Archivo para 7/04/17

07
Abr
17

fondo de solidaridad

Fondo de Solidaridad Una idea neoliberal que sedujo a la izquierda

escribe: Alejandro Domostoj, analista

 

No es un tema que esté en la agenda, salvo en un sector determinado de la sociedad. Tampoco es un tema de la coyuntura actual, es un tema que está ahí; que cada tanto salta, se escucha algún grito, algún pataleo y todo vuelve a su normalidad. Es un tema que divide, que donde pueden encontrarse las más diversas opiniones sobre el tema en sí, cruzadas por múltiples visiones políticas e ideológicas.
No vamos a referirnos al mismo desde la mirada cotidiana del estudiante que se beneficia y puede estudiar gracias a él, ni la del profesional que se queja, ni la del que se raja las vestiduras diciendo que lo paga contento. Vamos a analizar qué es este engendro del “Fondo de Solidaridad” desde un punto de vista más ideológico, vamos a ver cómo logró Lacalle, De Posadas y Mercader seducir a la izquierda con una política de corte neoliberal, enriquecida y aumentada en el gobierno de Jorge Batlle (creando un adicional de igual filosofía).
La izquierda tuvo mucha actividad durante el gobierno de Lacalle. El joven Presidente venía con ímpetu a poner en práctica recetas que se vendían bajo el paradigma de la felicidad, pero bastaba levantar un poquito la cabeza para ver que eran todo lo contrario. En un hito histórico, el pueblo uruguayo, con las organizaciones sociales y organizaciones políticas de izquierda a la cabeza, lograron frenar los embates más duros de aquellas políticas, simbolizados en aquel rotundo triunfo del 13 de diciembre de 1992 que hirió de muerte la embestida contra las empresas públicas.
Pero ya lo dice Luzbelito, no descansan nunca, y así un día apareció una idea nacida en el propio Presidente que pretendía conjugar la solidaridad intergeneracional para financiar un sistema público de becas. Si bien la política es el arte de lo posible, ¿Ud. no desconfiaría que las mismas mentes que en el 92 le propusieron terminar con todo lo que tuviera olor a público pocos meses después le propusieran un proyecto fundado en la “solidaridad” para beneficiar a los estudiantes de la Universidad de la República y del Consejo de Educación Técnico Profesional?

Agregue ahora que los mismos actores impulsaron varias veces la matrícula universitaria, las limitaciones al ingreso en la Universidad Pública, y mantuvieron un largo romance con las universidades privadas. ¿No le suena más raro aún? Podríamos seguir la enumeración con el exiguo presupuesto destinado a la educación pública, pero para dibujar el contexto ya ha sido más que suficiente.
Entonces, ¿es el “fondo de solidaridad” un sistema solidario? La respuesta no puede ser dada en términos absolutos, porque es verdad que algo de solidaridad tiene, aunque mucho de solidaridad le falta. Trataremos de desenmarañar la respuesta y además agregaremos una nueva interrogante ¿ha sido la solidaridad su verdadero fin? Sobre ésta ya adelantamos nuestra respuesta: no.

Fracasados los intentos de establecer sistemas de pagos en la enseñanza superior pública, se estableció un sistema contributivo que, bajo el lema aparente de la solidaridad, no grava a todos quienes hayan obtenido títulos terciarios, sino exclusivamente a aquellos que lo obtuvieron en el sistema público.

Es decir que no se trata de un sistema contributivo con carácter universal que grava a todos los universitarios para financiar un sistema de becas, sino que grava exclusivamente a aquellos que egresan de la enseñanza pública.

Así las cosas, puede darse el caso que una carrera de bajos costos en el sector privado termine siendo más onerosa en el sistema público que en el privado, si se considera que los egresados públicos deberán pagar por varias décadas este impuesto, mientras que en el sector privado solo se abonará la cuota mientras dure la carrera. Y entonces es oportuno reiterar la pregunta ¿es un sistema solidario?

Si de sumar paradojas se trata, a la luz de los últimos datos estadísticos que indican que la masa estudiantil de la Universidad Pública es hoy mayoritariamente proveniente de familias de trabajadores, el “solidario” sistema pergeñado podría funcionar como una trampa, imponiéndole una carga futura más gravosa a quien parte de una condición más humilde, trampa mirado desde una óptica de izquierda, regocijo neoliberal extremo.

Ahora sumemos otra perspectiva, miremos la capacidad contributiva. La obtención de un título habilitante no garantiza en absoluto una renta igualitaria en el ejercicio de la profesión o desempeño de cualquier otra tarea (que igual generará el gravamen), ni mucho menos entre las profesiones entre sí. Va de suyo que el médico rural no gana igual que el médico director de una gran Mutualista, que no ganan igual los dueños de un gran estudio jurídico que los profesionales a sueldo que para ellos trabajan, y mucho menos quienes deciden ejercer libremente la profesión sujetos a los destinos del mercado.
Tampoco gana lo mismo un Licenciado en Enfermería que un Comunicador, que un Veterinario, o un Arquitecto o Ingeniero Civil. Sin embargo, todos pagarán lo mismo, tomándose como único criterio para aumentar el aporte el paso del tiempo, como si algo tuviera que ver este factor en la realidad del mundo del trabajo actual. Y entonces, volvemos a la pregunta: ¿Es un sistema solidario?
Ejemplifiquemos todo lo que viene de decirse de la siguiente manera: Un médico recibido en la Universidad de la República y que atiende en una policlínica pública del interior profundo, sin posibilidades de acumular sueldos, negocios y salarios, pagará el impuesto; mientras que, un médico egresado de una universidad privada, director y propietario de sendas empresas médicas, ejerciendo en múltiples trabajos, no. Nada aporta este buen hombre al sistema. ¿Por qué? Porque estudió en el ámbito privado. Y entonces, ¿es un sistema solidario?

A esta altura va quedando claro que tras el disfraz de la “solidaridad” se esconde un paquetito muy bien armado por el tridente Lacalle, de Posadas, Mercader, que lejos del altruismo de la solidaridad, se funda en las ideas de eliminar la gratuidad de la educación pública, estimular la educación privada, y hacer tributar conforme a una “igualdad aparente” y no a un análisis de la realidad de cada individuo. Todo con una clara segregación: los del sector público que banquen a los del sector público, y los bienaventurados del sector privado quedarán por fuera del yugo del Estado porque como a él nada le piden, a él nada le dan.

Nada de que sorprenderse, basta ver de dónde viene la idea para desentrañar su maraña. Lo que sí sorprende es que la izquierda lleve 20 años seducida por esta idea de Lacalle, pensando en una solidaridad que no es tal y que sólo se expresa en el nomen iuris y tímidamente en la sesgada elección intergeneracional.

Ya son 12 años de gobierno sin preocuparse mínimamente por introducir sustantivos cambios en el tema de fondo, que afecta a un sector específico, pero que es un muy buen ejemplo de la silenciosa penetración neoliberal.

¿No habrá llegado la hora de crear un verdadero sistema nacional de becas, a cuya financiación contribuyan todos los terciarios -sin importar dónde estudiaron- y que contribuyan conforme a sus capacidades contributivas, y al efectivo ejercicio de sus profesiones?
Quien esto escribe no tiene dudas que sí, porque cree en la solidaridad intergeneracional, pero también cree en la justicia tributaria, y en la defensa de la educación pública.

 




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