09
Mar
16

la ética y la realidad

Me va la vida en ello

escribe : Dr. Ismael Blanco

A todos nos pasa -y si no es a todos a unos cuantos- y es que de tanto en tanto solemos interrogarnos sobre el sentido de nuestra existencia.

Parto del supuesto que no necesariamente esto sea un ejercicio reservado a los eruditos o filósofos o a aquellos pensadores que puedan acreditar una destacada prosapia. Estoy convencido que la gente de todo tipo, de toda formación, con sus particularidades y características y en particular las más sencillas, se hacen la misma pregunta y desde las profundidades de los tiempos, y es aquello de: ¿Para qué estamos? ¿Para qué vivimos? En definitiva qué sentido tiene la vida misma.

Es evidente y relativamente incuestionable que la respuesta a esta interrogante es amplia, y que la misma es tan válida y axiomática si partimos de la premisa que no existe una única verdad ni una única respuesta.

Esto viene al caso porque en lo personal me sucede que por estos días una y otra vez me pregunto: ¿para qué se quiere el poder? ¿Cuál es el fin de que exista un debate político e ideológico en la búsqueda de la conquista del poder? Y en particular, ¿para qué nosotros los izquierdistas queremos acceder al poder de gobernar, de llevar a cabo un plan de gobierno legitimados por la voluntad de la ciudadanía? La respuesta puede ser sesuda si se quiere, compleja, apelando a justificaciones y explicaciones filosóficas, sociológicas, antropológicas y de muchas ciencias más.

Ahora bien, en lo que a mí respecta, mi respuesta es simple: nosotros los izquierdistas queremos el poder porque queremos alcanzar la felicidad, pero no cualquier felicidad, la felicidad colectiva y en ese tránsito son imprescindibles los revolucionarios, que son ahora -y serán siempre- los que en aras de alcanzarla están dispuestos a hacer todo por ello y si es necesario hasta morir en su búsqueda.

También digo que para llevar adelante esta premisa no hay atajos ni simplificaciones de ningún tipo. Es una construcción permanente y se basa en las ideas, en los ejemplos, en la transparencia y en un pilar fundamental, la base donde todo se soporta, y que es la construcción de la confianza.

Lo que hemos logrado ha sido sin ardides de ningún tipo, sin trucos, sin engaños… a verdad limpia.

No hay nada más conservador, más reaccionario y ajeno a nuestras ideas que la mentira como herramienta política y al menos algunos de nosotros estamos convencidos que hay asuntos que hacen a nuestra esencia y que no estamos dispuestos a tolerar deslealtades a cualquier precio.

Ahora bien, hoy un amigo por un asunto mundano me dijo que la calle estaba hecha para los valientes, pero no me lo dijo en un arrebato de ostentación, de reciedumbre, sino más bien dirigido a que en la calle no existen dobleces o falsías, que por estos días se han vuelto asuntos más propios de los alcázares y los príncipes del poder.

Esto me trajo a la mente una de esas maravillosas máximas que mi abuela “La China” de pequeño me instruía como un principio fundamental para que me manejara en la vida: “a los amigos no se los abandona ni en la cárcel ni en el hospital”. A esas sabias palabras, yo en estos tiempos donde soplan vientos más que de “marzo”, de traición y de felonía, le agregaría que a los amigos tampoco se los abandona cuando otros los golpean o intentan aislar por cometer “el pecado” de decir la verdad.

Antonio Gramsci, inspirado en el premio Nobel francés Romain Rolland, reafirmó la idea de que la verdad es siempre revolucionaria y agregó “decir la verdad y llegar juntos a la verdad es una cuestión ética”.

En estos tiempos -como en casi todos- el decir la verdad en política es un acto tremendo, y quien osa hacerlo se expone, asume un riesgo, pues uno se somete a todo: al manoseo, a la crítica y al escarnio del peor de los mediocres, a ser juzgado por cualquier tipo de rata, con el perdón del roedor. Vivimos tiempos donde resulta muy cómodo mentir y sumarse a la mentira.

Vale todo a fin de mantenerse en el poder.

En lo personal plantear estos temas en absoluto debilita a la fuerza de izquierda a la cual pertenezco y no de ahora, ya que no llegué a ella en tiempos de victorias. Supe, como miles, conocer las más amargas derrotas y me formé en la militancia activa desde mi adolescencia y como muchos niños hijos de perseguidos conocí los avatares del fascismo.

Como decía Zitarrosa: “Yo sé quien soy”.

Y así como yo, me consta que existen mujeres y hombres de izquierda que hoy se sienten indignados ante tanta nomenclatura e irrespetuosidad.

Siguiendo a Gramsci, creo en la necesidad de forjar “la conciencia política de las decisiones primero en el campo de la ética, luego en el campo de la política para elaborar una concepción superior real”. Agrega: “la conciencia política es una primera fase de una ulterior autoconsciencia donde la teoría y la práctica se unen.”

Entonces si reconocemos que debemos transitar ese proceso de elaboración de ideas políticas es necesario que la gente común, o los comunes para utilizar en el sentido británico del concepto, o los sencillos si lo preferimos en el más puro castizo, se sientan representados en ese proceso y en las decisiones políticas que se adoptan por parte de quienes gobiernen o pretendan dirigir un proceso de transformación social, pero solo esto se sustenta y perdura en el tiempo si se fundamenta en una actitud ética que le transmita confianza a las masas.

Gramsci hace un orden perfectamente lógico al priorizar la ética sobre la política ya que sin ética ninguna decisión vale. Me da, que deberíamos recordar y reafirmar en estos tiempos, aunque suene como un viejo choto para algunos, el reivindicar lo que alguien escribió metido en una celda casi hasta que salió muerto de ella.

Por último una reflexión más, yo conozco y he conocido mujeres y hombres de izquierda que mintieron, y lo hicieron descaradamente, pero lo hicieron por una razón fundamental, no para salvarse ellos mismos, ya que nadie podía salvarlos, sino que mintieron para salvar en primer lugar otras vidas y en segundo lugar o si se quiere en último, una idea, porque antes de la idea existía algo previo, la substancia ética.

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