06
Sep
16

Migajas de justicia

 

escribe: Ismael Blanco Analista

 

Creo no equivocarme si afirmo que el dirigente socialista italiano Sandro Pertini fue uno de los políticos de la izquierda mundial más prestigiosos del siglo XX, tanto por su estatura intelectual como por su coherencia de ideas, los valores que enarbolaba y su accionar.
Se dice que fue uno de los políticos italianos más queridos por su pueblo y no porque no fuera sincero en decir y hacer lo que pensaba, sino que precisamente ésta era su principal virtud para ser respetado por su gente que lo definiera como “el dulce cascarrabias”.

Recorrer la vida de este luchador antifascista es atrapante y digna de ser novelada: perseguido, encarcelado en varias oportunidades, exilado en Francia, reingresa clandestino a Italia, se vuelca plenamente a la resistencia Partisana, combate en el alzamiento en Roma, cae prisionero de las “SS” y es condenado a muerte, pena que no se cumple pues logra fugarse de la cárcel gracias a un grupo de partisanos. Luego asume de pleno la dirección del Comité de Liberación Nacional en la Alta Italia donde quedaban los últimos bastiones del fascismo que intentaba reorganizarse y la ocupación nazi aún era fuerte.

Quedará en la historia su llamamiento a la Huelga General en nombre de la resistencia armada el 25 de abril de 1945 en Milán, como también su opinión sobre la suerte del dictador fascista Benito Mussolini, al decir que debía “ser fusilado como un perro rabioso”, ante la posibilidad de que por algún pacto entre los aliados hubiera interés en que éste sobreviviera a la guerra y si bien fuera juzgado, quedara en libertad, perdurando como lo hizo Franco y su régimen.

Puede resultarle a algunos llamativo y sorprendente, que este hombre de paz, convencido de que no puede existir socialismo sin libertad, democracia, pluralidad y justicia social, en un momento crucial de la historia, no haya dudado en aplicar la pena capital a uno de los más miserables, megalómanos y sangrientos dictadores de la historia al punto de servir de fuente de inspiración al mismísimo Hitler para dar comienzo a la peor pesadilla humana como fue el genocidio sistemático de los pueblos fundamentalmente de Europa y gran parte de Asia.

Pues bien, quiero decir que en lo personal y desde lo más profundo de mí, digo que hubiera pensado, dicho y actuado de igual manera a Pertini, Luigi Longo y todos los integrantes de aquel Comité de Liberación Nacional para dar la orden de la eliminación física del funesto y despreciable personaje.

Pensaba que siempre es muy fácil calificar ciertas conductas desde la pacatería, desde lo políticamente correcto, o desde la honesta pero siempre subjetiva ética o moralidad y no se hace el más mínimo esfuerzo en colocarse en determinados estadios de la historia de los pueblos o simplemente del dolor que se produce por imperio del abuso del poder y en particular del Estado en su peor expresión, que es cuando se fundamenta en el terrorismo emanado de éste.
A medida que pasa el tiempo admito que me resulta irresistible reprimirme lo que pienso aún a costo de comprarme dolores de cabeza o condenas de todo tipo. Es que me pasa que hay cosas que no me las aguanto, que guardármelas me resulta como hormigas en el traste y que callar me hace sentir como un hipócrita, para empezar conmigo mismo.

Es cierto, siempre existe la posibilidad de callarse la boca y pasarla bien, que en todos los tiempos siempre ha sido mejor hacer buena letra y convertirse en un gentil hombre que sólo dispensa palabras y gestos adecuados y correctos. Pero no es mi caso. Quizá se confirme que cuanto más viejo, uno tiene menos filtro y ya no le dé las ganas de fumarse cualquier tabaco.

Digo esto porque uno se cansa de pararse desde aquí, y cuando digo aquí, digo desde el Uruguay del 25 de agosto de 2016, que es cuando escribo esto, y juzgar a Pertini por la orden donde disponía sobre la suerte de Mussolini, o a los errores de la República Española, o las contradicciones de la Unidad Popular de Allende, o a Fidel y al Che, o al terror de Lenin, Trotski y su ejército Rojo, o Stalin, o al Frente Patriótico Manuel Rodríguez en su estrategia de insurrección armada para derrocar y eliminar físicamente a Pinochet, sin atender a los claros y oscuros o en todo caso solo atendiendo a la parte umbría y lóbrega de las personas o los movimientos de manera exclusiva desde nuestro confort y condenar el “salvajismo” y el “desborde” de los otros.

