02
Jul
14

frente amplio

Las barbas de la izquierda y la derecha remasterizada

 

 

Desde siempre he sostenido junto con otros compañeros que el pueblo no empieza y termina con el pueblo frenteamplista o el que optó por el Frente Amplio. Tenemos un pueblo mucho más extenso y vasto, un pueblo también lleno de gente humilde y trabajadora, de gente honrada y que también desea el mejor presente y futuro para el país. Ese pueblo que nos sigue esperando, pues aún no nos comprendió, que no logramos convencer pero que sí nos respeta más ahora pues nos conoce, aunque discrepe.

Ese pueblo aún nos espera para que lo abracemos; aún se trata de un amor no correspondido, no por falta de amor sino de enamoramiento.

A ese pueblo hay que convencerlo. Se logrará sin voluntarismos y no por el “porque sí”, habrá que argumentar y mucho y en todos los asuntos necesarios y con las mejores argumentaciones e ideas, con respeto a la otredad y asimilando las diferencias. Sin verdades reveladas, sin caprichos ni malos humores, con franqueza y sin falsas sonrisas. Pero para argumentar, para defender nuestras ideas y convencer, para solicitarles su voto o para revalidar el mismo, debemos hacerlo con razones pero por sobre todo con una postura desde la horizontalidad y con un tono de voz y un habla al decir de León Felipe: “desde el nivel exacto del hombre”.

En estas horas y en una de esas cuando este texto se haga público se habrán sucedido variados acontecimientos: desde gestos de generosidad (siempre necesarios por no decir imprescindibles) y también de mezquindad, habrá mensajes sinceros y convocatorias a la unidad y a la vez habrá presiones y coacciones. Negociaciones legítimas y acciones de buena fe conviviendo con la necesidad de los compromisos asumidos (y exigidos).

De algo estoy seguro: la derecha, más allá de los resultados electorales y de las conmociones y los histriónicos discursos, les adelanto que hay que estar bien tranquilos, “ellos se arreglan” y ¿saben por qué? Porque ellos tienen bien claro que de lo que se trata es de restaurar. No compremos el sainete, la derecha viene por nosotros a sacarnos del gobierno, a reinstaurar el “orden preestablecido”. A lo sumo, esta fue una disputa para definir quién era el abanderado.

Saneado y resuelto quién será el mandamás de las fuerzas conservadoras, se vienen y no será “por la positiva”. Acordado el botín, vuelven con la baja de la edad de imputabilidad, con los recortes a los gastos, con la policía militarizada, con el que las políticas sociales son un derroche y con las sin respuestas de cómo conducirán la economía. ¿O acaso ellos, todos, bien parejitos (Larrañaga, Lacalle, Bordaberry) no acordaron la creación del ficticio “partido de la concertación” para ganarle a la izquierda? ¿Acaso algunos de ellos votaron cualesquiera de las tantas leyes que en materia de derechos laborales propuso la izquierda?

¿O de las tantas en materia de derechos civiles y sociales? ¡Al contrario! El candidato que toma mate a orillas del río Negro desarrolló una fuerte musculatura en su pensamiento derechista cuando a grito pelado anunció en su campaña todo lo que iba a derogar si era gobierno y entre sus anuncios a modo de ejemplo: la de la interrupción voluntaria del embarazo, la legalización de la marihuana, la de la responsabilidad penal empresarial a cuenta de muchas más. ¿Hay que adivinar qué otras?

La discusión de la fórmula de la mayor fuerza de la derecha pasará de ser una “Hoguera de vanidades” para acordar y sellar el pacto que intente desesperadamente vencer en octubre a la izquierda y que barra con una década de avance social. Como se dice en el barrio: “no compremos”.

El muchachito de la película, el de la positiva, el parafinado no anda con vueltas, basta con agarrarlo un poco cansado y pierde la chaveta, y en todas las cuestiones. Con un gesto canchero y descontracturado nos dice que “a los cinco años alguien puede detectar una personalidad con visos de adictiva, que será timbero, será alcohólico o se dedicará a las drogas” (sic). Debo pensar que el candidato de la derecha es un ferviente admirador del criminólogo italiano Cesare Lombroso, quien sostuvo que las causas de la criminalidad tienen que ver con aspectos biológicos y con formas y causas físicas y hasta fisonómicas.

Es indudable que su convicción de la baja de la imputabilidad “es moderada” ya que si se lleva por lo que sostienen él y sus asesores, a los botijas habría que aplicarles la imputabilidad desde la jardinera, por si acaso. En esta teoría “de la genética” sostenida por Luis Lacalle Pou, por lo que expone, a los cinco años lo que no se advierte son los niños “futuros vaciadores de bancos”, sobre todo si sus apellidos empiezan con “P” y terminan con “O”; eso no se nota a simple vista: la “teoría de la genética” a esos “pequeños y pícaros bandidos” no les alcanza, de eso te hacés de grande. Es tan burdo y tan grotesco lo que dice el candidato de “por la positiva”, que si algún lector llega a ser feo, pelado y narigón puede ser sospechado de ser una amenaza criminal.

Miren, estas primeras reflexiones las hago con las urgencias del caso, la política y su dinamismo no esperan. Pero no puedo dejar pasar -no puedo pasar por alto- que para mí la política no es concebible sin ética y para un izquierdista no es posible eludir esta premisa. La izquierda no vino a la actividad política solo para ganar elecciones, que es muy importante ganarlas, por cierto, para llevarle soluciones a nuestro pueblo, como se ha demostrado en esta década. Pero la izquierda existe y su esencia es mucho más, es intentar transformar nuestra propia naturaleza, hacernos más humanos, mas fraternos, más solidarios.

Nuestra razón de existir es conmovernos ante el dolor de la gente y rebelarnos ante sus causas, y eso sólo se adquiere si lo cultivamos entre nosotros, los compañeros, cotidianamente y en cada acto. Nunca nos deberíamos movilizar por razones individuales. Siempre me gusta recordar que debiéramos ser como los primeros cristianos y nuestro sacrificio en definitiva debe ser un medio hacia un fin: la felicidad colectiva.

La “Memoria”, la que reclamamos para nuestros mártires, para los mártires de nuestro pueblo, es una construcción permanente y la primera forma de honrar esa memoria es que nosotros en primer lugar y en primera persona, la honremos. La primera “Memoria” es con nosotros mismos, con nuestra esencia. Las veleidades del poder, o los reflejos de las marquesinas se los dejamos a la derecha: ellos son distintos a nosotros, el poder para ellos es el de los cargos, los honores y oropeles. La “Memoria” es lo más difícil y complejo de construir y se puede perder en un instante… Por eso es tan difícil conservarla.

La “Memoria” hay que contenerla, darle calor, darle fraternidad, pasarla de generación a generación para que se vuelva algo contenido en lo profundo de la sociedad. Los “nuevos relatos”, los que “recién llegan”, “los que no cargan con nada”, los que nos dicen sólo “vamo arriba”, lo que buscan es que la “Memoria” se escurra como el agua entre los dedos.

La historia no empieza ahora ni tampoco termina. Quiero agradecer que puedo decir y escribir estas cosas que pienso en momentos en los que sobra la ambición y faltan las convicciones revolucionarias de las cosas.

 

Nota: diario La República de Uruguay

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