16
Oct
13

La izquierda y el progresismo en el cono sur

Chile: nosotros también cambiamos

escribe: Esteban Valenti (*) Periodista, escritor, director de UYPRESS, BITÁCORA. Uruguay.

 

El golpe de Augusto Pinochet que derribó al gobierno constitucional y democrático de Salvador Allende fue una de las páginas más trágicas de la historia de América Latina y nos planteó una serie de interrogantes y dudas que hoy todavía persisten. ¿Cómo las afrontó la izquierda latinoamericana?

La huida no ha llevado a nadie a ningún sitio
Antoine de Saint-Exupéry

 

Las respuestas prácticas y teóricas que encontramos contribuyeron a cambiar nuestra historia y la de numerosos países de la región.

Intentar hacer el relato o peor aún el recuento de los crímenes, el latrocinio, las inmoralidades del régimen de Pinochet es tarea muy difícil. En Chile se han escrito trabajos muy interesantes. Lo mío no quiere ser en absoluto un imposible aporte a ese relato, que todavía divide a la sociedad chilena.

La divide más de lo que el golpe en Uruguay divide a nuestra sociedad. Al punto que en la próxima elección presidencial se enfrentan dos mujeres que expresan la realidad política actual, pero son parte de esa historia trágica. Michelle Bachelet va por un segundo periodo encabezando las fuerzas de la Concertación y por primera vez desde la salida de la dictadura con el apoyo del Partido Comunista y por otro lado la derecha, y lo digo consciente y responsablemente porque si el actual presidente Sebastián Piñera expresaba en centro derecha, Evelyn Matthei, hija de un ex general que fue miembro de la junta militar y que estuvo relacionado con el asesinato del padre de Michelle Bachelet, es la más cruda derecha.

Si algo faltaba para marcar nuevamente la fractura que el golpe y el régimen de Pinochet produjo en la sociedad chilena, este episodio es todo un resumen, una prueba.

El golpe en Chile fue parte de una serie de golpes de estado en toda la región, previo y posterior a setiembre de 1973. En Uruguay, en Bolivia, en Argentina, en Brasil ya se había adelantado en 1964. No fue una epidemia fue la respuesta organizada y realizada por la combinación de tres componentes: los Estados Unidos y su visión de cómo detener el avance de las fuerzas populares y revolucionarias en el continente; las derechas civiles, políticas y económicas de esos países y como tercer elemento las Fuerzas Armadas.

La derrota en dominó de los procesos democráticos abrió un debate muy amplio no solo en la región, sino entre las fuerzas progresistas y de izquierda en Europa y en otros países de América Latina. En Italia en particular, el ejemplo de la derrota y caída del gobierno de Allende fue parte fundamental de la idea del compromiso histórico lanzada por Enrico Berlinguer, el secretario general del Partido Comunista Italiano y el máximo líder e ideólogo del eurocomunismo.

A la izquierda latinoamericana nos costaba extraordinariamente hablar de derrota. Pero fue una enorme e histórica derrota con un precio muy alto. Esa resistencia a hablar de derrota se basaba y se basa en la idea que fue un episodio más, importante y trágico, de nuestra marcha inexorable hacia la revolución y el triunfo.

Hubo otra corriente de pensamiento que sobre todo en Europa poco le faltó para pedir disculpas por los errores cometidos, en toda la región y en particular por el gobierno de Allende, con sus cambios profundos y transformadores en un marco democrático, donde las fuerzas de la izquierda, avanzaban electoralmente en cada una de las convocatorias. Otros, sin entender mucho, en realidad le echaron la culpa precisamente a ese apego democrático de Allende.

Han pasado 40 años, son suficientes para comparar, analizar y seguir sacando conclusiones. América Latina cambió profundamente. En primer lugar en lo más importante: en afianzar la democracia y en el papel creciente de las fuerzas progresistas y de izquierda, que pasaron a ser, de un sector minoritario y a veces testimonial a transformarse en muchos casos en las principales fuerzas políticas en sus países.

El único país donde la izquierda era mayoría hace 40 años era Chile, hoy la izquierda y el progresismo es mayoritario en Brasil, en Chile (recuperará sin duda el gobierno), en Uruguay, en Bolivia, en Ecuador, en Perú, en Venezuela, y en Argentina con sus particularidades hay una fuerte presencia de las ideas progresistas de diversas vertientes. y siendo uno de los países más inestables institucionalmente, es hoy una democracia en tensión, pero es una democracia.

También en Centroamérica la comparación es de cambios profundos, tanto democráticos como del signo político. Aunque a decir verdad hay cosas que resulta difícil hoy catalogar de izquierda.

No todo ha sido un camino ascendente hubo y habrá avances, retrocesos, victorias y derrotas, rotaciones en el poder. Y ese es precisamente uno de los cambios más profundos, la izquierda en América Latina asumió plenamente las reglas de juego democráticas y dejó de considerar que luego de triunfar, el proceso era irreversible y no tenía marcha atrás. También los cambios tienen que ver con eso.

Tienen que ver con una versión renovada de la izquierda y el progresismo que fue capaz de construir alianzas políticas, sociales y culturales mucho más amplias y con una visión programática adecuada para construir esas alianzas para triunfar electoralmente y para gobernar.

