03
May
14

el socialismo

¿Un veto al socialismo?

escribe: Hugo CODEVILLA  analista

socialismo

Al socialismo (real) se le atribuyen todo tipo de males, motivo por el cual se lo descarta de los discursos políticos. Una manera efectiva de asegurar al gran capital que los gobiernos de izquierda caminan por la buena senda.

Fue tal la campaña de desprestigio que no es necesario vetarlo, la defensa del socialismo se la considera irracional. De ahí muchas de las discrepancias con el chavismo por flamear la bandera del socialismo del siglo XXI. Un pronunciamiento estrictamente discursivo para ser válido.

Son muchos los que opinan como Madeleine Albright (ex Secretaria de Estado de EEUU) que el socialismo no funciona, incluso, podría aducirse que no promueve la felicidad. Afirmaciones que una mente sensata endilgaría al capitalismo, en especial al salvaje.

Sin pretender una defensa de la URSS, es preciso recalcar: 1) la ausencia de desempleo y de pobreza como hoy la conocemos (particularmente después de la Segunda Guerra Mundial), y 2) un fenómeno útil de recordar, la construcción de una poderosa industria así como un inobjetable desarrollo científico-tecnológico que incluyó el espacio. Todo ello –y aquí va lo significativo- sin el concurso del financiamiento bancario.

En la superación de la Rusia rural de los zares, a una URSS con armamento nuclear y satélites en órbita, no participó ni la JPMorgan, Chase, ni la Deutsche Bank, ni Crédit Suisse. Un milagro que se llama socialismo. Apurándome a atender el reproche al estalinismo que condenó a una generación para conseguir lo anterior. Se pudo realizar de un modo diferente, de eso no cabe duda, aunque lo enfatizable es que no fue necesario caer en manos de los usureros. Hoy, hasta para lo nimio se necesita un crédito, qué decir de megaobras que dejan a los países endeudados por décadas.

Lo cierto es que únicamente existen dos posibilidades de ordenamiento social en el momento histórico en que nos tocó vivir. Una, la sociedad gira en torno a un puñado de potentados (lo del empresario recto y responsable es un cuento de hadas); y dos: lo hace en torno a sí misma.

Indudablemente, el socialismo ha sido desechado a priori, y a pesar de los denuestos y confabulaciones, la posibilidad sigue latente. Por lo mismo, la campaña en contra de esa opción sigue siendo abrumadora, sin que por ello se deje de señalar lo evidente, que la reproducción del capitalismo acabará con la especie.

Lo destacable es que vivimos en un nudo similar al gordiano. El ciudadano sensato con conocimiento de la realidad que lo circunda, capaz de tomar una decisión responsable y orientada a lo social, expiró tras décadas de bombardeo televisivo. Vivimos en el mundo de la confusión, los dobles discursos, la distorsión y la falacia rampante. Ese es el pantano donde desapareció el ciudadano, eje de la concepción política republicana de los liberales del siglo XIX, sustento político del capitalismo cuando se disponía a convertirse en el modo de producción dominante. La revolución política dentro del modelo era la aparición del ciudadano como soberano y el gobierno como su representante. Un hecho que demoró un siglo en concretarse y que Uruguay fue uno de sus centros más destacados (luego de ajustar cuentas con los caudillos y fortalecer la figura del Estado).

Entonces, no es que el socialismo se haya suprimido como una resolución categórica del centro de la “guerra fría”, es decir, Europa como principal crítico y espacio donde desaparecieron ipso facto las grandes orgánicas pro socialistas, y entre otras muchas cosas, la cuna de la solidaridad. Lo que aconteció es que lo inhumado fue el ciudadano y sin él, la política no avanza más allá del electoralismo, que da vida al populismo, a la autocracia o la imagen mediática de quienes se pavonean en la pantalla chica, perorando sin descanso, aunque su rol mandatante recaiga en instituciones de carácter global. De estos últimos hay muchos, el más destacable es el presidente de México, un producto de Televisa y aupado por Washington.

Se ha producido una disociación entre lo político y lo social, como corolario de una más profunda entre la política y la economía, provocando que un hecho nocivo para las mayorías carezca de consecuencias. En este mundo robusto de alienación y manipulación de masas, resulta disfuncional la ley física causa-efecto. Es decir, pase lo que pase, suceda lo que suceda, todo continuará igual. Crecerán la desocupación y la pobreza, mientras que el dinero público se empleará para rescatar bancos insolventes.

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