27
Jun
17

izquierda vs. derecha en la región

Empate hegemónico en América Latina

escribe: José Natanson

Durante una década y media, Venezuela y Brasil funcionaron como los modelos polares de la izquierda latinoamericana, como las referencias de los respectivos ejes bolivariano y lulista. La diferencia no radicaba tanto en la política económica, porque procesos de estilo chavista como el de Bolivia y Ecuador se acercaron más en este aspecto a la prolija ortodoxia brasileña que al zafarrancho venezolano, ni en el carisma de los líderes, verificable en Hugo Chávez tanto como en Lula, ni en la enorme revolución simbólica que implicó la llegada de un político sin educación formal al poder, como fue el caso de Lula y Evo pero no de Correa y Chávez.

La diferencia fundamental pasaba por la decisión de convocar, apenas iniciado el mandato, a una reforma constitucional que sentara las bases para una refundación del país, como sucedió en Venezuela, Bolivia y Ecuador pero no en Brasil, Argentina, Uruguay o Chile. El reseteo institucional bolivariano habilitó un programa más radical, no en términos sociales, porque el impulso de inclusión de Argentina o Brasil fue igual de exitoso que el de Venezuela o Ecuador, sino políticos, en la medida en que habilitó un margen de acción más amplio para sus líderes, a su vez menos condicionados por estructuras partidarias fuertes como el PT o el peronismo.

Quince años después, una mirada de conjunto sugiere que la izquierda bolivariana todavía se mantiene en el gobierno mientras que los presidentes más moderados han sido desplazados del poder: en términos de continuidad, no necesariamente de resultados, el chavismo le ganó al lulismo.

Pese a ello, los dos países simbólicamente más emblemáticos del giro a la izquierda se encuentran atravesando largas crisis políticas. La de Venezuela es, por su carácter violento, anómico y desesperanzado, la más grave: así como el proceso chavista fue el que llegó más lejos en su afán de radicalizar el rumbo de cambio, el que creó más programas sociales, estatizó más empresas y se declaró más anti-imperialista, fue también el que se alejó más kilómetros del modelo de democracia liberal, el que tensionó sus límites con más fuerza, y el único que admite la reelección indefinida.

¿La radicalidad de la reforma socioeconómica venezolana se relaciona con su creciente autoritarismo institucional? En otras palabras, ¿cuál es el vínculo entre contenido y método? Sin aventurar una respuesta definitiva, apuntemos que la situación se encuentra trabada, entre un chavismo que controla la Fuerza Armada Bolivariana, que no es un aparato externo al gobierno sino una parte orgánicamente integrada a él, que cuenta con el flujo de recursos permanente de las exportaciones de petróleo y que, pese a todo, conserva cierto apoyo popular –como dice Pablo Stefanoni, los pobres no bajan de los cerros (1)–. Frente a un gobierno que perdió su condición mayoritaria pero que todavía aguanta, se recorta una oposición en permanente tensión y conflicto, sin un liderazgo ni un programa unificados.

En ambos bandos hay sectores recalcitrantes que buscan salidas autoritarias o desestabilizadoras, en ambos bandos hay grupos armados sustraídos al control de los liderazgos, en ambos bandos hay ánimo de venganza. La principal responsabilidad le cabe al gobierno, porque controla al Estado y porque, a diferencia de otros momentos de furia, no está dispuesto a abrir una salida democrática a través de elecciones. La convocatoria a la Constituyente anunciada por Nicolás Maduro podría haber sido una oportunidad, sólo que no está claro que el esquema electoral, un curioso mix de representatividad y corporativismo, ofrezca garantías de limpieza (2). Una democracia implica que haya elecciones, pero también que no se sepa de antemano quién las va a ganar. Sin incertidumbre no hay democracia.

El panorama brasileño es menos sangriento pero no menos deprimente. Surgido de un impeachment contra Dilma Rousseff que cumplió prolijamente todos los procedimientos legales pero que olvidó el detalle de que no había delito que lo justificara, el gobierno de Michel Temer se propuso un amplio programa de reformas destinado a completar, con leyes regresivas en materia fiscal, previsional y laboral, el giro neoliberal iniciado por Fernando Henrique Cardoso en los 90. Sin embargo, la alianza entre sectores del Poder Judicial, los grandes medios y la Policía Federal, cuyas impactantes investigaciones habían resultado útiles como marco para impulsar el juicio político, se autonomizó hasta involucrar a prácticamente toda la clase política. El genio se salió de la botella y nadie sabe cómo meterlo de nuevo. Al cierre de esta edición, los principales actores políticos y económicos brasileños no habían conseguido un Duhalde, y Temer, aunque agonizante, seguía en el poder.

