03
Nov
09

Constanza Moreira |*|

Escrutinio final: el FA llegó al 49,34% de los votos válidos y en Montevideo ganó en todos los barrios, incluido Carrasco

Resultados en algunos barrios

 

 

FA

 

PN

 

PC
Cerro 71% 14% 8%
C. Vieja 50% 25% 18%
Carrasco 46% 25% 21%
Pocitos 40% 28% 22%

El FA obtuvo el 49,34% de los votos válidos y está a 15 mil de la victoria

0.67 %, EL PORCENTAJE MÁGICO

Esto fue exactamente lo que faltó para que el Frente Amplio obtuviera el 50% más uno de los votos válidos en la elección del 25 de octubre. De acuerdo a los datos emanados de la Corte Electoral el pasado fin de semana, el Frente Amplio habría obtenido el 49,33% de los votos, situándose a un 0,67% de la mayoría simple. Matemáticamente, esto es lo que le falta para ganar el balotaje el último domingo de noviembre.

Sin embargo, debemos ser cautelosos. El Frente Amplio no sólo deberá mantener la votación del 25 de octubre ­algo que incluye la pérdida de unos cuantos votos en el exterior que no estarán­ sino además, descontar la diferencia que los separa de la obtención de la mayoría simple. Esto es: deberá continuar trabajando, argumentando, encantando, convenciendo. Habrá que repuntar en un Montevideo más desmovilizado que de costumbre y continuar trabajando en un Interior que no acaba de dar sorpresas. Y como muestra el repechaje final de la campaña, esto no se hace sólo con los candidatos y la publicidad, sino y sobre todo, con el despliegue de la multitud de esfuerzos de militantes, de convencidos, de frentistas crónicos o recientes, o de ciudadanos auténticamente convencidos de que el gobierno del FA fue el mejor de los últimos veinte años de la historia del país.

También habrá que remontar descontentos, especialmente entre los jóvenes. Habrá que terminar de elaborar el duelo por una instancia más en que la derogación de la Ley de Caducidad se inviabiliza, y por supuesto, por la falta de compromiso de la mayoría de Uruguay para con los derechos de quienes viven en el exterior del país.

Pero ello no obsta para que algunas reflexiones se impongan, especialmente aquellas que no surgen espontáneamente de la lectura de los resultados. La primera es que el Frente Amplio termina de consolidarse como un partido político de alcance nacional. Es cierto que cayó en Montevideo casi cinco puntos porcentuales, pero aun así continúa siendo allí la primera fuerza, con 56% de votos, a mucha distancia del Partido Nacional (que obtuvo un 22%) y del Partido Colorado (15%). Además, el principal efecto de los cambios electorales que se produjeron en esta elección lo está sufriendo el Partido Nacional: es éste el principal perdedor en Montevideo (por trasiego de votos hacia el Partido Colorado) y no el Frente Amplio. Si a eso se suma el hecho de que el Partido Nacional nunca fue fuerte en Montevideo, lo que muestra esta elección es que el movimiento de recuperación del Partido Colorado vuelve a empujar al Partido Nacional a su condición de partido “del Interior”, desprovisto de interés para la mayoría del electorado montevideano (por más que la rambla de Pocitos esté embanderada con sus símbolos).

La segunda lectura que hay que hacer de los números es que el FA es la primera fuerza en el interior del país, donde obtuvo 39,9% de los votos, frente al 35,7% del Partido Nacional. En 2004 había obtenido el triunfo en ocho departamentos y en este caso lo hizo en once. Y si bien es cierto que la diferencia con el Partido Nacional que lo benefició, en muchos casos se debe al incremento de la votación del Partido Colorado, ello no obsta para que se resalte este cambio en la balanza de peso de los partidos como un dato sobresaliente.

En tercer lugar, es claro que el Frente Amplio aparece como el favorito en el Interior más “moderno”; más urbanizado, de mayor dinamismo económico relativo, y en aquellos departamentos con niveles más altos de desarrollo humano. Esto es lo que dibuja esa “L” que comprende el litoral y la costa y que se ha exhibido frecuentemente en estos días en el mapa electoral resultante de la elección del domingo pasado. Esto le da al FA un potencial de crecimiento importante hacia el futuro, ya que el país crece ­demográfica y económicamente­ en esas zonas. Por el contrario, el Partido Nacional aparece relativamente encerrado en el llamado “Uruguay profundo”, en un área de menor población y dinamismo relativo, y perdiendo pie en el área metropolitana ­Montevideo y Canelones­, que es la de mayor crecimiento relativo y donde el Frente Amplio acaba de consolidarse como favorito.

