Partido Nacional.

La falta de zanahoria que a ellos les impide juntar más fuerzas es apenas un argumento en el debate político a nuestro favor para demostrar que es un grupo que, en realidad, tras la máscara de defender la producción, el trabajo nacional y de ser los portavoces del campo, vienen a sustituir un gobierno que durante tres décadas distribuyó parte del Ingreso y la riqueza.

29
Ene
19

gobierno del FA avanza …

Foto principal del artículo 'El futuro de la izquierda'

El futuro de la izquierda

escribe: Manuel Laguarda

El primer centenario uruguayo permanece aún en el imaginario nacional como un momento pujante de un país modelo. Tenemos que pensar, diseñar, anticipar el Uruguay del segundo centenario. Las preguntas son tres: ¿en qué medida ha cambiado en las últimas décadas el vínculo de la izquierda con el futuro y con los horizontes utópicos?; ¿cuáles serían en este momento las utopías de la izquierda, cuáles sus modelos de sociedad deseados?; ¿la socialdemocracia es lo máximo a lo que podría aspirarse, en qué medida puede sostenerse el socialismo/comunismo como horizonte y con qué contenidos y orientaciones?

1. Es un lugar común constatar que el vínculo de la izquierda con el futuro y con los horizontes utópicos se ha desdibujado en las últimas décadas. La izquierda se constituye asumiendo la herencia de la modernidad y de la ilustración. La crítica a la realidad existente, la razón como herramienta para la elaboración de un saber orientador y emancipatorio, prerrequisito y anticipo de la propia emancipación individual y colectiva. Un proyecto de sociedad acorde con ese ideal emancipatorio, la utopía en la que se daría el despliegue de todas las potencialidades humanas y la idea del progreso ínsita en la marcha de la historia hacia ese ideal. Para hacer posible todo eso, la izquierda jerarquizará el valor de la igualdad: la libertad será posible si todos pueden acceder a una igual libertad.

El socialismo sumará la crítica al capitalismo y la superación de la propiedad privada de los medios de producción, y el marxismo querrá fundamentar en la ciencia el inevitable colapso del capitalismo y el acceso a una nueva sociedad.

La salida del capitalismo a la crisis de 1973 pasa por la tercera revolución industrial y, en el plano de las superestructuras, por el pensamiento posmoderno, que pone en tela de juicio todo lo anterior, especialmente a las cosmovisiones omniabarcativas y a la inevitabilidad del progreso en la historia.

A esto se suma que por medio de un proceso complejo implosionaron las sociedades del llamado socialismo real. En rigor, no habían llegado al socialismo, sino que, como fruto de sus contradicciones, estaban trabadas en la transición del capitalismo al socialismo. La principal de ellas oponía el dominio de la burocracia reinante con las amplias masas de trabajadores. Esto frenaba el desarrollo de las fuerzas productivas, dificultaba el acceso a la tercera revolución industrial, ahogaba a la democracia y, en definitiva, llevó al colapso del modelo.

La caída del socialismo real es el fracaso de una vía autoritaria de construcción del socialismo y deja la lección de que sin democracia no hay socialismo.

Fracasa también un modelo que se propone la desaparición del mercado y la concentración de la propiedad en el Estado. Y fracasa también el marxismo-leninismo en tanto construcción ideológica que justificaba el dominio y las políticas de la burocracia.

A mi juicio, el colapso de estas sociedades, cuya realidad era invocada como la prueba de la validez científica de estas concepciones, no significa el fracaso del marxismo ni del ideal socialista. Pero era el paradigma ideológico más extendido en la izquierda mundial, lleno de certezas, coherente, compacto, omniabarcativo, con supuestas respuestas para todas las cuestiones, que idealizaba lo propio, ponía todo lo malo afuera, promovía en forma inconsciente la autocensura.

Su caída dejó un gran vacío en el lugar de la utopía y del proyecto, y esto se agravó por varias razones.

Hubo que enfrentar inmediatamente la ofensiva ideológica del neoliberalismo, y eso hizo pasar a segundo plano la crítica a fondo del socialismo real, asumir plenamente su fracaso y las causas de este; todo esto imprescindible para seguir construyendo y avanzando.

Por otra parte, el socialismo democrático tampoco pudo elaborar una alternativa al mundo de la globalización neoliberal. Ante este debilitamiento –también presente en nuestra izquierda y una de las causas de su menor capacidad de entusiasmar y convocar– debemos reconstruir el proyecto y la utopía.

Sin el proyecto –con la mera referencia a la gestión– se pierden los sentidos del accionar propuestas que tengan la suficiente fuerza convocante para ser colocadas en el lugar del ideal de todos los integrantes colectivos que así se identifican entre sí y con el proyecto colectivo.

2. La utopía es la democracia, la radicalización de la democracia, que se afirma en lo político y se expande gradualmente a lo económico-social de tal manera que las cuestiones que hacen a la vida cotidiana de las personas no queden libradas al azar o al caos del mercado, sino que sean fruto de las opciones asumidas conscientemente por la voluntad democrática. Esto supone un largo tránsito que nunca concluye y descarta llegar a una sociedad o a un ser humano transparente, sin contradicciones y conflictos. Es una utopía ambiciosa, a la vez que abierta y en tanto proceso, supone utopías más realistas, más cercanas a nuestro presente, que son a su vez mojones en ese trayecto siempre abierto e inconcluso. Así, la utopía se encarna en lo que Immanuel Wallerstein llamaba utopística: partiendo de la realidad, avanzar experimentando caminos y diseños posibles:

  • La profundización y extensión de la democracia, la articulación de la democracia representativa y participativa, de la descentralización y desarrollo de los poderes locales.
  • La programación democrática, en un régimen de economía mixta, de fuerte peso orientador del Estado y progresiva difusión de las empresas autogestionadas.
  • El desarrollo tecnológico y de las fuerzas productivas, respetuoso del medioambiente, del empleo y de las opciones ético-políticas de los ciudadanos.
  • La reducción progresiva de las desigualdades, en la dirección de la renta básica universal y las propuestas de Anthony Atkinson y Rutger Bregman.
  • La educación y formación permanente para las nuevas ocupaciones y tecnologías. La difusión de un nuevo consenso cultural acerca de las bases de la vida social. La igualdad de género, el respeto a la diversidad y la superación del modelo patriarcal.

Todo esto es en su horizonte incompatible con el capitalismo. Se trata de superarlo no desde un solo centro autoritario y concentrador de todos los poderes, sino horadándolo desde arriba y desde abajo, en una suerte de reformismo revolucionario, que prioriza a la política sobre la economía, la democracia sobre el mercado y la ley sobre el contrato.

Si pensamos en la esfera internacional, el equivalente de todo lo anterior es la progresiva construcción de la gobernanza mundial democrática, superando la crisis mundial civilizatoria por una globalización con reglas democráticas, en la línea de las teorizaciones de Robert Cox y David Held. Y si pensamos en el Uruguay del segundo centenario y en la perspectiva de los próximos gobiernos de la izquierda, es la propuesta al país de un nuevo pacto que pasa por una nueva constitución, un proyecto de nuevo desarrollo que apunte a áreas específicas de nuestra economía potenciando valor agregado, tecnología y empleo calificado, y que se articule con una profunda reforma educativa, una nueva matriz universal de protección social para todos los habitantes, con independencia de su ingreso u ocupación, la erradicación de la pobreza y el combate a las desigualdades.

Una profunda y robustecida democracia, que apele a una ciudadanía ampliada, que recoja la voz de los sindicatos y de todos los sectores y movimientos sociales, pero que a su vez en su síntesis republicana trascienda las visiones corporativas y sectoriales. Todo esto va a implicar el debate, la lucha, el conflicto entre diferentes visiones e intereses presentes en la sociedad.

Sigo pensando que el proceso de gestación de una nueva constitución por intermedio de la Asamblea Constituyente, al comenzar la próxima década, puede ser el ámbito institucional, político y simbólico para forjar ese nuevo contrato hacia el bicentenario.

3. El término “socialdemocracia” tiene cierta ambigüedad. Puede referirse a la asociación de democracia y socialismo, o a una serie de partidos, sobre todo europeos, y a sus trayectorias concretas o a una concepción que apuesta a reformas sin plantearse la superación del capitalismo. En lo personal, pienso que socialismo y democracia son inseparables y entiendo imprescindible la superación del capitalismo por razones éticas y valorativas y por ser incompatible con la vida misma de la humanidad. Y en lo que respecta a los partidos y sus experiencias, me siento muy crítico con muchos de ellos, al mismo tiempo que reconozco que la experiencia concreta de los países escandinavos ha sido la más aproximada conjunción de libertad e igualdad de la historia.

Prefiero definirme simplemente como socialista, pero si hay que precisar o caracterizar más mi posición me autodenomino socialista democrático y no socialdemócrata, constatando al mismo tiempo que la izquierda uruguaya, cuya labor de gobierno ha estado cerca de la socialdemocracia, al mismo tiempo ha sido discursivamente más crítica con ella que con las fallas y fracasos del socialismo real.

Si por comunismo se entiende la experiencia soviética, no se trata de que la socialdemocracia sea un escalón inferior y aquel una meta posterior y más ambiciosa.

No podemos hacer aquí un balance ponderado, con sus luces y sombras, de todas estas experiencias. Lo cierto es que al socialismo no se ha llegado ni por la vía autoritaria ni por la vía democrática, y entonces es válida la pregunta de si el socialismo es posible.

