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Jun
15

uruguay …

 

Tenemos las más altas cotas de miseria

escribe: Víctor Corcoba Herrero

En ocasiones, ciertamente, se necesita una buena dosis de paciencia para soportar las desigualdades, las calumnias, las enfermedades, los atropellos; pero al fin, creo que vale la pena no sentirse ofendido y mostrar un espíritu conciliador.

Sabemos que las regiones de América del Norte y Asia-Pacífico han incrementado el mercado de ricos y, que esta última zona recupera el primer lugar en población de alto patrimonio; sin embargo, tenemos las más altas cotas de miseria material, puesto que cada día cohabitan con nosotros más pobres, pero también hay una miseria moral que nos convierte en cautivos del vicio y prisioneros de todo tipo de corrupciones, y hasta una miseria más espiritual que nos golpea cuando nos alejamos unos de otros y, en lugar de amor, fabricamos odio e intereses.

Naturalmente, no se puede ser más mísero, cuando el poder, el lujo y el dinero, se antepone a la exigencia humana de una distribución equitativa, a la sobriedad y al compartir para que todos nos sintamos bajo ese clima armónico que, absolutamente todos nos merecemos, por el simple hecho de ser personas.

Debido a este incremento de miseria humana, todo se degrada, hasta la misma tierra productiva. Según Naciones Unidas, alrededor de quinientos millones de hectáreas podrían rescatarse de forma eficaz en lugar de ser abandonadas. No olvidemos que esta degradación también contribuye a generar una cuarta parte de los gases de efecto invernadero que están calentando el planeta.

No me extraña, pues, que un líder mundial como el Papa se afane a través de una encíclica sobre la protección del medio ambiente, en pedir responsabilidad ante un mundo en destrucción.

Se ha dicho que la única tristeza es no ser santos (L.Bloy); podríamos decir también que hay una señera miseria, la de no vivir como hijos del amor y, por consiguiente, hermanos de corazón. El día que la humanidad se sienta como una familia unida e indivisible, habremos progresado en la auténtica riqueza, en la de sentirnos, ciudadanos del mundo.

De lo contrario, esta misma humanidad morirá por sí misma, entre la desesperanza y el aburrimiento, entre el rencor y la venganza, entre el todo y la nada en definitiva.

Desde luego, hay una manera de contribuir a nuestra propia protección, y es la de no encogerse de hombros ante nada, ni ante nadie. Por ello, quizás tengamos que avergonzarnos de nuestra pasividad, de nuestro dejar hacer, obviando que todo lo que le ocurre a un ser humano, por lejano que nos parezca, no debe resultarnos ajeno a nosotros.

Es hora, por tanto, de establecer un final para las contiendas y un principio para el amor. Evidentemente, tenemos que dejar de sembrar dolores, poniendo en práctica la instrucción de obtener lo mejor de cada cual.

“¿Qué otro libro se puede estudiar mejor que el de la humanidad?”, como se interrogaba el pensador indio Mahatma Gandhi.

Con esta interpelación, cada uno consigo mismo, tal vez deberíamos ser más compasivos, más habitantes en guardia, más humanidad en común, reconociendo que los niños son los continuadores del linaje, y que nosotros hemos de ejemplarizar nuestras acciones con vistas a su enseñanza.

No es fácil, lo decía el mismo fundador del Budismo: “Para enseñar a los demás, primero has de hacer tú algo muy duro: has de enderezarte a ti mismo”. En consecuencia, para empezar a enderezarnos, sospechemos de aquella generosidad que no cuesta y no duele.

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