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Sep
14

las elecciones en uruguay

Clases sociales, elecciones e ideologías

escribe: Esteban Valenti (*)
H(*) Periodista, escritor, director de UYPRESS y BITACORA. Uruguay

Hay tanto humo en esta campaña electoral que corremos el riesgo de no vernos ni las narices. La experiencia muestra de manera concluyente que uno de los mayores riesgos en política son las cortinas de humo, son los adversarios vaporosos y vaporizados.
No se conocen hasta llegado el momento, el peor momento, el de sentarse en el poder. Y ese es el mayor riesgo que afronta hoy la sociedad uruguaya.
No es solo un riesgo político, ni siquiera solo electoral, es un profundo agujero negro cultural e institucional. Una sociedad que con las tradiciones políticas e institucionales que tiene nuestro país y opta por una creación del mercadeo político más evidente, totalmente deformada y falsa, desciende varios escalones en todos los niveles de civilización y de la democracia.
No se trata solo de carencia de proyectos claros y definidos, de un programa que se conoce de a pedazos y que forma parte de la campaña fumosa, sino del retroceso en la cultura política nacional. Es abrir la puerta a procesos de decadencia sin fondo. ¿Hasta dónde se puede caer cuando una sociedad se deja engañar por una campaña de ocultamiento de esas características? ¿Cuánto queda afectada la credibilidad del sistema político y de partidos?
Pero hay preguntas más inquietantes: ¿Qué puede haber detrás de semejante cortina de humo? Comencemos por la realidad, Luis Lacalle Pou no es un recién llegado a la política ni mucho menos, forma parte de una de las familias más tradicionales en los menesteres de gobierno y de la política. Fue durante 15 años diputado y de esos 10 años formó parte de uno de los sectores que se enfrentaron con más dureza con los gobiernos del Frente Amplio.
Integra un sector político de larga trayectoria, con profundas posiciones de derecha nunca desmentidas en el manejo de la economía, las relaciones sociales, el manejo institucional y con una particular visión de los derechos ciudadanos y sus límites. Las actas del Parlamento no dejan ningún lugar a dudas en cuanto a sus posiciones sobre las principales reformas impulsadas por los gobiernos progresistas: se opuso a todas. No es ningún pecado, pero como aquí no estamos en un confesionario sino en la arena política, lo grave es que los uruguayos nos comamos la pastilla de que va ”Por la Positiva”.
Las falsedades bien envasadas son una de las peores cosas de la política y la campaña de Lacalle es un gigantesco envase para tratar de ocultar sus posiciones conservadores en lo ideológico y transformadoras en la mayoría de las cosas progresistas que aprobaron los gobiernos del FA. No es por maldad, es simplemente por ideología y por política.
Cuando algunos comentaristas se interrogan de cuál es el motivo porque sectores de la izquierda le dedican espacio a confrontar con Lacalle, demuestran que no se trata solo de un problema de campañas electorales, de agenda, sino de un mínimo de claridad política. Contra el humo es muy difícil pelear.
Falso es el supuesto origen o sensibilidad ”positiva” y más peligrosa es su visión de futuro, construida sobre un argumento central: la renovación generacional, sin programa, sin ideología, sin exponerse a casi nada. Cada vez que el candidato se sale del libreto en temas educativos (plan Ceibal), en relaciones laborales (el ya famoso equilibrio), en políticas sociales, en la educación, en política económica y naturalmente en la sordina con la que maneja ahora el tema de su fervoroso apoyo a la baja de la edad de imputabilidad, aparece con claridad que es lo que se está jugando la sociedad uruguaya en estas elecciones.
Leyendo el programa del Partido Colorado, donde hay una mezcla de cosas que ya se están haciendo, ideas y propuestas, algunas creativas pero todo un hilo conductor, su profundo sentido de derecha, uno se da cuenta que en el otro candidato de la derecha hay solo proclamas de autoayuda, referencias a si mismo y humo, grandes cantidades de humor. Pero es discutible, opinable, serio, mientras del otro lado no hay casi nada. Hay invocaciones al futuro y a la inmediatez del ”ya”, con dos ejes: la demagogia de difundir la vaga idea de que todo se puede y se debe hacer ”ya”, ”ahora” y por otro lado de lavarse olímpicamente las manos de todo el pasado, del horrible gobierno de los 90 que plantó las bombas que le explotaron al Uruguay en la crisis del 2002. En particular en el sistema financiero y bancario.
