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Nov
13

Constanza Moreira

El retorno de la ciencia práctica

 

escribe: Constanza Moreira

 

En los propios orígenes del concepto “ciencia”, Aristóteles diferenció entre las teóricas –donde el saber se busca por sí mismo–, las prácticas –donde el saber está al servicio de la acción– y las ciencias “poiéticas”, las orientadas a producir resultados o “cosas”. La ciencia política era una ciencia práctica: estaba destinada a orientar la praxis. La física, en cambio, era una ciencia puramente teórica. Todas las técnicas –orientadas a generar productos– eran ciencias “poiéticas”.

Con el paso de los siglos, y especialmente en la modernidad, las ciencias sociales se transformaron en ciencias “teóricas”: su objetivo era comprender el mundo, no transformarlo. Parecieron perder así parte de su poder real, pero creyeron ganar un sitial en el codiciado lugar de las “ciencias”, aunque más no fuera sometiéndose a los atributos de ciencias “blandas”, o de segunda categoría.

Las ciencias sociales sufrieron, sin embargo, durante los siglos xix y xx, un fuerte desafío a su condición teórica. Quizá Marx es el ejemplo más notorio de esa tradición, cuando abre el camino a la ahora llamada “teoría crítica” con su crítica a la filosofía del derecho y a la economía política, y también cuando dice que “la teoría se convierte en fuerza material” en un proyecto de emancipación del mundo. Pero el conservador Durkheim, a quien se reconoce como el padre de la sociología moderna, también dice en Pragmatismo y sociología: “el pensamiento no está allí para contemplar lo que es (…). Su función no es especulativa, ante todo es práctica (…). Aparece, no para copiar lo real, sino para cambiarlo”.

América Latina fue un hervidero de pensamiento crítico y de ciencia social “práctica” hasta por lo menos los años ochenta. Luego, las dictaduras y retrocesos democráticos de diverso tipo, el remplazo de las tradiciones europeas por la academia estadounidense, el rol determinante de los organismos multilaterales en la producción de conocimiento social ante el empobrecimiento progresivo de las universidades, parecieron vaciar al pensamiento de cualquier pretensión crítica, o –peor aun– de transformación del mundo. La llamada “neutralidad valorativa” sirvió de resguardo a una ciencia retraída en sí misma, poco cuestionadora de paradigmas y dogmas, y como resultado produjo académicos más preocupados por generar buena información cuantitativa (y ser calificados como investigadores “rigurosos”), que por usarla para interpretar, de modo general, el mundo. No sólo sufrió el pensamiento “crítico”, sino que la propia teoría entró en crisis: los latinoamericanos perdieron pretensiones de elaborar sus propias teorías, se sometieron al arbitrio de teorías generales desconectadas con su propia realidad, y la pretensión de construir teoría general propia pareció quedar fuera de cualquier alcance razonable.

No por otra razón encontramos a unas ciencias sociales que comenzaron a estar rezagadas con respecto al empuje político de la América Latina de fines del siglo xx, y demoraron en entenderlo. No entendieron a Chávez, ni al “indigenismo” boliviano, ni a los procesos “refundacionales” de las asambleas constituyentes en varios países de América Latina. Su incomprensión no era atribuible a sus científicos, sino a los profundos procesos que se habían producido en América Latina durante décadas.

La llegada de gobiernos de izquierda o progresistas en muchos países de América Latina devolvió a estas ciencias sociales un rol eminentemente “práctico”: en Uruguay aumentaron los convenios entre la Universidad y el Estado, muchos intelectuales y académicos aceptaron roles políticos dentro y fuera del Estado, y sus voces se sintieron más alto, por primera vez en mucho tiempo. Sin embargo, este rol práctico está a merced de un músculo crítico que no se ejercita desde hace tiempo, y el riesgo de que el intelectual se transforme en un productor de información y políticas para unos fines políticos cuya discusión está fuera de alcance podrá hacer que la ciencia social en vez de “práctica” se transforme en “poiética”, y deje de orientar la acción para sólo producir resultados (informes, cifras, proyectos). Al mismo tiempo, si esto se hace en contextos de fuerte “disciplinamiento”, estos nuevos intelectuales prácticos quedarán atrapados entre el dilema de trabajar “con las manos en la masa” en las cosas que importan, o correr a refugiarse en la otrora llamada “vida académica”, más orientada a la producción de la propia carrera académica y su prestigio personal –o institucional–, que a cualquier devolución de sus saberes a la sociedad.

Siempre será difícil convencer a la política de unos fines y unas orientaciones dadas –porque se nos hace saber que “son los políticos” los que deciden sobre esto, y esta restricción es parte del problema–, pero los intelectuales deberán estar allí para mostrar los fines teóricos a los que sirve cualquier decisión práctica, y alertar sobre las consecuencias de esas decisiones. Deberán hacer “política” en el sentido más completo del término; esto es, dedicarse a la vida pública. Si no, sólo habrán servido para honrar a una casa donde viven muy pocos, y donde poco importará lo que se diga o lo que se haga.

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