20
Mar
14

Izquierda o populismo

 

Crisis y muerte del nacionalismo popular

escribe: Fernando López D Alesandro / Docente y dirigente político.

La segunda década del siglo XXI tuvo como novedad las rebeliones árabes y la caída de las dictaduras en Túnez, Egipto, Yemen y Libia y la grave crisis del gobierno de Bachar El Assad en Siria.

El primer dato evidente es que los gobiernos en caída fueron hace mucho tiempo paladines del nacionalismo popular pan árabe y que habían llegado al poder gracias a procesos violentos, pretendidamente revolucionarios con un fuerte respaldo popular.

¿Qué sucedió en los últimos cincuenta años para que aquellos regímenes que proponían el cambio radical y antiimperialista se hundieran en el mayor desprestigio? ¿Qué transformaciones operaron a lo largo del proceso histórico para que terminaran en la debacle que vimos entre 2010 y 2011? ¿Fueron revoluciones o apenas un cambio en la elite del poder?

En América Latina vivimos fenómenos parecidos, donde asistimos al ascenso de gobiernos nacional-populares en la segunda post guerra y sus consiguientes caídas. Por supuesto que el paralelismo rompe los ojos a pesar de las diferencias de épocas, culturas y regiones- y no es casual que en el mundo árabe y en Latinoamérica hayan respondido a objetivos sociales y anti imperialistas comunes. ¿Cuáles eran estos proyectos? ¿Sus límites explican los colapsos?

UN POCO DE HISTORIA
En la segunda post guerra el proceso descolonizador se realizó a ritmos diferentes. En los países que vivían una independencia formal los procesos antioligárquicos y antiimperialistas encontraron apoyo en frentes policlasistas que unieron a los sectores populares con las burguesías. En la gran mayoría de los casos el ejército jugó un papel clave como la única institución que cruzaba horizontalmente los países y tenían presencia nacional. En América Latina el peronismo, el varguismo, Ibañez en Chile y el velazquismo ecuatoriano fueron los ejemplos paradigmáticos del nacionalismo popular. Más tarde el peruanismo de Velazco Alvarado aportó lo suyo a los procesos que analizamos. En el mundo árabe Nasser desde Egipto abrió el trecho del nacionalismo pan árabe que apuntaló las revoluciones en Siria, Irak y finalmente en Libia en 1969.

Cierta izquierda, deslumbrada por el discurso antiimperialista y popular y por el poder de convocatoria social, creyó ver en estos movimientos el germen de una propuesta socialista o de izquierda. La alianza circunstancial de Nasser con la URSS fomentó esas esperanzas, a pesar de que el Rais había perseguido al PC egipcio encarcelando y torturando a sus principales dirigentes.

La historia enseñó que ninguno de estos movimientos tuvo nada de izquierdista, ni de progresista ni mucho menos de socialista. Nacionalistas por excelencia y como casi todos a excepción de Libia- habían comenzado durante la Segunda Guerra Mundial, vieron en el fascismo la alternativa social y antiimperialista. Buscaban reformar sus sociedades sin caer en el comunismo tan detestado- realizando la nación dentro de un marco policlasista, donde el Estado sería el guía de la construcción y el fiel de la balanza en el conflicto social. Perón y Vargas en Latinoamérica expresaron muy bien esa modalidad cuando se presentaron ante los empresarios como la alternativa a la revolución social.

El resultado fue la sustitución de las antiguas elites explotadoras por otras nuevas, tanto o más corruptas que las anteriores. En Medio Oriente el Partido Baas terminó siendo una casta en Irak y Siria al igual que la Unión Socialista Árabe en Egipto. Apuntalados por el ejército y en alianza con las burguesías comerciales y los terratenientes, ocuparon el Estado con dictaduras eternas, algunas de ellas con sucesiones familiares. Esta elite burocrática inmensamente rica y corrupta varió su discurso y sus políticas tantas veces como fue necesario. Así, Anwar el Sadat pactó con Estados Unidos e Israel una alianza que le costó la vida pero que Mubarak continuó durante los treinta años de su tiranía. Sadam Hussein estrechó las manos de Donald Rumsfeld en los ochenta durante la Guerra Iran-Irak, recibiendo armas, préstamos y respaldos políticos. Affez el Assad asesinó a más de treinta mil miembros de sus minorías en 1982 con el silencio cómplice de Estados Unidos y de la URSS, para luego participar en la Guerra del Golfo Pérsico aliado con Washington. Su hijo, Bashar el Assad  recibió al matrimonio Clinton en Damasco, fue apoyado por EEUU para integrar el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y fue el principal aliado de Sarkozy en El Levante, mientras que el Fondo Monetario Internacional mostraba a Siria como ejemplo a seguir. Libia es un caso aparte.

El loco mundo de Gadaffi pasó de un enfrentamiento radical con Estados Unidos y occidente a una colaboración casi servil. Luego del atentado de Lockerbie y de la caída del Muro de Berlín, Gadaffi cambió de enemigo peligroso a ser un aliado extravagante como decía Aznar. Abrazado a la derecha gobernante en Europa y en buenos términos con Clinton, Bush y Obama, Gadaffi privatizó el petróleo que había nacionalizado en 1970, invirtió millones en negocios en toda Europa y financió campañas electorales a personajes como Sarkozy y Berlusconi. Mientras tanto, la elite familiar y burocrática de Trípoli tenía uno de los mejores niveles de vida del mundo.

