06
Nov
15

pcu; “las armas de guerra”

El aparato armado del PCU (2*) de traidores y valientes
Esteban Valenti

Dice mi padre, que un solo traidor

puede con mil valientes

(Adagio a mi país) Alfredo Zitarrosa.

No comparto esa estrofa tan dura del querido Alfredo. Sobre todo si se mira la historia y no la crónica, a la larga, los resultados pueden ser diferentes y aunque no siempre triunfan los valientes, los cobardes la mayoría de las veces no pueden, terminan donde les corresponde.

La historia del Uruguay y de su lucha contra la dictadura no es la historia del triunfo de los traidores, aunque hayan hecho mucho daño y causado mucho dolor. En estos tiempos se habla demasiado de traidores y creo que se está construyendo un nuevo relato, en el que los protagonistas estrella son los traidores, aunque terminen presos, denunciados por su propio hijo o sigan entreverados en sus sombras.

La historia merece ser contada lo más completa posible, y tiene que haber espacio para los miles y miles de valientes que se jugaron el pellejo, la libertad y salieron con la frente en alto y viven su vida en el silencio de su honor y de su coraje casi olvidado. Y fueron muchos.

No pretendo contar todas las historias, afortunadamente son miles de mujeres y hombres, de diferentes orígenes e ideas, solo quiero aportar mi conocimiento parcial.

Hay una parte del llamado aparato militar del PCU que casi no se conoce, o solo está registrada en el novelón fascista de la dictadura, sus publicaciones y sus diarios. En este caso voy a referirme al Corme, a un barquito de no más de 9 metros, de madera, de un color indefinido entre el gris y el verdoso, más parecido a una caricatura que a una nave de aventuras.

El Corme fue uno de los dos barcos que tenía el PCU, el otro se llamaba Aldebarán. De ese tengo pocas noticias.

El Corme que tenía un motorcito diésel ruidoso y fumoso desarrollaba a toda máquina la tremenda velocidad de 10 nudos, para los legos, 18 kilómetros por hora. Pues ese barquito, en plena época de la dictadura cruzó varias veces el Río de la Plata que tiene más de 200 kilómetros de ancho, con sus tres tripulantes, varios pasajeros y carga.

Y cruzó el río entero, partiendo del puerto del Buceo y llegando al Tigre o a San Fernando en la República Argentina. Nunca lo detuvieron, ni fracasó en ninguna de sus misiones. Cruzaba con buen tiempo o en medio del río encabritado. Era fiel como un viejo y aguerrido guerrero.

Solo pensar que en esa cáscara de nuez se cruzara el río, transportando clandestinos, de ida y de vuelta, cargas varias y aunque no mediara la tarea de sortear la vigilancia de las prefecturas de ambas márgenes del Plata, ya serviría para escribir un libro que nadie escribirá nunca.

Había que tener un buen par de atributos marineros para subirse a aquel madero navegante, con su motorcito y una solitaria vela. Y eso es lo que tenían y demostraron en los números cruces, Carlos “el Toto” Visca (el patrón) que vive y lucha y los dos compañeros que fallecieron, Gastón Ibarburu y el negrito Mario Díaz. También debo mencionar a Manuel “el lolo” Rodríguez, que fue quien compró el barco y a Bladen Ramirez que participó de muchas de las tareas del Aldebarán.

Los tres primeros cruzaron hacia la argentina a varios compañeros que el partido había decidido sacar del país, y fue el Corme en una noche de perros del año 1975 el que retornó al Uruguay, partiendo del puerto de San Fernando a Alberto Altesor, luego de ser operado por René Favaloro, el gran cirujano y mejor ser humano.

A Altesor hubo que operarlo con cierta urgencia porque tenía una grave dolencia cardíaca. Le hicieron tres bypass y le cambiaron una de las válvulas. Altesor estuvo convaleciente varias semanas en Argentina y desde que se repuso un poco, se dedicó a joder reclamando su vuelta, no había forma de contenerlo, él quería volver a ocupar su lugar aquí en Uruguay. Y volvió, y aquí pudo militar algunos meses hasta que lo detuvieron, lo torturaron y siguió luchando desde la cárcel. Y salió luego de muchos años de prisión y siguió peleando.

