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“el rata” franco … murió un héroe

“El Rata”

escribe: Ismael Blanco / analista

Esta historia perfectamente podría ubicarse en la Praga ocupada bajo el terror del jefe de la Gestapo y artífice del “Holocausto” Reinhard Heydrich, o la Polonia devastada por Hans Frank o en París bajo la represión despiadada contra los patriotas por parte de la “Carlinga” al mando de Pierre “El loco” Loutrel.

En este caso el relato se sitúa en el Buenos Aires de 1976. La Junta de Comandantes integrada por Videla, Massera y Agosti hacía ya dos meses había asaltado el poder, dando inicio al capítulo más terrible de la historia contemporánea argentina.

Por esos días los “los grupos de tareas” -eufemismo con que se autodenominaban las patotas fascistas- rondaban feroces la ciudad a cualquier hora del día en sus “falcon” sin chapa, asomando por las ventanillas sus fusiles y escopetas Ithaca 37, estas últimas consideradas sus favoritas por el hecho de ser capaces de derribar puertas o despedazar personas de un solo disparo.

El genocidio estaba en marcha. En aquel momento ya habían asesinado a Zelmar, al Toba y demás compatriotas. Liberoff había desaparecido para siempre. Ya “Orletti” funcionaba a pleno como un campo de exterminio y los uruguayos escapados y clandestinos conocían qué suerte les depararía si caían atrapados en la colaboración represiva del “Cóndor”, de los que varios de sus protagonistas, con repugnantes excepciones, se encuentran al día de hoy cumpliendo como reos sus sentencias en la privilegiada cárcel de “Domingo Arena”.

Había razones políticas y estratégicas para mantenerse a cualquier costo en la capital argentina, aún bajo conciencia de que la misma era una trampa mortal, una inmensa ratonera.

Los uruguayos que estaban allí ya manejaban la información de los secuestros y torturas y de la eventual “repatriación” al Uruguay.

Debo decir que de todas formas y visto a la distancia, no se tenía la real conciencia que se estaba aplicando la “desaparición forzada” sistemática como un espeluznante método genocida ni tampoco de la terrible forma de asesinato a través de los infames “vuelos de la muerte”.

El protocolo represivo era el mismo o casi idéntico al aplicado por el general francés Jacques Massu en Argelia.

Sin embargo, gran parte de la población tenía cierta “naturalización” con los golpes y con su fascismo. Podía percibirse sin demasiado esfuerzo que el “inconsciente colectivo” estaba acostumbrado a cierto populismo fascista.

La sociedad era permeable al discurso chauvinista “del país ordenado”, a “la necesidad de la reconstrucción nacional”, “a la paz y al orden” que masivamente se difundía a través de la asquerosa colaboración de “periodistas” y “comunicadores” que se prestaban a defender supuestos valores nacionales de los ataques de lo que denominaban una campaña “difamadora y apátrida del exterior”.

Es en este brutal contexto donde debo ubicar a un individuo que no es un personaje creado ni por la imaginación de John Le Carré o Ian Fleming, ya que era tan humilde, tan modesto y proletario que no entraba en ninguna ficción, sin embargo, existió y le hizo vaya a saber cuántos gambitos a la maquinaria asesina, su nombre era José Pedro Franco, “Rata” para sus camaradas.

A él lo conocí personalmente muchos años después con quien supe forjar una fraternidad difícil de expresar en palabras.

En el repliegue de los últimos comunistas que pudieron eludir la represión de la “operación Morgan” y la dirigida en particular contra el aparato armado del Partido Comunista, hizo que los “sobrevivientes” que pudieron zafar del “300 Carlos R” y del “Infierno Grande” intentaran concentrarse en Buenos Aires, encontrándose a merced de su suerte, con documentos precarios, falsos o sin ninguno, y desde el punto de vista financiero sin un peso. De todas formas esa situación los hacía compadecerse de lo que estaban sufriendo sus camaradas en el Uruguay y su objetivo era establecer una cercana base para asistir a la resistencia clandestina que aunque diezmada se mantenía funcionando.

Hacinados en una pensión del barrio de Flores una decena larga de comunistas que habían salvado el cuero a partir del silencio de sobrevivientes de la tortura y de la compartimentación militar de la misma, que impidió que Coirolo pudiera delatarlos, y ahora se apiñaban en un solo cuarto donde se turnaban para dormir.

Los que conseguían trabajar haciendo alguna changa, no le hacían asco a nada, muchos a cambio de comida -y no exagero- con trabajos absolutamente informales. Quien poseía conocimiento de un oficio, a lo sumo podía meterse en “negro” en una obra y con suerte obtenía mango escaso para compartir.

Pues bien, dice la leyenda y algo que yo le pude sacar medio a los tirones al “Rata”, que él andaba de aquí para allá a partir de su condición de marino mercante, que de muy jovencito conocía todos los códigos y vericuetos que existen en el mundo portuario. Evidentemente ese era “un plus” que le daba la posibilidad de que sin pisar tierra firme podía acercarse al Uruguay y establecer contactos que permitían llevar y traer información y ayuda financiera para los militantes clandestinos en nuestra patria y lo hizo mientras le fue posible.

Quien conoció al “Rata” Franco sabe de su incansable capacidad para militar, su conocimiento al detalle del sufrimiento de sus iguales, su bonhomía, sencillez y de su compromiso revolucionario. Él era un hombre de andar sereno, siempre con un modesto saco que le daba un cierto “aire” distinguido a su dignidad obrera. Era duro pero no necesitaba ser incorrecto para hacer valer sus ideas, y su pasión se traslucía a través de su ronca y varonil voz.

Tengo testigos que me ratifican que el “Rata” logró en aquel Buenos Aires infernal auxiliar en nombre de la CNT a esos comunistas desesperados. Que así como apareció divisado en la casualidad de las calles porteñas se volvió a perder por las mismas para sobrevivir como se pudiera. Dicen que repartió lo que tenía, logrando honrar pequeñas deudas de hospedaje, porque el honor no se quería perder ni en las peores circunstancias: una cosa era eludir la represión y otra muy distinta era eludir las obligaciones ante quien había asumido dar un refugio modesto, pero refugio al fin.

El “Rata” se murió un viernes de semana de carnaval, casi nadie se enteró. Se fue en silencio, plantándole pelea a un cáncer que no le dio tregua en los últimos años de su vida. Se fue de este mundo tan modestamente como vino. Me dijeron que lo enterraron en un tubular del Cementerio del Norte. Estoy seguro no hubiera hecho dramatismo por eso, ni siquiera le hubiese importado la calidad del cajón así hubiese sido de cartón de cajitas de zapatos.

Recordando a otro “Rojo” me despido de vos querido “Rata” cuando Antonio Gades decía: “Soy una persona que se ha ganado la vida en silencio. Soy como el aire, ni dije cuando venía, ni voy a decir cuando me voy”.

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