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Nov
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santa lucia … el brutal crimen

¿A qué juegan?

escribe: María José Olivera Mazzini

Cuando escuché la noticia de la muerte de Hernán Fioritto le mandé un whatsapp a un amigo de Santa Lucía que me respondió: “Estoy llorando”. Comencé a pensar en la ciudad, pero sobre todo en la comunidad que conozco desde hace siete años: el liceo. Me impactó la distancia entre la noche de mi viernes en Montevideo y la de tantas familias y amigos que en Santa Lucía debían de estar saliendo de casa en casa, a la puerta, a conversar, a encontrarse con los ojos del otro, que es la forma de encontrarse cara a cara con el dolor. Recordé una frase de la carta que hizo pública Agustín Lucas hace unos días a propósito de otro tema, pero que me había quedado resonando: “Pongo mis manos a disposición. También mis pies”.

Educar es una responsabilidad tan inmensa como agotadora. Si se ejerce con conciencia de su magnitud, es probable que debamos pensar en retiros anticipados. Es un trabajo demasiado intenso, sea o no de carácter institucional. Mi responsabilidad la asumí sin que nadie me pidiera nada, con mis alumnos pero también con toda la comunidad, en ese espacio sagrado y casi secreto que es el aula. “No va a pasar nada, profe”, me repetían, refiriéndose a sus sospechas de que no se investigara lo sucedido a fondo, “porque esto no es la capital”, “esa gente vino a matar; acá esas cosas no pasan, profe”, “nos cuidamos entre todos, incluso los más complicados del pueblo te cuidan”. Desde ese día supe que era mi deber decir algo cuando fuera necesario. Porque no hacerlo sería jugar en las ligas del silencio y el miedo, aunque a nadie le importe.

Llegó el momento necesario la noche del viernes. Decidí escribir un post de Facebook que titulé “Duelo por Santa Lucía”, porque la palabra es lo que tengo. Lo redacté muy rápido en Word y al copiarlo me di cuenta de que era largo. Así que busqué cómo hacer para escribir una nota. Cuando estaba a punto de presionar enter, me pregunté si alguno de mis compañeros de Santa Lucía que no tengo como contacto querría leerlo; pensé en algunos ex alumnos, en personas vinculadas al deporte, y decidí recurrir a esa opción que nunca había presionado: “quién puede ver esto?”. “Público”. Luego lo compartí con cinco o seis personas que respeto mucho y quiero. Apagué.

Aún me resultan un problema las redes sociales. A pesar de los años que hace que tengo cuentas en muchas de ellas, lo que más distancia me provoca es la cantidad de usuarios voyeuristas que andan vigilando, juzgando en las sombras, incorporando como propias vidas que son absolutamente ajenas, elaborando teorías paranoicas de vereda sin moverse del sillón. El peligro de que lo privado comience a ser parte del orden de lo público ya lo conocemos todos. Vivo en la contradicción de las redes y muchas veces me pregunto: ¿a qué juegan?

Lo que vino a continuación me excedió. El texto comenzó a circular y a ser leído por mucha gente que no es parte del círculo “amigos de Facebook”. Me dio miedo de que no se entendiera su espíritu por haberlo escrito tan rápido e impulsivamente; de dañar a alguien. Me sentí aturdida, como si lo privado se hubiera convertido en público en un instante. Rápidamente las palabras de mis alumnos llegaron, y con ellas el alivio; hice público el dolor que debe ser público, porque nos pertenece a todos.