Esto tuvo que ver con la combinación de varios factores. La caída del socialismo real y con el de una visión que tenía un fuerte peso en los procesos de la izquierda del continente, por parte de los partidos comunistas que presentaba de manera más o menos sutil y política el concepto de un proceso que inexorablemente terminaba en el socialismo y en un tipo de socialismo estatista del cual la URSS e incluso Cuba eran el ejemplo. Eso se terminó por dos vías.

Se terminó porque en la mayoría de los países los partidos comunistas tanto los que se alineaban con la URSS como con China sufrieron una crisis profunda y una gran debilitamiento ideológico, político y orgánico y por otro lado el fin de la guerra fría aportó aunque nos cueste reconocerlo condiciones nuevas, algunas profundamente contradictorias. Un cambio entre la reducción de la tensión final e irreconciliable y por otro lado la necesidad de buscar rutas y proyectos nuevos y arriesgados.

No hay que pedirle disculpas a nadie por los grandes logros que en democracia hizo el gobierno de Salvador Allende, al contrario, es una de las mejores páginas de la historia del continente, incluso el heroico gesto de su final trágico. Pero todo lo que vino después de la reconquista democrática en la región hubiera sido imposible si de forma explícita y expuesta o en la práctica política y programática la izquierda no hubiera cambiado y no se hubiera renovado.

Se nos cayeron paradigmas centrales de antes de los años 70, cuando comenzó la ola de golpes de estado y resurgimos a la vida democrática con capacidad política de disputar gobiernos locales, de crecer y ganar elecciones nacionales y de gobernar con resultados. Paradigmas que también tenían que ver con el uso de la violencia y de la vía principal de la revolución en América Latina, al punto que este era el principal tema de debate, no siempre muy fraterno entre las diversas fuerzas de izquierda.

Nunca en la historia de esta región, la más injusta del planeta en cuanto a la distribución de las riquezas, se habían producido estos cambios sociales y económicos de este alcance regional. Y con estos resultados.

Los cambios están lejos de nuestros sueños juveniles de una revolución refulgente que resolvería todo y para siempre. Ni que hablar, pero que han sido un extraordinario avance frente a la derecha, a las fuerzas conservadoras, a los que hubieran querido mantener las mismas políticas económicas, sociales, culturales de constante tutela de ciertas fuerzas armadas como último reducto de la derecha, no tengamos ninguna duda.

Pueden parecer preguntas retóricas, pero no lo son, porque no hay nada peor que acostumbrarse a la historia como una simple fatalidad. ¿Hubiera sido lo mismo si en Chile hubiera triunfado la derecha pinochetista o semi o cuasi pinochetista en lugar de la Concertación? No y mil veces no, y eso fue inteligencia, mirada estratégica y capacidad crítica de las fuerzas populares chilenas.

Y no va a ser lo mismo la presidencia de Michelle Bachetel que la imposible presidencia de Evelyn Matthei.

¿Hubiera sido lo mismo, o simplemente un cambio de matices si el centro derecha con todas sus variantes gobernara Brasil, el país de las mayores injusticias o gobernara Luiz Ignacio Da Silva Lula y Dilma Rousseff? Ponerme a contestar esto sería una banalidad, basta ver el impacto social que ha vivido el país en estos años. Incluso los crecientes reclamos de la gente son parte de otro Brasil, más vivo, más exigente, más justo y que no se conforma y reclama más, sobre todo más honestidad a los políticos.

Y ni que hablar que la historia, nuestra historia como sociedad y como seres humanos concretos e individuales no sería la misma en el Uruguay, si en lugar de ganar la izquierda en 1989 y en el 2004 y el 2009 hubiera seguido gobernando la derecha o el centro derecha, hubiera seguido gobernando la decadencia y la ideología y la cultura de la resignación nacional. Incluso la vivacidad de una sociedad que reclama siempre más que asumió que podemos alcanzar nuevas y más exigentes metas de desarrollo productivo, social, cultural, educativo, en la seguridad y en la convivencia, son expresión de ese cambio profundo.

No nos alcanza, y eso es también de izquierda. Cuando una sociedad se mece en sus laureles, en los triunfos imperecederos de la dictadura del proletariado, en la irreversible y ascendente revolución en la que el avance se mide por la cantidad de emprendimientos de todos los tamaños que pasan a manos del estado, no solo se paraliza y retrocede, es solo una cuestión de tiempo, sino que abandona los mecanismos democráticos para pensar, para confrontar, para exigir, para luchar en todos los terrenos y en el más importante, el de las ideas críticas para seguir avanzando.

Por eso Chile hace 40 años era tan peligroso, porque era el germen de un cambio radical para toda la izquierda, el de la unidad, la amplitud, la construcción social y cultural capaz de convocar a las mayorías democráticamente y de obtener resultados revolucionarios. Fueron esos grandes resultados los que aterrorizaron al imperio y a la derecha, que vio en el crecimiento electoral de la Unidad Popular un camino extremadamente peligroso para las fuerzas conservadoras y sus privilegios.

No hemos cambiado todo, no hemos alcanzado el paraíso, ni en Chile que tuvo además el recreo fallido de Piñera, ni en Uruguay donde tendremos que revalidar nuestro derecho a seguir gobernando a nivel nacional, en Montevideo y en otros departamentos, pero cambiamos positivamente muchas cosas importantes. Porque fuimos capaces de cambiar nosotros, la izquierda.

No asumir esos cambios es aceptar que hemos sido simplemente juguete de los acontecimientos y no sus constructores concientes. Esas son las huidas que no llevan a  ningún lado.

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