29
Dic
13

Paul Krugman …

Qué hacer cuando se está equivocado

 

escribe: Paul Krugman /Economista, premio Nobel de Economía

Como el experto Barry Ritholz nos recordaba recientemente en una entrada de su blog en Internet, acabamos de pasar el tercer aniversario de la publicación de la carta sobre devaluación e inflación en la que los gurús de la economía advertían a la Reserva Federal de que las políticas de relajación cuantitativa tendrían consecuencias nefastas. Estaban completamente equivocados.

Al releer ahora la carta hay que preguntarse qué clase de modelo económico tenía en mente el grupo. Los autores afirmaban que las proyectadas compras de activos comportan un riesgo de depreciación de la moneda y de inflación, y no creemos que logren el objetivo de la Reserva Federal de promover el empleo .

Por tanto, serían inflacionistas sin ser expansionistas. ¿Cómo se supone que funciona esto? En su exposición, Ritholz esgrimía el error de estas personas como una razón para no escucharlas, y, desde luego, es una señal de alarma. Sin embargo, mi posición es que no solo se trata de averiguar si la gente se ha equivocado, sino también preguntarse cómo ha reaccionado cuando los acontecimientos no han seguido el rumbo que ellos habían predicho.

Después de todo, si escribes sobre temas de actualidad y nunca te equivocas es que no te estás arriesgando bastante. Pasan cosas, y a veces no son las cosas que pensabas que pasarían.
¿Qué hacer entonces? ¿Pretender que nunca dijiste lo que dijiste? ¿Arremeter contra tus detractores y hacerte la víctima? ¿O intentar descubrir en qué te equivocaste y por qué, y revisar tus ideas en consecuencia?
A lo largo de los años me he equivocado muchas veces, en general sobre cuestiones menores, pero a veces sobre otras importantes. Antes de 1998 no creía que la trampa de la liquidez fuese un problema serio. El ejemplo de Japón hizo pensar que me equivocaba, y al final llegué a la conclusión de que de hecho era un grave problema. En 2003 pensaba que Estados Unidos era posiblemente vulnerable a una pérdida de confianza al estilo de la crisis asiática. Cuando nada de eso ocurrió, me replanteé mis modelos, me di cuenta de que el endeudamiento en moneda extranjera era crucial y cambié mi punto de vista.

El caso del euro fue algo diferente: yo era muy pesimista sobre la estrategia de austeridad y de devaluación interna, que creía que tendría un coste terrible. Y tenía toda la razón. También supuse que se demostraría que ese coste era políticamente insostenible, y que conduciría a una crisis del propio euro. Al menos hasta ahora, me he equivocado. Mi modelo económico funcionaba bien, pero mi modelo político implícito, no. De acuerdo, así son las cosas.

¿Alguno de los firmantes de la carta de 2010 ha admitido haberse equivocado y explicado por qué se equivocaron? Me refiero a alguno de ellos. Que yo sepa, no. Y, en este punto, el tema se convierte en algo más que una discusión intelectual. Se convierte en una prueba de carácter.

 

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