06
Oct
15

partidos de izquierda

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Rupturas por izquierda y ratificación del memorándum griego.

Suicidios izquierdistas

 

Por Emilio Cafassi
Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano. cafassi@sociales.uba.ar

 

Las experiencias históricas de transformación social nunca estuvieron exentas de debates ásperos y confrontaciones, pero menos aún de rupturas. Ya sean leves y paulatinas reformas o revoluciones más profundas. En el común denominador de su recurrencia, los fundamentos de las escisiones reconocen sin embargo variantes muy poco comunes abarcando motivaciones éticas, políticas, económicas, de fidelidad a principios o programas y hasta de animadversiones personales. El espectro es amplio. En cualquier caso, debería poder juzgarse la eficacia y oportunidad de las cariocinesis políticas a partir del propósito original de todas las izquierdas de transformación de lo real, de práctica emancipatoria de las pequeñas o grandes cadenas de lo existente. El ejemplo griego reciente invita a esta reflexión que sin embargo no tiene que detenerse en el pequeño país europeo sino que incluye a toda conformación progresista o de izquierda como las que tímida y cotradictoriamente intentan consolidarse en nuestra región.

La audaz movida de renuncia y posterior llamado a elecciones anticipadas del (tanto ex como actual) Primer Ministro griego Alexis Tsipras, ya conocida su nueva victoria, pareciera confirmar una planificada exclusión del ala crítica (término que creo que responde mejor a sus particularidades que “izquierda”) de su propio partido-movimiento a fin de ganar autonomía. Precisamente aquello contrario al propósito de convocatoria al referéndum. La democracia directa justamente limita la autonomía de los dirigentes al devolver la capacidad decisional al demos. Recordemos algunos detalles del procedimiento: fue la iniciativa institucional de Tsipras la que tentó al sector más crítico del rescate financiero internacional y la firma del memorándum con la troika, a fracturar Syriza. Luego de que 43 parlamentarios de los 149 de Syriza rechazaron apoyar el tercer memorándum a mediados de agosto, Tsipras dimitió para sorpresa de todos. Su plan era el de fortalecer su propio y exclusivo apoyo en las nuevas elecciones, suponiendo probablemente que los últimos recortes incluidos en el memorándum con sus ineludibles consecuencias sociales y posiblemente también electorales, recién comenzarían a notarse en el otoño.

La audacia consistía en fortalecerse a partir del aparente angostamiento de sus propias filas parlamentarias. Inmediatamente después de este anuncio, 25 parlamentarios, la mayoría de ellos de la “Plataforma de Izquierda” del partido, rompieron con Syriza y formaron “Unidad Popular” (Laiki Enotita). Pero no fueron sólo ellos sino que convergieron allí otras cuatro fuerzas de la “Iniciativa de los 1000” (iniciativa fundada a fines de 2012 con 1200 firmantes a favor de avanzar en la unidad entre los griegos y un gobierno de izquierda anticapitalista), dos grupos escindidos del KKE (el Partido Comunista Griego, particularmente sectario y dogmático), la “Izquierda Socialista – Dikki” ( una escisión de Pasok en 1995) y otros tres grupos de Antarsya (“Cooperación de Izquierda Anti-capitalista”, alianza de izquierda radical fuera de Syriza). Si bien el formal abandono de las filas oficialistas y la aparición en el escenario electoral del nuevo agrupamiento “Unidad Popular” no era en modo alguno ineluctable, tuvo una alta dosis de inducción oficial no solo por las orientaciones prácticas del gobierno, sino también por las confrontaciones personales. No deben excluirse variables narcisísticas en las agregaciones políticas, aunque no sean exclusivas ni determinantes. No es ajeno a estas circunstancias más íntimas de la gestión cotidiana que el nuevo partido sea encabezado por el ex ministro de Energía, Panagiotis Lafazanis, quien fue despedido por Tsipras por sus críticas y ausencia de respaldo.

La primera conclusión en la esfera de la distribución del poder en la desembocadura actual, que involucra la sucesión de elecciones incluyendo el referéndum, es el desgaste y desmovilización ciudadana. La participación electoral ha sido ostensiblemente menor. Comparativamente a enero dejaron de votar casi 750.000 electores. Luego, analizando de derecha a izquierda, el partido neonazi “Amanecer Dorado” creció poco significativamente en términos de votos absolutos por la caída del caudal total, pero en términos porcentuales enciende una grave señal de alarma. También avanzó la “Unión de Centro”, una suerte de expresión posmoderna anti ideológica. Inversamente decreció el partido neoliberal To Potami e ingresó al parlamento “Griegos independientes” lo que hizo que a pesar del mejoramiento de “Pasok”, Syriza pueda prescindir de su apoyo. Para ponerlo en términos más sintéticos aún, desde el punto de vista cuantitativo y de la construcción de poder, Syriza salió más o menos igual a como había entrado. Se ofreció como la mejor alternativa pro memorándum del 14 de agosto, una vez que naturalizó este último y de este modo polarizó al electorado. Propuso en última instancia una confrontación ceñida a la implementación de las medidas inexorables acordadas con la troika. Por un lado Syriza, participante del acuerdo y por otro “Nueva Democracia” del líder derechista Vangelis Meimarakis. El pueblo griego contaba con varias opciones pro memorándum. De entre todas ellas, eligió a Tsipras.

