09
Abr
17

pepe mujica

Mujica: ¿El peor Presidente de la historia?

escribe: Pedro Buonomo

Cuando el cerebro humano recibe en forma continua (“machaque”) cierta información, hace que la misma tenga primacía sobre sus ideas y sobre sus propios actos, esto es algo ya demostrado por la Psicología.

De esta forma, el “machaque” de esas “impresiones” que el cerebro recibe, permea nuestras creencias e influye sobre nuestras elecciones. El que se crea tan libre como para pensar que a él no le pasa, pregúntese entonces por qué las corporaciones gastan miles de millones de dólares al día en el mundo para que compremos sus productos. No somos tan librepensadores como creemos, y los políticos (no solo las empresas) también lo saben, al igual que lo intuía Goebbels (“Una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad”).

Para reducir el impacto de este efecto algunos psicólogos nos sugieren “pensar despacio”. Someter a la duda ese bombardeo de ideas y valores que intencionalmente descargan sobre nuestras mentes a diario, los líderes y las organizaciones sociales, políticas y empresariales.

Es así que hemos asistido en los últimos años a un verdadero bombardeo con la intención de desprestigiar la figura de José Mujica. Por tirios y troyanos. La razón es casi evidente: desde hace años Mujica es, según las encuestas, el político más creíble para la población, y por lo tanto más peligroso tanto para los de adentro del Frente Amplio (FA) como para los de afuera.

Y es peligroso no sólo por ser creíble y popular, es peligroso porque se vale de su credibilidad y popularidad para predicar ciertos valores en la sociedad. Es eso lo más peligroso para todos los que lo atacan: su crítica al estar presos del consumismo como idea liberadora y la promoción de la austeridad como libertad, por ejemplo, pueden ser ideas muy peligrosas para el statu quo que utiliza la alienación como herramienta de dominación. En el fondo —y no tanto—, lo que hay es un tema ideológico que utiliza el “machaque” para eludir el asunto principal.

Para ellos entonces es necesario golpear su credibilidad, y para eso recurren a mentiras repetidas mil veces, a medias verdades, y a descalificaciones personales (desprolijo, no sabe gestionar, mal hablado, etcétera…).

Con cierta honestidad intelectual, sin embargo, se puede evaluar al gobierno de Pepe Mujica analizando diversos aspectos.

Se puede, por ejemplo, considerar los indicadores socioeconómicos tradicionales, como crecimiento económico, desempleo, inflación, inversión pública, déficit fiscal, salario real, pobreza, indigencia, mortalidad infantil, distribución del ingreso y otros. Y al hacer un primer esfuerzo de “pensar despacio” en cada uno de estos temas, resultará que el gobierno de Mujica no solo está muy lejos de ser el peor de la historia, sino que con continuidad y profundización de lo hecho por el primer gobierno del FA, califica entre los mejores, por lo menos en los últimos 60 años.

Se puede ir un poco más allá en el análisis, en el sentido de cómo las políticas públicas impulsadas contribuyeron a esos resultados. Por ejemplo: ¿cuánto influyeron los factores externos al crecimiento económico? o ¿cuánto influyeron las políticas domésticas en la mejora en la distribución de los ingresos? Es indiscutible que algunos factores externos fueron importantes (demanda china, tasas de interés internacionales), pero también es cierto que esos factores externos no pueden jamás explicar la reducción de la pobreza y la desigualdad, que se debe a las políticas internas. Con otras políticas internas, los resultados sobre la pobreza y la distribución podrían haber sido bien diferentes.

Se puede analizar también los avances realizados en la llamada agenda de derechos que no solo involucra leyes “progresistas del siglo XXI” como la despenalización del aborto, matrimonio igualitario, venta de marihuana, sino otras como las 8 horas para los trabajadores rurales o la formalización y consiguiente protección social para las trabajadoras domésticas. Es cierto que esta agenda de derechos no es propia de Pepe Mujica sino que representa valores de los uruguayos, pero no es menos cierto que nunca se había avanzado tanto en los derechos de las minorías como en los 5 años de gobierno de Mujica.

Por supuesto que es necesario incluir en el análisis aquellos aspectos más controversiales o por lo menos más difundidos por la prensa y los políticos de la oposición interna y externa (“machaque”), como los proyectos que no se concretaron y eran parte de la agenda del gobierno: la regasificadora, el puerto de aguas profundas, el desarrollo de la actividad minera, el desarrollo del ferrocarril. Cada uno de estos proyectos tiene características propias que se pueden analizar, y todos tienen la característica común de haber sido descartados, sin explicar demasiado las razones, por el gobierno actual. ¿Cómo se puede evaluar proyectos de largo plazo que no fueron siquiera comenzados? ¿Por qué no se comenzaron? ¿Cuáles son los grupos de poder y de presión que se oponen a estos proyectos y han logrado frenarlos?

Es imposible no incorporar al análisis el tema de las empresas públicas, sus inversiones, la pertinencia de las mismas y su gestión. Desde la explicación de las pérdidas de ANCAP hasta las inversiones en energía renovable de UTE hay un campo que exige un análisis mínimamente serio para sacar conclusiones. Por lo pronto es un tema que está lejos de estar laudado y en el que las versiones más difundidas son las menos objetivas, por decir algo.

