Archivos para 19/04/17

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Abr
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Francia y el bloque social

Francia, una coalición imposible

Lejos de las bases

escribe: Bruno Amable

Desde hace 35 años, los programas de los grandes partidos de gobierno franceses no reflejan las esperanzas económicas de las clases populares, que no obstante representan más de la mitad del electorado. Contrariamente a los prejuicios sobre el fin de las ideologías, existe un bloque social de izquierda.

Entre las numerosas expresiones de la crisis política francesa se destaca la propensión de algunos candidatos o partidos a proclamarse “antisistema”. Así, Emmanuel Macron, ex ministro de Economía de François Hollande, y François Fillon, quien fuera primer ministro de Nicolas Sarkozy, adoptaron una postura rebelde en un intento por escapar al descrédito que golpea a la representación política. Ambos retomaron una táctica que resultó exitosa tanto en 1995, cuando Jacques Chirac se impuso ante el primer ministro saliente, Edouard Balladur, como en 2007, con un Nicolas Sarkozy que encarnaba una “ruptura” con un gobierno del que, sin embargo, había formado parte. Así fue como los dos candidatos de la derecha pudieron romper la maldición que, desde 1981, hace que el partido en el poder pierda sistemáticamente las elecciones.

Sin embargo, existe una manifestación de esta crisis menos visible pero más significativa: la imposibilidad de encontrar un equilibrio que permita articular un proyecto de sociedad –y sobre todo un modelo económico y social–, una coalición política capaz de conducirlo y una base lo bastante amplia para sostener esa coalición. Hasta 1981, la Francia de la V República ofrecía un ejemplo de este tríptico. Tenía una economía en fuerte crecimiento sostenida por un Estado social (aunque menos desarrollado que en los países de Europa del Norte) y promovida por una alianza que unía a una amplia parte de los ejecutivos y profesionales intermedios del sector privado con una minoría de obreros y empleados, todos ellos representados por una coalición que aunaba gaullistas y liberales (1).

Hasta la crisis de 1992, Italia constituía otro ejemplo de esto. El modelo económico del país se apoyaba en la modernización industrial, una alianza entre la gran industria, las pequeñas empresas del noreste y del centro con sus empleados, así como diversas fracciones de clases vinculadas sobre todo con la renta y el sector financiero. El conjunto se traducía en una representación política dominada por la Democracia Cristiana. Lo que ha caracterizado a Francia durante las últimas cuatro décadas es la búsqueda infructuosa de un tríptico con esas características.

En definitiva, la crisis política francesa puede definirse como la ausencia de un bloque social dominante, es decir, un cúmulo de grupos sociales cuyas principales expectativas en materia de políticas públicas y entorno institucional sean lo suficientemente tenidas en cuenta por la coalición en el poder como para generar cierto apoyo en retorno. La constitución de semejante bloque es el resultado de una estrategia que consiste en seleccionar las expectativas que se van a satisfacer, pero también, desde una óptica de largo plazo, influenciar sobre la conformación de dichas expectativas intentando circunscribir lo que se presentará como “realista”.

Bloques políticos, bloques sociales

Durante el período 1975-1983, se distinguen en Francia dos estrategias políticas opuestas, apoyadas en sendos proyectos de modelo económico y social. Tras la crisis de comienzos de los años setenta, la coalición de derecha, que se mantenía en el poder desde el comienzo de la V República, emprendió un vuelco neoliberal encarnado por Raymond Barre y su elección de una política de austeridad. Se producía un quiebre con la gestión tradicional, que había prevalecido hasta la infructuosa tentativa del plan de reactivación de Jacques Chirac, en 1975. La derecha buscaba el apoyo de un bloque social organizado alrededor de las categorías acomodadas, gran parte de los ejecutivos y dirigentes del sector privado, profesionales independientes, comerciantes e incluso agricultores. Asimismo, contaba con el apoyo de una minoría de las clases populares, obreros y, en particular, empleados del sector terciario, situados a la derecha por convicción religiosa o adhesión a los valores de orden y seguridad.