Las posiciones de Lacalle no son antojadizas, no provienen simplemente de sus tradiciones partidarias, de los dirigentes que lo rodean, de la vieja guardia herrerista, sino de una clara identificación social. Su historia política y sus posiciones expresaron siempre a los sectores sociales más conservadores y más retrógrados del Uruguay. No es un desliz lo que declaro sobre las 8 horas para los peones rurales, es la visión de los viejos estancieros acostumbrados a mandar sobre vidas y hacienda casi sin límites. Esos estancieros que se han ido modernizando, pero que si los dejan volverían al pasado con gran entusiasmo, sobre todo en materia de relaciones laborales.
El otro sector con fuerte influencia histórica es el financiero, aunque muy cambiado por los terremotos del pasado reciente.
Hay un amplio sector empresarial que no le ha ido nada mal con los gobiernos del FA, aunque la diferencia entre los más ricos y los más pobres pasó de 17 veces a 12 veces, la torta creció de tal manera que su porción reducida en algo, les llenó muy bien los bolsillos. Esos votan con la cabeza, con la ideología, prefieren a uno de los suyos para manejar la economía, la represión, las relaciones laborales, el sistema financiero, las empresas públicas, los impuestos y los dineros públicos, la educación y los sillones del poder. Es totalmente comprensible. Muchos de ellos son los que proclaman que las ideologías han muerto, cuando en realidad lo que pretenden es que mueran las ideologías ajenas, diferentes a las propias.
En ese sector empresarial están algunos grupos o personas propietarias de los medios de comunicación que hacen y harán los mayores esfuerzos por reforzar su poder, su influencia. Algunos por las enormes deudas de gratitud acumuladas por las décadas de prebendas y privilegios y otros porque recibieron graciosamente las licencias de los medios electrónicos. En esa materia mejor malo conocido y propio que bueno por conocer.
Nunca hubo menos presiones a los medios y a los periodistas desde el poder, nunca tan fluida relación y tanta transparencia ley mediante -, nunca creció tanto la publicidad del estado y privada, pero mejor prevenirse. La libertad es mejor si es bien propia, casi privada.
Así como en otras notas hemos tratado de precisar y definir los alcances actuales del bloque social, político y cultural de los cambios, este es un primer esfuerzo por aproximarnos a una definición de las fuerzas sociales e ideológicas en pugna.
No creo en las truculencias, en los esquemas prefabricados y por ello convenientes. En política las simplificaciones se pagan y a veces muy caro. En el Uruguay la abrumadora mayoría de las fuerzas políticas son democráticas, se proponen el bien de la nación, aunque con prioridades muy diferentes, tienen sensibilidad social, aunque creen que los caminos para atender a los más débiles y desvalidos o a los trabajadores deben quedar librados al juego más o menos puro del mercado. Siempre y cuando el que se funda no sea un banco, allí se termina abruptamente el libremercado y comienza el ”patriótico” salvataje público.
La derecha son fuerzas democráticas, aunque considero que la baja de la edad de imputabilidad es un peligroso retroceso autoritario y antidemocrático, es una venganza más que un avance legislativo y además negativo, porque no ha dado resultado en ningún lado. Son democráticas, pero las dos fuerzas mayoritarias en los partidos tradicionales asumieron desde hace mucho tiempo que no debe haber ni verdad y menos justicia sobre los crímenes de la dictadura.
Son democráticas, pero mientras la izquierda hizo una revisión crítica de sus posiciones sobre el tema, ellos nunca, absolutamente nunca tuvieron la mínima autocrítica sobre su pasado y en particular su pasado reciente. Y esa es una visión no muy democrática por cierto.
Por último además de los aspectos materiales, hay un mensaje inmaterial subyacente que les viene del pasado y que es el más peligroso de todos: la culpa de todo los que nos pasó, de las crisis y la decadencia es de importación, vino de afuera y los resultados obtenidos en estos 10 años de crecimiento es viento exterior de cola. Ese mensaje ideológico y político es la más profunda definición ideológica. Por ese camino el país irá de nuevo por los mismos derroteros de las crisis y de la decadencia siempre con óptimos comentaristas y explicadores.
En estas elecciones elegimos cargos, pero mucho más importante aún, elegimos un rumbo y un relato histórico y de futuro, basado en las realidades construidas por la gran mayoría de los uruguayos o una enorme y peligrosa humareda.
 
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