En cuarto lugar, y a despecho de las convocatorias del Partido Colorado a votar por Lacalle en el balotaje de noviembre, el principal adversario electoral del Partido Nacional es el Partido Colorado, no el Frente Amplio. Los votos que pierde el Partido Nacional básicamente se los lleva el Partido Colorado. Mientras el Partido Colorado creció en absolutamente todos los departamentos del país, el Partido Nacional perdió en todos los departamentos del país. El único que tiene resultados matizados es el Frente Amplio; comparado con respecto a 2004, perdió algunos puntos en la mitad de los departamentos y ganó en la otra mitad. Su baja porcentual en el resultado total se debe a que, en el conjunto de los departamentos en donde cayó su votación, se cuentan los de mayor población relativa del país (Montevideo, Canelones y Maldonado).

Puestas así las cosas, y a despecho de los sentimientos y subjetividades que jueguen a este respecto, la recuperación del Partido Colorado beneficia al Frente Amplio, y no al revés. O, como dijo Mujica en mayo de 2005, al Frente Amplio lo beneficia el multipartidismo tanto como lo perjudica el bipartidismo. Para ello, basta subrayar la falacia que se oculta detrás de la supuesta búsqueda de un “equilibrio”, votando a Lacalle en el balotaje.

Cuando un gobierno tiene un Ejecutivo en manos de un partido o coalición y un parlamento adverso al mismo, en la ciencia política se usa la palabra “gobierno dividido”. Un gobierno dividido es todo lo contrario de un gobierno equilibrado. De la misma manera, cuando un mismo partido se lleva las mayorías siempre, elección tras elección, gobernando Ejecutivo y Parlamento, se lo denosta bajo el título de “gobierno de partido predominante”. Ambos extremos son negativos: que un partido tenga una mayoría tan superior al resto que nadie lo pueda fiscalizar o que un sistema genere un juego asimétrico entre Ejecutivo y Legislativo, poniendo al propio sistema al borde de un conflicto de poderes.

Se puede aducir que existen ejemplos de ejecutivos sin mayorías parlamentarias propias, y esto es así; de hecho, no tienen mayoría parlamentaria hoy ni el gobierno de Lula en Brasil, ni el de Lugo en Paraguay, ni el de Evo Morales en Bolivia. Pero la enorme diferencia es que ni Lugo, ni Evo Morales, ni Lula enfrentan a un parlamento dominado por la mayoría de otro partido, sino a un parlamento fragmentado en diversas fuerzas políticas que son, en definitiva, las que habilitan a un juego de negociaciones diversas para gobernar.

Es cierto que en Estados Unidos se ha producido también una situación en la cual el Poder Ejecutivo era de un partido y el Parlamento de otro. Pero una coalición entre blancos y colorados es distinta a un partido; no tiene la cohesión ni la coherencia de un partido. Para ello, recordemos la situación por la que atravesó Lacalle en su gobierno de “entonación nacional”. El propio referéndum contra la Ley de Empresas Públicas en 1992 lo ejemplifica admirablemente: el Foro Batllista no sólo se fue de la coalición, sino que se sumó a la izquierda sobre el final del período. Peor aún, una parte del propio Partido Nacional abandonó al doctor Lacalle durante su presidencia. Los gobiernos de coalición son mucho más frágiles que los gobiernos de un partido. Imaginemos entonces un gobierno de coalición, con todas sus fragilidades, enfrentado a una mayoría parlamentaria disciplinada y potente como la del FA. Todo lo contrario del equilibrio.

No es ese sin embargo, ni nunca será, el principal argumento para votar al Frente Amplio, sino la conciencia de que todo lo que se ha conquistado hasta ahora sólo será consolidado y mejorado con un segundo gobierno del Frente Amplio. Porque pongámonos de acuerdo: esto no es Lacalle contra Mujica, como si de un duelo se tratara. Esto refiere al único proyecto que está en juego hoy, en Uruguay, y es al de la continuidad de los cambios que comenzaron en marzo de 2005, y al que sólo faltaron cero con seis por ciento de los votos para refrendar por cinco años más.

|*| Politóloga. Universidad de la República

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