02
Jun
14

elecciones internas … uruguay

 LOS ANTIVALORES DE LA DERECHA RESTAURACIONISTA

La propuesta conservadora

 

Enunciado en singular o en plural, el vocablo valor esta asociado a bienes tangibles o intangibles, que, en función de eventuales discursos o interlocutores, puede adquirir una connotación meramente económica o ética.

Mientras para un empresario el valor se mide en términos cuantitativos en lo que atañe a inversión, ganancia y apropiación de la plusvalía, para el trabajador el valor del salario es sinónimo de supervivencia.

Tal es el código de valores del capitalismo concentrador, para el cual el empleado u obrero es a menudo un mero engranaje del aparato productivo.

En contrapartida, para un sindicato o una organización social el valor tiene una sustantiva expresión solidaria de compromiso de clase y reivindicación de los derechos del colectivo de referencia.

Los valores -en este caso en plural- también atañen a la buena educación, los usos sociales, la tolerancia y el respeto por el otro, particularmente por el diferente.
El concepto de valor está asociado al statu quo hegemónico en tanto modelo de convivencia, con todas sus tensiones, asimetrías y flagrantes injusticias.

Esta reflexión es una interpretación del mensaje electoral del candidato blanco Jorge Larrañaga, quien, en varios spots publicitarios con los cuales nos agobia cotidianamente, insiste en erigirse en depositario de los valores de la sociedad uruguaya.

Aunque también en el pasado la dictadura se arrogó para sí la propiedad de los valores de la nación -al igual que otras organizaciones de ultraderecha como la reaccionaria Tradición, Familia y Propiedad- el planteo del aspirante a la postulación presidencial es un mero subterfugio preelectoral.

Según su visión y la de otros dirigentes del cada vez más monolítico bloque conservador, en los últimos nueve años la sociedad uruguaya ha retrocedido en materia de valores.
Viniendo de una colectividad política que integró la coalición de gobierno que hace doce años sumió al país en la más dramática crisis de su historia reciente, Larrañaga no parece ser el más indicado para pontificar sobre esta materia.

En cualquier debate serio sobre un tema sin dudas tan sensible, el dirigente nacionalista quedaría desairado ante el demoledor peso de la responsabilidad histórica de su partido en la peor debacle económica y social impresa en la memoria colectiva.

Razonando según la lógica de su ideología conservadora, cabría preguntarse cuál es el concepto de valor que tiene alguien que asiste indiferente a la despiadada explotación de los trabajadores rurales y las empleadas domésticas, que, hace nueve años, carecían totalmente de derechos.
Igual criterio podríamos aplicar al legítimo derecho a la interrupción voluntaria del embarazo y a los derechos de los homosexuales y otras minorías sociales, que fueron siempre conculcados por la derecha que Larrañaga representa.

Ni que hablar del derecho al trabajo, a la educación, a la salud, al salario, a los fueros sindicales, a no ser demonizado por ser joven, a una vida digna y a la protección del Estado a los más desvalidos, que siempre fueron ignorados por quienes ahora pretenden impartir cátedra en materia de valores.

En una sociedad que se precie de democrática, el padre de todos los valores es el respeto al otro, concepto que siguen sin entender los amigos de Larrañaga del gran capital, quienes reclaman un Estado prescindente y el regreso al libertinaje de mercado, con su correlato de congelación salarial, desregulación laboral y limitación de la actividad sindical.

Una sociedad con valores es una sociedad solidaria y no elitista, inclusiva y sin marginación social, que dirime sus conflictos mediante el diálogo y no con represión, como sí sucedía en el pasado.

Hace casi una década, vivíamos en un Uruguay gris, desolado, desencantado, segmentado, fracturado y vacío de todos los valores inherentes a la convivencia humana.

Parafraseando al propio Larrañaga, quien afirma que “el Partido Nacional está pronto para gobernar”, la respuesta es que el país no está pronto para hacer retroceder los relojes de la historia.

El desafío político y ético es seguir construyendo dignidad y abortar el proyecto restauracionista conservador, para que nuestro futuro no se mida en valores de mercado ni cotice solo en la bolsa de valores.

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