No sabemos la respuesta. Al mismo tiempo, los conflictos y contradicciones del mundo contemporáneo, la crisis civilizatoria actual, hacen imprescindibles soluciones colectivas, racionales, solidarias y democráticas, es decir, lo que llamamos socialismo.

Más que preguntarnos si es posible, se trata de hacerlo posible. Para hacerlo posible, no se trata de repetir sino de aprender de la vida y de la historia. Y para eso lo primero es volver a nombrarlo.

Como decía Walter Benjamin, sólo hay realización del deseo si hay una representación figurativa de este.

Manuel Laguarda integra el Comité Ejecutivo del Partido Socialista. Este artículo forma parte del libro del autor Ensayos socialistas (octubre de 2018).

28
Ene
19

Uruguay y el gobierno del FA

Izquierda e igualdad … a pesar de la derecha criolla

escribe: Gerardo Gadea

La desesperación de las derechas en el mundo de convencer que la izquierda y la derecha “es cosa del pasado”, es una práctica habitual no solo en el Uruguay sino en el mundo entero. Más o menos los caminos ya están todos inventados.

Se apela a la “gestión” a “realizar las cosas mejor” y banalidades de ese tipo, que no comprometen ninguna opinión de fondo. Cuando un candidato se presenta casi exclusivamente con ese formato es un candidato que tiene poco para decir o que quiere esconder lo que realmente quiere hacer. Hágame caso, desconfíe.

Si hay una diferencia entre las izquierdas y las derechas en el mundo es la búsqueda de la igualdad. Así lo afirmaba Norberto Bobbio, filósofo y político italiano de prestigio inigualable.

A veces las izquierdas resignan el crecimiento en detrimento de la igualdad, otras veces las condiciones de vida de las grandes masas son tan penosas que primero se apuesta a crecer y luego se ocupan de la igualdad y en otras ocasiones se crece y a su vez se distribuye.

A la derecha solo le importa crecer. La igualdad no es un objetivo ya que el concepto es que cada cual tiene lo que se merece en función de su trabajo y lo que aporta, sin poner en consideración el punto de partida de cada individuo en contraposición a las izquierdas en donde el concepto reinante es que cada ser humano -por el solo hecho de nacer- tiene derecho a un piso mínimo de bienestar independientemente de su esfuerzo que aminoran el punto de partida. A partir de allí comienzan a pesar los talentos, las capacidades y el trabajo.

Son dos maneras diferentes de ver el mundo.

Uruguay apostó al crecimiento con la búsqueda de la igualdad y lo ha hecho a satisfacción.

Por el lado de los ingresos abandonó la neutralidad tributaria y el sistema regresivo y pasó a un sistema progresivo donde rompió con el desequilibrio anterior entre los impuestos a las rentas y los impuestos al consumo.

Por el lado de los egresos, el gasto social constituyó la base del esfuerzo de todos los uruguayos.

Los resultados están a la vista; son notorios y pueden analizarse a través del Indice de Gini.

Corrado Gini, estadista y economista italiano fue el creador de este Indice económico que lleva su nombre. Es utilizado para calcular la desigualdad de ingresos que existe entre los habitantes de un determinado territorio en donde si el valor es 0 expresa igualdad total y si su valor es 1 representa la desigualdad total. En consecuencia si el Indice es cercano a cero tenemos mayor igualdad y si se aproxima a 1 mayor desigualdad.

Uruguay tiene el mejor Indice de Gini de Latinoamérica con un valor de 0,391. En el año 2004 dicho Indice era de 0,45 por lo que la “década perdida” parece que obtuvo algún resultado en esta materia.

Le sigue Argentina de cerca a pesar que el último semestre del año pasado su economía decreció 4,2%, y con valores cercanos a 0,45 Ecuador, Perú, Chile y Bolivia en ese orden.

No es casualidad que la mayoría de los países que han mejorado sus índices de igualdad han tenido gobiernos de izquierda, apenas se cuela Perú en esa lista. Brasil no está en la lista -es la excepción que confirma la regla- ya que han decaído estrepitosamente todos sus indicadores.

De manera complementaria Uruguay tiene el mejor PBI per cápita de Latinoamérica 17.379 superando a Chile, Panamá, Costa Rica que son sus seguidores inmediatos.

Uruguay es el mejor de la clase en toda Latinoamérica en lo que refiere a la distribución del ingreso y el PBI per cápita. No está mal para una década perdida.

25
Ene
19

El fascismo en Uruguay

Memorias del Escuadrón … al amparo de gobiernos colorados y la complicidad de los blancos.

El poeta Íbero Gutiérrez, una de las víctimas.

Nota de: Semanario Brecha / Uruguay

El Escuadrón de la Muerte –como genéricamente se llama a una constelación heterogénea de grupos terroristas parapoliciales y paramilitares que operaron desde mediados de 1970 hasta comienzos de 1973 bajo la dirección de los ministerios del Interior y Defensa y de la Presidencia de la República– nació en la embajada de Estados Unidos en Montevideo. Fue impulsado por los agentes encubiertos de la cia –algunos con fachada diplomática, otros como asesores de la Agencia Interamericana de Desarrollo– que supervisaban la Dirección Nacional de Información e Inteligencia.

Por lo menos cinco funcionarios policiales de jerarquía integrantes del Escuadrón estuvieron a sueldo de la cia: los inspectores Víctor Castiglioni y Jorge Grau Saint Laurent; el comisario Hugo Campos Hermida; el oficial inspector Pedro Fleitas, y el fotógrafo policial Nelson Bardesio. También colaboraban con la cia tres civiles: el ex interventor de Secundaria y subsecretario del Ministerio del Interior Armando Acosta y Lara, el médico paraguayo Ángel Pedro Crosa Cuevas y el entonces estudiante Miguel Sofía, miembro de la Juventud Uruguaya de Pie (jup), una banda fascista que desde mediados de los años sesenta realizaba sistemáticos atentados y agresiones contra estudiantes y sindicalistas.

A partir de julio de 1970, el Escuadrón adquirió otra dimensión y proyección con la formación de grupos clandestinos que centrarían sus objetivos hacia lo que se denominaba la periferia del mln: familiares de guerrilleros clandestinos, abogados de presos políticos y activistas estudiantiles investigados por su posible vinculación con los guerrilleros. El cambio cualitativo fue la decisión de utilizar explosivos plásticos para los atentados y de concretar desapariciones y asesinatos a modo de represalia.

En setiembre de 1971, tres meses después de la desaparición del estudiante Abel Ayala, del asesinato de Manuel Ramos Filippini (cuyo cuerpo fue abandonado en unas rocas de Pocitos acribillado de catorce balazos y lacerado por múltiples torturas), y de la desaparición de Héctor Castagnetto (véase en este informe la confesión de Bardesio), el ministro del Interior del gobierno de Jorge Pacheco, el brigadier Danilo Sena, admitía explícitamente el vínculo oficial con las bandas parapoliciales. En un despacho a Washington el embajador de Estados Unidos, Charles Adair, resumía los términos de una conversación con el ministro: “Dijo que Uruguay en esos momentos estaba en guerra contra el terrorismo y que en esa lucha era necesario recurrir a todo tipo de acciones. Luego afirmó que existía una muy real posibilidad de que el mln, a través del temor, sucesivamente paralizara y neutralizara a todos los elementos que se oponían a su intento de destruir las instituciones uruguayas. El gobierno uruguayo tenía que demostrar que el mln no era todopoderoso y eran necesarios muchos y diferentes tipos de acción para comprobarlo”.

En diciembre de ese año un informe de la embajada estadounidense hacía un balance de la operativa del Escuadrón: “Existen serias dudas de que tales grupos hayan sido eficaces contra los tupamaros o los otros izquierdistas que constituyeron sus principales objetivos. La acción en menor escala de estos grupos distrajo la atención oficial y el esfuerzo por mejorar los programas antisubversivos de la policía normal, y a la vez despertaron cierta simpatía del público por las víctimas izquierdistas del ‘Escuadrón de la Muerte’”.

Una reflexión similar a la del ministro Sena, reproducida también en un documento desclasificado del Departamento de Estado, fue trasmitida en una conversación con diplomáticos estadounidenses por el entonces candidato presidencial Jorge Batlle. Batlle se lamentaba de que su derrota en las elecciones de noviembre de 1971 hubiera abortado un “plan” para la solución de la violencia, por lo que sólo quedaba combatir a la subversión “con sus propios métodos”.

La nueva estructura del Escuadrón exhibía, en el otoño de 1971, un nivel de decisión y de autorización de operativos que recaía en los subsecretarios del Interior y de Defensa. A lo largo de ese año ocuparon la subsecretaría del Interior el abogado Carlos Pirán, el coronel Julio Vigorito y el profesor Armando Acosta y Lara. En un nivel inferior se ubicaban los funcionarios que oficiaban de enlace: el coronel aviador Walter Machado, primero, y después el capitán de navío Jorge Nader Curbelo coordinaban con el Ministerio de Defensa. A su vez, el capitán de la Armada Ernesto Motto Benvenuto realizaba tareas de enlace del Estado Mayor Naval con la Jefatura de Policía. El inspector Pedro Fleitas, secretario del coronel Volpe (encargado por el presidente Pacheco del Registro de Vecindad), hacía de enlace con los jefes de los grupos operativos. Los jefes de departamento de la Inteligencia Policial (Castiglioni, Macchi, Campos Hermida) eran responsables de suministrar armas, explosivos, vehículos, cobertura y eventualmente personal.