En consecuencia, ganó Syriza. Ahora bien, ¿qué Syriza ganó? Cualitativamente, ¿es también un triunfo? Hipotetizo que el partido ha cambiado de naturaleza e inevitablemente deberá ejecutar un nuevo programa de aquel con el que triunfó en enero. El parlamento ha perdido a sus mejores exponentes y junto con ello el ejecutivo (particularmente poroso en los regímenes parlamentarios como el griego) la posibilidad de conformar un gabinete pluralista, crítico y sólido. Este corolario empobrecedor no lo logró Syriza sino el desastroso resultado electoral de Unidad Popular que no llegó siquiera al umbral del 3% para obtener un diputado dejando librado al gobierno para ejecutar las políticas del memorándum. Atribuirlo al abstencionismo (y éste al desencanto de las víctimas) como una de las primeras interpretaciones, resulta un verdadero disparate. Por el contrario, entiendo que no basta ser anti austeridad, o anti memorándum y menos aún anti capitalista. Es indispensable ser propositivo, tener un programa alternativo completo suficientemente sólido y consistente como para exponer y confrontar con el vigente. No se pasa graciosa y mecánicamente de la división parlamentaria a la división electoral proporcional. Cierto es que la trayectoria electoral del propio Syriza pudo haberlo alentado con su meteórico crecimiento, pero aún siendo un partido “nuevo” había superado un umbral de varios años de existencia. Las excepciones históricas no se convierten en norma fácilmente. No sostengo que haber afianzado el memorándum y consecuentemente los futuros mayores padecimientos del pueblo griego haya sido el propósito de la Unidad Popular. Sólo que esa fue la consecuencia fáctica de su apuesta –previsiblemente- fallida, como tantas otras en la historia de las rupturas por izquierda.

Surge la tentación de asociar esta experiencia a la del Partido Socialismo y Libertad (PSOL) de Brasil tanto por la pérdida de importantes exponentes parlamentarios (que fueron rápidamente llamados “radicales”), tal como el caso de la senadora Heloísa Helena entre otros representantes de ambas cámaras, cuanto por la posterior insignificancia política y electoral. Pero la distinción fundamental es que no fue una ruptura voluntaria sino un proceso de expulsión ante la negativa a votar proyectos de ley claramente contrarios al programa y tradiciones de la organización triunfante, el Partido de los Trabajadores (PT). Más aún en algo tan sensible a la izquierda como la flexibilización laboral. Algo más se asemeja a esta experiencia rupturista griega (y en su insignificancia al PSOL) su homónimo uruguayo, otrora “Asamblea Popular” en la medida en que recolecta autoexclusiones del Frente Amplio (FA) desde su primer año de gobierno. La “Unidad Popular” uruguaya en 9 años de intervención sólo consiguió sentar un diputado entre los miles de cargos nacionales y departamentales en disputa. Y todavía se espera que asome de la irrelevancia.

La resultante griega, por ser pionera, tendrá fuertes consecuencias en todo el continente europeo y en particular en las próximas elecciones españolas, ya que “Podemos” cifró particulares expectativas en su iniciativa contra la austeridad y la troika, al modo de una huella común a transitar. Y no es un detalle que haya apoyado nuevamente a Tsipras en esta oportunidad. No le irán en saga el resto de los movimientos políticos contestatarios europeos.

Creo que esta experiencia (junto a las otras dos mencionadas tangencialmente) ratifica que no existen recetas ni manuales para construir herramientas políticas de acumulación de fuerzas de cambio. Cada formación social, aún dentro de la regularidad de relaciones sociales de producción capitalistas, produce una agenda particular de demandas sociales en materia de prioridades, magnitudes y características que requiere una atención propia y una sofisticada y detenida elaboración programática. A la vez, esas mismas sociedades reconocen una historia política de luchas, reivindicaciones y tradiciones organizativas específicas que invita a eludir el manual y la vulgata. En cualquier caso es evidente que la construcción de una organización política que sacuda es statu quo para construir algún tipo superador de organización social y experiencia de poder, requiere un arduo y largo trabajo histórico.

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