04
Sep
13

Carlos Gardel: genio, figura y transfigura

escribe: Daniel Vidart (*)

Los escritores, y dentro de ellos la cofradía de los periodistas, bien saben que un convincente título o titular es algo así como el asa del libro o del artículo. De tal modo sucede a veces que un medicamento vitamínico que se agrega a la comida, al ser atractivamente presentado, logra que el lector, sorbida la primera cucharada, engulla luego toda la sopa.

 

 

Para Esteban y Selva, con cariño

Pero en el caso de Carlos Gardel basta con escribir su nombre desnudo, sin epítetos solemnes o adjetivos noveleros. Al leer estas dos palabras, que atraen de inmediato las miradas y los más encontrados sentimientos, todos sabemos de quién y de qué se trata. El quién, en tanto  sujeto portador de valores y desvalores éticos, no puede escapar al traqueteo del carro de la gloria por los caminos de la opinión.

El Gardel bueno y el Gardel miserable, el Don Juan discreto y el maricón pudibundo, el traidor de su clase y el santo patrono del pueblo, que todo eso y mucho más forma parte de la resaca de lo doxográfico, vuela  de boca en boca a lo largo del incesante comadreo rioplatense del año entero y adquiere la dimensión de un estallido, cada vez menos audible,  cuando llegan los días rituales del mes de junio.

Las mitades contradictorias de un mismo ser, desgarrado por el tironeo de juicios que van desde la orilla de lo supuesto a la de lo improbable, recobran su unidad en el hombre Gardel. En efecto, esta criatura unívoca, individuo si se trata del   cuerpo indivisible y persona en cuanto  sujeto pensante y sintiente, vivió y murió dentro de los límites temporales propios de toda existencia humana. En tal sentido no puede escapar al cepo de una biografía que lo condena  al aire de su mundo, a su coyuntura social, a los vehículos expresivos de su época.

Pero Carlos Gardel ha resultado ser el protagonista de una pervivencia que rompe las normas impuestas por el espacio y el tiempo a la perecedera memoria de los difuntos. De tal modo su figura, congelada en las poses de dos o tres  fotos clásicas, comenzando por la de Silva, debe soportar un destino semejante al de la imaginería de los santos. Como sucede con la mayoría de esos integrantes de la iconografía sagrada del cristianismo popular, que ganaron la devoción de sus fieles luego de haber sido martirizados por los paganos o los más modernos, que murieron a la brava, Gardel carga, al igual que ellos, el fardo de una valoración ambigua. Tan ambigua, en efecto, es la estela dejada por su peripecia existencial que la evocación de la misma aparece llena de puntos suspensivos, de lagunas oscuras, de rasgos contradictorios. Al mismo tiempo, como puede comprobarse a lo largo de los libros y artículos que pululaban  por doquier, y hoy, ya adelgazados por los ayunos que impone  la posmodernidad solo centellean son prisa y sin pausa en los fastos de Tacuarembó, el rastreo de esos eslabones perdidos que le niegan completitud al conocimiento de su origen, de sus amores, de sus aventuras y desventuras, ha provocado una inacabable querella.

Esta querella singular, que no se da descanso ni se lo concede a los discutidores, cada vez mas raleados, cada vez más requeridos por nuevas y urgentes problemáticas sociales,  de aquende y allende el Plata, tampoco tolera la existencia de indiferentes o neutrales. El ruido, ayer estrepitoso, del enconado combate doméstico entre uruguayos y argentinos, fuera y dentro de fronteras, sorprendía a los extranjeros por su virulencia y su agresividad. No voy a revivir ninguno de estos tópicos. La carnaza de la fama del Príncipe de los Cantores, del Zorzal, del Morocho del Abasto, repartida entre los distintos papeles sociales y culturales que le tocó desempeñar, atrae a los buitres que procuran adquirir, a fuerza de picoteo, la notoriedad prometeica de su presa. En el repertorio de ese incansable organito callejero siempre aparece un dato nuevo, un testimonio retroalimentado por un vejete memorioso, una confidencia que recién ahora emerge  de las sombras del ayer. Todo ello configura, o configuraba, un juego de fruslerías, de sombras chinescas, de paja anecdótica que nada agrega al ser y al quehacer pretéritos de este tenaz ectoplasma que brilla y pulsa ante cada uno de nosotros y que cada uno de nosotros, los veteranos de la Vieja Guardia,   llamamos para conjurar  las naderías del presente.

