27
Oct
13

La burguesía

Política y Economía

Percibir la sociedad

Ugo Codevilla

La revolución burguesa se concretó en dos planos, el económico y el político. El segundo no habría sido posible de no haber detentado los burgueses la supremacía económica en países como Inglaterra, Holanda y Francia.

Fue precisamente el reconocimiento de esa dominación lo que permitió a esos señores unirse y procurar la conquista del poder político. Para ello fue necesario incorporar a las masas pauperizadas prometiéndoles lo que luego no cumplirían. No obstante, lo singular del caso fue la convocatoria de unidad del pueblo, alegando que la lucha en ciernes impulsaría un futuro mejor para todos pleno de equidad y justicia.

Del resultado de esa revolución destaca muy especialmente la construcción de la República; ello, tras concebir la existencia de un gobierno de la sociedad a partir de un arreglo constitucional donde lo básico eran la igualdad de derechos y la imparcialidad del aparato de administración pública.

Lo anterior apunta a que el sometimiento capitalista exige el deslinde entre la actividad económica y la política. De esta manera, la relación patrón-trabajador se concreta en el plano económico mientras que en lo político, el vínculo entre ambos como clases determinantes de la sociedad, se da intermediada por el Estado. Más precisamente, la división público-privado impone la ilusión de que el desarrollo del mercado corresponde al segundo, entorno donde no debe intervenir ninguna fuerza externa a la “fraternidad del trabajo, la producción y el comercio”. Esta oportuna separación encubre que lo concluyente de las relaciones sociales, es el desarrollo del modo de producción, razón por la cual el Estado resulta ser una instancia decisiva de la dominación del sector del capital.

El problema histórico apunta a que la dimensión social se expresa a través del gobierno; y cuando la toxicidad del mercado se robustece, trae aparejado el crecimiento de la queja social, alcanzando su pico en lo que conocemos como crisis del consenso. Se devela así el connubio entre el Estado y el capital, rompiéndose la lógica de la representación.

Es en medio de la lucha de clases cuando tanto las mayorías como las minorías perciben (objetivamente y subjetivamente) la existencia de la sociedad negada por los neoliberales. Cuando desde un polo se reconoce la necesidad de las transformaciones (imaginándolas) y desde el otro, se refuerza la cadena institucional que asegura, con violencia o sin ella, el imperio del capital.

En esa situación de crisis es cuando aparece vivamente el ser social. La razón resulta del todo evidente, ya que los males que encienden la lucha de clases suelen ser sistémicos y por tanto innegociables.

Precisamente, la reducción maniquea de la realidad a mero mercado persigue de facto la disolución social. Ante todo, el desfallecimiento del pensamiento crítico y el anhelo transformador de las mayorías representadas en el sistema político. Llegados a este punto, todo lo público se transforma en privado, convirtiéndose el gobierno en lo repetido hasta el cansancio desde los ochenta del siglo pasado, en instancia gerencial de los grandes intereses económicos globales.

Una claudicación que empobrece sensiblemente al ser concebido como político desde los griegos, dando inicio a la avanzada brutal de grandes instituciones y gobiernos como los de Estados Unidos y Gran Bretaña, que no cejaron hasta desarmar políticamente la representación popular, hecho que coadyuvó a discernir como modernización la desideologización y la banalización de cualquier anhelo utópico, entendiéndose por tal un mejor futuro para todos. De algo podemos estar seguros: que luego de tres décadas de neoliberalismo, la equidad como propósito desapareció del horizonte político global.

Si la sociedad se concibe a través de la devaluada representación gubernamental concatenada a la de los partidos políticos, y estos a su vez se autocensuraron a fin de no perder sus prerrogativas en tanto integrantes del poder político, lo esperable era una dramática degradación social que derivó en un desánimo general. El abandono del interés de lo que nos afecta no fue el único resultado de este quiebre sino que también se observó la adquisición general del discurso neoliberal. Algo que impactó incluso en el lenguaje donde la jerga de la economía y las finanzas se transformó en precisiones muy recurridas. Y esto es lo que hoy vivimos, una suerte de empantanamiento en un presente inagotable e inamovible, donde domina la creencia de que lo apropiado es venderse, competir hasta sangrar, el éxito a cualquier precio, que la desgracia de otros puede interpretarse como mi beneficio (la tesis de las oportunidades), el mayor placer es consumir y en cuanto a religión, que el valle de lágrimas es parte indisoluble del plan divino, dicho de otro modo, el dolor y la desesperanza convertidos en el suelo fértil donde brota la fe.

Mientras las mayorías no trascienden la mirada de su propio ombligo, los grandes capitales aprietan su dominación mundial; y, deshilachada la sociedad, ¿quién puede dar solución a todo aquello que le aqueja?

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