En lo personal considero que actuar de esta manera resulta tan fácil y tan sencillo como mirar y emocionarnos con una película épica que insufla el corazón, de ésas que hacen surgir lágrimas de emoción para luego apaciblemente apagar la sofisticada televisión e irnos a dormir cómodamente en un mullido acolchado de plumas.

La verdad que no puedo quedarme desde allí. Aclaro que hoy soy uno de esos que pueden ser definidos como “privilegiados”, algo que para nada me ofende pues arranque mi vida desde el “subsuelo” si desde el punto de vista económico y social se refiere, y de todas formas si algo quiero destacar en lo que a mí respecta es que ostento el título más bonito y maravilloso que es el de sentirme un hombre feliz, pronto para abandonar los cuarenta y llegar al medio siglo sobre esta tierra, sin rencores, sin sentirme acomplejado o retraído por las circunstancias y fundamentalmente optimista, a pesar de los duros golpes que como todos acumulamos con el tiempo.
Aún en los peores momentos nunca me sentí acabado en mis expectativas sobre el futuro de nuestras sociedades, admito sí, que me he sentido furibundo con la estupidez de mis semejantes en el lugar del mundo que sea que echaron a perder maravillosos emprendimientos colectivos.
Sin embargo nunca me consideré apabullado por el polvo que generan las derrotas, que dicho sea de paso estoy seguro que en algún momento el pampero de la historia limpiará y hará emerger a tantos olvidados y condenados a priori por cierto puritanismo de pacotilla.

Nadie duda que el derecho penal internacional cambió con “Los juicios de Núremberg”. Que era necesario para la Humanidad detener los relojes y hacer justicia, de esa, de la verdadera. Que ya nada después de tanto horror podía seguir igual.
Si la pacatería o los excesivos escrúpulos hubieran primado, muchos más asesinos que cometieron genocidios hubieran muerto de viejos en la tranquilidad de sus camas.

Al menos una parte importante de la cúpula nazi debió rendir cuentas y escuchar la acusación del fiscal Robert H. Jackson y marchar al patíbulo al igual que algún grupo de sádicos médicos y civiles asesinos.
Es probable que fueran muy pocos los que fueron conducidos y ajusticiados por la comisión de tan graves delitos, pero los suficientes para que quede en la conciencia colectiva de los pueblos que existen límites que nunca más serán tolerados si se sobrepasan.

Hace unos días fui a ver “Migas de Pan”, la película que se centra en la represión, eliminación, tortura, violación y todo tipo de vejaciones a las presas políticas en nuestro país.

Cuando salí del cine pensé en la justicia. En qué era para mí. Me interrogué pues me exigía a mi mismo la más sincera de las respuestas. Y respondido me lo puedo guardar en mi interior, dejármelo en mi silencio… pero no quiero. Me niego a callar, a actuar fingidamente, a decir algo distinto a lo que sinceramente pienso.

Por si no lo saben soy abogado, sólo lo indico como una referencia, por lo que de alguna manera formo parte del aparato técnico-jurídico de nuestro país. Y que además de mi actividad privada asumo responsabilidades públicas.
Podría flotar y repetir la letanía correcta y esperable de un jurista acomodaticio. Pero no, me niego. Hay cosas en donde planto bandera. Será porque tengo vocación por la búsqueda formal y material de la justicia y que no me van los cómodos tecnicismos. Y me quede cavilando, reflexionando en silencio que si por mí fuera, si me preguntaran cuál es mi sueño de justicia para aquellos que cometieron delitos de lesa humanidad, genocidio y todo delito aberrante en nuestro país, es imaginarme, así sea por un momento o por única vez, un Tribunal de Núremberg pero en Uruguay, con Jackson acusando y con tribunales condenando en la misma extensión y contenido de las sentencias de Núremberg para al menos retornar, así sea en mi imaginación, a un mínimo de equilibrio entre el daño y la reparación.

Como se lo planteó el fiscal Robert H. Jackson, al menos sanear un poco a la Humanidad de tanto vil ultraje aunque en lo personal me cueste aquello de “tener que arder en el mismo infierno para asegurarme que mis hijos estén a salvo”.

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