25
Sep
16

josé Batlle y ordoñez

DE PIE, MURIÓ LENIN

editorial de diario El Día escrito y firmado por el “pepe” Batlle y Ordoñez

 

“El fallecimiento del jefe del comunismo ruso es un acontecimiento que pone de inmediato en segundo término a todos los demás que ocurren en el mundo. Podrán tenerse ideas muy adversas a las que sustentaba este apóstol de mejores aunque irrealizables devenires, pero no se podrá negar que con él se extingue un magnífico ejemplar humano, uno de esos personajes apasionantes que dan significación a toda una época y sirven para fijarla en la historia.

No participamos de las opiniones respecto a la pulpa divina en que están amasados los genios, esos superhombres que aparecen de vez en cuando en el firmamento de la especie como deslumbrantes meteoros que alumbran su incierto camino a través de los tiempos. Pero sí sabemos que cada empresa tiene su hombre representativo, su director, su guía.

Lenin fue desde el primer instante, la personificación de la revolución rusa, es decir, del levantamiento violento e instintivo de un pueblo entero cansado de sufrir, contra sus amos milenarios. Este santo impulso de liberación puede haber ido más allá de lo que ese mismo pueblo haya querido, pero no puede ponerse en tela de juicio su intención de regenerarse, conforme no podría juzgarse ahora al caudillo caído sin un amplio criterio de comprensión y de tolerancia.

Lenin fue el gestador y el organizador del gobierno ruso, el primero de esa clase de que se puede hacer memoria. De acuerdo a todos los informes que llegan, esa gigantesca aventura ha fracasado, ya que se vuelve a desandar lo andado, lenta pero firmemente.

Pero esa revolución que sacudió hasta en su médula a una nación que en pleno siglo XX conservaba todavía la estructura de los tiempos bárbaros, tiene que ser fecunda y positiva, a pesar de sus errores y contradicciones, compañeros inseparables de toda empresa humana. Una revolución comunista se explica perfectamente en un país autocrático como lo era la Rusia zarista, del mismo modo que sería absolutamente inconcebible en Francia, Inglaterra y Estados Unidos, y los demás países en que el régimen democrático ha alejado la necesidad de los grandes y arriesgados saltos al vacío.

“Las revoluciones son las locomotoras de la historia”ha dicho Carlos Marx, y en Rusia las revoluciones de 1917 fueron esa locomotora que la condujo en un plazo de tiempo reducido, desde las épocas primitivas hasta ponerla en condiciones de incorporarse a las naciones más civilizadas de la tierra.

Lenin fue el verbo de la revolución. Con él se apagan la doctrina y el nervio que la sostenían. Casi opinamos que su muerte ha sido oportuna: ha desaparecido en el momento en que la revolución se extingue. Ninguno de los otros hombres que colaboran con él en la tarea gubernativa puede comparársele.

De ahí su prestigio enorme y el respeto casi supersticioso que inspiraba a todos los que lo rodeaban. Las mismas censuras agrias y justificadas que se han dirigido a las crueldades inútiles con que se manchó el régimen, no llegaron nunca hasta él sino muy atenuadas. Reconocida universalmente la potencia de su pensamiento y la energía inagotable.

Como buen soldado fue herido de muerte en plena batalla, ya que fue el trabajo abrumador que se impuso el que abatió irreparablemente su organismo físico. Que no fue un fanático cerrado a cal y canto a las enseñanzas de la realidad lo prueba su acción evolucionista de estos últimos tiempos, que ha hecho que se rectificaran muchos errores a pesar de la resistencia de aquellos que sostienen la intangibilidad infecunda de las ideas.

Su larga enfermedad, que tuvo varias alternativas sensacionales, dio motivo a que su alrededor se encresparan ambiciones que ahora no van a detenerse ante ningún obstáculo y que sólo él era capaz de encauzar. Su muerte será fatal para la revolución que acaudilló, privada de su caudillo máximo y fatal también para Rusia que volverá a caer en un nuevo caos en el momento de liberarse de otro.

Hacer predicciones de lo que sucederá es aventurado, pero salvo la aparición poco probable, de otro hombre de su estatura mental, no parece que aguarden días muy claros a ese pueblo doloroso y simpático que tanto ha sufrido. Lenin era en estos momentos la palabra de sensatez y de cordura, la mirada avizora y penetrante, la mano que no temblaba en el timón.

No juzgamos sus ideas con las que no podemos estar de acuerdo, sino sus condiciones de orientador de muchedumbres y de saberse adaptar a las exigencias del momento sin encapricharse tercamente en rígidos dogmas. Mejor de lo que podemos hacerlo nosotros hoy, lo juzgará la posteridad ya que pasará un tiempo todavía antes de que puedan verse claros los resultados de su obra. De cualquier modo, desaparece con Lenin un hombre excepcional, ante cuya tumba, prematuramente abierta, sería pueril no descubrirse con respeto”.

 

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