Dicha mediumnidad de ancianato con olor a orines, si así cabe llamarla, no permite que su espíritu se pierda tras las bambalinas de la memoria y, pari passu, reifica la presencia de un invitado de piedra que una y otra vez exige una explicación acerca de su contem­poraneidad con la gerontocracia  que lo montó a caballo, como al Cid muerto y apuntalado, para que ganara la batalla contra el olvido.
Un abogado del diablo no podría negar que la persistencia de este chismorreo, cuyos previsibles episodios atravesaron con paso cansino las fronteras del siglo XXI, revela, parejamente, el milagro de un longevo cultural, prendido del salvavidas de su sonrisa, que una y otra vez esquiva el epitafio. La reiteración desmedida de lo banal anuncia que tras la ganga hubo oro, que más allá de los defectos y las virtudes de una existencia siempre alabada y siempre cuestionada algo muy grande e inmutable se levantaba, como una torre, en medio de las estridencias de lo perecedero.

La cada vez más penumbrosa inmortalidad y el discreto ninguneo de Gardel, que como las líneas paralelas se juntan en lo infinito, no obedece, empero,  a las excelencias o a las falencias de la mundanal trayectoria de un personaje condenado, como lo decreta la condición humana, a caminar pisoteando la hojarasca de lo trivial y llevando a cuestas, como decía Hans Castorp en Der Zauberberg, la arquitectura de la tumba .

En el caso del Mago, que por cierto hace honor a su nombre, el quién es reducido a las dimensiones de lo irrelevante por la prevalencia obstinada del qué.
Y este qué, en cuanta cosa sensible, se manifiesta en el instrumento fisiológico de una voz humana extraordinaria. Pero con ella y sobre ella se precisa el   impacto social desencadenado por ese instrumento de fonación y comunicación, signo y símbolo a la vez, en las demás estructuras del magma valorativo. De tal modo lo estético suple a lo ético y lo contingente es relevado por lo trascendente. Dicho así el asunto parece simple. No obstante, tras esta fagocitosis cultural se esconde un secreto aún no develado.

Efectivamente, la pervivencia de Gardel es algo más que un enigma: el planteado a Edipo por la esfinge resulta ser apenas una charada ante la naturaleza indescifrable de un manifiesto sonoro que reclama y logra ser  atendido desde hace casi cien  años de la muerte física de su portador.

La experiencia personal y colectiva del cansancio del tiempo demuestra que los motivos de la música y el canto, sean o no del género popular, se gastan. Al cabo de una temporada, a veces muy fugaz, vuelan como las hojas secas del otoño, envejecen como el pan y los diarios. La gente exige una constante renovación del cancionero y el romancero: los temas que hoy hacen furor no llegan a mañana, los ídolos engrandecidos por el encomio alucinante y comercializados como mercadería son sustituidos por nuevas oleadas de ídolos que se apagarán también como las velas ante el soplo de la inquietud y la inestabilidad propias del  tornadizo talante posmodernista, o como se le quiera llamar a la bisagra de la historia que rechina y nos hace rechinar a los temporarios visitantes  del mundo.

Pero este afán de cambio que concede su razón de ser a la cultura del consumo se paraliza ante la todavía imperturbable vigencia de Gardel. ¿Dónde están hoy los fans de la Caniglia, de la avasallante Lily Pons, de Beniamino Gigli, de José Mojica? ¿Cuántos recuerdan con cotidiana devoción a Enrico Caruso? ¿Dónde se fue a morir el do da petto triunfal de los grandes divos del bel canto? ¿Cuántas audiciones radiotelefónicas actuales incluyen en sus programas a Atahualpa Yupanqui, que hasta hace siete decenios estaban incrustado en el repertorio de todas las horas? ¿Qué se hicieron los capitanes del canto popular latinoamericano de los años setenta, los trovadores neo provenzales al estilo de Raimon, los gorriones callejeros de París, las fulgurantes voces del jazz de New Orleans? Centenares de artistas exitosos, al parecer indestructibles, fueron masacrados por el olvido; el paso de los meses y los años erosionó el reinado de los reyes del canto popular y académico,  destruyó la adhesión de sus seguidores, los convirtió en furgones de cola que terminaron, con sus cargamentos de loas y demás faramallas,  abandonados en medio del desierto.

