28
May
16

ser joven … ¿”nini”?

Esa tomadura de pelo de los “ninis”

escribe: Alberto Quiñónez / Rebelión

En las últimas décadas, los organismos multilaterales de cooperación y la academia norteamericana –principal pero no únicamente, porque en el terreno hay otros actores que le hacen el juego-, han venido desarrollando el estudio de las “nuevas problemáticas” de los “países en vías de desarrollo”, nuevo mote de los países subdesarrollados y de los pueblos oprimidos, explotados, saqueados y marginados en el plano de la expansión imperialista y de la configuración de un sistema mundial de valorización del capital.
El eufemismo de los “países en vías de desarrollo”, debería ya lanzar una alerta sobre el público en general y, sobre todo, sobre el cientista social acerca de que en el discurso ofrecido como científico, es decir, validado por los criterios actuales –e impuestos- de objetividad, operan en realidad formas de enmascarar la realidad misma (o al menos, la realidad esencial de las cosas) y, a la vez, de marginar los desarrollos teóricos que en su momento han explicado, con mayor profundidad y con miras más amplias y complejas, tales problemáticas.

Tales estudios lejos de develar, de traer a la luz, arrojan un velo sobre la realidad. Embozan doblemente porque su objetivo no es sólo retrotraer del estudio profundo, causal, de un fenómeno, hacia la descripción superficial y la correlación fortuita de las variables que dicho fenómeno involucra. No sólo es eso, repito, porque el objetivo más que epistémico es político: la configuración de una episteme –con su propio lenguaje y sus propias reglas, con sus estándares y sus jueces- es el hecho premeditado para establecer un proyecto político al cual aquella responde. Una ciencia que esconde los nodos esenciales de la realidad es una ciencia que se niega a la transformación. Una ciencia que se construye con eufemismos baratos es una ciencia que ni siquiera está comprometida con la labor crítica del pensamiento.
En ese marco, que he delineado de forma quizá muy esquemática, aparece como sacado de la manga de la camisa el problema de la población joven [1] que no tiene acceso ni a educación ni a empleo. La ciencia indigente ha sugerido –o impuesto- uno de esos neologismos venido de las cortes de las nomenclaturas idiotas: ninis. Jóvenes que “ni” estudian, “ni” trabajan. No tengo el dato exacto de la mente brillante que acuñó dicha categoría. Lo que sí sé, es que siglo y medio antes ya Marx establecía como tendencia secular del capitalismo la creación de una masa demográfica en situaciones de exclusión. Lo que sí sé, es que el mismo Marx llamaba a esta masa “superpoblación relativa” en su connotación demográfica. Y sé, además, que para ver más allá del fenómeno puramente demográfico, Marx desarrolló la categoría de “ejército laboral de reserva”, que no sólo alude a la existencia de una masa excluida sino que lo relaciona con el proceso de acumulación capitalista, es decir, con la dinámica económica.
El “problema” con Marx es que devela, arranca sin amabilidades hipócritas el velo de las relaciones de trabajo en la sociedad capitalista, exponiendo en carne viva el proceso de valorización del capital como un proceso de explotación de la fuerza de trabajo, es decir, la apropiación sin correspondencia de la realización del valor de uso de tal fuerza de trabajo por parte de aquel que brinda empleo (el capitalista), y que no genera este empleo por caridad o por inercia, lo hace para valorizar (es decir, extraer ganancias de) una masa de recursos determinada. Este proceso, siguiendo a Marx, exige que los diferentes capitales individuales que compiten en el mercado intenten innovar sus métodos de producción, siendo la tecnología el principal elemento que permite minimizar costes laborales e incrementar la productividad del trabajo. En la sustitución de fuerza de trabajo por capital constante, es decir, en el aumento de la composición orgánica del capital y de sus derivaciones demográficas que, como ya ha sido dicho, lleva a la generación de una “superpoblación relativa”, hecho que además permite disminuir salarios a niveles de subsistencia y que hacen de la “superpoblación relativa” una masa funcional a la valorización del capital, es decir, un “ejercito laboral de reserva”, es en ello que deben buscarse las explicaciones de la situación de exclusión juvenil, pero en tanto exclusión y no como un abanico fenoménico recién descubierto por una ciencia social indigente. Pero ver eso es ver demasiado e invita a mover demasiadas piezas en el puzzle de unas relaciones sociales de producción que nada tienen de juego pero sí mucho de dominación.
Uno de los colmos orgásmicos de la cuestión es que académicos, que por lo menos no esconden su filiación ideológica ni su adscripción política, tienden a hacer del problema de la exclusión sistémica un problema de asimetrías de información; la pauperización relativa, la marginación y la exclusión y segregación educativas, pasan a ser un problema de coste/beneficio que deben resolver los mal llamados “ninis”, tal como dejó entrever una académica de una escuela superior de negocios, cuyo nombre no mencionaré [2]. Esta posición fue clara e incluso reiterada cuando a dicha académica le preguntaron, en un foro público [3], si a su consideración el problema con la educación era relativo a elecciones racionales y no a procesos de exclusión.
También es deplorable que algunos de los programas esgrimidos desde el gobierno como punta de lanza para el tratamiento de la problemática de la exclusión juvenil, resulte ser la financiación por parte del Estado de un periodo de prueba para las y los jóvenes contratados por primera vez. Es absurdo. Es seguir privatizando los recursos públicos, que deberían más bien ser socializados. La impertinencia de una medida así se demuestra por simple lógica, si la generación de riqueza ha seguido creciendo, aunque sea a tasas magras, a la par que ha crecido la masa de población joven desempleada, lo que ha ocurrido es un aumento de la tasa de plusvalía, es decir, un incremento en la tasa de explotación de la población efectivamente empleada. Financiar con dinero público la contratación o pre contratación de población juvenil significa subvencionar desde el Estado la rentabilidad de empresas que han ahondado sus procesos internos de explotar la fuerza de trabajo joven.
Pero parece que resulta obvio. En ausencia de referencias teóricas, nos arrojamos al abrazo ciego de cualquier cosa medianamente estructurada para explicar los procesos de nuestra realidad. La moral de borregos que parece ser la fuente común de la que bebe el funcionariado público, algunas organizaciones de la sociedad civil y la academia complacida con las payasadas del poder, les hace aplaudir y decir que sí a cualquier muñeco de paja que aparece en la palestra de nuestra ciencia social. Pues bien. Habremos de decir que no. No. Por resistencia, por justicia, por dignidad.

Notas
[1] En términos generales, por población joven se entiende a la población cuyas edades oscilan entre los 15 y los 24 o 29 años, según el criterio que se tome como referencia. Esta caracterización puede sufrir complicaciones si se analizan los marcos normativos que positivizan el hecho sociológico y demográfico de “ser joven”, pero es un análisis que aquí no nos importa para los fines del artículo.
[2] Sí lo mencionaré y por una razón sencilla: porque tal declaración merece ser debatida y ojalá quienes enarbolan este ideario obcecado de inhumanidad tuvieran la apertura para un debate real sobre este y otros problemas, y no sólo la disposición a montar un monologo mal hecho, frente a otros actores de la vida nacional. Las declaraciones fueron dadas por Aída Lazo, economista de la ESEN.
[3] Presentación del estudio “Los jóvenes NINI en El Salvador” de Fundaungo, el 12 de mayo de 2016, en donde Aída Lazo participó como comentarista.
Alberto Quiñónez, Miembro del Colectivo de Estudios de Pensamiento Crítico (CEPC).
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