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brasil … elecciones

 
Dos modelos distintos de país
Tiempo Argentino
 En un mes, Brasil irá a elecciones con final abierto, incierto, por primera vez en mucho tiempo. El complejo panorama electoral que se abrió tras la repentina muerte de Eduardo Campos tiene durante estos días llamativos nuevos capítulos: mientras algunas encuestas ya hablan de un “empate técnico” entre la candidata presidenta Dilma Rousseff y Marina Silva, el PT intenta modificar buena parte de su estrategia de campaña y comunicación, de cara a una segunda vuelta que será inevitable –y cuyas primeras proyecciones son favorables a Marina–. A su vez, Silva comienza a sentir las presiones de quién verdaderamente disputa la presidencia: se vió obligada a retirar su propuesta de matrimonio civil igualitario frente a la exigencia de pastores evangelistas contrarios a dicha reforma. ¿Qué puede modificar el escenario en las elecciones más importantes que tendrá América Latina en este 2014?

Ya se dijo hasta el cansancio: la imprevisible, repentina, y lamentable muerte de Eduardo Campos trastocó todo el escenario electoral en Brasil. Marina Silva pasó rapidamente a ser la “candidata mimada” de buena parte de los grandes medios de comunicación y empresarios del país. Y ella retribuyó rapidamente ese cariño: durante el primer debate electoral televisado entre candidatos se atrevió a decir que “el problema de Brasil no es su élite, es la falta de élites”, en clara referencia a su programa económico, más “aperturista” que el actual. Fue precisamente en ese debate donde Dilma eligió una estrategia de no confrontación con Marina, algo que logró lo contrario a la idea de la candidata presidenta: elevó a Silva en los sondeos, ante el no cuestionamiento a su difuso programa.

Así, el PT tuvo que cambiar de estrategia rápidamente: de preferir no confrontar con Marina, a salir al cruce de sus dichos y su programa en cuestión de días. El primero que lo hizo fue nada menos que Lula da Silva, quien preparó el terreno cuestionando la “apoliticidad” de Silva. El ex presidente afirmó que “si alguien piensa votar a alguien que quiere la no política, piense bien. No crean cuando alguien hace la apología de la no política.” La referencia eran declaraciones previas de Silva donde afirmaba que iba a gobernar con”los mejores de cada partido”, intentando tender puentes con dirigentes intermedios del PSDB y del PT, e incluso deslizando una posible convocatoria a los ex presidentes Lula y Cardoso como asesores. Luego la propia Dilma llamó “oscurantista” a la propuesta de Marina de querer reducir la producción de petróleo en Brasil, advirtiendo que dicha idea era además una “fantasía”. Y el reciente segundo debate televisado mostró a Dilma “cruzar” en reiteradas ocasiones a Silva.

Ahora bien, la razón del cambio de estrategia del PT fue clara, y surgió de una idea madre: la única forma de aminorar el crecimiento de Silva en las encuestas es precisamente cuestionar las evidentes contradicciones de Marina, que no son pocas. Primera: una candidata ecologista con un candidato a vice –Beto Albuquerque– vinculado a los agronegocios. Segunda: una candidata que se declaraba a favor del matrimonio civil igualitario, y que tuvo que retirar esta propuesta de su plataforma tras presión del pastor evangelista Silas Malafaia. Tercera: una candidata que plantea el crecimiento económico y propone una batería de medidas de corte ortodoxo, bajo el principio de una menor injerencia estatal en la esfera –fin a control de precios en productos básicos, libre flotación cambiaria sin intervención del Banco Central, libertad a agronegocios–. Cuarta: una candidata que repite el latiguillo de “nueva política” y no termina de definir que significaría eso en términos concretos.

De esta forma, hasta los propios medios conservadores que habían elogiado en reiteradas ocasiones a Silva comenzaron a poner paños fríos a su “esquizofrénico” programa, tras el retiro de propuestas: ahora hablan de que su candidatura es un posible “cheque en blanco”, como afirma la revista Istoe. Incluso un editorialista de O Globo, Merval Pereira, fue más allá: afirmó que “la nueva política surfea en una ola de antipolítica”. ¿Cuál es la explicación de este cambio? La imprevisibilidad del discurso de Silva y sus permanentes cambios, algo que la previsible derecha brasilera preferiría evitar, con menores convulsiones –algo que por ejemplo podría ofrecer Aecio Neves, un viejo conocido–.

Sin embargo, un punto es claro: si Silva se mantiene en terreno de disputa y accede al ballottage, la “mass media” brasilera volverá a elogiar su candidatura, que confrontará con el audaz intento de adoptar una nueva legislación mediática en el país como propone Lula da Silva. Los grandes empresarios, a su vez, también se sentirán más cómodos con un programa económico que liberalice el terreno, donde el Estado participe menos que en la actualidad –luego de más de diez años de programas sociales extendidos a lo largo y ancho del país, con fuerte inversión desde el Ejecutivo–. En un mes, sabremos si Brasil comienza a inclinarse a un modelo de país diferente –más conservador, claro– al que ensayó de 2002 para acá. No es para menos: se debatirán cara a cara dos modelos de país.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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