26
Jul
16

la Gestapo uruguaya

Un abrazo de tres

 

escribe: Ismael Blanco, Analista


Por estas horas me encuentro lejos de casa. Es que cuando puedo y sobre todo me lo permiten mis quereres me voy por ahí. Más que buscando nuevos caminos, buscando reconfortarme con la calidad humana, con el humanismo que existe en lo recovecos del mundo, en las gentes sencillas, aquellas que residen tranquilamente, lejos de los focos y las marquesinas, que no suelen estar en los grandes debates, ni aspiran a tener relevancia en los grandes titulares. Son aquellos que trabajan, que pasan por la vida sin alharaca pero con sutil algarabía y siempre termino confirmando que son tan parecidos a cualquiera de nosotros, con sus preocupaciones, sus penurias, sus sueños, amores y esperanzas.

Hace rato que me vengo olvidando de agradecer profundamente el calificativo de “analista”, sobre todo cuando emito consideraciones sobre diversos temas, en particular cuando se trata de un tema político o un hecho social cualquiera, pero con sinceridad digo que me suena demasiado exagerado para lo que suelo hacer. Prefiero definirme como un simple observador que arriesga su opinión o parecer y que rapsoda la historia que nos toca.

Mientras iba recorriendo los kilómetros que me separaban del pequeño “paese” donde habita mi hermana, me daba el tiempo -ese necesario e imprescindible- para ir valorando y evaluando de qué esta hecha la vida, de su finitud y también de su vastedad, de que en los detalles siempre se encierra la belleza y que la búsqueda de lo estruendoso y exagerado no es más que algo efímero. Pensaba también, de que solemos pasarnos por alto los afectos para volvernos prácticos, ejecutivos y cuando no indiferentes. Que desatendemos y olvidamos tener rigor con nuestras ideas. Que desaprovechamos la buena fe cuando se nos presenta. Que somos omisos con el diferente, cuando no, lo condenamos y si es posible lo aplastamos.

Pensaba también que en una de esas, estos asuntos se me presentan porque ya no soy aquel muchacho de hace treinta años atrás, ese que como cualquiera de ustedes, con menos de veinte, creía que la vida era tan extensa como el horizonte, y que más que aire respiraba optimismo. Hoy en día, no es por aflicción ni tampoco melancolía mas reparo en las cosas con más detenimiento atribuyéndole el justo valor que tienen. Es por eso que cada segundo, cada instante, vale la vida misma.

El lunes estuve en Dachau, el primer campo de concentración “Nazi”, a poco más de 10 kilómetros de Múnich, donde nació la serpiente. A cargo de las “SS” y supervisado personalmente por el propio Himmler. El “campo” se convirtió en el prototipo de la infamia y la vergüenza humana. El primer ensayo de lo que vendría después a extenderse por más de una década por toda Europa. Por allí pasó, sufrió y murió asesinada lo mejor de la sociedad alemana de la época. No hubo distinciones ni consideraciones de ningún tipo, a éste marcharon opositores políticos de todas las tendencias, judíos, sacerdotes católicos, testigos de Jehová, intelectuales, aristócratas antifascistas, gitanos, homosexuales y todo aquel que sostuviera un pensamiento demócrata y progresista.

Enfrentarme a Dachau, a diferencia de Terezin o Auschwitz, fue lo más parecido a los campos de concentración creados por la dictadura uruguaya como: “Punta Rieles” o “Libertad”. Pude reparar el mismo concepto de lo pérfido y cruel. Un campo de exterminio físico pero sobre todo de aniquilamiento síquico.

En los amplios barracones y salas se exponían las fotografías de hombres con sus familias, en escenas normales y naturales: ejerciendo su profesión o en un día de campo, escribiendo o posando para el retrato. Hombres junto a sus amigos o junto a sus hijos o esposas. Individuos sonrientes, con miradas claras y llenos de vida. Era evidente que lo que nos mostraban eran seres iguales a cualquiera de nosotros que un día como resultado de un complejo y putrefacto deterioro social terminaron allí.

Se calcula que 200.000 prisioneros pasaron por Dachau pero quería recordar a uno en particular, al neurólogo y siquiatra austríaco Viktor Frankl, autor del famoso libro “El hombre en busca de sentido”. Lo conocí luego de la muerte de mi hermano, fue mi padre quien me hablo de él. En particular sobre cómo los humanos podemos decidir como actuar ante las circunstancias adversas, ante el sufrimiento, la pérdida y la desesperación. De que el sentido a la vida se lo da uno mismo. Que todo puede sernos arrebatado, pero que hay una libertad que es incoercible, que la llevamos dentro nuestro, puramente propia y que no puede ser doblegada si nosotros no queremos.

Yo sabía que el 20 habría en “Maldonado y Paraguay” un acto de desagravio y de recuperación de la Memoria en donde funcionó Inteligencia Policial durante la dictadura fascista. Que se denunciaría la responsabilidad de Víctor Castiglioni, Mario Ferreira Toma y Máximo Acosta Rocha como los directores de esa versión de la “Gestapo uruguaya” donde se secuestrara, torturara, violara y humillara a miles de patriotas.

Más allá del intercambio cibernético con un grupo de compañeros de que en el acto hubo “cosas que sobraron” o “que eran para otro día”, lo importante y significativo es que en nuestro país ya no hay silencio del Estado sobre lo que allí ocurría.

Me quedo, además, con las caras sonrientes de los compañeros, tan dignos y tan triunfantes.

Frankl parece estar en lo cierto cuando dice que: “comprendí cómo el hombre, desposeído de todo en este mundo, todavía puede conocer la felicidad –aunque sea sólo momentáneamente- si contempla al ser querido”. Me imagine que eso pasaba en Dachau o en “Punta Rieles”, o en “Libertad” o en “Maldonado y Paraguay”.

La otra noche soñé que abrazaba a mi hermano. Siempre me quedó esa sensación extraña, la de un último abrazo. De que en mis manos quedara contenido su cuerpo caliente y vital. Soy consciente que no es posible irse a la nada y despedirse como quien se va a un viaje cualquiera, pero como dice Frankl me faltó al menos una última contemplación… y me llena de rabia…

Cuando me despedí de mi hermana en “Cologno” sentí que el abrazo profundo, silencioso, intenso era un abrazo de tres y tres fueron las palabras: “nos estamos viendo”.

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