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Mar
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Uruguay … política y gestión

Política e imaginación

escribe: Esteban Valenti (*)

¿La política es toda racionalidad? ¿Cuánto hay de emocional, de épico? ¿Cómo cambia esa ecuación en los diferentes momentos y en los diversos países? ¿Para hacer política se necesita imaginación o hay que apegarse a la más dura realidad? Son preguntas que surgen en muchos momentos de la política y sobre todo en las campañas electorales.

Hay una tendencia marcada en el mundo a transformar la política casi en una profesión del ejercicio del poder, de su disputa y sobre de sus lados oscuros y que deja afuera todo lo que sea emocional, épico, altruista y generoso. Es la teoría y la práctica de la política como el arte del poder.
Es cierto, la política es la única actividad humana en que el poder se disputa y se ejerce de manera clara y abierta, en muchos otras esferas, como la economía, los negocios, la sociedad civil, la comunicación, incluso las iglesias y las familias hay disputa del poder, pero cubierta por piadosos mantos de variados colores.

La tesis sobre la que Alexis de Tocqueville construyó su La democracia en América Latina es que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, y esta concepción contiene una dosis de resignación y otra de realismo. Es un hilo conductor que nos lleva al 18 brumario de Luis Bonaparte de Carlos Marx, casi contemporáneo de Tocqueville y mucho antes a Nicoló Machiavelli en El Príncipe, 300 años antes. La izquierda, con variables ilustradas y resignadas abrevó en esas ideas y sus consecuencias.

Efectivamente los pueblos que eligen, optan y lo hacen asumiendo sus consecuencias con grados diversos de información. No siempre las campañas electorales logran o se proponen que los electores tengan claras sus opciones. Esto forma parte del libre juego de los partidos políticos, de sus líderes, de sus comunicadores y de la prensa, que son quienes presentan las opciones.

Una elección es, además de la elección de un candidato, de una fórmula, de un partido y de los parlamentarios, la respuesta a una pregunta central y varias preguntas subsidiarias. La vida de un país y de una sociedad en cada momento coloca diferentes preguntas, pero no de forma mecánica porque tiene mucho que ver con las fuerzas en disputa y con los factores culturales y políticos de un pueblo.

La pregunta y la respuesta de los electores es la expresión de dos tensiones: un balance del pasado, de la vida política, económica, social y cultural que ha transcurrido, de sus resultados y fracasos, de la tendencia principal y por otro lado es la proyección hacia el futuro. Como se enlazan y se expresan esas dos fuerzas, esas dos tensiones, tiene mucho que ver con la imaginación social y colectiva.

La sociedad no es un todo único, un paquete homogéneo, son sectores sociales, culturales en el territorio y la imaginación no es lineal, podemos proyectar nuestro futuro y el de la nación, desde caminos y prioridades muy diversas. Hay grandes tendencias dominantes, pero el diablo como siempre también está en los detalles.

¿Cómo será el Uruguay dentro de cinco años? En esa pregunta se pone en juego toda la imaginación y el realismo de la política, su capacidad ideal, sus audacias, sus temores y sus cálculos, a veces generosos y otras miserables, que apelan a los miedos de la sociedad o a partes de ella.
¿Cuantas veces la derecha en el Uruguay apeló a la imaginación de las mayorías no tan silenciosas para arrinconar a la izquierda? Cuantas paradojas. Muchas veces fueron los miedos imaginarios los principales argumentos de la derecha para preservar su poder. No solo en Uruguay.

El Uruguay dentro de cinco años podemos imaginarlo como un juego libre de especulaciones o como la proyección de la experiencia de los 30 años desde que salimos de la dictadura, o incluso más, si incorporamos la experiencias de los años de oro del Uruguay, los de la explosión constructiva y renovadora del batllismo de finales del siglo XIX y principio del XX. Esos tiempos que dejaron sembrado el país de rastros físicos e ideales sobre otro tiempo, donde la imaginación era la primera herramienta de la construcción nacional, como lo formula profundamente Danilo Astori en su discurso del 11 de diciembre en ADM.

