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Jun
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partido nacional … confiable ?

 

Opinión

Los erráticos trastornos bipolares de la derecha

 

El trastorno bipolar, también conocido como trastorno afectivo bipolar o psicosis maníaco-depresiva, es un cuadro clínico que afecta radicalmente el humor. Entre otros síntomas que lo identifican, se destacan particularmente las conductas ciclotímicas, que alternan episodios de euforia con estados depresivos severos.

Históricamente, la bipolaridad está asociada a la confrontación entre los dos bloques hegemónicos emergentes de la guerra fría, que gobernaron a su antojo el planeta durante la segunda mitad del siglo pasado.

Esa pulseada estratégica entre los Estados Unidos y la Unión Soviética derivó en cruentas guerras, golpes de Estado, revoluciones e insurrecciones populares.

También originó salvajes dictaduras liberticidas que asolaron a nuestra América Latina, con alto costo en torturados, muertos, desaparecidos y exiliados.

Empero, la bipolaridad tiene otras expresiones contemporáneas, que, aunque no se encuadren en parámetros patológicos, sí admiten lecturas semióticas y marcan conductas ambiguas y contradictorias.

La aceptación del senador Jorge Larrañaga a integrar la fórmula del Partido Nacional para competir en las elecciones de octubre, constituye un claro caso de bipolaridad de nuevo tipo.

Aunque su actitud sintoniza con las habituales mutaciones de la dinámica política, resulta insoslayable recordar sus apesadumbradas reflexiones del domingo 1º de junio, tras ser apabullado en las urnas por Luis Lacalle Pou.

Visiblemente compungido, el derrotado precandidato proclamó elocuentemente: “para mí se terminó”, insinuando incluso la posibilidad de retirarse de la actividad política.

Su postura fue radicalmente diferente a la de 2009, cuando, tras perder la elección interna del Nacionalismo con Luis Alberto Lacalle, anunció inmediatamente su voluntad de acompañar al líder y referente histórico del ala más conservadora de su colectividad.

En cambio, en esta oportunidad se desgarró las vestiduras admitiendo su directa responsabilidad por el resultado adverso y hasta se permitió apelar a la ética política.
“Quiero decirles a los jóvenes que quizás puedan tocarnos el corazón, quizás quieran ensombrecer el alma, pero a un ser humano no le pueden tocar la dignidad y a mí no hay forma que eso acontezca”, reflexionó con gesto adusto no exento de visible amargura.

Esa noche, su retirada -que tuvo mucho de duelo por la acumulación de una nueva frustración- motivó naturalmente ingentes gestiones por parte de los referentes de Alianza Nacional, incluyendo a los intendentes que apoyaron su precandidatura.

Apenas doce días después y en el marco de un intenso y cuidadosamente armado tinglado mediático que compitió con la inauguración oficial del Campeonato Mundial de fútbol, Larrañaga ensayó una nueva voltereta y aceptó la candidatura a la vicepresidencia, en una suerte de telenovela con previsible desenlace.

Para justificar su decisión, aludió a sus manidas responsabilidades con el sector que encabeza y con la unidad de su partido, trillados argumentos retóricos que estuvieron ausentes en la noche de su derrota.

Incluso, remató su tesis con una reflexión que reflota su discurso de campaña: “tenemos la convicción de que el país necesita una esperanza, el país necesita una alternativa, esa alternativa para gobernar se llama Partido Nacional”.

Ciertamente, no parece una buena alternativa para el país un partido cuyo candidato a vicepresidente tiene humores tan mutables, que devienen – en apenas doce días- de la más agobiante depresión a la euforia triunfalista.

Por supuesto, menos se entienden sus emotivas apelaciones a la dignidad de la noche del 1º de junio, que contrastan claramente con su conducta errática y a todas luces inconsistente.

En materia política, una de las claves es la credibilidad, que debe sustentarse en la coherencia y, naturalmente, en la sintonía entre el discurso y la praxis.

¿Qué crédito puede tener una promesa electoral formulada por alguien capaz de modificar radicalmente su actitud en apenas doce días, en función de burdos criterios de conveniencia y oportunidad?

Retomando la reflexión inicial, este caso de bipolaridad – que no es susceptible de evaluaciones médicas- corrobora la incongruente impronta que ha signado la carrera política de Larrañaga.

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