05
Mar
14

La derecha latinoamericana

Opinión

La fosilizada troika de la derecha vernácula

escribe: Hugo ACEVEDO

 

Una troika, que en el lenguaje frecuente es troica, designa en política a la alianza entre tres personas o entidades de idéntico poder y con análogos intereses, que suman sus fuerzas para defender un proyecto común.

Las troikas fueron habituales en la hoy extinta Unión Soviética, cuando un acontecimiento o crisis política generaba inestabilidad institucional y un consecuente vacío de poder que era necesario conjurar para evitar ulterioridades.

En nuestro régimen republicano de gobierno esa figura legalmente no existe, aunque sí hay troikas unidas por afinidades ideológicas, con fuerte influencia real o a menudo meramente simbólica en sus grupos de pertenencia.

Es el caso de los ex presidentes Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle y Jorge Batlle, quienes habitualmente conforman una alianza estratégica defensora del statu quo de la derecha vernácula.

Cuando un tema nacional o internacional lo amerita, los tres ex mandatarios suelen pronunciarse públicamente, con el propósito de marcar la agenda política con sus opiniones, que cada día son menos escuchadas y respetadas.

Sin embargo, los medios de comunicación de talante complaciente, particularmente los audiovisuales, los consultan con contumaz obsecuencia, como si se tratara de gurúes infalibles o de “brujos” de una tribu felizmente en vías de extinción.

Obviamente, usufructuando el abundante espacio del cual disponen en medios impresos o de los micrófonos que acuden prestos a sus llamados, pontifican con su acostumbrada soberbia sobre variados temas de actualidad.

Por supuesto, los juicios que suelen emitir – que solo ellos mismos consideran inapelables- ya no convocan la misma adhesión ni generan las mismas repercusiones que en el pasado.

Empero, insisten en ser noticia y en alimentar la controversia, por más que – en el presente- más que líderes políticos son decadentes “profetas” que predican en el desierto, sólo escuchados por nostálgicos empedernidos de un infausto pasado.

A raíz de los tensos enfrentamientos entre el gobierno y la oposición suscitados en Venezuela, la troika volvió a pronunciarse, en un comunicado conjunto que no sorprendió a nadie, con su acostumbrada impronta reaccionaria.

Como si tuvieran la conciencia tranquila, fustigaron al gobierno del hermano país latinoamericano por los hechos de violencia generados durante las manifestaciones de protesta.

Por supuesto, también se permitieron formular juicios de valor sobre la situación política y económica de la nación caribeña, incurriendo en una gruesa injerencia en los asuntos internos de ese país soberano, actitud que ellos suelen condenar en otros cuando el criticado es un “gobierno amigo”.

Esta postura tan firme en la defensa de la “democracia” y “la legalidad”, resulta contradictoria y nada consecuente con la propia historia política de los tres ex presidentes.

Haciendo memoria, Julio María Sanguinetti integró -en calidad de ministro y en representación de la lista 15 liderada por Jorge Batlle- los gobiernos de Jorge Pacheco Areco y Juan María Bordaberry, dos de las administraciones más reaccionarias y autoritarias de la historia, responsables de salvaje represión, torturas, asesinatos y censura de prensa.

Esta agrupación sostuvo al gobierno de Pacheco -que violó todos los derechos humanos- y apoyó el de Bordaberry. En ese contexto, Sanguinetti fue Ministro de Educación y Cultura y autor de una ley que abolió la autonomía de la enseñanza y la libertad de cátedra.

Por su parte, Luis Alberto Lacalle es recordado por haber convalidado –desde su sillón presidencial- la brutal represión contra las manifestaciones registradas frente al Hospital Filtro, el 24 de agosto de 1994. Los incidentes culminaron con el asesinato de un militante y más de un centenar de heridos.

En materia de política exterior, los tres han permanecido indiferentes ante los atropellos perpetrados por el imperialismo hegemónico en diversas regiones del planeta y respecto al inmoral bloqueo de más de medio siglo contra Cuba.

Esas actitudes de deliberada prescindencia -que naturalmente son consecuentes con la prédica reaccionaria que los identifica- los descalifica para cuestionar conductas políticas ajenas.

Sería mejor que los tres se llamaran a un prudente silencio.

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