Hay que tener imaginación en el más profundo sentido de la palabra y confiar en que los gobernados, los actores sociales eligieron a sus gobernantes para esa misión y los merecían, cuando se construyó el Palacio Legislativo, la rambla de Montevideo, el Hospital de Clínicas, el estadio Centenario y tantas obras simultáneamente o, cuando se legalizó el aborto, se permitió el divorcio, el voto femenino y las ocho horas laborales y tantas leyes que en su tiempo fueron la vanguardia de la imaginación y el progresismo en todo el mundo. Eso sucedió hace aproximadamente un siglo

Nuestra generación, a partir del 2005 comenzó a recuperar la imaginación, mientras tratábamos de salir de la peor crisis imaginable y de la imaginación, como la que comenzó en 1999 y explotó en el 2002. Fue imaginación el Plan Ceibal, el Plan de Emergencia, la instalación de los Consejos de Salarios, la Reforma Fiscal, el hospital de ojos, la reforma de la salud, la apuesta central al empleo, al trabajo, a la inversión. Fue la imaginación de construir otro lugar en el mundo y en la región para nuestro país.
La imaginación de construir derechos y deberes diferentes, contra el tabaquismo, contra la penalización del aborto, por un camino diferente en la lucha contra el consumo de drogas, en la búsqueda empecinada de reformar y adaptar la educación pública a la nueva imaginación y a la realidad del país y del mundo.

Tuvimos la imaginación de proponernos otra relación con nuestros acreedores cuando éramos el segundo país más endeudado del mundo. Tuvimos la imaginación y la audacia de conectar la economía y los problemas sociales como un todo único, poniendo una al servicio inexorable de la otra. Y la realidad superó nuestra imaginación, en la reducción de la pobreza, de la indigencia, del desempleo, de la desigualdad en la renta. Y hoy debemos tener la imaginación obligatoria de no estar conformes, no solo ni principalmente por sensibilidad social y porque que uno de cada diez uruguayos esté pobre no puede ser nuestro sueño resignado, sino por algo mucho más sólido e imaginativo, porque pudimos, ya lo hicimos, ya demostramos que se puede.

Hay cosas que imaginamos y no fueron iguales a nuestros sueños y eso también nos pesa. Algunos, muchos de los que venimos imaginando desde hace décadas otro mundo, queríamos más cambios más,  rápidos y más profundos, más justicia social con un protagonismo más activo de la sociedad civil en su conjunto.

¿Es exactamente este el mundo que imaginamos? No, el que yo imaginaba era diferente, más épico, más aventurado, con otros protagonismos y valores diversos. Es posible que seamos minoría, pero existimos.
Otros, en otras latitudes imaginaron sus propios sueños nacionales y sociales y hoy tienen sus realidades. Nos son en absoluto mejores que las nuestras. Eso no nos debería conformar, pero la imaginación y la realidad se encuentran todos los días y hay que tener la inteligencia de hacer las cuentas y evaluar los resultados. Y hay dos cuentas que cierran simultáneamente en Uruguay: la de los resultados concretos en la vida de la gente que es lo que desespera a la derecha y la deja sin argumentos y la segunda de que no nos conformamos, no nos miramos el ombligo, queremos mucho más y mejor.

Imaginación y memoria son atributos importantes. De aquellos miedos del 2002 e incluso del 2004, sobre nuestra capacidad de cambiar y obtener resultados hemos pasado a esta nueva realidad en la que la sociedad uruguaya, quiere mucho más, mejor y más rápido. Esta nueva imaginación es un cambio cultural y anímico que nosotros, nuestros gobiernos de izquierda construyeron. Es la derrota más profunda de la ideología de la resignación y la derrota de los gobiernos blancos, colorados y mixtos.

La imaginación fue al poder, no como la soñamos en el 68, no pusimos el mundo de cabeza, las raíces de los árboles temblaron pero los árboles no se cayeron, al contrario, sacudimos sus ramas, sus copas y aprovechamos las experiencias y sobre esa realidad estamos construyendo.
No imaginamos que este sería el país del 2014 y tampoco que nuestros líderes, nuestros ídolos políticos tuvieran tanto apoyo ciudadano como tienen hoy y sin embargo estuvieran en discusión, bajo la exigente lupa de su propia gente. Es que también la imaginación ha cambiado, está cambiando.

¿Seremos capaces de construir juntos una nueva imaginación, más audaz, más inteligente, más difícil de alcanzar, o nos resignaremos a administrar la realidad y nuestra propia imaginación?

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