21
Sep
16

salvador allende … nuestro héroe

La estupidez insiste siempre”

escribe: Ismael Blanco / analista

 

Decía Albert Camus: “la estupidez insiste siempre”. Seguramente esta frase se me presentó por estas horas y no por mera casualidad.

Aclaro que no me doy por vencido por las desventuras de mediocres personajes, y mucho menos por ciertas miserias humanas que por ser humanas todos, unos más que otros, podemos llevar con nosotros.

El asunto es cuando las estrecheces y los meros caprichos dejan de estar en la esfera privada, a cuenta y riesgo de la suerte que cada uno asume con ellas, y se trasladan y repercuten en la vida pública y ciudadana.

Es absolutamente entendible que la gente espere de la función pública y de sus representantes un accionar coherente con las ideas que se enarbolan y pretendan además que lo hagan con el alcance más absoluto que pueda obtenerse del concepto de lo trasparente.

Y no es que posean esta actitud porque se hayan convertido en seres hipercríticos o en censores inflexibles, sino por la sencilla razón de que creen en el valor de la congruencia y en la conformidad entre lo que se dice y lo que se termina haciendo.

Es que lo que digo y pienso persiste por encima de todo, no me lo cambian ni los mejores buenos talantes ni los arrebatos que producen los cambios de humor, así mañana la inflación o el déficit fiscal o los índices de desocupación caigan a cifras desconocidas, como ha pasado ya en diversos momentos de la última década o que de pronto la economía se vuelva tan floreciente que colmen de satisfacción a los exitistas de la macroeconomía, a los devoradores de las cifras o a los burócratas que se conmueven con los vocablos que se refieren a la renta, la utilidad o la ganancia y que se han olvidado de que la revolución siempre vale la pena, así sea la de las estrellas y que ésta aunque sea un sueño, una ilusión o una simple quimera siempre vale la pena al menos imaginarla.

Es que si uno levanta un poco la vista, si nos dejamos de ser un poco egoístas, si por un rato volvemos a pensar en los sueños, si seguimos pensando que es necesario cambiar al mundo, si nos convencemos que salvarnos no es salvarse a uno mismo, hallaríamos suficientes razones para que los más viejos nos volvamos más jóvenes y que los más jóvenes se convenzan que ser optimistas no es una cosa de viejos, porque en realidad más allá de traidores, de intrigantes y de urdidores sólo estamos perdidos sin no tenemos más nada para soñar.

Sigo pensando que basta mirar un poco más allá de nuestras narices para convencerse que el mundo sigue siendo tan injusto, tan escandaloso e inmoral como para batirse a duelo por cambiar lo y que cuando se pierden esas ganas, sea por acopio de fastidio o por saturación de decepciones uno se siente, además de defraudado, como si una parte se hubiera muerto dentro uno.

Basta ver que la lógica especulativa supera la ciencia ficción, a día de hoy en el planeta existe la liquidez suficiente para sacar adelante todas las economías que se propongan, que si se quisiera eliminar el feudalismo de la mayoría de los países del África y Asia y acabar con los millones de pobres de toda América Latina sería posible en cuestión de un rato.

Que los activos financieros representan 10 veces el valor de la riqueza que genera todo el planeta, que sobra la capacidad de inversión y de financiamiento de todas las economías.

Sin embargo, los reyes de estos tiempos, los nobles de nuestro siglo: los bancos, obtienen más riqueza sobre la base de la especulación y de la venta de productos financieros, en particular en los contratos a futuro del valor de los commodities, en las transacciones de bolsa sobre el costo de los alimentos o en los negocios que se sustentan sobre los caídos en desgracias como son los contratos de permutas de incumplimientos.

Es más rentable la generación de la riqueza ficticia, sin respaldo, la pura especulación artificiosa que enriquecerse por plusvalía.

Descubro que hay voces que toda vía nos salvan, que nos conmueven todos los días pero en particular todos los 11 de septiembre.

Es la voz firme, masculina y serena de “Chicho” Allende. Me lo imagino entre el humo, el fuego y el polvo, dando órdenes como un verdadero Comandante, fusil en mano organizando la defensa de “La Moneda”.

Danilo Bartulín, uno de sus compañeros, de esos que siempre estaban con él, ese que quedó estampado para siempre en la puerta de “Morandé 80”, el flaco y alto, el de bigotes con nariz de boxeador, ese que no sé porqué parece uruguayo, el que sobrevivió por capricho del destino, cuenta que Salvador le ordenó que “todo el mundo dispare que aquí no hay rendición”.

Mientras escribo tengo a la vista otra imagen de Allende, se trata de una fotografía sepia, es el “Chico” maravillosamente humano, evidentemente furioso, pateándole el culo a un individuo.

Me entero que se trataba de un burócrata, de un servil de su tiempo, del responsable de la suerte de los mineros.

Supongo que en estos tiempos el heroísmo de Allende en “La Moneda” es mucho pedir, pero podríamos al menos comenzar a seguir su ejemplo pateándole el traste a los urdidores e intrigantes, a los sepultureros de sueños, a los mediocres burócratas, a los que se creen que el bien común se lleva en la boca para satisfacer el bien personal.

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