Hay más aspectos a considerar. El cierre de PLUNA, por ejemplo. Pero también otros aspectos claves de la impronta de Mujica, como el FONDES, su fundamentación y sus resultados; el ICIR, que culminó con la aprobación de un impuesto al patrimonio a los inmuebles rurales, y por supuesto el Plan Juntos.

Un capítulo aparte es la política internacional, su visión de integración regional y el trabajo realizado al respecto, con fracasos y algunos éxitos, pero con una clara dirección estratégica. Esa, que ahora es criticada porque Brasil está teniendo un mal año, o dos, o porque Venezuela sufre las consecuencias de agresiones externas políticas y económicas, como si una estrategia de inserción internacional se desarrollara en función de una buena o mala coyuntura.

Cada uno de estos aspectos merece un análisis mínimamente serio y seguramente las conclusiones no serán unánimes ni aún entre los que tenemos una visión ideológica similar. Pero para aquellos que tienen una visión política diferente, necesariamente las conclusiones serán distintas. La honestidad intelectual exige explicitar “desde dónde” alguien está hablando, reconocer las diferencias, esas que no explicitan quienes trafican con el “machaque”. Interpretar la recomendación de “pensar despacio” significa también profundizar en el análisis, incorporar elementos políticos e ideológicos.

No es este el camino más fácil para analizar la acción política y sus resultados, pero sin duda es mucho más riguroso. Un análisis superficial de la realidad puede llevar a afirmar que en el gobierno de Pepe el país recuperó el famoso “investment grade” (abril 2012) que había perdido 10 años antes el gobierno de Jorge Batlle, e incluso que el crecimiento económico fue notoriamente superior en el período sin grado inversor que luego que se obtuvo el mismo. No parece que esta afirmación, a pesar de ser indiscutiblemente cierta, permita obtener conclusiones válidas. Analizando la evolución de otras variables como el déficit fiscal o el gasto público con una lógica similar se llegará a conclusiones igualmente poco confiables.

Lo anterior pretende fundamentar la tesis de que no es posible llegar a conclusiones similares en términos de evaluación política de un proceso social si se analiza desde ópticas ideológicas diferentes e incluso antagónicas. Se ha afirmado que en el gobierno de Mujica se agudizó el proceso de extranjerización de la tierra, aumentó la concentración de la misma, e incluso no hubo políticas para evitar el proceso de agudización de la concentración de la riqueza en general. Todo eso es también estrictamente cierto; sin embargo, una vez reconocido, lo que queda es analizar las alternativas. Es necesario analizar, proponer y elaborar políticas para enfrentar este fenómeno sin desconocer qué alternativas hay, y es imprescindible enmarcarlo en un proceso económico-político mucho más permanente que pone de manifiesto “lo que queda por hacer”.

Tal vez este sea el principal objetivo de un análisis serio y coherente: contribuir a elaborar la agenda política de futuro. Sin eludir temas controversiales como las políticas de seguridad y defensa, su relación con los avances en verdad y justicia, las políticas ambientales o la agenda educativa y de derechos pero incorporando dimensiones y categorías consistentes con una visión ideológica y política que incluya las estructuras de poder, las clases sociales y las relaciones de producción, tarea imprescindible para un proceso emancipatorio.

Para confrontar una posición ideológica dominante o hegemónica no es buen camino confrontar sobre el mismo conjunto de valores, referirnos a las mismas categorías o signos en que se basa el discurso hegemónico, sino más bien lo contrario; es decir, sobre un nuevo cuerpo de ideas y conceptos que deberán difundirse y discutir con la profundidad política que sea necesaria. Para esto se debe dar un profundo debate ideológico, es decir el desarrollo de un verdadero trabajo político. Se debe cuestionar severamente al discurso dominante y su cuerpo de ideas y valores, de otra forma estamos envueltos en la misma lógica dominante (por ejemplo, se discute sobre gestión y democracia) y “oficialismo” y “oposición” se vuelven dos protagonistas que discuten básicamente sobre los mismos conceptos que quiere cuestionar parte de la izquierda.

Pero para oponer hay que proponer. La propuesta debe tener claro que debe ser un nuevo conjunto de ideas y valores que revolucionan al discurso hegemónico, que cambian su dirección y sentido. De otra forma no tendrá posibilidad un discurso contra-hegemónico y nos mantendremos en alguna dirección pero en otro sentido. De alguna manera el discurso dominante conoce estos riesgos e intenta por todos los medios mantener la discusión sobre determinados valores, que en definitiva terminan siendo la diferencia fundamental, y es en este sentido que Pepe y su barra representan un riesgo de que la discusión adopte otros valores, de otro sistema de ideas y por lo tanto cuestionen al conjunto de valores dominantes. Se pasaría de la discusión hegemónica de herramientas de la política (sin cuestionar los valores que oculta) a la discusión directa de los valores que se persigue. Es demasiado riesgo para el discurso dominante. Esto es lo que está oculto en todo interés de clase y estas posiciones, evidencia de qué lado se está.

Siguiendo este razonamiento, el “título” que le otorga a Pepe un sector de la derecha vernácula no puede ser tomado de otra forma que como un cumplido por quienes vemos la realidad desde otra óptica.

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