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Sep
17

los terratenientes de uruguay

El discepoliano discurso del patriciado

escribe: Hugo Acevedo, Analista

 

En un discurso de fuerte impronta discepoliana pronunciado en la ceremonia de clausura de la Expo-Prado 2017, el presidente de la Asociación Rural del Uruguay, Pablo Zerbino, fustigó ácidamente al gobierno al mejor estilo de un dirigente político opositor.

Su alocución fue una paráfrasis de un célebre fragmento del mítico tango “Cambalache” del dramaturgo y compositor argentino Enrique Santos Discépolo, que reza: “el que no llora no mama y el que no afana es un gil”.

Esa reflexión, naturalmente despojada de lenguaje lunfardo acorde al linaje social del orador, sintetiza la proverbial cultura de la queja que ha verbalizado históricamente la oligarquía vernácula.

Obviamente, la letra de esa magistral partitura musical también sentencia que “es lo mismo el que labura noche y día como un buey que el que vive de los otros”. Esa aseveración es una perfecta metáfora sobre las relaciones laborales que rigen en el campo, donde los explotados peones se desloman cotidianamente para que sus patrones vivan como reyes.

Por lo pronto, la pieza oratoria del pope ruralista revela la creciente politización del alto empresariado uruguayo que, a medida que se acercan las elecciones de 2019, se alinea cada vez más con las colectividades partidarias que representan sus rancios intereses de clase.

Históricamente, esta corporación de elite nacida hace ya 146 años, ha apoyado a los gobiernos más conservadores y reaccionarios e incluso a la dictadura liberticida.

Esa es tal vez la condecoración más importante que ostenta la ARU, protagonista de la recurrente expoliación a la cual han sido sometidos los trabajadores rurales en nuestro país, ante la aquiescencia de los gobiernos de derecha.

Erigiéndose en una suerte de abanderado de los reclamos de sus socios, Zerbino esbozó una suerte de plataforma de gobierno, como si la institución fuera un auténtico partido político.

Aunque admitió que el agro ha tenido una década de crecimiento sin precedentes durante los gobiernos del Frente Amplio, el dirigente insistió en agitar el tradicional sonsonete de la presunta pérdida de competitividad, atribuyendo la reducción de puestos de trabajo en el sector a los costos salariales.

Deberían sentir vergüenza por exigir una moderación en las retribuciones de sus empleados que siguen siendo de hambre, pese a las mejoras experimentadas a partir de 2008 cuando se implantó la negociación colectiva en el agro.

Al respecto, es pertinente recordar que los laudos establecidos en la última ronda de los Consejos de Salarios sin acuerdo patronal, fijaron una remuneración mínima de 17.219 pesos para un peón y de 20.736 para un capataz, en el sector arrocero.

En lo que tiene relación con los tambos, los sueldos oscilan entre los 14.751 pesos para un trabajador y los 20.736 pesos para un capataz de establecimiento.

En tanto, para los demás sectores, con excepción del azucarero, el salario es de 14.795 pesos para un peón y de 20.786 pesos para un capataz general.

¿Podrían estos oligarcas mantener su nivel de vida y su status de privilegio con los emolumentos irrisorios que perciben sus trabajadores?

Obviamente, en la sesgada visión de estos señores feudales contemporáneos los más de 90.000 empleados son un mero ejército de reserva de parias cuasi marginales que viven en la periferia de la sociedad, cuyo único valor es económico en tanto fungen como mera fuerza de trabajo.

Zerbino reclamó una rebaja de los costos operativos, rasgándose las vestiduras por el valor del dólar. “El gobierno utiliza el tipo de cambio como ancla para controlar la inflación, retroalimentando el proceso de apreciación de la moneda y el aumento de los costos en dólares del país”, aseveró.

Su afirmación se contradice radicalmente con las políticas aplicadas por el gobierno en la materia, ya que, hasta el pasado mes de agosto, el Banco Central del Uruguay invirtió

2.200 millones de dólares para mantener la competitividad y evitar fluctuaciones de la moneda que no se correspondan con factores estructurales y con la tendencia internacional.

Por supuesto, también se lamentó por el creciente aumento del gasto público y por la presión fiscal, en alusión al incremento de la Contribución Inmobiliaria Rural y al Impuesto al Patrimonio, que, en su opinión, “no debería existir”.

Parece insólito que el sector de mayor capacidad contributiva y más alto nivel de concentración de la riqueza, se queje por tener que pagar tributos que cualquier propietario paga.

Si la política impositiva fuera justa, la imposición al trabajo sería menor y los mayores gravámenes se concentrarían sobre el gran capital y los propietarios de los medios de producción que ostentan la mayor porción de la renta.

Zerbino criticó también las políticas y resultados en materia de educación, salud y seguridad, que, paradójicamente, son las tres áreas del Estado definidas como prioritarias. Por supuesto, no es cierto, como afirma, que los desempeños educativos en las evaluaciones internacionales sean cada vez peores.

Como si no fuera suficiente, cuestionó las regulaciones laborales vigentes, que, a su juicio, “atentan contra la productividad”.

Evidentemente, tanto Zerbino como sus colegas de las restantes cámaras empresariales, sueñan con la utopía capitalista de un Estado prescindente y omiso en el cumplimiento de sus obligaciones.

No en vano se han negado reiteradamente a negociar y acordar con sus trabajadores en las sucesivas rondas de los Consejos de Salarios, violando abiertamente la normativa legal.

El desiderátum en materia de cinismo fue cuando Zerbino afirmó que “el gobierno debe trabajar más sobre la pobreza y no tanto sobre la distribución. La riqueza antes de repartirla hay que generarla. La riqueza se genera con el trabajo de las empresas privadas quienes son las que generan recursos genuinos”.

Aparentemente, el dirigente ruralista no se enteró que los gobiernos del Frente Amplio abatieron la pobreza del 40% al 9%, merced a políticas públicas de asistencia a los sectores más vulnerables y estrategias de generación de empleo, financiadas con los impuestos que ellos no quieren pagar.

Obviamente, Zerbino se afilia a la apócrifa teoría del derrame, para criticar la distribución de la riqueza y reivindicar el modelo concentrador al cual le rinde religiosa pleitesía.

En el sector agropecuario -que es calificado eufemísticamente como el motor de la economía nacional- la distribución de la renta sigue siendo groseramente asimétrica.

Aludiendo nuevamente a “Cambalache”, del egregio Santos Discépolo, “¡…que falta de respeto, qué atropello a la razón…!


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