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Jun
17

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Redes sociales favorecen viralización de fanatismos: experto

escribe: César Arellano García

Todos pueden defender sus creencias apasionadamente frente a quienes piensan diferente mientras no le hagan daño a los demás. Sin embargo, cuando esta defensa se vuelve extrema, desmedida e irracional y además busca agredir o incluso exterminar a quien piensa distinto, se puede caer en fanatismo e incluso en terrorismo.

Durante la mesa “Más ciencia, menos fanatismo, cuando las creencias se vuelven una obsesión”, que se realizó en el Museo de las Ciencias (Universum), de la UNAM, especialistas en el tema coincidieron que desde el punto de vista psicológico, el fanático sufre una distorsión cognitiva en la que solo abstrae un aspecto de todo el conjunto y olvida el resto. Por ello, está convencido de que su creencia es absolutamente verdadera y que todos los demás están equivocados.

“El fanatismo en su sentido más religioso y político es aquel que tiene una fe ciega y un comportamiento radical que no importa ni tiene límites con tal de obtener o conseguir lo que sus convicciones y creencias le dictan. Puede ser una persona violenta, iracunda, un actor que no tenga la capacidad de escuchar o dialogar porque detenta las verdades absolutas de Dios”, señaló Bernardo Barranco, especialista en asuntos religiosos, quien dijo que a nombre del fanatismo ha habido guerras.

Estas personas, expresaron los ponentes, tienen una necesidad compulsiva de defender sus creencias y experimentan cierto grado de paranoia, pues creen que todo amenaza su forma de percibir el mundo. Dependiendo el control que el fanático tenga sobre su propia conducta, puede ser o no peligroso para otros. “Es la exaltación de la violencia para poder defender sus convicciones y creencias, es decir, la violencia puede ser un instrumento, el autoritarismo con tal de obtener lo que ellos plantean”.

El especialista consideró que en el entorno internacional se registra un ascenso preocupante de los fundamentalismos. Algunos ejemplos son: el fundamentalismo islámico, el cristiano y el de Donald Trump, quien despliega un discurso xenófobo y racista.

Ciencia, sin capacidad contra fanatismos

Por su parte, el académico y sociólogo Raúl Trejo Delarbre manifestó que no hay motivos suficientes de que la ciencia más intensa, propagada, asimilada pueda combatir mejor al fanatismo. “Me gustaría tener una respuesta diferente y decir que entre más científicos y más brillantes sean nuestros académicos o mejores y más exitosas investigaciones tengan, o mientras más profesores con SNI III, más habremos contribuido a la reducción del fanatismo, pero no.

“Una parte de los fanáticos es un circuito excluyente de los demás. El fanático se conecta y se relaciona con aquellos que son como él. Quien cree sólo en el dogma de una secta está e acuerdo con quien comparte su punto de vista y no sólo excluye, sino si es un fanático radical llegan a ser muy violentos como hemos visto en el mundo y país en fechas recientes, quiere eliminar a los demás”.

Otra característica, añadió, es que son enemigos de la libertad, ya que están dispuestos —y en ocasiones hacen todo lo posible— a imponer sus creencias.

Para el investigador llama la atención sobre un tema de mucha actualidad: la difusión de mensajes de odio y discriminación en las redes sociales.

En ellas, dijo, al igual que en “la vida fuera de línea”, hay muchas expresiones de odio y discriminación. La diferencia es que cuando se hace a distancia, el anonimato permite eludir la responsabilidad de lo que se hace y dice. Por otro lado, las expresiones de odio son altisonantes en internet por la notable visibilidad que adquieren.

Los contenidos cargados de odio y desprecio, aseguró, experimentan en línea una especie de contagio enfermizo y morboso. Las actitudes de los fanáticos se contagian de modo más acentuado en las redes sociales, cuyo formato favorece que viralicen los contenidos que se ajustan a sus prejuicios, obsesiones y temores.

Ignacio Cuevas de la Garza, asesor del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, estimó importante no confundir a los fanáticos religiosos con los practicantes comunes de las religiones. Por ejemplo, hay 500 millones de personas en el mundo que profesan el Islam, mientras que sólo algunos de ellos son fanáticos religiosos y terroristas, añadió.

Un ejemplo, comentó, es la comunidad musulmana mexicana que rechaza categóricamente el terrorismo y las acciones de grupos fundamentalistas como ISIS.

El especialista llamó la atención sobre la necesidad de hablar y reconocer la diversidad religiosa de México para evitar la tentación de imponer creencias o negar la libertad de profesar cualquier fe.

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