Transformados en procesos dictatoriales y corruptos, los nacionalismos populares en el mundo árabe mostraron sus límites; su ideología variaba de acuerdo a sus intereses oportunistas demostrando que no fueron más que un cambio de elite, que ajustaron algunas demandas sociales a las nuevas realidades mundiales del capitalismo, mientras los otrora revolucionarios nacionalistas se transformaban en los nuevos ricos. Los estallidos que vemos desde finales de 2010 y que convulsionaron a toda la región son el producto de esta traición y de cincuenta años de abusos por parte de las dictaduras. La lucha de clases ha hecho su trabajo ante estos regímenes decadentes, y como en todas las guerras civiles, la intervención imperial hace su parte para sacar una buena tajada.

En América Latina de los movimientos formados por Velazco Ibarra, Ibáñez y Velazco Alvarado no queda nada. El varguismo en Brasil tiene en el PDT una caricatura de sí mismo, que vende sus votos al mejor postor en el parlamento, como demuestra el caso del mensalao. El peronismo tuvo un camino distinto.

Surgido desde un proyecto corporativo filofascista, del industrialismo y del intento de desarrollar una Argentina potencia , el peronismo buscó la expansión regional y de ser posible global- fundada en el panlatinismo. Sus grandes aspiraciones y la anti política sentaron las bases de un movimiento increíblemente abarcativo, donde el líder, el caudillo o el conductor era el eje. En los nacionalismos populares la posibilidad de crear una institucionalidad viable es algo secundario.

Nacidos todos estos movimientos desde opciones contrarias al racionalismo y, obviamente, al marxismo, no ven en los procesos históricos más que continuidades de las raíces lejanas del  hispanismo, en el caso de América Latina; de allí su reivindicación del catolicismo, del federalismo, del caudillismo y las tradiciones locales, lo que afirma su impronta conservadora y por momentos reaccionaria. Anti político y anti partidista, el peronismo se estructuró como un movimiento nacional, y por ser nacional y anti político, abarcaba a todos, desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda. El Conductor era el encargado de saldar los conflictos, y en Argentina los saldó a favor de la derecha fascista.

Luego de 1976 el peronismo se transformó en un partido clientelar, como demuestra Steven Levitsky. Así, adaptaba su discurso a la circunstancia, de manera que los neoliberales que acompañaron a Menem hoy recurren al discurso popular y nacional, pero no yendo más allá de ciertos límites calculados con audacia, parafraseando a Beatriz Sarlo.  El kirchnerismo cumple totalmente con esta realidad. Ni Néstor Kirchner ni Cristina Fernández jamás han usado la palabra izquierda ni la palabra socialismo en sus definiciones políticas. Sólo han hablado del proyecto y de vez en cuando agregan nacional y popular . Inmersos hoy en la grave crisis del modelo económico y hundidos en el mayor desprestigio por la corrupción y por sus políticas regionales y globales, el resto del nacionalismo popular argentino, sin recambio y sin propuesta de futuro, navega sin rumbo en un nuevo fracaso.

EL FINAL
Los nacionalismos populares están muertos. Los que existieron luego de la segunda post guerra terminaron corruptos y empantanados, mostrando que el proyecto nacional y popular mutaba hacia la demagogia empoderando a una nueva elite tanto o más corrupta que las anteriores. Sin ideología, sin rumbos, anti democráticos y autoritarios, los movimientos que fueron presentados como una tercera vía entre el socialismo y el capitalismo se prostituyeron para terminar en el descrédito cayendo sin pena ni gloria.

El siglo XXI recibió los espectros patéticos de lo que fueron, para morir en un mundo globalizado donde no tienen lugar ni espacio histórico. Mientras que la globalización obliga a crear un nuevo internacionalismo, los nacionalismos populares o lo que queda de ellos- son una antigüedad de la que nada hay que esperar, porque dieron todo lo que podían en su momento.

Haber supuesto que desde el nacionalismo popular podía surgir una alternativa de izquierda o socialista fue un grave error de cálculo. Suponer que desde movimientos de corte filofascista o nacionales podían nacer proyectos transformadores superadores del capitalismo no fue más que una quimera voluntarista. Ollanta Humala en Perú, con su subida por izquierda y su gobierno por derecha, es la última prueba que demuestra todo lo anterior. Y como ha sucedido en casi toda América Latina, la unión del nacionalismo popular con la izquierda terminó siempre mal para los socialistas y para la izquierda en general.

En Uruguay hace muchos años se forzó la aplicación de esa interpretación del nacionalismo popular, experimentando con una alianza entre el PS y Enrique Erro, un personaje singular salido del herrerismo. El país y el Partido Socialista no tenían ni condiciones ni cultura para implantar un proyecto de ese tipo. País institucionalista y con una fuertísima impronta liberal, en Uruguay no había lugar ni espacio político ni histórico para pretender la existencia de un proyecto nacional y popular.

El Partido Socialista, heredero del marxismo occidental, socialista y democrático y profundamente anti fascista, no soportó el implante artificial del nacionalismo popular y así la experiencia de la UP lo hizo colapsar y lo hundió en la crisis más profunda de su historia. Un gravísimo error que casi hace desaparecer al PS. Pero esa historia, con su propio drama, es para analizar en otro momento.


Anuncios

0 Responses to “Izquierda o populismo”



  1. Dejar un comentario

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


marzo 2014
D L M X J V S
« Feb   Abr »
 1
2345678
9101112131415
16171819202122
23242526272829
3031  

A %d blogueros les gusta esto: