11
Dic
15

la derecha internacional

El converso

escribe: Dr. Ismael Blanco, Analista

Asumo que cada una de nuestras palabras cuando son dichas no son caprichos ni son azares, ni vienen y salen de nuestras bocas porque estén pasando cerca de la lengua, no caen por allí como hojas que las arrastra el viento. Lo mismo o más ocurre cuando se trata de palabras que uno elige para que sean puestas en un papel y queden definitivamente grabadas.

Evidentemente, ya siendo escritas, uno asume un grado más de responsabilidad, se reduce la posibilidad de doble interpretación o del juego dual o de la intención disimulada. Ya aquí no se podría o no se debería al menos decir que uno es mal interpretado.

Es en estas cosas que asumimos el bienvenido riesgo, la posibilidad de ser calificado y también el reto, el desafío del otro, de ese a quien muchas veces buscamos para contrariar y que muchas veces se nos esconde en el anonimato de lo virtual y lo aparente, ya que el avance tecnológico aún no ha desarrollado un sistema que evite al provocador, al medroso y al cagón.

No es que pretenda ir por la vida resaltando los contrasentidos, los sinsabores, las hipocresías o los dobleces, que por tan humanos y tan dañinos nos resistimos a acostumbrarnos.

Por cierto, que por más que uno se indigne con ciertas cosas, éstas están allí, existen, existieron y seguirán existiendo aún cuando nos vayamos, eso sí, siempre andaremos con la esperanza de que algún día cambie algo de todo esto.

Así como tengo como permanente referencia algunos autores, de esos que nos ayudan a pensar, que a través de sus palabras nos hacen llegar pensamientos profundos, que nos trasmiten ideas que nos transforman con ellas, o que estimulan nuestra imaginación transportándonos a diversas historias y a distintos tiempos logrando humanizarnos y salvándonos de la mediocridad, de lo superficial o lo intrascendente, existen otros que nos recuerdan hasta que punto un individuo se puede volver brutal, absolutamente feroz cuando se vuelve un converso y actúa con una naturalidad extrema denostando e intentando denigrar como lo hace militantemente Vargas Llosa.

En su última columna de “El País de Madrid”, el autor peruano persiste en su reconocida militancia reaccionaria y se pone de pie para aplaudir el triunfo de Macri en Argentina y en particular, lo hace para subrayar el contenido liberal del pensamiento del nuevo presidente del vecino país. De más está decir que lo hace como no podía esperarse de otra manera con el indudable refinamiento de su carcunda pluma.

Pero no se queda en esto, sino que su euforia es sobre un libro recientemente editado en Chile, que sugestivamente se llama “Diálogo de conversos” de Roberto Ampuero y Mauricio Rojas.

La referencia y el “análisis apasionado” del Nobel, diría que hasta podría hacer que fuera innecesario leer el libro para conocer su contenido, ya que nos lo adelanta, pues le dedica casi la totalidad de su última columna al convertirla en un laudatorio al renunciamiento que los autores hicieron a su pasado de militantes izquierdistas.

Don Mario, de manera ladina no pierde oportunidad para buscar “semejantes”, o decir que otros también son sus pares, y genialmente los presenta como compañeros de camino, del mismo que él eligió cuando decidió cambiarse de bando.

Será que uno tiene la costumbre de detenerse y atender en aquellos signos que advierte que no están allí por tratarse de detalles y con más razón cuando quien lo propone no es un individuo sin pretensiones a la hora de elegir conceptos y enunciar juicios.

Basta repasar la historia para contrastar hechos y circunstancias o para poner en evidencia la profundidad y el filo de lo que se quiere decir. Uno puede plantearse que un converso es aquel que por algún proceso de vida, que por algunas circunstancias que le haya tocado transitar cambia de ideología. Si se quiere se puede decir que abundan los ejemplos sin perjuicio que uno siempre tiene el derecho a reservarse la sinceridad y la honestidad de ciertas conversiones.

Siempre se pretende decir que el converso es un “evolucionado” alguien que cambió para mejor. Sin embargo resulta desligarse conceptualmente que el converso no es otro que un convertido, un fulano de tal al que por el propio término utilizado a uno le cuesta creer en la sinceridad y la honestidad de su pretendido cambio.

Pero no es ni más ni menos que en la “santa inquisición española”, donde el término en cuestión tuvo la más terrible de la acepciones, ya que se refirió a los miles de hombres y mujeres que por su raza, credo o ideología fueron perseguidos y torturados, debiendo sin opción y llevados por la crueldad de las circunstancias, a abrazar la religión católica para poder salvar sus vidas y escapar de la inhumana ferocidad de curas y reyes.

Estas aberrantes persecuciones tuvieron lugar en particular en los reinos cristianos de la península ibérica contra judíos y moros institucionalizando verdaderos pogromos por momentos casi olvidados por todos.

En estos días se quiere no distinguir entre los “convertidos” de Vargas Llosa que tanta indisimulada euforia le generan, y las multitudes que en el medioevo sufrieron las peores aberraciones aplicadas ya como un adelanto de lo que sucedería en la locura fascista del siglo XX.

Subrayo la diferencia entre unos y otros, diría yo que es un necesario acto de justicia con esas mujeres y hombres. Igualar los distintos tipos de “conversos”, utilizar el mismo vocablo, la misma referencia lingüística no es otra cosa que una forma cruel de banalizar la historia.

Como venía diciendo al principio del artículo, las palabras nunca son casuales, ni las dichas ni las escritas; definitivamente, las palabras expresan ideas y las ideas están siempre calzadas de ideología.

No es solo de ahora, pero si de tanto en tanto surgen las justificaciones de virajes, del “porqué del cambio”, que en estos casos generalmente se fundamenta en un cambio en el “otro” para excusarse de “seguir” y para alegar las razones para mutar.

Aún en estos tiempos aparecen los “conversos”, los “judas”, los felones de aquí o de “allá” que nos explican sin movérseles un solo músculo de la cara, que su cambio obedece a una “evolución”, a un “darse cuenta” que su equivocación tal vez se debió a un asunto de generación.

Estos personajes, los reales, los ciertos o los creados por Vargas Llosa, se presentan en parte como el personaje de “Claudio” de Hamlet, que finge ser honrado cuando en realidad esconde las más grandes mentiras cegado por su ambición sin límite. Este personaje es egoísta, ególatra, ruin y es por ello que actúa sin escrúpulos.

Lo cierto es que “Claudio”, tiene la fortuna de ser una creación literaria de un brillante dramaturgo y de esa forma ha pasado a la fama póstuma, pudiendo ser igual que Judas Iscariote, un traidor por los siglos de los siglos. Pero estos son excepciones, ya que los traidores, en todas sus variantes y manifestaciones están condenados -además de al repudio- al olvido, al necesario olvido de las páginas de la historia.

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