El médico paraguayo Crosas Cuevas era de alguna manera el jefe operativo de varios grupos del Escuadrón. De las confesiones de Bardesio a los tupamaros surge que estaba en posición de dar órdenes al subcomisario Óscar Delega, al oficial Fleitas, al subcomisario Pablo Fontana y al propio Bardesio, quien oficiaba de coordinador entre los grupos (por lo menos tres) y el Ministerio del Interior.

Los miembros del Escuadrón se reunían en el estudio fotográfico Sichel, de la calle bulevar España, donde Bardesio revelaba las fotografías tomadas en el Aeropuerto de Carrasco de los pasaportes de viajeros con destino a Cuba, y que después entregaba a sus contactos de la cia en la embajada estadounidense. Una casa de la calle Araucana, en Carrasco, alquilada por el Ministerio del Interior, era otra base de operaciones del Escuadrón, regenteada por el paraguayo Crosas y Miguel Sofía. Algunas reuniones se efectuaron en el apartamento del embajador de Paraguay en Montevideo, en el edificio Panamericano, mientras que las instalaciones del Club Naval servían para sesiones de entrenamiento de miembros del Escuadrón.

Desde el Ministerio del Interior se desarrollaron los contactos con aparatos de inteligencia de Argentina, Brasil y Paraguay, con vistas a obtener apoyo para los grupos parapoliciales. Pirán –quien expresamente encomendó a Bardesio la formación de un grupo operativo que después se conocería como Comando Caza Tupamaros– negoció con la side argentina el desplazamiento de cuatro policías que realizarían entrenamiento en el uso de armas y explosivos. El acuerdo se tejió directamente entre el presidente Pacheco y el general Roberto Levinston, que había sucedido en la presidencia argentina al general Onganía. Uno de los policías que recibían los cursos, Nelson Benítez Saldivar, reveló que en el interin Levinston fue desplazado por el general Alejandro Lanusse, lo que generó inquietud respecto de la suerte que podrían correr los “estudiantes” en Buenos Aires. Benítez contó que a los pocos días fueron informados: “No se preocupen que hoy Lanusse confirmó el curso con el presidente Pacheco en comunicación directa”. Los contactos con Brasil fueron realizados por el comisario Campos Hermida por orden del subsecretario Acosta y Lara. Por lo menos dos funcionarios de la Dirección de Inteligencia se trasladaron a Brasil; ambos participaron en el asesinato de Castagnetto.

OTRAS APOYATURAS. La embajada estadounidense en Montevideo tenía una visión más general: un documento de diciembre de 1972 hacía un balance de “la asistencia de terceros países en seguridad interna”. Los asesores (el capitán Morgan, el coronel Kerr y teniente coronel Haynes) se manifestaban incapacitados para estimar el monto de la “asistencia abierta” que las fuerzas policiales y militares uruguayas recibían de sus vecinos, aunque suponían que, “en todo caso, no es ni grande ni decisiva para los esfuerzos antiterroristas de las Fuerzas Conjuntas”.
El mayor volumen de ayuda consistía en el suministro de municiones, armas cortas, gases lacrimógenos, y equipo de transporte y comunicaciones, e involucraba “varios milllones de dólares”; pero la principal ayuda “es el entrenamiento en las escuelas militares argentinas, así como en las de Brasil y España”.

Junto con la asistencia abierta –afirmaba el documento desclasificado por el Departamento de Estado– “hay también evidencia de que Argentina, Brasil y quizás Paraguay hayan dado alguna clase de soporte para los grupos uruguayos clandestinos antiterroristas. Tal ayuda no ha llegado a través de los canales militares regulares, pero sí a través de las respectivas agencias de seguridad en los dos países, el Servicio de Información del Estado (side) de Argentina, y el Servicio Nacional da Informação (sin) de la Policía Federal de Brasil”. El informe evaluaba que debía existir una “variedad de grados de coordinación en inteligencia” entre los servicios uruguayos y los de los vecinos.

Esta clase de “asistencia” encubierta desde Argentina estuvo “limitada al entrenamiento de unos pocos oficiales”. En cambio, afirma el documento, “los brasileños entrenaron a militares y policías uruguayos vinculados a grupos antiterroristas que pusieron bombas, secuestraron y hasta mataron a sospechosos de ser miembros de grupos terroristas de la izquierda radical”.

LAS ACCIONES. Ciertas armas y los explosivos plásticos llegaron a Montevideo por valija diplomática desde Brasil y fueron usados en el rosario de atentados que jalonaron la campaña electoral de 1971. Además de las decenas de atentados contra los locales de los comités de base del Frente Amplio, y contra las sedes de los partidos que lo integraban, un blanco predilecto del Escuadrón fueron los abogados defensores de presos políticos. Arturo Dubra, Dellacqua, Alejandro Artuccio y María Esther Gilio sufrieron atentados reiterados que destrozaron parcialmente sus casas. Profesores de enseñanza secundaria fueron objeto sistemático de atentados con bomba, así como editoriales, librerías e iglesias. Entre comienzos de 1970 y comienzos de 1972 se contabilizaron más de 200 atentados, 54 sólo entre noviembre de 1971 y marzo de 1972. Ni uno solo de esos hechos fue investigado por la Policía. Ningún responsable fue identificado (véase cronología del semanario Marcha).

Por lo menos en dos ocasiones el Escuadrón intentó asesinar al candidato presidencial del Frente Amplio, el general Liber Seregni, durante las giras de campaña electoral. Una emboscada planificada en Rivera logró ser eludida cuando la dirección del Frente Amplio cambió el recorrido de la caravana a último momento, gracias a un alerta. En Castillos la caravana fue tiroteada y en el tumulto durante un acto murió un joven de un disparo.

Otro asesinato planificado por el Escuadrón sucedió el 28 de febrero de 1972 y al parecer fue una respuesta directa al secuestro de Bardesio, ocurrido tres días antes. El cuerpo del estudiante Ibero Gutiérrez, de 22 años, fue abandonado en un baldío a pocos metros de la intersección de Camino de las Tropas y camino Melilla; exhibía fracturas múltiples y 13 impactos de bala. A su lado un cartel decía: “Vos también pediste perdón. Bala por bala. Muerte por muerte. Comando Caza Tupamaros”.

El 14 de abril de 1972, en función de las confesiones de Bardesio, los tupamaros desataron una violenta acción de represalia (véase cronología de Marcha) y simultáneamente enviaron a diversos legisladores los casetes con los interrogatorios al fotógrafo policial, transcripción conocida como “las actas de Bardesio”. Una mayoría parlamentaria prefirió ignorar las evidencias sobre la existencia del Escuadrón de la Muerte. De todas formas, los grupos paramilitares y parapoliciales dejaron de operar. Las Fuerzas Armadas ocuparon su lugar, y a partir de la declaración del estado de guerra interno desplegaron los mismos métodos pero en una dimensión superlativa, configurando el terrorismo de Estado que implicó la violación sistemática de los derechos humanos durante más de una década.

25
Ene
19

Maduro NO se va, gánenle en las urnas …

Realizaron concentración en apoyo a Maduro en la embajada de Venezuela

El embajador venezolano dijo que el planteo de Uruguay y México de dialogar “es lo que ha planteado Maduro estos diez años”. N

ANTE la IMPOSIBILIDAD de GANAR en las URNAS, APELAN al IMPERIO YANKY y a la DERECHA FASCISTA de la REGIÓN …

El embajador de Venezuela en Uruguay, Julio Chirino, asistió a una concentración que se realizó este jueves en apoyo a Nicolás Maduro y en rechazo a la asunción de Juan Guaidó como presidente interino. AdvertisementYou can close Ad in 3 s

Chirino habló con la prensa sobre la aprobación de Maduro del planteo de Uruguay y México de buscar una salida del conflicto a través del diálogo y dijo que se trata de “un planteo amparado en el respeto a la institucionalidad democrática, el camino que ha planteado Maduro estos diez años: diálogo, respeto a la Constitución y Estado de Derecho”.

Asimismo, el embajador dijo que Venezuela enfrenta una “grave amenaza” que es la “posibilidad de una intervención militar de Estados Unidos, anunciada por el presidente y el vicepresidente” de ese país.

“Esa amenaza es latente”, dijo Chirico. “En 2015 Estados Unidos nos declaró una amenaza militar para ellos”.

Asistieron a la movilización figuras políticas como Ernesto Agazzi, Juan Raúl Ferreira, Eduardo Rubio y Daniel Placeres.

22
Ene
19

Wilson …

CENTENARIO de WILSON

Tolerancia y amplitud …

EL SENTIDO POLÍTICO y ÉTICO de WILSON, JAMÁS PODRÍA ESTAR CON LA DERECHA HERRERISTA y MENOS CON SU CANDIDATO LUIS LACALLE POU. UNA DERECHA CUASI-FACHA …NO ES “WILSONISMO” !!

escribe: Juan Raúl Ferreira.

P

En el año del centenario del nacimiento de Wilson, hemos estado pensando en voz alta cómo podríamos recordar su figura. Es año electoral y eso trae aparejada la tentación de caer en homenajes que no sean tales, sino actos proselitistas. En el último número hablábamos de lo selectivo de algunos actos recordatorios. Se resalta un solo aspecto de su multifacética vida. El Wilson de la gobernabilidad, el interpelante, el combatiente contra la dictadura. Por eso llamamos a nuestra última nota ‘Un solo Wilson’ porque siempre fue el mismo, con aciertos y errores, actuando en circunstancias históricas cambiantes. Hoy hablaremos del respeto y la amplitud que debieran tener los homenajes de este año.