Frente a ella, la coalición de izquierda, que confederaba al Partido Comunista Francés (PCF) con el Partido Socialista (PS) y los radicales de izquierda, proponía, de manera conjunta desde 1972 y por separado después de la ruptura de la Unión de la Izquierda en 1977, un cambio de modelo económico. Los electores podían interpretarlo, con optimismo, como una transición hacia el socialismo o, más modestamente, como la puesta en práctica de un capitalismo socialdemócrata basado en un alto nivel del Estado social y combinado con la preponderancia de un sector nacionalizado, punta de lanza del crecimiento y el progreso. A partir de los datos de la encuesta poselectoral de 1978 del Centro de Investigaciones Políticas del Instituto de Estudios Políticos de París (CEVIPOF), se puede estimar que ese proyecto contaba con el apoyo de la mayoría de las clases populares (el 60% de los obreros y el 56% de los capataces) y del personal de servicios públicos. En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 1981, el 72% de los obreros y el 62% de los empleados se pronunciaron a favor de François Mitterrand. La convicción de que se apoyaba en una base social sólida llevó a éste a declarar que “la mayoría política de los franceses, expresada democráticamente, acaba de identificarse con su mayoría social” (2).

Treinta y un años más tarde, en 2012, fue posible observar hasta qué punto la “izquierda gobernante” se había separado de su base tradicional, dando la espalda a sus ambiciones transformadoras iniciales. La opción por el rigor en el período 1982 y 1983 significaba dejar de lado las principales expectativas de los grupos constitutivos del bloque sociológico que la sostenía. Esta contradicción entre las políticas económicas que la “izquierda gobernante” –sobre todo el PS– deseaba implementar y las expectativas de su base desembocaron en una crisis que los socialistas buscaron impedir, con mayor o menor convicción, intentando “renovar” el bloque social en el que se apoyaba su partido.

Los resultados de la encuesta electoral francesa de 2012 del Centro de Estudios Europeos (CEE – Sciences Po) muestran que una minoría de los obreros (el 45%) aprobaba a los partidos de izquierda (del PS a la extrema izquierda), cuando en 1978 eran alrededor del 60%. En ese año, el 46% del personal de servicio votó a la izquierda, cuando sólo el 35% lo hizo en 2012. Por el contrario, el apoyo de las clases diplomadas (ejecutivos del ámbito privado y la función pública) registró un fuerte incremento: en 1978, solo el 18% de los directivos y altos ejecutivos apoyaban a los partidos de izquierda; en 2012, los había votado el 43%. Del mismo modo, cuando sólo el 29% de los ejecutivos del sector privado había votado a la izquierda en 1978, la proporción trepaba al 45% en 2012. Por otra parte, la desafección de las clases populares por la “izquierda gobernante” alimentó más el nivel de abstención de lo que incrementó los resultados de la derecha y la extrema derecha. Según la encuesta de IPSOS sobre las elecciones regionales de 2015, el fuerte voto obrero por el Frente Nacional (43%) debe relativizarse por la abstención masiva de ese grupo (61%).

Algunos análisis estadísticos (3) más sistemáticos muestran un elemento crucial que, paradójicamente, se deja de lado en el debate público: el bloque social de izquierda seguía existiendo en 2012. Dicho de otro modo, algunos grupos identificables con ayuda de las categorías socioprofesionales del Instituto Nacional de Estadísticas y Estudios Económicos (INSEE) expresaban expectativas bastante representativas de una política de izquierda. Un tema que parece pasado de moda como el de las nacionalizaciones recibía, en 2012, una mayoría de opiniones positivas (4), con un apoyo más marcado de parte de los empleados públicos y una oposición sensible de las categorías con altos ingresos. El mismo tipo de antagonismo aparecía en temas como la reforma de las jubilaciones de Sarkozy, el aumento del impuesto sobre el valor agregado (IVA) o las políticas de reducción de la desigualdad. Así, contrariamente a las ideas en boga sobre la desaparición de las “viejas” divisiones, las preferencias en materia económica dibujaban una oposición izquierda-derecha en la población francesa, que se podía poner en relación con la estratificación socioprofesional.

Desde una perspectiva más amplia, en el fondo las oposiciones entre los grupos sociales sobre estas preferencias en 2012 no distan demasiado de las de 1978: las categorías con menores ingresos aprobaban la idea de una redistribución que, dadas, por lo demás, las mismas circunstancias, suscitaba la oposición de las categorías con ingresos elevados. Estas últimas, así como los profesionales independientes y los comerciantes, apoyaban la reforma jubilatoria de Sarkozy y mostraban cierta oposición a una extensión del sector público. El proyecto para reemplazar los contratos de trabajo existentes por un contrato único, flexible y con un nivel de protección que se incrementaba levemente en función del tiempo pasado en el empleo suscitaba la adhesión de los grupos compuestos por individuos diplomados, de cierta edad, y con ingresos elevados (el 60% de los ejecutivos y directivos se declaraban a favor), pero no la de las categorías populares (el 52% de los obreros y empleados estaban en contra).

