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Abr
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Sanguinetti … falacias

Las recurrentes falacias de un manipulador

escribe: Hugo Acevedo / analista

Con recurrente frecuencia, el ex presidente de la República Julio María Sanguinetti destila su odio visceral contra el gobierno del Frente Amplio y contra la izquierda, luego de haber contribuido a devastar al país durante su segundo mandato y legarle a Jorge Batlle la herencia maldita que eclosionó en la dramática crisis económica y social de 2002.

Evidentemente, su resentimiento se origina en su condición de reconocido ultra-conservador y en la amarga frustración de observar- con indisimulable estupor- la radical decadencia de su propio Partido Colorado, luego de los tres sucesivos fracasos electorales que lo han transformado en una fuerza política cuasi testimonial.

En un reciente artículo titulado “Las mentiras oficiales de Tabaré Vázquez”, publicado en la página argentina Infobae, el octogenario ex mandatario se permite la osadía de acusar al gobierno de falsear la verdad en torno a la confirmada baja de la tasa de delitos en nuestro país, entre otros temas.

Al respecto, Sanguinetti afirmó, en un tono inequívocamente subjetivo, que Vázquez da una versión “de su realidad con datos y estadísticas que nada tienen que ver con los hechos”. Por supuesto, no aporta ninguna prueba que sostenga su tesis, acorde a su reconocida vocación de manipulador.

También consideró que Vázquez “oculta una personalidad autoritaria, soberbia e intolerante”, al tiempo de criticar ácidamente a los Consejos de Ministros que se realizan en el interior del país, a los cuales califica como “puestas en escena”.
No extraña que a Sanguinetti le molesten las instancias del denominado gobierno de cercanía, porque el presidió dos administraciones rabiosamente anti-populares, donde el contacto directo entre gobernantes y gobernados era una suerte de quimera.

Por supuesto, las reuniones de sus gabinetes ministeriales se celebraban todas a puertas cerradas a cal y canto y sólo transcendía lo que estaba permitido, acorde con su permanente estrategia de ocultamiento de la verdad.
Esta suerte de espécimen de la guerra fría –cuyo discurso sigue anclado en un tiempo pretérito- no dudó en golpearse el pecho proclamando que jamás había perdido una huelga.

Evidentemente, considera que doblarle la muñeca a los sindicatos y arrasar los derechos constitucionales de organizaciones que ostentan la representación de colectivos integrados por miles de trabajadores, es un mérito del cual puede orgullosamente ufanarse.
Julio María Sanguinetti es una suerte de “rey de la falacia”, lo cual está corroborado por su actuación pública de más de cincuenta años y hasta por sus libros “La agonía de la democracia” y “La reconquista”, en los cuales distorsiona groseramente la historia reciente y la contemporánea.

El ex presidente no ha dudado en elogiar reiteradamente al también ex mandatario Jorge Pacheco Areco como una suerte de “adalid” de la democracia, pese a que este gobernó con medidas prontas de seguridad, ordenó reprimir, encarcelar y militarizar a sindicalistas, estudiantes y opositores y cerró y censuró decenas de medios de prensa.

Obviamente, nadie debería olvidar que Sanguinetti integró el gabinete de Pacheco como ministro de Industria y Comercio y luego ocupó la titularidad de la Secretaría de Estado de Educación y Cultura, durante el período “legal” que precedió al golpe de Estado del también autoritario gobierno de Juan María Bordaberry.

Incluso, desde la titularidad de dicha Secretaría de Estado fue el autor material e intelectual de la Ley de Educación 14.101 de enero de 1973, que arrasó literalmente con la autonomía de los entes públicos de la enseñanza y vulneró groseramente los preceptos constitucionales en la materia.

Pese a esos oscuros antecedentes –que evidentemente lo condenan- Sanguinetti no duda en rasgarse las vestiduras y hasta se permite agraviar a la izquierda poniendo en tela de juicio su vocación democrática.

Esa conducta ambivalente y de permanente encubrimiento lo indujo a ignorar la existencia del escuadrón de la muerte durante la pre-dictadura y hasta a desestimar la existencia de niños desaparecidos en el gobierno dictatorial, cuando las evidencias de la realidad siempre demostraron lo contrario.

En ese contexto, negó su apoyo a la investigación emprendida por el poeta argentino Juan Gelman para encontrar a su nieta Macarena, quien fue entregada recién nacida a una familia sustituta en nuestro país luego del asesinato de sus dos padres por parte de fuerzas represivas argentinas y uruguayas.

Su vocación por la intriga la corroboró durante su primera presidencia -a la cual accedió en elecciones rengas por la proscripción de cientos de dirigentes políticos- cuando hizo caso omiso de las denuncias de violaciones a los derechos humanos perpetradas por la tiranía.
Como si no fuera suficiente, fue el mentor de la denominada Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, que –con el voto de los partidos de derecha- convalidó la impunidad de los delitos cometidos por el gobierno autoritario.

En ese contexto, en sus libros también omite referencias a la campaña de intimidación y de miedo lanzada por la derecha, para garantizar la ratificación de la controvertida norma en la consulta popular de 1989.

Incluso, es sabido, por testimonio directo de José Luis Guntín, en su libro autobiográfico “La vida te da sorpresas”, que llegó a censurar -en acuerdo con los propietarios de los canales privados de televisión- una publicidad en la cual Sara Méndez, quien clamaba por su hijo desaparecido Simón Riquelo, convocaba a sufragar por la papeleta verde para derogar la ley en las urnas.

Por supuesto, en los últimos treinta años ha defendido a rajatabla dicho engendro inconstitucional, que insiste en calificar como amnistía. Bien sabe el ex presidente que la susodicha herramienta jurídica sólo es válida si se investiga y se procesa.

Empero, desde la presidencia, no tuvo ni la valentía de cumplir con los artículos que establecen la obligatoriedad de investigar las desapariciones durante el gobierno autoritario.

Obviamente, en el presente convalidó el inmoral golpe de Estado parlamentario que culminó con la destitución de la presidenta constitucional de Brasil Dilma Rousseff, ratificando, una vez más, su alineamiento con las fuerzas más reaccionarias del continente.
Esa actitud es consecuente con sus posturas históricas, que lo han situado siempre en el lado opuesto de los intereses populares, acorde con su rancia ideología conservadora.

Sanguinetti no tiene credenciales para acusar a nadie de mentir ni de incurrir en actitudes autoritarias, porque toda su trayectoria política ha estado jalonada por la falacia y el subterfugio.

Nota de diario La República Uruguay

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