En el mundo, el debate de ideas ha dado paso a la confrontación; la riqueza del crisol de culturas, al racismo; la tolerancia a la diversidad, a la homofobia y el antifeminismo (algo más que machismo); y la contención, a la represión. Muy triste. Los presidentes se comunican por Twitter; la cooperación internacional dio paso a un nivel de enfrentamiento que tiene al mundo en vilo. La  anunciada guerra comercial cada vez se acerca más a la armada. Es más, aun en nuestro continente, hemos tenido que ver como se invita, desde organismos internacionales llamados a preservar la paz, a una invasión externa a territorio latinoamericano.

Lamentablemente -quizás no con la misma intensidad- en Uruguay se empiezan a sentir algunas de esas expresiones, tan ajenas a nuestra identidad nacional. Mi madre me contaba siempre que desde los nueve años le pedía que me llevara a las barras de la cámaras. Hoy no aguanto una transmisión televisiva de una sesión. Es cierto, es un fenómeno mundial. Pero antes nos enorgullecíamos de ser distintos. A mí no me gustaba mucho el mote de la “Suiza de América”, con el que nos conocían alrededor del mundo. Contribuyó a hacernos mirar a más a Europa que a nuestros hermanos de la Patria Grande. Pero, en cambio, me llenó de orgullo cuando, tras consolidarse la democracia en Costa Rica, se le empezó a llamar el Uruguay de Centroamérica.

Wilson fue un adversario temible. Nunca mezcló lo personal con sus ideas y posicionamiento político. Fue duro y respetuoso en el debate. Jamás llevo la legítima discrepancia al terreno del enfrentamiento personal.

Del grupo por el que ingresó por primera vez al Parlamento (lista 400), se alejaron muchos de sus grandes amigos. Emigraron al Fidel o directamente al Partido Comunista: Paco Espínola, Luis Pedro Bonavita, Luis Soares Netto, entre otros. Le apenó, lo discutió con ellos, pero nunca fue motivo de distanciamiento personal. Eran tres amigos que quería profundamente. Y siguieron siéndolo por siempre.

Todo esto habrá que tenerlo en cuenta a la hora de recordarlo. No se puede rendir tributo a Wilson con agravios y descalificaciones contra los que no piensan como uno. En esto, dicho en ánimo constructivo, las redes no han ayudado mucho. Pero los dirigentes, si lo son de verdad, deben de hacerse cargo de la conducta de sus militantes. Si en el Parlamento ante cualquier circunstancia insultan, los militantes hacen lo propio y muchas veces lo trasladan al campo de la violencia.

Dicho esto, queremos señalar dos ideas claves para este centenario: compartiendo o no sus posiciones, no debemos situarlo donde nunca estuvo. Respetar su derecho a no ser contemporáneo de este tiempo y, por tanto, no lanzar ideas en su nombre para un tiempo que no vivió. Repudió el neoliberalismo cuando fue ministro, cuando hizo oposición a los gobiernos de Pacheco y Bordaberry, durante el exilio y en cuanta conferencia dio en Uruguay y en el exterior luego del regreso. Reivindicó los principios esenciales de su programa del 71, “Nuestro compromiso con usted”, hasta su muerte. No digamos, en su honor, que este “era un mamarracho.” Ese “mamarracho”, según han hecho público algunos dirigentes, fue su bandera. La abrazó y abrazado a ella vivió hasta su último momento.

El gran desafío en su centenario es, pues, no hacer actos proselitistas. Reconocer que Wilson, como otros grandes del siglo XX, trascienden sus propias divisas. A veces, confundiendo posiciones personales con la investidura que se ostenta, se han celebrado actos -el año pasado- que fueron de extremo sectarismo. Esperemos que con el esfuerzo de todos este año no ocurra.

Ni unos ni otros podemos atrevernos a adueñarnos con fines electorales de su figura. Es de todos. Y el mejor honor que podemos tributarle es celebrar su huella juntos, quienes entendemos que se sirve mejor a sus ideales, desde un partido u otro. Si no, serían homenajes muy truncos, como diciendo: “Wilson, inscribí la propiedad de tu memoria en una escribanía”. Es como usar un homenaje para decirle: “Wilson, no entendí nada”.

22
Ene
19

Clásico: ganó PEÑAROL …

PEÑAROL GANÓ 2 A 0: EL BI CAMPEÓN URUGUAYO SIN TRANSPIRAR ESTIRÓ LA PATERNIDAD ANTE NACIONAL EN TORNEO DE VERANO …

21
Ene
19

el latifundio uruguayo

De victima a victimario … los políticos oligarcas y los latifundistas, roban, trafican y venden en pingües ganancias y con cara de hipócritas dicen; hay que vivir sin miedo, cárcel !! pa´los “pichis” …

nota: Portal U

Rumbo al desmantelamiento, no por falta de rentabilidad sino de credibilidad, el Movimiento Un Solo Uruguay, primero dejó en evidencia su intencionalidad político partidaria y más adelante quedó claro que lejos de ser las víctimas de los problemas que exponen son los responsables de los mismos, dando lugar a la mutación en redes ya se conoce como #UnChorroUruguay.

“Desamparo”, “Indefensión” repetían en sus discursos al hablar de abigeato. Una columna editorial de El País, escrita por ellos mismos, planteaba “El desamparo existe desde el punto de vista de la justicia, del económico y de la seguridad personal. Una grave coyuntura que no hace más que aumentar la desmoralización reinante entre pequeños y grandes productores, que sufren en carne propia la impunidad con que operan los delincuentes”. En noviembre llegaron a enviar un comunicado criticando al ministro Benech.

Mientras gritaban exponiendo el flagelo del abigeato, eran ellos mismos quienes montaban complejos sistemas para concretar este delito, lo que implica además ir en contra de la trazabilidad, es decir de la competitividad y valor diferencial de la carne uruguaya, de la confianza en los mercados que se abren y en los tradicionales, es decir de la “gallina de los huevos de oro”. Todo sea por hacer crecer sus arcas y de paso ir en contra del gobierno. Durante el cual, y vale la nota, la producción agropecuaria tuvo un crecimiento inédito.

Hace unos meses supimos, aunque no ocupó muchos minutos en los medios, que uno de los principales referentes de Un Solo Uruguay y miembro del Partido Nacional, Ramiro Olaso estaba involucrado en el robo de ganado por varios millones. Y ahora surge una nueva maniobra, valuada en 180 mil dólares, consistía en comprar animales denunciados a través de sus empresas ganaderas. La investigación permitió verificar informalidades en la confección de guías de propiedad y tránsito y en la colocación de caravanas, que no correspondían a las características de los animales comercializados, entre otras. Julio Eduardo Cabrera, el autor material del robo de los animales, primo del diputado nacionalista rochense Alejo Umpiérrez, se suicidó al quedar al descubierto la maniobra, pareciera que este es solo el principio. Hoy se anuncia la investigación por nuevos casos mientras Un Solo Uruguay y el Partido Nacional guardan un silencio profundo. Uno de los motivos podrá ser la vinculación de estos “negocios turbios” con el financiamiento del Partido Nacional. Recordemos que fue justamente Umpierrez uno de los principales oponentes a la ley de financiamiento de partidos al integrar la comisión parlamentaria que lo estudió.

No debió sorprender que recientemente, también en El País, se criticara fuertemente la trazabilidad y la inclusión financiera, elementos ambos que brindan garantías de transparencia, que reducen la posibilidad de estafas y evasión fiscal y fueron la herramienta para resolver estos casos. En definitiva se trata de eso, la lucha de un sector por aumentar sus beneficios a como de lugar, de la oligarquía de recuperar el espacio aquel donde maximiza sus ganancias.

Y para colaborar con la causa siempre están los medios. ¿Se equivocaron quienes titularon “empresarios” involucrados en abigeato? quienes dieron solo un nombre y resultó ser el de uno de los compradores, pero no incluyeron a los 4 que armaron el “negocio”. Parece extraña y quizá demasiado conveniente tal falta de rigurosidad y tantos errores periodísticos.


20
Ene
19

La JUP, pionera en ataques fascistas en Uruguay

Foto principal del artículo '¿Qué fueron la JUP y los escuadrones de la muerte? La extrema derecha en los 70'

¿Qué fueron la JUP y los escuadrones de la muerte? La extrema derecha en los 70

19 de enero de 2019 | Escribe: Gabriel Bucheli en Política | Foto: Ramiro Alonso

La detención de Miguel Sofía reabrió el tema de la reacción violenta en la predicadora.

La detención, a principios de este mes, del empresario mediático Miguel Sofía, prófugo durante una década, por su presunta participación en dos homicidios y una desaparición en 1971, volvió a hacer sonar el nombre de la organización de extrema derecha que habría integrado cuando ocurrieron los hechos que se le imputan: la Juventud Uruguaya de Pie. En esta investigación, el historiador Gabriel Buchelli cuenta la trayectoria de un movimiento que “quedó marcado por su complicidad en el anticipo de las prácticas del terrorismo de Estado”.

La Juventud Uruguaya de Pie (JUP) fue fundada en octubre de 1970 como resultado de la convergencia de agrupaciones juveniles de todo el país autodenominadas “demócratas”, enfrentadas a la creciente influencia del estudiantado izquierdista, hegemónico en la capital. De fuerte impacto público hasta su autodisolución en 1974, la JUP se manifestó a través de un repertorio de acciones colectivas (propaganda escrita y radial, activismo estudiantil, actos públicos en todo el país) y movilizó a un amplio sector de la población tras un discurso que conjugaba el patriotismo con el anticomunismo militante. Así, esta organización dio voz al sujeto social de derechas en un espacio simbólico fundamental en la disputa con las izquierdas: el ámbito juvenil. Su convocatoria, sin embargo, trascendió a ese espacio generacional.