“Ni derecha ni izquierda”

Si bien en 2012 todavía existía la posibilidad de que se constituyera un bloque que expresara las expectativas de la izquierda y un bloque de derecha con las aspiraciones opuestas, la simetría llega hasta allí. Porque las relaciones que mantienen las coaliciones políticas de derecha e izquierda con sus bases sociales respectivas se modificaron sensiblemente. La derecha debe encontrar un equilibrio entre las aspiraciones a las reformas neoliberales radicales que reclama una parte de su electorado (los profesionales independientes, los altos ejecutivos), pero que atemorizan a otra fracción (los asalariados intermedios del sector privado). Entonces, el problema recurrente de las coaliciones de derecha consiste en encontrar un vínculo entre aspiraciones divergentes. En este sentido, las decisiones de François Fillon, quien desea implementar un programa más radicalmente neoliberal de lo que ningún partido de derecha francés ha propuesto jamás, parecen dar pie a una profundización del problema más que a brindar una solución.

Por su parte, desde los años 1982-1983, la “izquierda gobernante” se niega a implementar una política que corresponda a las expectativas del bloque social que la lleva al poder. De ahí que esta coalición política –dominada por el PS– esté condenada a la búsqueda de un electorado alternativo que apoye las opciones fundamentales en torno a las cuales se articula su política económica: la integración europea y las “reformas estructurales” neoliberales, que podrían llegar a verse suavizadas por una política social “activa” y/o una política macroeconómica que le dé la espalda a la austeridad. Los grupos capaces de apoyar tal orientación se caracterizan por tener un ingreso y un nivel educativo relativamente elevados. Por esta razón, el frente que constituirían podría denominarse “bloque burgués”. Su centro estaría formado por altos ejecutivos de la función pública –históricos componentes del bloque de izquierda– y por ejecutivos del sector privado –que suelen formar parte del bloque de derecha–.

La estrategia política correspondiente no es nueva y fue explorada con distintos grados de éxito por los diversos representantes de la derecha del PS. En 1985, Jacques Delors convocaba a “los sabios de todos los bandos” (5) a ponerse de acuerdo en una política económica que mantuviera cierta estabilidad más allá de las alternancias políticas. Por su parte, Michel Rocard, a la cabeza del PS tras la derrota en las legislativas de 1993, buscaba en un “big bang” una solución de recambio para la alianza tradicional del PS con el PCF.

Hoy en día, quien encarna esta estrategia de modo más flagrante es Emmanuel Macron, quien, a pesar de sus pretensiones de novedad, reivindica un “ni derecha ni izquierda”, esgrimido con frecuencia en el pasado. El programa económico que impulsa puede adivinarse con facilidad leyendo sus obras de juventud, el Informe Attali (6), o examinando su recorrido como ministro, con la ley Macron. Sus orientaciones de política económica, favorables a la integración europea, las privatizaciones y la “liberalización” del mercado de trabajo, corresponden a la tentativa de constituir un “bloque burgués” que se presume dominante.

Sin embargo, hay un obstáculo para este proyecto. Ese electorado está constituido por grupos sociales diplomados y acomodados, pero social y políticamente minoritarios. Por lo tanto, una estrategia realista implicaría buscar un punto en común que permitiera incorporar otras tropas. Como el proyecto económico se apoya en reformas neoliberales rechazadas por la mayoría del antiguo bloque de izquierda, lo más probable es que los refuerzos provengan de fracciones que pertenezcan al bloque de la derecha (profesionales independientes e intermedios). Esa podría ser una solución para las contradicciones internas de la derecha: rechazar las categorías de la minoría política que se oponen con mayor fuerza a las “reformas estructurales” para aliarse con los grupos más favorables a ellas del antiguo bloque de izquierda. Sin embargo, es probable que esta mayoría política siga siendo sociológicamente minoritaria.

 

1.Véase Bruno Amable, Elvire Guillaud y Stefano Palombarini, L’économie politique du néolibéralisme, Rue d’Ulm, París, 2012.
2. Discurso del 21-5-81.
3.Véase Bruno Amable, Structural crisis and institutional change in modern capitalism. French capitalism in transition, Oxford University Press, Oxford y Nueva York, a publicarse en este mes de marzo. Los datos analizados provienen de las encuestas electorales francesas (Centro de Datos Sociopolíticos del Instituto de Estudios Políticos de París).
4. El 35% de los individuos expresaba una opinión negativa acerca de las nacionalizaciones y el 51% una opinión positiva.
5. Philippe Alexandre y Jacques Delors, En sortir ou pas, Grasset, París, 1985.
6. Macron fue relator de la Comisión para la Liberación del Crecimiento Francés, más conocida como “Comisión Attali”, que entregó su informe en enero de 2008.



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