Brasil y Venezuela son países muy diferentes, experimentaron el giro a la izquierda de manera distinta y eligieron caminos opuestos –la conversión a la ortodoxia de Dilma, la profundización del “socialismo con capacidades especiales” en el caso de Maduro– para enfrentar la recesión económica. El hecho de que ambos, que durante años fueron el espejo en el que los otros países se miraban, atraviesen crisis severas, sugiere que estamos asistiendo a un retroceso amplio de la izquierda, confirmado por el resultado de las elecciones presidenciales argentinas del 2015, la derrota de Evo Morales en el referéndum para habilitar su reelección indefinida y las perspectivas de un triunfo de Sebastián Piñera en los próximos comicios presidenciales en Chile.

¿Cómo se explica este declive? Un repaso rápido incluiría el fin del superboom de los commodities, que terminó con la prosperidad de la última década e hizo más dificultoso y lento el crecimiento; el estancamiento de los progresos sociales, que detuvo o incluso revirtió los notables avances en materia de indigencia y pobreza y en menor medida desigualdad; y la dificultad para atender nuevas demandas ciudadanas, en particular aquellas vinculadas a los servicios públicos urbanos, como seguridad, transporte y educación. De hecho, casi todas las explosiones de descontento popular que estallaron en los últimos años en la región tuvieron a los servicios públicos en el centro de los reclamos.

En este contexto gris, el agotamiento de la imaginación política de la izquierda se intentó compensar con una sobrecarga retórica. La tensión entre, por un lado, los límites impuestos por los modelos extractivistas y, más en general, por el capitalismo global con el que ninguno de los gobiernos de izquierda terminaron de romper, y, por otro, cierta desmesura discursiva terminó resultando chocantes. Este exceso adoptó formas tragicómicas en el populismo caribeño venezolano, expresadas en las rutinarias apelaciones a divesificar una economía cada día más petrolera, pero se verifica también en la creciente dificultad de los gobiernos progresistas para ofrecer algo distinto, una perspectiva de futuro que vaya más allá de la mera preservación de los avances conseguidos. La izquierda se volvió conservadora, en la primera acepción de la palabra.

El resultado es que América Latina se encuentra paralizada en un “empate hegemónico”, según la definición clásica de Juan Carlos Portantiero: una situación en la que dos fuerzas en disputa tienen suficiente energía como para vetar los proyectos elaborados por la otra, pero ninguna logra reunir los recursos necesarios para asumir por sí sola el liderazgo. En suma, ningún grupo asume la dirección política del país en el sentido gramsciano de la expresión; ninguno puede presentar sus intereses como los intereses de toda la sociedad y formar un bloque histórico que modele un sentido común que la oriente en una dirección determinada.

El bloqueo de Venezuela, donde el gobierno perdió su histórico dominio pero la oposición no logra doblegarlo, y el impasse de Brasil, donde el bloque conservador ahora parece resignado a explorar un acuerdo con el PT (3), refuerzan la idea de parálisis. Incluso en aquellos países como Argentina, donde el macrismo se impuso limpiamente en las urnas, el giro neoliberal es menos pronunciado de lo que el gobierno quisiera porque las fuerzas que lo resisten todavía conservan recursos de poder importantes.

Por eso, aunque cuando elaboró su famosa definición Portantiero estaba pensando en la Argentina de los setenta, en la que el bando liberal-exportador y el bando industrialista-redistribuidor no lograban prevalecer, la idea de empate hegemónico resulta útil para pensar la situación actual, tanto a la hora de analizar la situación interna de muchos países como en una mirada más general de la región. Mientras México y Centroamérica siguen a merced de los cambios de humor del electorado estadounidense y los países del Pacífico continúan jugando su juego aperturista, el eje bolivariano resiste en el poder, aunque con sus capacidades disminuidas, y el Mercosur aguarda una definición de Brasil, sin el cual ninguna orientación política, buena o mala, es posible.

Como si hubiera pisado cemento fresco, América Latina camina con pasos pesados, insegura y desgarbada. Tras una década y media de hegemonía, la izquierda retrocede pero la derecha todavía no tiene el futuro asegurado.

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