Tras un cauteloso discurso inicial de respeto a las tradiciones partidarias blancas y coloradas, a partir de 1972 la JUP afianzó un tono crítico a la conducción de sus dirigentes. Con ánimo de constituirse en un movimiento político autónomo, enunció un proyecto caratulado como “revolución nacional”, de neta resonancia falangista, que la condujo a apostar al ajuste por el golpe militar. Desde ese discurso y esa práctica, el movimiento se vio envuelto en múltiples episodios de violencia política que marcaron a la época. La violencia derechista no estatal, que desde 1971 sacudió al país, encontró en la JUP un depositario natural, por ser el movimiento social de derecha de mayor visibilidad. Así, quedó marcada por su complicidad en el anticipo de las prácticas del terrorismo de Estado.

En mi investigación de largo aliento he tratado de mostrar que la JUP fue más que un mero instrumento de violencia política, y que se trató de un movimiento social que aglutinó detrás de las banderas del “patriotismo” y el “anticomunismo” a una vasta “reacción conservadora” frente a los portavoces del “caos”. Aquí, particularmente, trataré de mostrar el grado de protagonismo que la organización adquirió en el escenario de violencia de los años 1971-1973, a partir de prensa de izquierda y jupista, archivos desclasificados de Inteligencia policial e informes del embajador francés en Montevideo a su cancillería, además de entrevistas a protagonistas.

“Desde un tiempo a esta parte los voceros del comunismo pretenden confundir a la ciudadanía desprevenida del país con una andanada de ataques contra el movimiento de la Juventud Uruguaya de Pie. El más manido es la de imputarle todos los disturbios acaecidos en Secundaria. La JUP sería algo así como aparcera de la feroz policía en la provocación de conflictos, contra inocentes estudiantes de izquierda”, decía el 7 de octubre de 1971 La Mañana, periódico que publicaba una página oficial de la JUP en su “Edición del interior”.

¿Fue la violencia física un componente del repertorio de acción colectiva de la JUP? Hubo tres escenarios clave en los que se manifestó la violencia política derechista no estatal (o paraestatal): el estudiantil, el preelectoral (setiembre a noviembre de 1971) y un escenario más difícil de clasificar, en torno a la acción de los denominados “escuadrones de la muerte”. Estos tres niveles fueron parte de un continuo que iba acentuando su carácter cruento, ilegal y por ende, terrorista.

La conflictividad en la enseñanza

El despliegue movilizador de la JUP en los primeros meses de 1971 coincidió con prolongados conflictos en la enseñanza secundaria, fundamentalmente en liceos montevideanos; en algunos centros de estudios se produjeron graves enfrentamientos entre estudiantes de izquierda y de derecha. En este clima de radicalización, la JUP vino a dar un marco de reproducción y legitimación a las prácticas y discursos de los jóvenes de derecha. El eje del conflicto se centraba en la intervención de la enseñanza media que el Poder Ejecutivo aplicó entre febrero de 1970 y junio de 1971. Conviene repasar aquel controvertido escenario.

Para el sujeto social de derecha, la dilución del “principio de autoridad”, sobre todo en los liceos y especialmente desde 1968, resultaba exasperante. La hegemonía de las agrupaciones estudiantiles de izquierda, aliadas además a los sindicatos docentes de igual signo político, se hizo notoria. Desde tiendas de la derecha se reclamaba al Poder Ejecutivo, encabezado por Jorge Pacheco Areco, que se intervinieran los entes educativos, en contra de una fuerte tradición autonomista en todas las ramas de la enseñanza. Finalmente, la intervención en Secundaria y Universidad del Trabajo fue resuelta el 12 de febrero de 1970 mediante el decreto número 88, amparado en la aplicación de medidas prontas de seguridad. Se designaron consejos interventores para ambas ramas y el de Secundaria quedó presidido por el profesor Armando Acosta y Lara (ejecutado en 1972 por el Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros, que lo acusó de integrar el “escuadrón de la muerte”).

En De la reforma al proceso: una historia de la Enseñanza Secundaria (1955-1977), Antonio Romano afirma que la intervención era parte de un nuevo proyecto político pedagógico, que se profundizaría desde 1973, primero con la ley de educación “Sanguinetti” y luego con el golpe de Estado, y sustentado en los conceptos de “nuevo orden, nuevo hombre, nueva formación moral y cívica”.

La intervención chocó desde un comienzo con la cerrada oposición de la Asamblea de Profesores (órgano asesor del Consejo) y de los gremios docentes y estudiantiles, y aunó en su oposición a un arco muy diverso de la opinión política, desde los márgenes izquierdos hasta posturas del centro liberal. Para los sectores más organizados de la izquierda, el ámbito educativo se transformó en un espacio de acción política privilegiado. El Partido Comunista, según Gerardo Leibner (Camaradas y compañeros. Una historia política y social de los comunistas del Uruguay), lo definió como el principal conflicto social y político de 1970. Desde estos ámbitos se desataron importantes movilizaciones. “Del 22 al 26 de julio [de 1970], Montevideo parece un campo de batalla, con piedras, gases lacrimógenos por todos lados y barricadas que se erigen, se levantan, vuelven a instalarse.”, dice Julio María Sanguinetti en La agonía de una democracia: proceso de la caída de las instituciones en el Uruguay (1963-1973).

Para diluir la conflictividad, los consejos interventores suspendieron las clases el 28 de agosto de 1970 para luego clausurar el año lectivo el 4 de setiembre. “La medida de suspensión desnuda la imposibilidad del gobierno de restaurar el orden”, escribe Sanguinetti en el libro mencionado, publicado en 2008. Dicho por quien en 1970 era un diputado aliado al gobierno y luego se desempeñaría como ministro de Educación y Cultura del gobierno de Juan María Bordaberry, expresa el estado de ánimo del sujeto social de derecha: caos provocado por la izquierda, impotencia de la derecha para imponer el orden e inevitabilidad de la intervención.

La respuesta de los gremios de la educación fue la de organizar “contracursos” y “Liceos Populares”. Para Leibner, la movilización contra el cese de cursos “transformaba ante la opinión pública a los estudiantes agremiados de supuestos promotores del desorden en aplicados estudiantes deseosos de seguir estudiando”, aunque se puede dudar que esa haya sido la percepción predominante en el conjunto de la sociedad uruguaya. Amparado en un denso herramental mediático, el enfoque que señalaba a los gremios como los portadores del caos debió tener una fuerte audiencia, lo que, para Real de Azúa, respondía a un antagonismo establecido: “la concepción enteramente tradicional que de los fines de esa enseñanza profesa un sustancial sector de la población nacional y la otra, y tan distinta, que se involucra en la militancia de los sectores docentes y estudiantiles de posición más extrema” [en Partidos, política y poder en el Uruguay (1971 – Coyuntura y pronóstico)].

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Romano ha llamado “guerra pedagógica” al proceso educativo desplegado desde las altas esferas. Durante el año y medio de labor de los consejos interventores, “la función de los sistemas educativos ‘cambia’ y pasa a transformarse en un espacio de prueba de formas de socialización (despolitización) de los jóvenes, principales opositores al gobierno”. Para ello, debieron contar con el apoyo de un cuerpo docente dispuesto a colaborar, lo que implicó decenas de destituciones, y de un sector estudiantil dispuesto a “asegurar el cumplimiento de un año lectivo normal por todos los medios”. La JUP estuvo llamada, según Romano, a cumplir con esta última función.

Cabe señalar que la JUP nació en octubre de 1970, cuando los cursos ya habían sido suspendidos por el Consejo Interventor. Por ende, la presencia activa de esa organización en el conflictivo clima de la enseñanza solo pudo darse desde el momento en que los cursos fueron reiniciados, en marzo de 1971.

Un artículo publicado en La Mañana el 6 de mayo de 1971, en pleno conflicto entre las gremiales estudiantiles de izquierda y las agrupaciones “demócratas”, ilustra el discurso de la JUP para legitimar sus luchas: “Somos los que vamos al Liceo a hacer algo hasta que cumplamos 18 años y podamos trabajar. Somos hijos de familias que no nos usan de instrumentos de sus rencores políticos ni de sus situaciones económicas”.

A partir de marzo de 1971, en Montevideo y la zona metropolitana hubo focos de disturbios en los liceos Bauzá, 18, 9, el de Las Piedras, el IAVA y otros. Según el embajador francés, a fines de mayo, de veintidós establecimientos liceales de Montevideo, solo diez funcionaban más o menos normalmente, mientras que los otros estaban cerrados, ocupados o desorganizados.

Los consejos interventores cayeron el 12 de junio de 1971 por decisión parlamentaria, en una medida que Romano interpreta como una respuesta política ante el “alto grado de impopularidad” de la intervención. Fue una de las pocas ocasiones en que el gobierno de Pacheco claudicó ante el legislativo. El informe del embajador francés señalaba que “la extrema izquierda canta victoria”, pero entendía que ese enfoque era erróneo, y que solo se trataba de una maniobra táctica del presidente. Para él, el hecho de que nombrara de inmediato al ex presidente del Consejo Interventor, Armando Acosta y Lara, como subsecretario de Interior, era “un signo elocuente” de continuidades.

Desde entonces, la JUP sostuvo un discurso crítico al levantamiento de la intervención y a la acción de los consejos interinos, entendidos como una claudicación ante la presión sindical y estudiantil. “Todo el Gobierno ha entregado la E. Secundaria al control comunista. Todos nos damos cuenta”, decía La Mañana el 24 de junio de 1971. Para voceros de la JUP, había una actitud “entreguista”.