Pero no puedo dejar pasar algunas cosas. El Observador levantó mi texto en su web, titulando una mentira, cortando el texto a su antojo. También los titulares de los informativos afirmaron todo el fin de semana algo que jamás dije, simple y sencillamente porque no es verdad. No soy ni fui docente de Fioritto. Todo el mundo lo sabe, menos quienes se supone que ejercen el rol de investigar e informar. Si bien cuento con amigos que me aconsejaron denunciar el hecho, no creo que sea necesario. El daño está causado incluso si fue bienintencionado el propósito. ¿Ese es el periodismo que algunos cuantos ejercen en este país, el del recorte y pegue? Estoy segura de que ni siquiera leyeron el texto. “No debe de haber redactores en jefe los fines de semana”, me comentaba un amigo. ¿A qué juegan? ¿A tirar titulares para sumar visitas -lo que no significa sumar lecturas- y no perder publicidad? ¿Es que sus anunciantes no se dan cuenta del nivel de bajeza moral de lo que hacen? ¿Es más atractivo si el texto es “de la profesora de Fioritto” que si es de una ciudadana adulta que siente vergüenza ajena del mundo adulto que les toca a los jóvenes? Lo que queda claro es que lo humano les es bastante ajeno.

Por otro lado, ¿por qué no investigan qué sucedió esa noche antes de que ese grupo llegara a la plaza del pueblo? ¿Por qué no van y preguntan, y hablan con los chiquilines, con los jóvenes y con los habitantes de toda una vida? ¿Por qué no increpan a los dueños de la pelota en vez de repetir una y otra vez lo mismo?

Hay una comunidad entera que habita en una pequeña ciudad con río llamada Santa Lucía. Algunas veces me tentó la idea de vivir ahí, pero por ahora lo mejor ha sido ir de viaje a trabajar. Una noche, en la plaza, un grupo decide desembarcar y tirar tiros. Así de terrible, así de ominoso. Y a pesar del dolor por los afectados directamente y sus familias, debe hacerse visible que el daño es mucho mayor. Tiene que ver con una herida profunda a toda una generación de adolescentes que pasean sin problema de noche por la plaza, los que en varias charlas de aula -esas “en las que hablamos de la vida”- cuentan: “Anoche me quedé hasta tarde, profe, fuimos a la casa de Fulano”; “¡Usted lo conoce, profe! ¡Es el hijo del profesor!”; “Ah, pero es más grande que ustedes; fue mi alumno hace años”; “Sí, pero acá somos todos conocidos!”; “Yo a casa entro y salgo, mis padres saben siempre dónde ando”. Adolescentes que crecen libres. Ahora los adultos van a tener miedo, y ya se sabe cómo opera el miedo en el entramado social. Porque un territorio es mucho más que una separación geopolítica de localidades: es un espacio simbólico que determina subjetividades y las hace ser.

Esto que pasó en Santa Lucía no es una pelea callejera de hinchadas ni una rivalidad entre bandas. Afirmar eso es una canallada, es una mentira para la tribuna, que ni la tribuna se cree. Tampoco es un hecho aislado y excepcional. Todos somos responsables si callamos y no denunciamos los móviles de la violencia, pero algunos lo son mucho más. El tamaño del negocio es el de los derechos de imagen, el de la televisación, el de los pases, el del mercado, el de la prensa cómplice o irresponsable, el de la política callada; el de todo lo que no es deporte. Es obvio a qué juegan.

Cuando mis alumnos, ex alumnos y compañeros empezaron a compartir el texto de Facebook y me llegaban sus palabras, me enfermé. Me volvió una gripe que estaba desapareciendo. “¡Grande, profe!”, dicen. “Gracias por decir lo que no puedo, profe”, y comparten. Y son muchos, muchos jóvenes que jamás fueron mis alumnos, pero por los que siento la responsabilidad de tomar la palabra y decir. De verdad, pensé en borrar lo que había escrito, por miedo al murmullo montevideano, primero, y luego por la tergiversación de la que había sido objeto. Pienso que es mi deber contarle a quien quiera leer que hay una comunidad entera que tiene miedo, bronca y dolor. Que la han herido donde más le duele: sus jóvenes, sus pasiones, su deporte, su ciudad. Que los responsables, y no solamente los autores directos, asuman su deuda simbólica sería el primer paso para desmontar la máquina que le hace el juego a la lógica funcional de la violencia asociada al fútbol. Honestamente y sin discursos conmovedores de ocasión.

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