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Nov
17

posdemocracia

La posdemocracia

 

escribe: Nicolás Ariel Herrera

 

Pensar que el régimen que se impuso sobre el nazifascismo hace setenta y dos años y que emergió como el único dominante en el mundo luego de la caída de la Unión Soviética, haya llegado a su fase final, es trágico. También es cierto que, así en el primer mundo como en América Latina, el ciudadano se muestra hostil a sus gobernantes y a cualquier forma de autoridad institucionalizada, así sea la maestra, el médico, el sacerdote o la policía. El hombre común de nuestro tiempo es negativo, reactivo. Rechaza involucrarse en partidos e ideologías.

Destrata y desconoce a sus representantes, legisladores o presidentes, y se muestra reacio a concurrir a la votación, o prefiere cambiar de partido, votar a desconocidos, mejor si son ajenos a la política. A la gente le molesta el sueldo de los legisladores y se escandaliza por sus gastos o sus viajes al exterior, se siente expoliado por el estado y piensa que las empresas estatales son escandalosamente deficitarias y permanentes fuentes de corrupción y negocios turbios. En el primer mundo se habla de la “posdemocracia” y se piensa que ese alejamiento del ciudadano, su individualismo y su creciente desinterés y egoísmo por los asuntos de la sociedad, constituyen pasos irreversibles hacia una paulatina “desdemocratización”.

Se entiende que el ciudadano ya no confía en sus representantes y no delega su soberanía, sino que exige que la autoridad se gane el derecho a gobernar todos los días. No quiere compromisos pero se reserva el derecho a juzgar y criticar. Para unos, son individualistas que no tienen interés alguno en los asuntos públicos. Para otros, ellos siguen de lejos la política y prestan atención cuando el asunto les afecta. Entonces, ejercen su derecho al veto.

En estos pueblos surlatinos, sometidos al reiterado castigo de dictaduras sanguinarias y rapaces, el ciudadano se sintió engañado, incluso “estafado”, por la promesa de que la democracia traería consigo un amanecer de progreso e igualdad de oportunidades. La realidad fue muy distinta a sus ingenuas ilusiones. Los pueblos vivieron luego las desastrosas consecuencias sociales de las políticas neoliberales de los años noventa, con sus hiperinflaciones, la venta de empresas públicas y la terrible explosión económica y social de los años 2001-2002.

No era eso lo que querían.

Pero el enquistamiento en la sociedad de conductas, actitudes y modelos totalitarios heredados de las dictaduras, cuyas raíces se nutrieron y crecieron entre la misma gente que las invocó, sobrevivió.

Al momento de celebrar 30 años de democracia, los medios universitarios argentinos convocaron a sus mejores académicos y publicistas de jerarquía, titulados en ciencias sociales, quienes asumieron el desafío de interpretar ese descontento que desnuda el “malestar” de los ciudadanos con la democracia. Isidoro Cheresky, Osvaldo Iazzeta, Lucas Martín, Francisco Naishat y Hugo Quiroga, en “Pensar la Democracia Hoy” (Biblos, 2014) recogieron los sobresaltos de la sociedad argentina a la salida de la dictadura (1983) y ante las ruinas de la década menemista.

Dicen en su Presentación:

“Desde hace un tiempo se registra un malestar ante la democracia que se deja ver en la opinión, el abstencionismo, el veto ciudadano, el estallido y otras formas más o menos activas de la expresión de la desconfianza y del rechazo ciudadanos”.

Refiriendo a las esperanzas en la democracia dicen que “las promesas que se ponían a la cuenta de este régimen no sólo no se cumplieron sino que parecieron haber sido traicionadas, en primer lugar por la constatación del aumento de la desigualdad social, pero también por otros motivos que se repiten en diversas latitudes: el recrudecimiento de distintas formas de violencia, el patrimonialismo y las mafias enquistadas en el poder, la petrificación de élites poderosas, la degradación de las condiciones de vida (ambientales, urbanas, etc.) entre otros”. Advierten “Una nueva polarización que (en Argentina) ha llevado a incorporar en el lenguaje cotidiano el término de “crispación” y el de “grieta”…y… “ha repuesto en la escena pública la frontera política dictadura-democracia”.

Contracara de esa conflictividad, “la también señalada deriva hacia la impolítica, la pospolítica o la posdemocracia, es decir diversas denominaciones de la retracción de una ciudadanía hacia formas de acción extrañas a lo común y compartido, a la política, y que pueden dar lugar a las tutelas políticas. Como sea que fuere, tanto las minorías intensas reunidas en torno del rechazo o del veto, como las minorías intensas en torno a una identidad política, o un líder, descansan sobre una sociedad voluble y plural, y sobre una legitimidad en discusión permanente”.

¿Hay algo después de la democracia? ¿Serán regímenes tutelados por un “gran hermano”? ¿Surgirán (se permitirán) las expresiones de los oprimidos?

El mundo ha cambiado y, con otros actores, la democracia ha mutado.


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