Naturalización de la violencia en secundaria

Resulta imposible hacer un recuento de las acciones violentas adoptadas por núcleos estudiantiles de izquierda y de derecha contra sus rivales. Los enfrentamientos a golpes de puño, con cachiporras e incluso con armas de fuego fueron frecuentes, según numerosos testimonios. Para los militantes de izquierda, la convicción de que los grupos “demócratas” actuaban con la protección –si no con la decidida participación de la policía, uniformada o encubierta– reforzó la radicalidad de sus acciones.

Uno de los mecanismos privilegiados por las gremiales estudiantiles, tanto liceales como universitarias, para penalizar a quienes definían como “fachos” fue la desgremialización. Si bien se trataba de una medida de carácter simbólico, su discusión y resolución en asambleas debió ambientar no pocos enfrentamientos. Cuando entrevisté a Hugo Manini Ríos –hermano del actual comandante en jefe del Ejército, Guido Manini Ríos, y nieto de Pedro Manini Ríos, fundador del diario La Mañana y cabeza de la derecha antibatllista colorada a principios del siglo XX–, opinó que “la violencia que soportaban los militantes de la JUP era mucho más moral que física. Como el caso de [Mario] Soca, que fue juzgado y desgremializado en la Universidad. Mi hermano Bruno, que fue desgremializado en Agronomía y no pudo seguir estudiando. Infinidad de casos”.

Sofía el “demócrata”

El 7 de mayo de 1971 El País informó sobre un ataque con pintura roja arrojada sobre la cabeza de un conocido militante “demócrata”: se trataba de Miguel Sofía. Fotografiado en el patio de un liceo, resultaba una imagen de corte impresionista, con la pintura roja corriendo por su barba y mejilla. Por entonces, Sofía era un militante de derecha conocido desde hacía ya algún tiempo en los ambientes de la militancia estudiantil.

Desde la última semana de abril de 1971 se vivieron disturbios entre estudiantes en varios liceos y el Bauzá se constituyó en el principal nicho de “resistencia” de la derecha a la hegemonía izquierdista entre los liceos de la capital.

El periódico socialista El Oriental, bajo el título “Los fascistas en acción”, responsabilizó a militantes de la JUP de haber ingresado el 27 de abril “con los revólveres en la cintura o con garrotes” al liceo mientras se realizaba una asamblea estudiantil “donde se trataba, precisamente, los manoseos y provocaciones que por parte de esos mismos elementos eran objeto muchachas y muchachos”. Según esta crónica, los atacantes dispersaron a los asambleístas a balazos, no habiendo “heridos graves de casualidad”. Al día siguiente, “la gente de la JUP” ocupó el local de estudios mientras padres y alumnos realizaban en la puerta un acto de desagravio por los hechos de la víspera. Los ocupantes dispararon nuevamente y la policía intervino para apresar a varios de los estudiantes que protestaban por la ocupación al grito de “fascistas, fascistas”. Tras esto, los agredidos marcharon hasta el Viaducto del Paso Molino, donde unos individuos volvieron a dispararles desde un auto. Los tiradores fueron vistos luego conversando con los ocupantes del Bauzá. Las víctimas de esos atentados identificaron a trece de sus atacantes, entre los cuales figuraba el Manco Ulises Fernández, “conocido agente policial, protagonista de graves sucesos desde hace tiempo en el Bauzá”, se informaba luego en sendos comunicados de los gremios estudiantil y docente, denunciando la responsabilidad del Consejo Interventor en este tipo de incidentes. En el análisis del órgano socialista, la policía y la JUP actuaban en connivencia, siendo la comisaría próxima al liceo “la base de operaciones” del grupo: “Bajo el alón protector del pachecato, al fascismo se le hace el campo orégano”.

De acuerdo al embajador francés, el Liceo Bauzá “fue teatro de actos de violencia de cierta gravedad, ya que estudiantes de tendencias opuestas se enfrentaron con armas de fuego (felizmente, sin alcanzar a nadie). Una nueva organización, la Jeunesse uruguayenne debout (JUP) [manuscrito: “de extrema derecha”, sobre tachado: “de tendencia fascista”], cuya formación fue suscitada por partidarios de la reelección del presidente Pacheco y que tendría apoyo de la policía”. Desconocemos qué fuentes manejaba el embajador, pero las referencias al vínculo JUP-gobierno-policía sugieren la existencia de un cierto sentido común al respecto en los circuitos de poder.

La violencia en los liceos se agudizó en el año y medio anterior al golpe de Estado de junio de 1973. Los testimonios dan cuenta de la generalización de una modalidad particular: el ataque a los institutos controlados por estudiantes de izquierda por parte de grupos externos, amparados frecuentemente en la acción de efectivos policiales. Uno de esos ataques, perpetrado el 11 de agosto de 1972, mientras se llevaba adelante una asamblea gremial en el Liceo 8, terminó con la vida del estudiante Nelson Rodríguez Muela, militante del Partido Comunista Revolucionario (maoísta). El grupo agresor, compuesto por unos quince jóvenes ajenos al instituto y encabezado por Enrique Mangini, entró disparando balas al recinto liceal. Detenidos por la policía, siete atacantes terminaron procesados por atentado a la propiedad privada, pero la causa por el homicidio fue archivada, hasta su reapertura en 2009. Más tarde, ya en dictadura, el grupo fue beneficiado por una amnistía a presos comunes.

La prensa de la izquierda presentó este caso y los demás de este tipo como ataques de la JUP. Esta respondió con su habitual retórica de invertir los términos de las responsabilidades: “Por fin encontraron el muerto”, tituló el semanario jupista Nuevo Amanecer, en tanto deslindaba toda participación.

La percepción de que los centros de estudios eran objeto de ataques de grupos de derecha quedó estampada en la “Plataforma de 5 puntos” que la CNT elevó al Poder Ejecutivo apenas iniciada la huelga general contra el golpe de Estado del 27 de junio de 1973. El reclamo por la “erradicación de las bandas fascistas que actúan impunemente en la enseñanza” reflejaba la relevancia que al asunto le daban las fuerzas de izquierda.

Para los medios de prensa de izquierda como El Oriental, el comunista El Popular y Cuestión, del Movimiento 26 de Marzo, no cabían dudas sobre la identidad jupista de los agresores en ese tipo de hechos. Cargada de adjetivaciones ideológicas (“fascista”) y connotaciones de clase (“nenes bien”), la JUP era presentada como un mero agente de acción represiva complementario de la policía y al servicio del gobierno.

Por su parte, el comunicado de los profesores tras los hechos ocurridos en el Bauzá en abril de 1971 agregaba algo de complejidad al asunto y proponía pensar en una distribución de tareas escalonadas entre diversos actores, al referirse a la “intervención de grupos armados que acatan las directivas de la JUP cuya vinculación con la Intervención se manifiesta en el hecho de que su presidente es secretario del Interventor Escanellas” (apuntaba a Gabriel Melogno, presidente de la JUP en Montevideo y efectivamente secretario de Antonio Escanellas). Esta tesitura ubicaba a la JUP como una superestructura próxima al poder político, a la cual respaldarían “grupos armados” que no necesariamente participaban en su orgánica.

La JUP dio su opinión sobre los hechos de abril de 1971 en su página del “suplemento verde” de La Mañana, bajo el título “Los hechos del Bauzá. Una juventud sana ante el fanatismo foráneo”. Todas las acusaciones de violentismo en su contra eran redirigidas contra sus enemigos. No se habría tratado de una ocupación, sino que el Bauzá fue “defendido, preservado… por estudiantes que se adelantaron al vandalismo de los izquierdistas, evitando que éstos se adueñaran de la casa de estudios”. La responsabilidad de la balacera era también redireccionada, acusando de la misma a los izquierdistas. En definitiva, no se había tratado de un enfrentamiento entre grupos políticos, sino “de estudiantes auténticos defendiéndose de fanáticos antipatriotas”. Se preguntaba luego: “¿Qué papel tuvo la Juventud Uruguaya de Pie en el episodio? Como Movimiento, ninguno. Como conglomerado de jóvenes que comprende sus ideales, desde luego entre los estudiantes que defendieron el Bauzá, había simpatizantes de la JUP”.

Esta manera de decir “no fuimos” pero “estamos con ellos” respondía a un dilema no resuelto por la organización. Por un lado, la JUP encontraba en aquellos núcleos de estudiantes “demócratas”, además de un marco de contención de la izquierda juvenil, el espacio para ganar adherentes y expandir su influencia, y por lo tanto no los podía defraudar. Por otro lado, a nivel público, era necesario para la JUP mantener la imagen de referente de la juventud “sana y patriótica” con la que se había lanzado desde el interior del país –su origen estuvo en Salto– y a la cual la proximidad con el escenario de violencia podía perjudicar.

Según dos ex dirigentes de la JUP que entrevisté, Hugo Manini y otro de iniciales GT, en el liceo funcionaba una agrupación “demócrata” llamada Siempre Bauzá, que combatía los supuestos excesos izquierdistas. Esa agrupación, de acuerdo a ellos, no respondía orgánicamente a la JUP, aunque hubiera entre ellos simpatizantes de la organización. GT y Manini reconocieron también que esa agrupación recibía apoyo externo de gente armada. Esto había sido resultado, según ellos, de que los comunistas hacían lo mismo, trayendo a obreros en camiones a castigar a los oponentes de sus camaradas liceales. Entre la gente armada que apoyaba a “Siempre Bauzá” ubican al grupo que comandaba el Manco Ulises, pero aseguran que la JUP siempre evitó el vínculo con ellos. “El Manco Ulises nunca fue de la JUP”, sino que “era una persona paga por los yanquis. Era policía. Tenía sus autitos”, dijeron.