Pero con Gardel no sucedió lo mismo. Gardel y su voz no quieren bajar la guardia, Gardel y los enmohecidos temas de su repertorio no han  pasado, y no hablo de  moda definida como aquello que pasa de moda por la colaboracionista con los nazis  Coco Chanel, sino de sus almas en pena, como lo demuestra el seguimiento salteado pero firme de emisoras populares del Uruguay y la Argentina, y aún de Chile y Colombia. En este último  país, mi otra patria,  donde residí casi doce años, por la alta noche las emisoras paisas me llamaban a Bogotá  desde Medellín para hacerme preguntas  sobre la primavera del tango y sus cantores ilustres.

Gardel y sus círculos concéntricos de almas dolientes, de madrecitas buenas, de faroles esquineros, de guapos atropelladores, de mujeres frustradas, de minas retrecheras, de hombres escrachados por el destino,  de barrios bajo el claro de luna, y tantos estereotipos más, trasmiten su permanencia a fidelísimas  generaciones de auditores, caducos todos, de espaldas curvadas y brazos secos todos, pero todos consecuentes. Como un patinador sobre el hielo, finamente, aprovechando todos las brechas del presente, que serán resquicios en el porvenir, Gardel canta y cuenta, revive universos sumergidos, convierte el pasado en un eterno presente, en empecinada calesita del cronotopo.

Frente a este singular fenómeno cabe preguntar con sobrecogimiento, con el temblor provocado por el aura de un misterio: ¿qué mecanismos psíquicos y sociales infunden fuerzas inextinguibles a este fervor que arde como un tras foguero paciente, a esta admiración invernal que asciende hacia un constelado firmamento de corazo­nes, a esta actitud devota que pone a las memorias  en vilo y las hace cautivas de un prodigio que, aunque malherido,  no cesa de sonar como un río de corazones?
Se han imaginado y se siguen inventando muchas razones para explicar la vigencia de las virtudes artísticas de una figura que, al ser a la vez histórica y contemporánea, parece alimentarse con los atributos de su propia e indestructible materia.

Se trata de la calidad, transparencia y plenitud líricas de una dicción como pocas han existido, dicen ciertos comentaristas. No, todo brota del tono de convicción, del ímpetu sentimental con que canta, agregan otros. Los de más allá prefieren la cautivante docencia de los discursos criollos que deambulan en las canciones; a los que buscan coherencia y belleza la voz de Gardel los enriquece, mientras que a los pedigüeños de ternura, a los pobres de espíritu, los somete a la alquimia de la transfiguración. Pero nada de esto alcanza. Existe como un sistema cifrado de conjunciones y configuraciones que ha convertido a Gardel, intérprete, testigo y narrador insigne de una epopeya popular, en una especie de héroe homérico, en un Sigfrido invencible, en el santo y seña de la identidad rioplatense de buena parte del siglo XX y de una rodaja  del XXI.

