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diputado Mujica … el barrabas del templo

Entre la ética política y la política sin ética

 

escribe: Hugo Acevedo, analista

La actitud de abierta disidencia del diputado Gonzalo Mujica con el resto de la bancada de diputados del Frente Amplio, ha provocado una situación de virtual quiebre que deviene en un tal vez definitivo naufragio de la mayoría parlamentaria del oficialismo ganada legítimamente en las urnas.

Si bien el representante aduce que aun no se ha alejado de la fuerza política, sí corroboró que ya no responderá a ella en el seno del Poder Legislativo.

Lo realmente más grave es que Mujica votó la conformación de la frustrada comisión investigadora de los negocios con Venezuela propuesta por la oposición encabezada por el Partido Nacional y anunció que presentará una futura demanda penal con relación al tema.

Lo llamativo es que Gonzalo Mujica no pidió la libertad de acción al FA para pronunciarse sobre este particular, violando los más elementales principios de lealtad que deben existir en cualquier organización política.

Por el contrario actuó como si no perteneciera al lema por el cual fue electo sucesivamente en tres oportunidades, en los comicios nacionales de 2004, 2009 y 2014.

La postura del legislador detonó agrios comentarios de sus compañeros de bancada e incluso reflexiones del propio presidente de la República, Tabaré Vázquez.

En todos los casos, el reclamo unánime es que el curul abandone su banca y esta pueda ser ocupada por alguien que responda a las directivas orgánicas del Frente Amplio, como sucede en todos los partidos políticos.

Ante este planteo, el cuestionado parlamentario confirmó que mantendrá su escaño, en abierto desafío a quienes -según demuestra en los hechos- considera sus ex compañeros.

Obviamente, aunque concrete finalmente su alejamiento del FA, no está obligado legalmente a abandonar el Parlamento, por una interpretación de la Corte Electoral que es altamente cuestionable y constituye toda una estafa a la voluntad popular.

La materia, que es por cierto controvertida, se origina en que, confirmado el resultado de las elecciones, la Corte Electoral asigna determinada cantidad de bancas a cada lema en función del volumen de su votación. Por ende, la banca es primero adjudicada al partido político y luego a la persona, respetando su ubicación correlativa en la lista.

Si bien históricamente la mayoría de los legisladores “rebeldes” no suele restituir el escaño a la fuerza política, hay excepciones que merecen ser destacadas, porque responden a una encomiable actitud de naturaleza ética.

Tres recordados casos son los de Hugo Cores, Esteban Pérez y Álvaro Vega, quienes renunciaron a sus respectivas bancas en el Frente Amplio por diversos motivos que no viene al caso recordar, en ejemplares testimonios de dignidad y desprendimiento.

En efecto, ninguno de ellos reparó en el costo de perder un espacio de poder como sin dudas es el ejercicio de la función parlamentaria, además de una remuneración privilegiada que -por su volumen cuantitativo- excede todos los límites de lo razonable.

Más allá de eventuales discrepancias, para estas tres ejemplares personas lo crucial era no traicionar sus convicciones ni el proyecto político al cual con tanta dedicación se habían consagrado.

Empero, tal vez el caso más paradigmático sea el del hoy ex diputado socialista Guillermo Chifflet, quien en 2005, durante el primer año de gobierno del FA, abandonó su escaño -entre lágrimas- por discrepar abiertamente con la presencia de efectivos militares uruguayos en Haití.

Como es notorio, Chifflet es un auténtico referente para la izquierda uruguaya, que luchó desde su juventud por la construcción de una sociedad más justa y democrática.

Más allá de la conveniencia o no de conformar la comisión parlamentaria para investigar los negocios entre los gobiernos de Uruguay y Venezuela, lo realmente grave es que Gonzalo Mujica sumó su voto a los de una derecha cerril y desestabilizadora.

Incluso en el decurso del programa “La tarde en casa”, que se emite por Canal 10, para justificar su actitud de mantener su banca, afirmó -sin medir el grueso calibre de sus agravios- que “el Frente Amplio fue fundado por tránsfugas”, en referencia a los políticos de los lemas tradicionales que, hace 45 años, se sumaron a la naciente fuerza de cambio.

Obviamente, no es cierto, como lo afirmó Gonzalo Mujica, que personalidades de la talla de Zelmar Michelini, Enrique Erro, Francisco Rodríguez Camusso y hasta Hugo Batalla abandonaron sus partidos de origen y se incorporaron con sus bancas al Frente Amplio. Todos fueron electos en los comicios de 1971 por su nueva fuerza política y en esa condición se integraron desde febrero de 1972 al Parlamento, que fue luego disuelto el 27 de junio de 1973 por el dictador Juan María Bordaberry.

Sus reflexiones constituyen una auténtica afrenta y una falta de respeto a la memoria de prohombres que son parte de la mejor historia del Frente Amplio, quienes no midieron el costo de abandonar los lemas que los vieron nacer políticamente con tal de adherir a la construcción de una organización política de matriz transformadora destinada a romper definitivamente con el bipartidismo hegemónico que tanto daño le provocó al país.

Con ese comentario Gonzalo Mujica mancilló, por ejemplo, a una figura inconmensurable de la talla de Zelmar Michelini -brutalmente asesinado por los criminales mastines del Plan Cóndor, por mandato de la dictadura- quien dio su vida por un nuevo proyecto político acorde con su ideología progresista.

Incluso, también ofendió la memoria de otro paradigma de la izquierda como lo fue sin dudas Enrique Erro, perseguido por el aparato represivo que conculcó todas las libertades civiles y aherrojó a nuestro país durante el período más oscuro de nuestra historia contemporánea.

Para ser coherente con los principios que aduce tan enérgicamente sostener y no traicionar la voluntad de los adherentes frenteamplistas que lo votaron para representar al oficialismo, Gonzalo Mujica debería desatornillarse de su banca y alejarse del FA, a los efectos de poder actuar con absoluta libertad y sin remordimientos, si es que realmente los tiene.

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