El informe de la inteligencia policial sobre la JUP al respecto de los incidentes del Bauzá señala los mismos matices : “Asociación ʻSIEMPRE BAUZÁʼ. Tiene su sede en el mismo Liceo Bauzá, dirigida por un consejo regente de 3 miembros, con 300 inscriptos. Orgánicamente no depende de la JUP, pero sus integrantes son admiradores de la misma, asiduos concurrentes a su sede central y, en forma individual, estrechamente vinculados a la JUP”

El contexto preelectoral

Los meses previos a las elecciones de 1971 estuvieron jalonados por niveles de violencia política muy por encima de los habituales en la historia electoral del siglo XX. Eduardo Rey Tristán, en La izquierda revolucionaria uruguaya, 1955-1973, afirma que de 146 acciones violentas adjudicadas a lo que él llama “grupos paramilitares” en ese período, 95 se produjeron en 1971 y 46 en 1972. Los “atentados” de derecha contra personas causaron seis muertes. “Mientras las acciones de la izquierda revolucionaria se enmarcaron en estrategias más amplias motivadas por el propio carácter y objetivos de esas organizaciones, la acción paramilitar fue más limitada en sus formas, y se orientó principalmente contra las personas. Esto estuvo motivado sin duda por la diferente función que la violencia cumplía para estos grupos respecto a los revolucionarios. No había una estrategia a partir de la cual se pretendiese el poder, sino más bien era de represalia, de posible apoyo a la labor de las fuerzas de seguridad… o incluso, en ocasiones de puro y simple terror”, dice.

Al contrario de lo que ocurría con la violencia izquierdista, la mayor parte de los atentados derechistas quedaron sumidos en el anonimato. Las víctimas de la violencia necesitan poner nombre al agresor que no se identifica. “Detrás de esa mano, se mueven los verdaderos culpables; se mueve la JUP, una organización que no ha ocultado su definición ultraderechista. Se mueven otras bandas fascistas parapoliciales, ostensiblemente asesoradas por expertos estadounidenses y brasileños.”, decía El Popular en noviembre de 1971.

Entre el sinnúmero de acciones de violencia que involucran a la derecha en aquél contexto electoral, hay por lo menos uno que presenta una relación directa y comprobable con la JUP. El 10 de noviembre de 1971, la organización realizó un acto en Montevideo en la plaza Viera (en Rivera y Francisco Muñoz), tras el que se produjeron hechos graves de violencia. Hay dos versiones de los incidentes y totalmente contradictorias. Según El Popular, luego de finalizado el acto, un conjunto de participantes marchó desde la plaza en dirección este. A diez cuadras en esa dirección, en la intersección de Rivera y Pastoriza se encontraba un local de la Lista 1001, referente del Partido Comunista. Al llegar allí, “las hordas fascistas de la JUP” atacaron el local a balazos. Al producirse un tiroteo, acudieron la Policía y un vehículo del Ejército, emprendiéndola ambos contra los ocupantes del local y produciéndose detenciones. Tras los hechos se constataron dos heridos: el comisario Blas Fabregat y “el fascista” Jorge Washington Piñón, quien “era del Prado, “capanga de la JUP, lugarteniente del ʻMancoʼ Ulises… [los] vecinos lo señalan por andar armado”.

Según GT, efectivamente hubo una marcha por la avenida Rivera luego del acto, y al pasar frente al local comunista les dispararon desde adentro, lo que generó una reacción. GT señala que el comisario herido iba de civil acompañando a los manifestantes, y que Piñón era efectivamente del grupo de Ulises Fernández, pero que éstos últimos no eran orgánicos de la JUP, sino activos militantes anti-izquierdistas en el entorno de los liceos de Montevideo. Sobre presencia de éstos en el acto, respondió algo evidente: ninguna fuerza política puede controlar la asistencia a un acto público.

En nuestra percepción, a priori no parece razonable que desde un comité comunista se disparara espontáneamente contra una marcha rival. Esas no eran al menos las directivas que tenían sus militantes, más allá del margen de improvisación en que pudiera incurrir alguno de ellos. Parece más posible que, si es que se abrió fuego desde el local, fuera en respuesta a una provocación previa desde el exterior. No resulta evidente quiénes pudieron pergeñar una trampa como esa. Asignarle la responsabilidad a la JUP es elegir el camino más corto. Múltiples actores, incluida la JUP, podían beneficiarse del rechazo anticomunista que agitarían los medios de comunicación dominantes a dos semanas del acto electoral. Al día siguiente, El País tituló “Comunistas balearon a manifestación de la JUP en Pocitos” y La Mañana: “Frentistas atacan a asambleístas de la JUP”.

En el marco de aquella violencia preelectoral, la derecha también pudo presentar su “mártir”. El 6 de agosto de 1971 el joven Zapicán Arhancet, de 16 años, resultó muerto de un balazo mientras atentaba contra un comité de base del Frente Amplio. Se trataba de un estudiante del liceo Bauzá, hijo de un militar. Aún hoy, las versiones siguen impregnadas por la polarización de la época, e incluyen desde un inocente ataque con pintura a un intento de arrojar un cóctel molotov y la denuncia de que Arhancet y su acompañante portaban armas de fuego. Nadie fue procesado por el hecho, porque el juez entendió que se había tratado de un homicidio ultraintencional, producto de un disparo de su propia arma cuando el joven era desarmado por militantes frenteamplistas.

De acuerdo a Hugo Manini, el joven fallecido no era de la JUP, aunque sí probablemente fuera de la agrupación liceal Siempre Bauzá: “Era un muchacho que animado por una voluntad antiizquierda hizo algo y murió”. Al calor de los hechos, la JUP invocó esta muerte en un acto realizado en Durazno el 19 de agosto junto a padres y estudiantes “demócratas”; allí, según La Mañana, Manini tomó la palabra y dijo que era un ejemplo de que “el comunismo mata”. Una semana más tarde, Melogno, en un acto de la JUP en Minas, habló de una “ominosa ejecución”, aunque en ningún caso la JUP lo reclamó como militante de la organización.

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El campo de las derechas

El complejo mapa de la extrema derecha civil entre 1968 y 1971 incluye a numerosas agrupaciones asociadas a la violencia. Además de la JUP, actuaron el Movimiento Nueva Generación, de origen pachequista, la Coalición Renovadora de Estudiantes Independientes, el Movimiento de Restauración Nacionalista, presuntamente vinculado a la extrema derecha blanca, el grupo de apelativo fascista Movimiento Obrero Estudiantil Nacional Socialista del Uruguay, el Comando Oriental Anticomunista, que perpetró ataques contra sindicalistas de la salud en 1969, el grupo ultracatólico Tradición, Familia y Propiedad, entre otros; además, las agrupaciones estudiantiles como Siempre Bauzá, y las eventuales “bandas” reunidas para acciones puntuales, de lo cual el ataque al comité del FA en el que murió Zapicán Arhancet podría ser un ejemplo.

Actuaron también, desde la clandestinidad, los grupos denominados de manera genérica “escuadrones de la muerte”, que firmaron ocasionalmente sus comunicados o acciones con una variedad de nombres (Comando Caza Tupamaros, Comando Dan A. Mitrione, Defensa Armada Nacionalista, Comando Armando Leses, Brigadas Nacionales, MANO, Escuadrón de Justicia Oriental) y que cobraron en torno a cinco vidas de jóvenes izquierdistas, como refleja un documento de la embajada de Estados Unidos al Departamento de Estado. En las declaraciones realizadas por el agente policial Nelson Bardesio a los tupamaros que lo mantuvieron secuestrado con el fin de investigar las acciones de esos escuadrones, aquél menciona a Miguel Sofía y a Ángel Pedro Crosas como dos de sus integrantes, señalándolos además como pertenecientes a la JUP.

No se pueden descartar las conexiones entre las organizaciones que actuaban en la esfera pública, con las que lo hacían desde el plano de la clandestinidad, aunque los ex jupistas han rechazado terminantemente que Sofía y Crosas fueran integrantes de su movimiento y toman distancia respecto a todas las demás organizaciones mencionadas. “Con esos grupúsculos nunca quisimos saber nada”, asegura Hugo Manini, quien puntualiza que las relaciones entre la JUP y el Movimiento Nueva Generación (MNG) terminaron en una ruptura radical: “Nosotros no tuvimos grandes problemas con el MNG… hasta que un día quisieron copar la sede nuestra”. Efectivamente, el día 31 de enero de 1972 un grupo de hombres armados ingresó al local de la JUP en la Av. 18 de Julio. Bajo el título “Escándalo en la JUP: batalla campal con varios heridos”, Cuestión denunció que se había producido una disputa entre grupos rivales por la supremacía interna: “Manini, armado con metralleta, acusó de traición a otros dirigentes en plena reunión del Consejo Federal”. Según el semanario, Manini había llegado con “cuatro guardaespaldas armados con metralletas, gritando de forma histérica ‘la JUP es mía’”. El resultado habría sido que Gabriel Melogno se retirara herido y que Ricardo Trindade, dirigente de la JUP fuera detenido y luego procesado por “lesiones graves”.