Este sistema planetario de esencias y valencias desenvuelve su madeja de significaciones en un cosmos ajeno al reino de la relatividad. Ciertamente que la voz de Gardel era (y es, gracias al presente histórico que perdura en las grabaciones) generosa y equilibrada, rica y entradora, y en todo momento dotada de un tono y un timbre admirables. Pero en los viejos discos del cancionero americano y europeo yacen sepultadas antiguas voces de igual o mayor calidad y elocuencia líricas. En cuanto a su poder mimético, a su felicidad para captar los talantes del taita del barrio, de la mina  engañada , del timbero irrefrenable, del muchacho calavera, de la obrerita fea, del bailarín compadrito, y tantos personajes más de las orillas y del centro, del campo y de la ciudad, del mundo del delito y del mundo del trabajo, de la realidad plausible y de la híper realidad puesta en marcha por la imaginación de los letristas que mucho exageraron al convertir una humanidad predominante­mente honesta y laburante en pendenciera y ociosa – cabe aclarar que no fue privilegio exclusivo de Gardel el haber evocado fielmente los estilos vitales de una época. Todo cantor cabal, y con él su cancionero, reconstruye, interpreta y retrata a un mundo. Pero tales mundos, el del mester de clerecía y el del mester de juglaría, el de la poesía trovadoresca y el de la poesía gauchesca, han desaparecido con sus narradores. Asombrosamente, el de Gardel todavía no ha pasado, por más que éste haga desfilar en su canto retrospectivo una procesión de fantasmas que nada tienen que ver con la actual sociedad rioplatense. Es un brujo de la impostación vocal, un chamán canturreando ensalmos prodigiosos.

No seré yo quien ofrezca las respuestas definitivas, si es que las hay. Según las leyes de la física, la abeja, dotada de un inmenso abdomen y unas escuálidas alitas, no podría volar. La realidad demuestra lo contrario: la abeja vuela. Del mismo modo Gardel, abeja cantora de su tiempo, ha trascendido las leyes de la humana prescripción: sus canciones, todavía  vigentes en una feria de anticuarios, arman y desarman el rompecabezas de su persona en el espacio-tiempo de lo luminoso.
Dueño y modelador de una voz devorada por el fuego, ha tomado de ese fuego la luz y el arrebato que la convirtieron en un don   permanente, en una claridad por siempre  perdurable.

Gardel, en definitiva, y éste es su sortilegio maravilloso, su hechicería deslum­brante, supo crear atmósferas verosímiles. Atmósferas provocativas, humanizadas, plenas de autenticidad, conmovidas por el tembloroso alfabeto de la emoción, afinadas delicadamente por las pausas que pulen y gradúan los distintos estados de alma.

Esas atmósferas gardelianas rodearon y sustentaron al pueblo de estas dos orillas e invadieron otros ámbitos de América. Los uruguayos y argentinos que actualmente tienen quince años, y a veces bastante más, prefieren, congruentes consigo mismos y con su época, la funcionalidad de otros mensajes musicales y el libro de horas de otros cancioneros. Pero al llegar a los treinta, o a los cuarenta mejor, pues hoy lo que creemos que es juventud se alarga en demasía,  necesitarán respirar -ya han respirado y sufrido los malos aires de la ergástula urbana donde habitan sus cuerpos- el oxígeno vivificante de una historia que legitime la fidelidad de sus espíritus. Y allí, precisamente, sin faltar a la cita, estará Gardel, siempre joven y novedoso, siempre colgado de la cometa de su sonrisa, siempre a la sombra tutelar de su funyi, que así se le llamaba  al gacho gris del retrato emblemático. Y desde esa dimensión indefinida  en la que el caos se organizó en cosmos  volará con alas de humos azules, rodeado por guitarras antiguas, enarbolando la bandera de su canto. El ángel y el duende de la gracia, como dirían los andaluces, danzarán y revolotearán en derredor de esas chispas sonoras que trepan hasta donde los hombres hemos colocado el palacio de los dioses, y aun creado  a los dioses mismos, como heretizaba Feuerbach. Gardel cada día canta mejor ,  decía  y repetían las gentes del pueblo rioplatense. Y lo siguen diciendo, y los que lo dicen pasarán y él, entonces, hará una guiñada desde la estrella donde arde su pucho sempiterno.

Gardel cada día canta mejor . Así, con esta frase, cerraré este  memorial transido de melancolías.  Así la transcribo ahora, sin poner ni quitar una coma, al estilo de ese  espectro que nos visita diariamente, que no nos aburre ni nos agobia jamás, que mira con los ojos y habla con las voces de una minoría memoriosa. Ella es pequeña, cada vez más pequeña con el paso de los años. Pero existe y persevera. Es.  Será. Con ella y al hombro de ella son y persisten  Carlitos  y su universo, Gardel y su canto que enamora.
(*) Antropólogo, escritor, poeta. Uruguay

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