El viaje de regreso fue en las peores condiciones meteorológicas, pero excelentes para la seguridad de la operación. Duró larguísimas horas – no menos de diez horas – porque si el Corme era lento en condiciones normales, con oleaje importante era más lento todavía. La travesía tuvo de parte de dos de los tripulantes una larga estadía en la borda del barco con el estómago de la parte de afuera. Menos el Toto Visca y Altesor.

Llegaron al alba al Puerto del Buceo y Altesor fue recibido por un equipo de compañeros con un vehículo del partido y la operación culminó exitosamente, en todo sentido. A Altesor lo torturaron salvajemente y la válvula, los bypass y el corazón le aguantaron todo.

Al Corme y su tripulación la cantó el Pato Coirolo pero algunos de  sus tripulantes lograron salvarse. El Toto porque se durmió en el ómnibus 104 que lo llevaba al Puerto del Buceo y se pasó de parada, cuando se levantó de apuro, pudo ver que sobre el barco, fondeado en medio de puertito había milicos revisándolo. Se refugió en la embajada de México, estuvo exiliado varios años, volvió al país y sigue en el trillo. Gastón también partió para México, estuvo en diversos países y junto al Toto y a otros compañeros pelearon en Nicaragua, estaban en el mismo grupo con Héctor “el Meme” Altesor que murió combatiendo en julio de 1979. El negrito Mario Diaz, tuvo una larga y muy dura prisión durante la dictadura.

Este es un relato de un solo cruce, hubo muchos otros, pero lo más difícil, lo imposible es penetrar debajo de esos hechos, llegarle al alma de las cosas. Reproducir esas conversaciones de boliche o a bordo, preparando un cruce, las reparaciones del barco, los detalles del aprovisionamiento, los fondeaderos, la compra de un bote neumático con un motor silencioso para facilitar el desembarco en algunas playas del litoral, los grandes triunfos tecnológicos de una radio un poco mejor o de desplazar el motor un metro para tener más capacidad de carga, pero sobre todo el sentido de la aventura obligada por el deber.

Eran un poco locos, pirados, inconscientes, desorejados pero en realidad lo que hacían era un gran esfuerzo para quitarle toda solemnidad al cumplimiento de sus tareas, el afrontar los riesgos sin alardes, sabiendo que en el encuentro con una lancha de la prefectura, en un accidente en la navegación se jugaban bastante más que la libertad. Y lo hicieron y, todos nos callamos, lo colocamos en un limbo silencioso y casi los olvidamos. No lo quisieron contar o no los dejamos. Siempre nos quedará la duda.

Aquí relato la historia de un barquito, que hizo cosas mucho más arriesgadas, desembarcos de material militar y otras, de tres marineros y de un dirigente del partido cruzado en condiciones especiales, pero hubo mucho más. Hay muchas historias que yo no conozco y que tienen protagonistas que no quieren hablar. ¿por pudor, porque quieren olvidar tanto sufrimiento posterior, tanto silencio impuesto? No lo sé.

Yo quiero hacer explícito el motivo de estas historias, como el reportaje a José Luis Picardo “Pinky”, al Tano Ernesto Goggi y otras que vendrán: no soporto el silencio, me da vergüenza seguir callando, aunque haya algunos que me acusan y que siguen queriendo sepultar todo, porque supuestamente no les conviene políticamente, que se hable ahora ni de aparatos, ni de silencios, ni de héroes, ni de delatores.

Hace unos pocos días una muchacha joven, Verónica que trabajó varios años junto al Pinky, vino con los ojos brillantes y me agradeció el reportaje, porque nunca, ni una sola vez Piccardo le había contado esa parte de su vida. Solo por ese reconocimiento, por esa muchacha que conoció esa parte de la historia, justo ahora, en la época en que rugen los traidores, me siento repagado escribiendo estos capítulos. Porque lo sigo pensando y lo digo alto y fuerte: valió la pena.

Valió la pena compartir una parte fundamental de la vida con esa gente, viviendo al borde. Valió la pena haber navegado unas pocas millas arriba del Corme por entre las islas del delta del Paraná, comiendo atún con galleta dura, tomando agua tibia y alguna ginebra Llave. Y soñando con los ojos abiertos.

(*) La primera nota sobre El aparato armado del PCU, corresponde al reportaje a José Luis Piccardo aparecida en UYPRESS. 

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