Algunas conclusiones provisorias

En sus ataques contra el movimiento izquierdista, la derecha respondió con una diversidad de dispositivos, no necesariamente coordinados. Primero que nada, la represión lisa y llana –correspondiente al estado de excepción en el que el gobierno había colocado a toda forma de protesta– supuso el uso discrecional de la “fuerza legítima” del Estado, con un estilo que Álvaro Rico ha catalogado como “autotransformación del Estado de derecho en Estado parapolicial” (en Cómo nos domina la clase gobernante. Orden político y obediencia social en la democracia) entre 1968 y 1973, y la aplicación de resortes represivos propios de la “dictadura comisarial” desde junio de 1973.

En el plano de la sociedad civil, hubo tres niveles de acción. En primer lugar el de la JUP, protagónica en el interior del país y con intenciones de contrarrestar la hegemonía izquierdista entre el estudiantado montevideano. El movimiento fue adoptando un ambicioso proyecto político de alcance nacional, en el cual el asunto educativo era central por razones ideológicas y estratégicas. En el medio de la agitación incubada bajo la intervención de la enseñanza media, se posicionó claramente contra los “promotores del desorden”. A través de un arsenal mediático de peso (escrito y radial), la JUP se transformó en una voz relevante de la reacción conservadora en el campo estudiantil. Con un discurso plagado de referencias a la lucha contra los “traidores” y “apátridas”, de hondo sentido belicista, sus militantes no debieron ser ajenos a los enfrentamientos, más allá del rechazo público a la violencia del que la JUP era portavoz.

En segundo lugar, las agrupaciones liceales autoproclamadas “demócratas”, movilizadas por su rechazo al gremialismo de izquierda, y apoyados frecuentemente en núcleos de docentes y padres también autodefinidos como “demócratas”. Muchos de ellos pudieron afiliarse a la JUP o participar en sus actividades. Más allá de estar o no afiliados, todo parece indicar que el rótulo “JUP” constituyó para ese conjunto de activistas de derecha un marco identitario. Esto explica que para los militantes de izquierda no cupieran dudas de que era efectivamente la JUP la que los atacaba.

En tercer lugar, los grupos de choque, seguramente animados desde la fuerza policial mediante agentes encubiertos –lo que los izquierdistas llamaban “tiras”–, proclives a incidir con armas en las disputas interestudiantiles. En qué medida ese accionar policial estaba a su vez ambientado por la inteligencia estadounidense (como lo sugiere el testimonio de un ex jupista), es un extremo que no estamos en condiciones de probar, pero que encontramos muy plausible.

Por último, tenemos los “escuadrones de la muerte”. Las fronteras entre estos comandos, las fuerzas represivas del Estado, las estructuras partidarias y los movimientos sociales de derecha son difusas. La mirada de la izquierda ha quedado abonada por las “actas de Bardesio”, ciertamente creíbles, pero seguramente confusas e incompletas. Gonzalo Varela Petito, en De la República liberal al Estado militar, le adjudicó a esferas gubernamentales el recurso a la violencia parapolicial.: “Un ejercicio abierto del poder represivo no era fácil en la coyuntura [electoral de 1971]; se le complementó pues por la vía clandestina”. En esa dirección irían las apreciaciones que el por entonces líder del batllismo Lista 15, y socio del gobierno, Jorge Batlle, vertiera a la diplomacia estadounidense: “era necesario crear […] sin tantos miramientos, un grupo secreto que “solucionara” el problema de la guerrilla […] fuera de las autoridades legítimamente constituidas, como revela Clara Aldrighi en El caso Mitrione. A posteriori, Sanguinetti, por entonces compañero de militancia del recién nombrado, ha preferido explicar ese tipo de hechos como actos de “venganza […] por algún grupo clandestino presumiblemente de origen policial”, descartando así una orquestación partidaria o gubernamental. Su línea argumental no parece ajena a la intención de deslindar cualquier sospecha de complicidad de parte de una élite política que él mismo integraba.

Es posible que todas estas esferas de acción (fuerzas de represión estatales, JUP, grupos “demócratas”, fracciones partidarias, grupos de choque y “escuadrones de la muerte”) convergieran, generando un traspaso de activistas entre ellas que debió darse tanto de forma espontánea como también bajo mecanismos de infiltración. Algunos hechos y episodios evidencian que las relaciones entre los actores involucrados no se basaban solamente en normas de solidaridad.

En el clima de confrontación que atravesó el país, los actores que habían radicalizado sus posturas no pudieron mantenerse alejado de la práctica de violencia. El porte de armas fue relevado por la inteligencia policial y es asumido en las entrevistas a ex militantes de la JUP, aunque se le asigna un rol defensivo. Pero ese apelativo defensivo de su retórica no debe conducirnos al error. ¿Cuál es la distancia que media entre la autodefensa y la agresión armada? Ha sido en general un dilema difícil de resolver en la investigación acerca de escenarios de espiral de violencia. Si bien la JUP pretendió cultivar una imagen de organización “seria”, que se tuteaba con ciertas personalidades de los partidos tradicionales y con figuras de la Iglesia Católica y que, sobre todo en el interior, se rodeaba del apoyo de tradicionales “fuerzas vivas”, su discurso se cargó de un tono de belicosidad, cimentado en una lógica de guerra (amigo-enemigo), y apelando a la “energía” y la “virilidad” de unos militantes dispuestos a ofrecer “hasta la última gota de su sangre”.

Vale decir que en el campo de la derecha hubo una suerte de “división del trabajo” no explícita, probablemente no planificada, en la cual los grupos de acción directa desempeñaron un rol funcional a la estrategia general de la derecha uruguaya, la JUP incluida, permaneciendo sin embargo ésta inmune a evidencias contundentes de participación en hechos cruentos. Resulta razonable que una organización como la JUP no pretendiera involucrarse en batallas decisivas contra el comunismo. Su invocación al golpe militar desde principios de 1973 denota su confianza en las Fuerzas Armadas para cumplir con esa tarea. No faltaba en su prédica mediática una pretensión “intelectual” que podría reservarles un papel específico en un eventual ajuste autoritario. Tras autodisolverse, luego del golpe militar, varios de los activistas de la JUP escalaron posiciones en el sistema educativo.

19
Ene
19

Izquierda e igualdad

escribe: Gerardo Gadea

MENTIRAS de PATAS CORTAS de la DERECHA OLIGARCA del partido NACIONAL y su FURGÓN de COLA colorado …

La desesperación de las derechas en el mundo de convencer que la izquierda y la derecha “es cosa del pasado”, es una práctica habitual no solo en el Uruguay sino en el mundo entero. Más o menos los caminos ya están todos inventados.

Se apela a la “gestión” a “realizar las cosas mejor” y banalidades de ese tipo, que no comprometen ninguna opinión de fondo. Cuando un candidato se presenta casi exclusivamente con ese formato es un candidato que tiene poco para decir o que quiere esconder lo que realmente quiere hacer. Hágame caso, desconfíe.

Si hay una diferencia entre las izquierdas y las derechas en el mundo es la búsqueda de la igualdad. Así lo afirmaba Norberto Bobbio, filósofo y político italiano de prestigio inigualable.

A veces las izquierdas resignan el crecimiento en detrimento de la igualdad, otras veces las condiciones de vida de las grandes masas son tan penosas que primero se apuesta a crecer y luego se ocupan de la igualdad y en otras ocasiones se crece y a su vez se distribuye.

A la derecha solo le importa crecer. La igualdad no es un objetivo ya que el concepto es que cada cual tiene lo que se merece en función de su trabajo y lo que aporta, sin poner en consideración el punto de partida de cada individuo en contraposición a las izquierdas en donde el concepto reinante es que cada ser humano -por el solo hecho de nacer- tiene derecho a un piso mínimo de bienestar independientemente de su esfuerzo que aminoran el punto de partida. A partir de allí comienzan a pesar los talentos, las capacidades y el trabajo.

Son dos maneras diferentes de ver el mundo.

Uruguay apostó al crecimiento con la búsqueda de la igualdad y lo ha hecho a satisfacción.

Por el lado de los ingresos abandonó la neutralidad tributaria y

el sistema regresivo y pasó a un sistema progresivo donde rompió con el desequilibrio anterior entre los impuestos a las rentas y los impuestos al consumo.

Por el lado de los egresos, el gasto social constituyó la base del esfuerzo de todos los uruguayos.

Los resultados están a la vista; son notorios y pueden analizarse a través del Indice de Gini.

Corrado Gini, estadista y economista italiano fue el creador de este Indice económico que lleva su nombre. Es utilizado para calcular la desigualdad de ingresos que existe entre los habitantes de un determinado territorio en donde si el valor es 0 expresa igualdad total y si su valor es 1 representa la desigualdad total. En consecuencia si el Indice es cercano a cero tenemos mayor igualdad y si se aproxima a 1 mayor desigualdad.

Uruguay tiene el mejor Indice de Gini de Latinoamérica con un valor de 0,391. En el año 2004 dicho Indice era de 0,45 por lo que la “década perdida” parece que obtuvo algún resultado en esta materia.

Le sigue Argentina de cerca a pesar que el último semestre del año pasado su economía decreció 4,2%, y con valores cercanos a 0,45 Ecuador, Perú, Chile y Bolivia en ese orden.

No es casualidad que la mayoría de los países que han mejorado sus índices de igualdad han tenido gobiernos de izquierda, apenas se cuela Perú en esa lista. Brasil no está en la lista -es la excepción que confirma la regla- ya que han decaído estrepitosamente todos sus indicadores.

De manera complementaria Uruguay tiene el mejor PBI per cápita de Latinoamérica 17.379 superando a Chile, Panamá, Costa Rica que son sus seguidores inmediatos.

Uruguay es el mejor de la clase en toda Latinoamérica en lo que refiere a la distribución del ingreso y el PBI per cápita. No está mal para una década perdida.




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