30
Oct
13

modelos politicos … Uruguay

Opinión

Las miserias del modelo concentrador

escribe Hugo Acevedo / periodista

En 1668, el insigne dramaturgo francés Jean Baptiste Poquelin (Molière) publicó su célebre “El Avaro”, obra cumbre de la literatura universal que retrata elocuentemente uno de los ángulos más oscuros y grotescos de la condición humana: el egoísmo mezquino y exacerbado.

El protagonista de esta popular comedia en prosa en cinco actos es el acaudalado Harpagón, quien padece la patología de la avaricia, ya que quiere más a su dinero que a sus propios hijos.

A más de tres siglos de su estreno, esta auténtica alegoría sobre la miseria –no la material sino la espiritual- conserva plena vigencia, en un mundo agobiado por la globalización de la infamia.

En un presente cada vez más deshumanizado, la propia libertad se torna una suerte de entelequia, por la lógica de la esclavitud impuesta por el mercado y el rampante egoísmo de los perpetradores del gran despojo.

En efecto, el individualismo nacido del vientre del capitalismo más salvaje y perverso sigue siendo una auténtica amenaza para un suicida modelo civilizatorio en serio riesgo de extinción.

Ya lo advirtió el presidente José Mujica durante su valiente alocución ante el pleno de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, cuando afirmó: “Estamos vivos de milagro. Cuidemos la vida. Entendamos que la especie es nuestro nosotros”.

Obviamente, y como es habitual, el gobernante volvió a fustigar ácidamente al consumismo, acorde con su reiterada prédica y su estilo de vida de espartana austeridad.

Empero, este tema no se dirime en el terreno meramente filosófico sino en el político, social, ético y obviamente cotidiano, donde las obscenas asimetrías suelen provocar estragos en los sectores más desfavorecidos e inmoralmente postergados de la sociedad.

Sin embargo, esa voraz compulsión por acumular y amasar fortunas originadas en la explotación de la fuerza de trabajo, la apropiación de la plusvalía o la mera especulación financiera, sigue siendo un inquietante signo de identidad en el mundo y, naturalmente, en nuestro Uruguay.

Aunque burda, la estrategia de la oligarquía criolla es realmente perversa. Coincidiendo con el comienzo de la ronda de los Consejos de Salarios, las cámaras empresariales difundieron un documento que marcó el rumbo cardinal del gran capital en las negociaciones con los sindicatos.

La extrema intransigencia de los propietarios de los medios de producción, que vuelven a situar al trabajador como un mero engranaje y no como un ser humano con demandas y necesidades, se ha transformado en un serio escollo para la consecución de acuerdos.

Pese a que en los últimos ocho años los trabajadores uruguayos han logrado significativos avances en materia de recuperación salarial luego de la debacle del último gobierno de derecha, aún hay sectores insólitamente postergados.

En efecto, aunque parezca realmente inverosímil, hay 800.000 empleados que perciben menos de $ 14.000, y 500.000 cuyas retribuciones no llegan a los $ 10.000.

La central obrera ha puesto particular énfasis en contemplar en los ajustes a ese multitudinario ejército de sumergidos, cuyos ingresos son notoriamente insuficientes.

¿Algunos de estos empresarios podría vivir o al menos subsistir con estos escandalosos ingresos? ¿Es tan miope la binaria lógica costo-beneficio que no les permite percibir tamaña vergüenza?

Una de las situaciones más flagrantes – aunque no es la única- es la de los trabajadores de las grandes superficies, que se están movilizando por un salario mínimo de $ 15.000.

Resulta surrealista la recurrente insensibilidad patronal ante reclamos tan razonables, que responde naturalmente a la teología del lucro concentrador, una religión sin iglesia pero crudamente dogmática que provocó la dramática debacle económica que aqueja al propio mundo desarrollado.

En tanto esta oligarquía es la aliada estratégica de la derecha política representada por los partidos tradicionales, la clave es abortar el proyecto político restauracionista, para seguir profundizando los cambios y construyendo una verdadera democracia inclusiva, sin hijos ni entenados.

En consecuencia, el gran desafío sigue siendo promover una radical mutación cultural a nivel de la sociedad uruguaya, que destierre definitivamente la avaricia y el egoísmo.

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