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dic
11

el batllismo en el uruguay

LA IMPRONTA LIBERAL

El batllismo relegado 

 

Opinión louis

Julio A. Louis. Docente, analista

Liberalismo o servidumbre, anuncian los ideólogos del Partido Colorado. La servidumbre vendría de triunfar ideologías autoritarias, en especial, el marxismo. Sin embargo, observemos dos contradicciones. La primera es que posiciones liberales no solo son defendidas desde filas del Partido Colorado y de los otros partidos del bloque burgués dominante (el Nacional, el Independiente) sino también desde el Frente Amplio, en el plano económico, político, educativo. Es que Uruguay es un país de impronta liberal. La segunda es que la restitución de la democracia liberal -superando la larga fase transitada de la democracia tutelada por los militares (1984-2011)– recién se ha concretado con la anulación de la Ley de Caducidad, precisamente con la participación favorable de los marxistas y con la oposición de los partidos liberales, que han hecho lo indecible para impedir el libre funcionamiento del Poder Judicial (la separación de los tres poderes es la base del régimen liberal) con el fin de tapar a los homicidas y delincuentes, evidenciados otra vez  con el asesinato de Julio Castro.

Por eso es pertinente analizar las razones por las cuales el batllismo ha sido relegado y difícilmente vuelva a escena. Y de esto trata el libro de reciente aparición “Batlle y Ordóñez: apogeo de la democracia burguesa. Del batllismo relegado al reformismo renacido”, (Julio A. Louis, editorial ARCA).

El libro actualiza con rectificaciones una obra de juventud “Batlle y Ordóñez: apogeo y muerte de la democracia burguesa”  (Nativa Libros, ediciones de 1969 y 1972). Por de pronto, el título se modifica. En 1969 y en 1972, gracias a la conducción  del Partido Colorado, de Jorge Pacheco Areco y de Juan M. Bordaberry,  la democracia liberal burguesa fenecía y le faltaba solo el tiro de gracia de los golpes fascistas de febrero y de junio de 1973. Entonces había motivos para titular “y muerte de la democracia burguesa”. En 2011 la situación es diferente. Luego de padecer la cruenta dictadura patrocinada por el imperialismo norteamericano de la Doctrina de la Seguridad Nacional e implementada por los títeres “nacionales” y “patriotas”, la conciencia democrática uruguaya –confluencia episódica de cristianos, liberales, marxistas, etcétera– restituye una democracia “a medias”, bajo tutela de los jefes militares. Hubo elecciones con proscritos y presos políticos y después “democracia liberal” con Ley de Caducidad, sin que el Poder Judicial pudiera ejercer su función de investigar y juzgar a los criminales con o sin uniforme. Ahora no corresponde hablar de “muerte de la democracia”, sino de su renacimiento maltrecho, con liberales también “a medias” bajo el liderazgo de tres presidentes (Sanguinetti, Lacalle, Jorge Batlle).

Otra contradicción  es que el pensamiento avanzado de José Batlle y Ordóñez  desaparece luego en su Partido Colorado, que se convierte progresivamente en reaccionario. Y quienes siguen aquel pensamiento confluyen con nacionalistas, cristianos, marxistas de diferentes orientaciones, etcétera en el Frente Amplio. Así, el reformismo renace en otra coyuntura histórica, con un protagonismo diferente de las clases sociales, con partidos distintos respecto a su pasado, y con aliados a su izquierda, que exigen remover las estructuras del poder (económica, social, política,  militar, mediática, cultural) para que del reformismo se pase  a un proceso revolucionario sui generis (el socialismo del siglo XXI), so pena que dicho reformismo se  empantane hasta desaparecer, como el batllista).

El batllismo de Don Pepe expresa no solo a la capa burguesa industrial (más aun, es su vanguardia) sino a un frente de tendencias que materializa las necesidades de las clases y fracciones que lo componen. Avanza en algunos aspectos y cede en otros, constituyendo en sí un fenómeno complejo, incomprensible para quienes no superan la dicotomía maniquea del blanco o negro,  antidialéctica. A la izquierda le cuesta horrores ubicarse  frente a un régimen bonapartista (por el de Napoleón III en Francia, 1851-1870) que tanto aporta leyes favoreciendo a los explotados y oprimidos, como concilia con las estructuras del poder dominante, asentado en la supremacía imperial (británica o estadounidense) en alianza con la clase dominante, principalmente con sus capas ganaderas o dedicadas al  gran comercio.

Con agudeza expone Luis Martínez Ces (“El Uruguay batllista”, 1962): “El Uruguay de 1911, en el fondo, tenía sustancialmente la misma problemática que el actual. Su subdesarrollo, aunque en la época esta palabra no se usaba, estaba determinado por su estructura y el ´progreso inglés’ […] ¿Cómo se arregló Batlle frente a estos problemas? No alteró la estructura, pero le dio cuerda al reloj nacional como para que funcionara más o menos bien por algún tiempo. Para conseguir eso, tomó lo que podemos llamar el camino lateral, porque pasa al costado de la estructura sin tocarla. Consistió en crear un  nuevo sector de inversiones, poniendo en marcha el Estado empresista a través de una política intervencionista […] Así fue como el batllismo eludió por algún tiempo los efectos frenadores del latifundio sobre el desarrollo económico del país.”

Hasta ahí llega el batllismo y con él, la burguesía dependiente uruguaya. Después viene cuesta abajo para zambullirse en la ciénaga del entreguismo al capital extranjero, de la corrupción, de la dureza represiva

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