20
May
15

luisa cuestas … referente ético y moral

Luisa Cuesta y la Justicia

escribe: Dr. Ismael Blanco

Mujeres porque son muchas y también las que no pueden ser tantas. Son esas hermosamente ineludibles. Las inapelables. Las que nos trajeron. Nuestras notables providencias. Nuestro Dios hembra.

Cualquiera de nosotros puede plantearse referencias femeninas en su vida. Mujeres que signifiquen una huella, el inicio y el fin, la llama que apasiona y la ternura que nos consuela.

Es que no miento si digo que no hay nada más valiente y bravío que una mujer a la hora de jugarse el cuero o el partido de la vida. No soy partidario de las proclamas demagógicas, de loas gratuitas o de esquemas o prescripciones que solo se sustenten en la tradición.

La vida está llena de paradojas, o si se quiere, en algunos casos de ciertas coincidencias que pueden dar lugar a más de una compleja explicación.

Digo esto porque cuando a uno se le representa la Justicia con una figura femenina, bella como una diosa mitológica, supongo entonces que a alguien se le ocurrió que para ser justa la Justicia debía ser mujer, por tratarse de un ser ecuánime, comprensivo y profundamente compasivo. Es que podría decirse que la Justicia debe ser ante todo comprensiva, capaz de entender el dolor de un quebrantamiento, de una infamia.

La Justicia es esa mujer que tiene la suficiente y harto difícil tarea de intentar darle a cada quien la posible reparación, la que debiere corresponderle. Estoy convencido de que la justa compensación a un daño o una terrible ofensa nunca es posible hallarla. No creo en la exacta reparación, la debida, la que suponga volver a aquel equilibrio anterior, la que implique el desagravio, como no es posible tampoco reconstruir un cristal luego que este se rompe.

No es concebible comprender a la Justicia sin la debida compasión, sin el sentido humano profundo del dolor. Pues digo, intentando no caer en un contenido espiritual, que la justicia debe tener además un sentido piadoso y de conmiseración ante la víctima.

No creo que siempre, como una cuestión fáctica o si se quiere como una prueba estadística, se dé aquello de que la verdad esté un poco en cada lado, repartida y prorrateada.

En materia de Derechos Humanos se ha pretendido imponer la idea de que todos somos responsables, de que todos tenemos al menos alguna cuota de carga y compromiso con el desastre, que el gravamen del espanto lo debemos soportar y asumir entre todos, así sea un fragmento, un cacho, o algún decimal. Se nos dice con una naturalidad infame que la responsabilidad es de orden fraccionársela, sin distingos ni reparos.

Y este lamentable enunciado no tiene patente exclusiva de la derecha política, o del fascista temeroso y nostálgico; con tristeza debo admitir que las justificaciones solapadas las encuentro en tiendas cercanas.

Es que en lo que se refiere al derecho y en particular en ciertas materias no me resulta admisible el mecanismo de la conciliación o la componenda cuando no se trata de un asunto de corte civil, comercial, administrativo o simplemente de mercado.

Se me ocurre que en ciertas materias no es casual que la bella dama llamada “Justicia” tenga los ojos vendados. Me convencí de que su venda para nada tiene relación con la equidad, sino que el motivo de la misma es para que no se muera de vergüenza, para que cuando ande a tientas, en la más absoluta y plena oscuridad, donde muchas veces se la coloca por quienes la imparten y la administran, por esos supremos, no pueda advertir quién es la victima y quién el victimario.

A medida que pasan los tiempos personales, realizando la personalísima tarea introspectiva, retirado en la más estricta individualidad, me pregunto reiteradamente por la razón o el sentido de la existencia.

Reconozco y observo que demasiadas personas están más atentas a lo que uno puede hacer o decir que a jugar su propio partido. Se me plantea fastidioso que se proclamen causas colectivas, cuando las energías se derrochan en el acicate para con el cercano y no para la noble creación.

Insisto en esto, porque le advierto importancia y mucha consideración, aunque me pese en la salud, ya que por la acumulación de malas prácticas se han desplomado sistemas, ilusiones, esperanzas y se han reventado sociedades.

Será que hay cosas que como suele decirse no tienen remedio. De todas formas, creo que lo más importante es ser auténtico, con todas las virtudes y defectos que esto suponga.

Siempre vale la pena hacer el esfuerzo por separar lo importante de lo accesorio, lo sustancial y valioso de lo anecdótico.

Por eso, por estas horas y no por un asunto de opción o elección, yo diría más por una cuestión de sentimientos y entrañas, me quedo con las mujeres, esas valientes, esas que son madres o que quisieron serlo o aquellas que algún día lo serán. Es que las mujeres cuando son heroicas y bravías se vuelven invencibles. Ellas son capaces de conmovernos de tal forma que resulta imposible describirlo con palabras.

Sepan disculpar si alguien se siente lesionado o tocado con mi simpleza y eventualmente pueda considerarme vulgar o prosaico, pero ellas son distintas. No somos iguales, por mi parte me afilio a la idea de que son mejores que nosotros. Cuando están convencidas, no hay cielo o infierno que las detenga; su amor, cuando es sincero y real, es gigante y dejan en ridículo a la mitológica diosa Vesta.

Quien de nosotros no ha querido refugiarse alguna vez, en complejos momentos, en algún regazo para llorar o para guarecerse de la fatalidad y de la selva humana o por simple emoción.

No hay nada que pueda equipararlas, será que me parece una tontería lo de “los, las” o “ellos y ellas” al inicio de una oración o en el comienzo de algún discurso, como si esto conformara una cierta nivelación a través del lenguaje y los legítimos reclamos de igualdad o justicia se resolvieran de esta forma. Será que hay ciertos reconocimientos que aunque salgan de sinceras y convencidas bocas me suenan fallutos y me hacen un hombre descreído. Lo admito.

Si pueden, no pierdan más el tiempo y salgan corriendo a buscarlas, a buscar su ternura y el abrigo de ellas aunque machista les parezca mi escritura.

No alcanzan los árboles del mundo para hacer las hojas necesarias para escribir todos sus nombres. Sepan entenderme, pero no lo sabía; antes de ser padre de una hermosa niña creía que conocía todas las facetas de los sentimientos y del amor ¿y saben una cosa?: estaba equivocado y eso se lo debo a una mujer.

Por estas horas, nos enteramos que Luisa Cuesta anda internada. A miles nos tiene en vilo, es que ella no es cualquier mujer.

Pero ¿a quién se le ocurre pensar que su cuerpo es frágil porque tiene 95 años? ¿Acaso alguien tiene dudas de que su pequeño cuerpo es tan ardoroso y fulgurante como una estrella?

A cuantos flojos nos da cotidianamente un ejemplo. Cuando la veo, a uno le viene aquello de dejarse de joder con las ligerezas o estúpidas veleidades.

Tenía que ser mujer para darnos el ejemplo. Es tan terca, sabia y genialmente obstinada, que estoy seguro de que dentro de unos días nomás, este próximo 20 de Mayo, estará recorriendo con nosotros una vez más nuestras calles, recordándonos por qué la Justicia merece ser una mujer

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