En el acto celebrado en el salón de Los Patriotas Latinoamericanos de la Casa de Gobierno el último 7 de febrero, la presidenta Fernández de Kirchner volvió a reiterar el carácter “regional” de la causa Malvinas. Esta afirmación tiene hoy un sustento, mucho mayor de lo que lo tuvo en el pasado. Y el Uruguay ha sido un actor fundamental en el fortalecimiento de la regionalización del diferendo que por la soberanía de las Islas del Atlántico Sur, mantenemos con el Reino Unido. La decisión del presidente Mujica y su gobierno de no aceptar el ingreso al puerto de Montevideo de buques que enarbolaran el pabellón de las Falklands, no solo lideró, sino que sentó un precedente que fortalece aún más la construcción necesaria de una política exterior común que defienda con firmeza los intereses estratégicos de la América del Sur. Porque de eso se trata, de intereses comunes sostenidos por un común sistema de valores y principios.
El gobierno uruguayo tomó la decisión que tomó, con perfecta conciencia de los costos que la misma podía acarrearle. El puerto de Montevideo era el embarcadero natural donde los buques que explotan la riqueza ictícola o van y vienen de Malvinas, amarraban periódicamente para efectuar reparaciones, reabastecerse o cambiar tripulaciones. Impedirles la entrada, significaba en lo inmediato una pérdida de ingresos relacionados con la actividad portuaria y podía acarrear un diferendo diplomático con el Reino Unido. Efectivamente hubo citaciones de embajadores e intercambio de reclamos. Los daños económicos eran más difíciles de estimar y eso permitió un sospechoso revoleo mediático de cifras. Pero hubo también costos políticos internos.
Desde distintas fuerzas de la oposición se alzaron sonoras voces que anunciaban apocalípticas reacciones británicas y –siguiendo una vieja tradición de las oligarquías locales- denuncias patrioteras acusando al gobierno de “seguidismo” respecto de la política exterior argentina. Todo esto volvió a su cauce cuando el resto de los países de la región y muy especialmente Chile, adoptaron una actitud similar a la que valientemente decidiera el presidente Mujica. Para aquellos a quienes les gusta repetir la histórica frase de Lord Palmerston “Los países no tienen amigos sino intereses…”, veamos un poco cuáles son los intereses que, junto a los valores y principios del derecho internacional otorgan solidez y perdurabilidad al respaldo regional. Aprovechemos para rendir un doble homenaje recordando la conferencia pronunciada en la Escuela de Guerra de la Argentina por el General Perón (1953) en la que profetizara que “el año 2000 nos encontrará unidos o dominados” y al ilustre oriental Alberto Methol Ferré, que como hijo legítimo del auténtico herrerismo y del ideario integrador que expresaron Artigas, Bolívar y San Martín, nos señaló que estábamos transitando la etapa de los “estados oceánicos continentales”. Teniendo esto en cuenta no podemos olvidar que el subcontinente sudamericano tiene fronteras con el Pacífico y el Atlántico Sur.
Tampoco debemos ignorar que estamos montados sobre 18 millones de Km2, del territorio más rico del mundo en recursos naturales y con una población total que ronda no más de 400 millones de personas. Que merced a la explotación a la que el colonialismo nos sometió de manera directa durante tres siglos y de manera indirecta hasta muy poco tiempo atrás, nuestros países conforman el subcontinente más inequitativo del mundo, con estados que durante las últimas tres décadas han sido prolijamente desmantelados y con una generación que nació, creció y se formó en los cánones “infalibles” del neoliberalismo y la despolitización. Esta realidad que solo asumiéndola podremos transformar, y las objetivas riquezas sobre las que estamos asentados, nos exigen una acelerada toma de conciencia respecto de nuestras debilidades y la posibilidad de que las mismas sean explotadas en beneficio ajeno.
Aclaro que rechazo por irracionales las tentaciones paranoicas. Pero con la misma firmeza descarto al “optimismo ingenuo” que proclama nuestra inmodificable “condena al éxito” en un mundo justo y generoso; y mucho más aun rechazo a aquellos que por defender sus intereses son capaces de atar nuevamente el destino de nuestros pueblos al de sus propios patrones. Ser conscientes de nuestras riquezas, de nuestras debilidades y de los riesgos que nos presenta un mundo donde las disputas por los recursos amenazan con agravarse y proliferar, es una obligación ineludible.
Está claramente expuesto –y así lo han comprendido sus gobernantes– que aun los países más fuertes de la región no tienen capacidad de abrirse solos un rumbo, en este mundo de incertidumbres, violencias y escaso respeto por el derecho internacional. Pongamos solamente dos ejemplos concretos. Todos sabemos que las ventajas estratégicas se obtienen hoy a través de los avances producidos por la investigación y el desarrollo tecnológicos. Todos sabemos también que esos avances requieren ingentes recursos de financiación que solo pueden provenir de los estados o de la actividad privada. La escasez de los mismos hace que el esfuerzo individual de nuestros países no obtenga resultados proporcionales a sus necesidades. ¿No habrá llegado el momento de sumar los esfuerzos de la región, para encarar una agenda de investigación y desarrollo que contemple los intereses y necesidades que nos son comunes?
Al reiterar mi rechazo a las teorías conspirativas y a los temores paranoicos, me permito insistir en la necesidad de fortalecer y profundizar el Consejo de Defensa de la Unasur, para que nuestras Fuerzas Armadas, instrumentos indispensables de la política exterior, encuentren su destino en la disuasión de las amenazas que puedan poner en riesgo nuestra probada vocación de paz y la integridad de nuestro patrimonio común. Vale saludar entonces la decisión de la región de asumir con acciones concretas la defensa de nuestros intereses colectivos en el Atlántico Sur y su proyección antártica y más aún agradecer con gestos y decisiones al gobierno uruguayo, su valiente respaldo inicial a una medida que reafirma la soberanía de toda la América del Sur.
En este sentido, vale también aplaudir la decisión del gobierno argentino, instrumentada por su embajador ingeniero Dante Dovena, de instalar el Foro de Malvinas en el Uruguay, inaugurado el viernes último, en La Azotea de Haedo.