28
Jun
16

el gobierno y la izquierda

La suerte está echada

 

escribe: Dr. Ismael Blanco, Analista

Cuando digo ciertas cosas no lo hago con ningún afán gratuitamente pendenciero. Mucho menos si se trata de algo que para muchas personas, en particular militantes con los que comparto organización e ideas, les resulta un asunto de cardinal importancia. Pero no sería honesto con ustedes si una vez más no les trasmito lo que pienso de forma clara y contundente. Si alguna duda tuve, me he terminado de convencer en estas horas que el asunto de la reforma constitucional no es precisamente uno de aquellos temas que hoy sea prioritario para la ciudadanía y en particular en este caso -no por cuestiones de sectarismos sino a los solos efectos de individualizar más- tampoco lo es para el pueblo frenteamplista.

Por supuesto me adelanto a aclarar que no soy, ni pretendo ser, el dueño de la verdad –faltaba más- ya que no será la primera vez que la realidad me encaje una piña frontal y de pronto suceda que la modificación de nuestra Carta Magna sea el tema preeminente que desvele a los uruguayos. Sin embargo algo perciben mis sentidos de que las preocupaciones de la población pasan por otro lado.

No es necesario ser un jurista para señalar que las constituciones, cualquiera sea su país y época, deben de tanto en tanto ser actualizadas. También es cierto que por tratarse de una ley que se aprueba buscando el mayor consenso social, que los acuerdos para modificarlas no son de fácil arribo y que los mecanismos para hacerlo revierten de cierta complejidad.

Es que basta pensar que en la Constitución es donde se expresa el contrato social principal de una sociedad, donde se establecen los principios fundamentales de un Estado, donde se incorporan -para hacerlos valer en un rango superior- todos los derechos y las libertades de los ciudadanos, sus garantías y sus obligaciones, donde se constituyen los poderes que lo componen, sus límites y sus instituciones políticas. Por tanto es evidente que para modificar tan compleja norma, asumir esta tarea al menos para mí, requiere no sólo de la voluntad de hacerlo, sino también de la convicción de arribar a grandes acuerdos con todos los actores sociales y políticos que hoy componen esta sociedad y por qué no, incluyendo a la oposición.

Pensar que cambiar la Constitución es jugarse a ganar una elección más, a que la misma nacerá de una eventual mitad de la voluntad ciudadana, es hacer lo mismo que se hizo antes, es decir habrá una Constitución que regirá pero que sólo contendrá la aspiración de una parte del pueblo, importante pero una parte al fin. Y como no declamo patriotismo chovinista alguno y además porque siempre el derecho comparado es una referencia necesaria, no comparto aquellas constituciones reformadas en clave de situaciones coyunturales que no tienen garantías de sostenerse mínimamente en el tiempo.

Se me podrá decir que la actual constitución con sus modificaciones está desactualizada, que es hija de un Uruguay que ya no existe, que en ella no se expresan ni se establecen un conjunto de nuevos derechos, o que es demasiado presidencialista. También puede decirse que el poder judicial tiene una organización demasiado aristocrática, donde no rinde ningún tipo de cuenta de su actuación ante la sociedad y donde los integrantes de la Suprema Corte de Justicia se convierten en los defensores del conservadurismo más anacrónico y declaran a piacere inconstitucionalidades.

Y digo también que muchas de esas cosas puedo llegar a compartirlas y bastante tinta he dedicado a este tema. Pero también digo que no todo lo que no se puede hacer es porque la Constitución no nos lo permita, porque una vez y otra también nos hemos convertido en los campeones del desacierto, la impericia y la incapacidad, haciendo las cosas mal, por momentos de forma asombrosamente torpe y más de una vez planchados antes de la consideración de los supremos magistrados con la opinión de un Fiscal de Corte que no precisamente proviene de una herencia de antiguos pelucones.

Sólo una reflexión más al respecto: la Constitución es una norma que como otra es interpretada, que cuando llegado el caso un juez explica el sentido del contenido de un enunciado puede diferir de lo que otro juez entienda analizando el mismo caso y el mismo problema. Admito que esto podrá ser incomprensible y no compartido por muchos de ustedes, pero es así. Y digo también que el juez que analice el caso en cuestión no lo hace despojado de subjetividades, de su propia experiencia y de su carga ideológica.

Sólo así es explicable porqué normas que han tenido tanta repercusión y notoriedad como la del ICIR (Impuesto a la concentración de inmuebles rurales) o la “Ley intrepretativa de la caducidad”, en sus fallos hubo discordias entre sus jueces. Es por eso que siempre me pregunto y sostengo, si en realidad lo que debería cambiarse más que una contitución es la cabeza de los jueces para que dejen de ver el mundo desde una visión conservadora y de defensa de un status quo determinado.

En estas horas el Frente Amplio aprobará encaminarse a una reforma constitucional, y lo digo clara y rotundamente, en este estado de cosas embarcarse en esa empresa es un profundo error y lo digo esperando equivocarme en lo que sostengo.

Hoy nos va la vida en otros asuntos más urgentes y las últimas acciones de gobierno han agregado mas confusión y desconcierto en la ciudadanía y muy en particular en los votantes frenteamplistas. El déficit acumulado, la gravedad de lo sucedido en Ancap, el decreto de esencialidad en la enseñanza y el ajuste fiscal van a la cuenta más de los errores propios que de la crisis internacional en que estamos inmersos.

“Alea jacta est”, significa algo así como “la suerte está echada”. Dicen que es lo dijo Julio César al cruzar el Rubicón, a sabiendas de que esa acción traería considerables consecuencias.

La actual Constitución no impide en lo más mínimo cumplir con nuestro programa de gobierno y eso no lo ve quien no quiera verlo.

Si mi opinión es condenada me tiene sin cuidado, quizá Julio César tenía razón cuando dijo que “Los hombres creen gustosamente aquello que se acomoda a sus deseos”.

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