29
Nov
16

Fidel … “el gran Fidel castro”

Fidel

escribe: Dr. Ismael Blanco / Analista

 

Es difícil expresarse cuando se acumulan las palabras, cuando se presentan inquietas, cuando quieren decir pero se reconocen insuficientes, las que aún sabiendo que tienen la obligación de expresarse, no saben cómo, porque quieren decir tanto.

La mañana del sábado me enteraba de la muerte Fidel. Supe que a muchos nos pasó lo mismo. Que cuando sucedió no nos habíamos dado cuenta. Ni nosotros ni el mundo. Es que se fue sin avisar. Lo hizo sin estruendos, sin bullicios, sin especulaciones, ni rumores llenos de morbo y retorcimiento. Hasta en eso se fue invicto. Lo hizo en silencio, tranquilo y en calma. Pasó a la eternidad con la serena belleza del “Aire” de Bach.

Esta hoja se llena de los signos que voy recogiendo en el transcurso de las horas. Imágenes en color o en blanco y negro, filmadas, fotografiadas, pintadas… Palabras que se expresan con el sentimiento más puro de mujeres y hombres que de todas partes del mundo, de las anteriores y de las nuevas generaciones se inclinan en homenaje a uno de los hombres más influyentes que la historia ha dado.

Todas las voces, todas las palabras se expresan con la sinceridad más espontánea y directa, esa que no nos deja camuflar y no se resiste a mostrarnos tal cual somos, la que no se guarda nada, la que es indiferente a los protocolos, formulismos y etiquetas.

A las generaciones que me anteceden no tengo dudas que la chispa que los inflamó provino de esa revolución intrépida y valiente, liderada por unos barbudos que se asemejaban a un cuerpo de apóstoles que bajaban de las sierras a multiplicar derechos, panes y justicia social.

Hoy parece cosa pretérita, de alguien que busca en recuerdos caducos una bella historia, casi una novela. Pero créanme que sí fue cierto.

Existió un tiempo cuando la utopía era casi una certeza, algo que se podía percibir, tiempos en que había un impulso motivador y un entusiasmo que generaba una lógica de hermandad, que hacía que aún en los combates más duros, donde silbaban balas y blandían sables, los muchachos marchaban del brazo solidariamente por las calles del mundo -y por las nuestras también- por esa estrella que comenzaba a fulgurar en el Caribe.

Fidel ya hacía ocho años que oficialmente se había retirado de sus más altas responsabilidades, es cierto, se había retirado pero estaba ahí, lo sabíamos, de tanto en tanto aparecía así fuera para guiñarnos un ojo y decirnos: “Aquí estoy, no he muerto”.

Éramos conscientes que llegaría el día en que sabríamos de su definitiva partida. Sin embargo, aún así, millones en este mundo se han sentido desamparados y por instantes huérfanos ante la muerte del Jefe de la Revolución cubana.

Es llamativamente complejo de explicar -y para algunos, imposible de entenderlo- pero pocos hombres dejan una huella de tanta magnitud. Y aunque sus enemigos se rompan los dientes de bronca o vociferen paganos festejos, nunca han podido vencer a quien no claudicó, ni se metamorfoseó y mucho menos renunció a sus principios para desertar porque un sueño se anunciaba que había culminado. Prefirió quedarse solo, bien solo, sin pedir absoluciones de ningún tipo y sin arrepentirse.

En estos días hasta los más estoicos no han disimulado su tristeza, he visto a muchos seres templados en mil batallas que han llorado, que han sentido una pena profunda, de esas que desgarran el alma, conmovidos por el estruendo que significa la ida de este símbolo humano de la rebeldía.

Lo sé, no tengo dudas que hasta los más embroncados, los desilusionados, los hartos del hartazgo, los que fallaron cuando no debían fallar, los que se vendieron así sea en cuotas y a plazo, cimbraron porque Fidel se había muerto.

Analizar Cuba sin su historia es incomprenderla, y por extensión incomprender a Fidel y a la Revolución Cubana.

La lucha independentista inspirada en el pensamiento de Maceo y de Martí desarrolló en la cultura de los cubanos un ideario con un profundo pensamiento nacionalista y antiimperialista interpretado fantásticamente por Fidel, que con su inteligencia y carisma comulgó con la idiosincrasia de su pueblo de tal modo que Fidel se convirtió en Cuba misma y los cubanos en “fidelistas”.

A Cuba y a su revolución siempre le han tenido a mano la partida de defunción. Desde la implosión de la Unión Soviética la supervivencia del sistema cubano tenía las horas contadas. Sin embargo no fue así, y siempre ha sido un desafío intelectual, político, histórico y sociológico encontrar una respuesta. En principio, diría que existe una revolución auténtica, genuina y aún durante la Guerra Fría, Fidel y la revolución cubana mantuvieron aspectos de independencia que la hicieron singular. La presencia en los países descolonizados de Argelia, Congo, Angola, Namibia entre otros, fueron realizados por la impronta del liderazgo de Fidel, sin necesariamente seguir las directivas del “Bloque del Este”, lo mismo que su política de desarrollo permanente del “Movimiento de Países No Alineados” que llegó a presidir.

Dicen que Cuba ahora cambiará, que la revolución deberá recrearse y reinventarse. Estoy seguro que ningún cubano aceptará un cambio que implique perder sus conquistas sociales. El desafío será entonces socialismo, justicia social, libertades y soberanía nacional.

Imaginaba que por estas horas el Comandante andará escalando una vez más el “Turquino”, o estará volviendo a su comandancia en la Sierra Maestra, desembarcando nuevamente con el Granma en las “Las Coloradas”, eludiendo el cerco, la celada preparada por el traidor o comandando la Batalla de Girón.

Es que uno anda por el mundo, con lo que se fue haciendo. Con lo bueno y lo malo, con lo heroico y lo miserable, con los errores y con los aciertos, pero uno vale por sobre todo por su coraje y su rigor en defensa de sus ideas, por su rebeldía, por poseer la voluntad inquebrantable de no darse por vencido, en morirse antes de rabia que entregarse al enemigo.

Me decía un amigo que en realidad Fidel es como los abuelos, no mueren, sólo se hacen invisibles… quizá esté en lo cierto.

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